un espacio abierto sobre libros, literatura, viajes, cine, música, aguardientes y otros destilados ...

martes, 30 de octubre de 2018

lucha libre

lucha libre
no me interesa vuestros televisores ultrapanorámicos
vuestros coches de alta gama
vuestra nueva cocina
vuestros caprichos
vuestros lujos 
no sabría que hacer con ellos.
para nada me sirven  
vuestros relojes joyas o perfumes
ni vuestra palabra 
ni vuestros discursos 
ni vuestros estudios master currículum o metas
me la sudan vuestros problemas y vuestras soluciones
vuestra política
vuestros negocios   
vuestras inversiones
vuestros activos
vuestra etiqueta
vuestra ética
vuestra solidaridad
no me interesan vuestros viajes
ni vuestros restaurantes  
ni vuestros spas
ni vuestros vinos  
ni vuestros zapatos
ni vuestras tarjetas
ni vuestras carteras
ni vuestros triunfos. 
no me interesan
pero voy a hacer todo lo posible
para que no disfrutéis de ellos 

poema de josé pastor. del poemario "odios"
ilustración de eneko

miércoles, 24 de octubre de 2018

el incendio de un sueño. Bukowski

biblioteca de sarajevo (fotografía de Mikhail Evstafiev)


The burning of the dream
the old L.A. Public Library burned
down
that library downtown
and with it went
a large part of my
youth.
I sat on one of those stone
benches there with my friend
Baldy when he
asked
"you goona join the
Abraham Lincoln
Brigade?"
"sure," I told
him.
but realizing that I wasn’t
an intellectual or a political
idealist
I backed off on that
one
later.
I was a reader
then
going from room to
room: literature, philosophy,
religion, even medicine
and geology
early on
I decided to be a writer,
I thought it might be the easy
way
out
and the big boy novelists didn’t look
too tough to
me.
I had more trouble with
Hegel and Kant.
the thing that bothered
me
about everybody
is that they tok so long
to finally say
something lively and/
or
interesting.
I thought I had it
over everybody
then.
I was to discover two
things:
(a) most publishers thought that
anything
boring ad something to do with things
profound
b) that it would take decades of
living and writing
before I would be able to
put down
a sentence that was
anywhere near
what I wanted it to
be.
meanwhile
while other young men chased the
ladies
I chased the old
books.
i was a bibliophile, albeit a
disenchanted
one
and this
and the world
shaped me.
I lived in a plywood hut
behind a roominghouse
for $3.50 a
week
feeling like a
Chatterton
stuffed inside of some
Thomas
Wolfe.
my greatest problem was
stamps, envelopes, paper
and
wine,
with the world on the edge
of World War II.
I hadn’t yet been
confused by the
female, I was a virgin
and I wrote from 3 to
5 short stories a week
and they all came
back
from The New Yorker, Harper’s
The Atlantic Monthly.
I had read where
Ford Madox Ford used to paper
his bathroom with his
rejection slips
but I didn’t have a
bathroom so I stuck them
into a drawer
and when it got so stuffed with them
I could barely
open it
I took all the rejects out
and threw them
away along with the
stories.
still
the old L.A. Public Library remained
my home
and the home of many other
bums.
we discreetly used the
restrooms
and the only ones of
us
to be evicted were those
who fell asleep at the
library
tables–nobody snores like a
bum
unless it’s somebody you’re married
to.
well, I wasn’t quite a
bum. I had a library card
and I checked books in and
out
large
stacks of them
always taking the
limit
allowed:
Aldous Huxley, D. H. Lawrence
e.e. cummings, Conrad Aiken, Fyodor
Dos, Dos Passos, Turgenev, Gorky,
H.D., Freddie Nietzsche,
Schopenhauer,
Steinbeck,
and so
forth…
I always expected the librarian
to say, "you have good taste, young
man. . ."
but the old fried and wasted
bitch didn’t even know who she
was
let alone
e.
but those shelves held
tremendous grace: they allowed
me to discover
the early Chinese poets
like Tu Fu and Li
Po
who could say more in one
line than most could say in
thirty or
a hundred
Sherwood Anderson must have
read
these
too.
I also carried the Cantos
in and out
and Ezra helped me
strengthen my arms if not
my brain.
that wondrous place
the L.A. Public Library
it was a home for a person who had had
a
home of
hell
BROOKS TOO BROAD FOR LEAPING
FAR FROM THE MADDING CROWD
POINT COUNTER POINT
THE HEART IS A LONELY HUNTER
James Thurber
John Fante
Rabelias
de Maupassant
some didn’t work for
me: Shakespeare, G. B. Shaw,
Tolstoy, Robert Frost, F. Scott
Fitzgerald
Upton Sinclair worked better for
me
than Sinclair Lewis
and I considered Gogol and
Dreiser complete
fools
but such judgments come more
from a man’s
forced manner of living than from
his reason.
the old L.A. Public
most probably kept me from
becoming a
suicide
a bank
robber
a
wife-
beater
a butcher or a
motorcycle policeman
and even though some of these
might be fine
it is
thanks
to my luck
and my way
that this library was
there when I was
young and looking to
hold on to
something
when there seemed very
little
about.
and when I opened the
newspaper
and read of the fire
which
destroyed the
library and most of
its contents
I said to my
wife: "I used to spend my
time
there. . ."
THE PRUSSIAN OFFICER
THE DARING YOUNG MAN ON THE LYING TRAPEZE
TO HAVE AND HAVE NOT
YOU CAN’T GO HOME AGAIN.

el incendio de un sueño
la vieja Biblioteca Pública de Los Angeles
ha sido destruida por las llamas.
aquella biblioteca del centro.
con ella se fue
gran parte de mi
juventud.
estaba sentado en uno de aquellos bancos
de piedra cuando mi amigo
Baldy me
preguntó:
"¿vas a alistarte en
la brigada
Abraham Lincoln?"
"claro", contesté
yo.
pero, al darme cuenta de que yo no era
un idealista político
ni un intelectual
renegué de aquella
decisión
más tarde.
yo era un lector
entonces
que iba de una sala a
otra: literatura, filosofía,
religión, incluso medicina
y geología.
muy pronto
decidí ser escritor,
pensaba que sería la salida
más fácil
y los grandes novelistas no me parecían
demasiado dificiles.
tenía mas problemas con
Hegel y con Kant.
lo que me fastidiaba
de todos ellos
es que
les llevara tanto
lograr decir algo
lúcido y/
o
interesante.
yo creía
que en eso
los sobrepasaba a todos
entonces.
descubrí dos
cosas:
a) que la mayoría de los editores creía que
todo lo que era aburrido
era profundo.
b) que yo pasaría décadas enteras
viviendo y escribiendo
antes de poder
plasmar
una frase que
se aproximara un poco
a lo que quería
decir.
entretanto
mientras otros iban a la caza de
damas,
yo iba a la caza de viejos
libros,
era un bibliófilo, aunque
desencantado,
y eso
y el mundo
configuraron mi carácter.
vivía en una cabaña de contrachapado
detrás de una pensión de 3 dólares y medio
a la semana
sintiéndome un
Chatterton
metido dentro de una especie de
Thomas
Wolfe.
mi principal problema eran
los sellos, los sobres, el papel
y
el vino,
mientras el mundo estaba al borde
de la Segunda Guerra Mundial.
todavía no me había
atrapado
lo femenino, era virgen
y escribía entre 3 y
5 relatos por semana
y todos
me los devolvían, rechazados por
el New Yorker, el Harper´s,
el Atlantic Monthly.
había leido que
Ford Madox Ford solía empapelar
el cuarto de baño
con las notas que recibía rechazando sus obras
pero yo no tenía
cuarto de baño, así que las amontonaba
en un cajón
y cuando estaba tan lleno
que apenas podía
abrirlo
sacaba todas las notas de rechazo
y las tiraba
junto con los
relatos.
la vieja Biblioteca Pública de Los Angeles
seguía siendo
mi hogar
y el hogar de muchos otros
vagabundos.
discretamente utilizábamos los
aseos
y a los únicos que
echaban de allí
era a los que
se quedaban dormidos en las
mesas
de la biblioteca; nadie ronca como un
vagabundo
a menos que sea alguien con quien estás
casado.
bueno, yo no era realmente un
vagabundo. yo tenía tarjeta de la biblioteca
y sacaba y devolvía
libros,
montones de libros,
siempre hasta el
límite
de lo permitido:
Aldous Huxley, D.H. Lawrence,
e.e. cummings, Conrad Aiken, Fiódor
Dos, Dos Passos, Turguénev, Gorki,
H.D. Freddie Nietzche,
Shopenhauer,
Steinbeck,
Hemingway,
etc.
siempre esperaba que la bibliotecaria
me dijera: "que buen gusto tiene usted,
joven."
pero la vieja
puta
ni siquiera sabía
quién era ella,
cómo iba a saber
quién era yo.
pero aquellos estantes contenían
un enorme tesoro: me permitieron
descubrir
a los poetas chinos antiguos
como Tu Fu y Li
Po
que son capaces de decir en un
verso más que la mayoria en
treinta o
incluso en ciento.
Sherwood Anderson debe de haberlos
leído
también.
también solía sacar y devolver
los Cantos
y Ezra me ayudó
a fortalecer los brazos si no
el cerebro.
maravilloso lugar
la Biblioteca Pública de Los Angeles
fue un hogar para alguien que había tenido
un
hogar
infernal
ARROYOS DEMASIADO ANCHOS PARA SALTARLOS
LEJOS DEL MUNDANAL RUIDO
CONTRAPUNTO
EL CORAZÓN ES UN CAZADOR SOLITARIO
James Thurber
John Fante
Rabelais
De Maupassant
algunos no me
decían nada: Shakespeare, G.B. Shaw,
Tolstói, Robert Frost, F. Scott
Fitzgerald
Upton Sinclair me llegaba
más
que Sinclair Lewis
y consideraba a Gogol y a
Dreiser tontos
de remate
pero tales juicios provenían mas
del modo en que un hombre
se ve obligado a vivir que de
su razón.
la vieja Biblioteca Pública de Los Angeles
muy probablemente evitó
que me convirtiera en un
suicida,
un ladrón
de bancos,
un tipo
que pega a su mujer,
un carnicero o
un motorista de la policía
y, aunque reconozco que
puede que alguno sea estupendo,
gracias
a mi buena suerte
y al camino que tenía que recorrer,
aquella biblioteca estaba
allí cuando yo era
joven y buscaba
algo
a lo que aferrarme
y no parecía que hubiera
mucho.
y cuando abrí el
periodico
y leí la noticia sobre el incendio
que había destruido la
biblioteca y la mayor parte de
lo que en ella había
le dije a mi
mujer: "yo solía pasar
horas y horas
allí …"
EL OFICIAL PRUSIANO
EL ATREVIDO MUCHACHO DEL TRAPECIO
TENER Y NO TENER
NO PUEDES RETORNAR A TU HOGAR.

sábado, 20 de octubre de 2018

fragmento de "El libro de las aguas" de Eduard Limonov


Un fragmento de "El libro de las aguas" de Eduard Limonov. (próximamente en la editorial  Fulgencio Pimentel)



El mar Adriático / La desembocadura del río Karišnica
Llegamos allí con un destacamento de la policía militar, tras descender de unas pedregosas mesetas en las que los serbios tenían sus posiciones. Era la primavera de 1993. Salimos al lugar del que acababan de marcharse los franceses. La culpa de que anduviese por aquellos parajes la tuvo la televisión. Al volver de Moscú a París, me pasaba el día entero metido en casa, bebiendo vino y lamentándome de mi fracaso. En enero se había derrumbado el Partido Liberal Democrático de Rusia, fundado el 22 de noviembre de 92, en el billar de la dacha de Liosha Mitrofánov. Los camaradas del partido habían cometido una tremenda gilipollez.
Me pasaba el rato sentado, poniendo a parir a Arjípov y a Zharíkov. A Mitrofánov y a Vengerovsky, los ponía algo menos a parir, y a Kurski y a Búzov, menos aún... En fin, que me dedicaba a poner a parir a todo el afamado antiguo gabinete en la sombra. Al mismo que había fracasado como partido.
Por la tele transmitían imágenes de Croacia: un puente de pontones que los señorones croatas habían tendido en Novigradsko ždrilo –así me parece que se llamaba aquel poco espacioso lugar. En todo caso, se trataba del mar de Novigrad, un golfo estrecho del Adriático que se incrustaba en la tierra allí. Se pudo ver también a un teniente coronel de artillería serbio, apellidado Uzelaç. Explicaba con satisfacción que habían aguardado a que los croatas terminasen su puente para bombardearlo en ese preciso momento.
Ordenó “¡Fuego!”, y vimos un proyectil impactando exactamente en mitad del puente.
Por la tarde, volvieron a emitir el mismo reportaje. Entonces ya podía verse con claridad que lo único que había quedado del puente eran unos pedazos en ambas orillas. “¡Allí sí que está todo perfectamente claro, sin tanta gilipollez!” –me dije a mí mismo. Metí las cosas en la bolsa, cogí dinero y fui al aeropuerto. En el aeropuerto, compré un billete París-Budapest de la compañía aérea Air France. Los serbios ya me estaban esperando en Budapest. Varios días después me hallaba en un punto de reconocimiento, bajo un grueso cobertizo de troncos, mirando el mar de Novigrad –el ždrilo (una especie de garganta, supongo)–, a través de un periscopio de artillería, mientras que el propio teniente coronel Uzelaç me explicaba que los croatas habían empezado a construir otro puente. “¡Que lo construyan! No tenemos prisa.” El oficial llevaba un casco.
Si el teniente coronel y yo hubiésemos caminado hasta el mar de Novigrad, es decir hasta el golfo del Adriático que se incrustaba en las profundidades de aquella tierra vetusta, y hubiésemos cogido una lancha o una barca, pronto habríamos estado en mar abierto. Y si hubiésemos recorrido unos doscientos kilómetros más, nos habríamos encontrado en Italia. El camino recto nos habría conducido a Rímini, y uno torcido, a Venecia. Diez años antes, en 1982, pasé por Venecia en compañía de gente bastante rara; algo de aquello ha quedado reflejado en mi libro La muerte de los héroes de nuestro tiempo. Pero tanto al teniente coronel como a mí nos estaba vedado –allí, al borde del golfo, se hallaban los croatas. No disponíamos de fuerza suficiente para arrollarlos. Defendíamos aquellas pedregosas mesetas nuestras sobre el Adriático. Nada más.
Fue en otro sitio donde bajé hasta el Adriático. Sucedió en la desembocadura del río Karišnica. Antes de que llegásemos nosotros, hubo allí un campamento de cascos azules, del batallón francés, el UNPRAFOR (no consigo recordar qué coño significaban esas siglas). Aquellos chavales se desplazaban en BTR blancos con siglas azules, llevaban cascos azules y vivían en casitas blancas desmontables. Las paredes eran de un plástico ligero que daba calor, por eso en muchas ocasiones vi a los serbios enterrando esas casitas para convertirlas en habitáculos subterráneos. Por alguna razón, el agua del riachuelo Karišnica era completamente verdosa.
Al lado de las casitas abandonadas y rotas habían quedado montañas de basura; escarbé en ella y encontré bastantes libros en francés –novelas baratas de acción. En las cubiertas, musculosos Rambos con boina asían gigantescos fusiles de asalto. Los libros estaban hinchados por el agua. Ahora bien, la basura de primera categoría eran las botellas vacías de vino y aquellas latas de conservas… ¡Mis añoradas conservas francesas! El Adriático, había marea baja, exhibía aquí un agua tan verdosa como la del Karišnica; por ese mar, en lancha, se llegaba a Venecia en poquísimo tiempo. Pero ni yo ni los chavales del destacamento de policía militar de la República Serbia de Kninska Krajina estábamos para viajes a Venecia.


Los franceses del UNPRAFOR ya habían vendido los serbios a los croatas en varias ocasiones. El caso era que el batallón, aunque bajo bandera francesa, contaba con numerosos soldados de la Legión Extranjera, incluyendo croatas de nacionalidad, e incluso a varios oficiales croatas. Aquellos “franceses” no eran imparciales. Se dio el caso, sin ir más lejos, de que los franceses les pasaron a los croatas dos de sus BTR blancos, de modo que estos pudieron entrar libremente en las posiciones de los serbios y abrir fuego allá por sorpresa. La policía militar le habría pegado un tiro en las pelotas con muchísimo gusto a algún que otro conciudadano mío (llevaba en el bolsillo mi pasaporte francés). Creo que eso mismo fue lo que pensábamos hacer en la desembocadura del río Karišnica, pero los franceses se habían desvanecido entre la naturaleza de aquellos parajes. En la zona costera se hallaban los chalés de los potentados de Zagreb, la capital croata, y también de Belgrado, porque hacía solo un par de años el país todavía permanecía unido. Ahora aquellos chalés habían quedado desiertos, y casi todos habían sido saqueados, a pesar de las amenazas que propagaban las autoridades del ejército. Los suelos de parqué estaban desmantelados.
Hacía demasiado frío como para bañarse. Así que me quité las botas, me remangué los pantalones hasta las rodillas, y tal y como estaba, con el fusil de asalto y la pistola al cinto, con mi abrigo militar forrado, entré en el Adriático hasta la rodilla, ¡desposándome así con la mar como un dux veneciano! Los soldados sonreían, incapaces de entender lo que estaba haciendo. El caso es que, allá por 1972, había hecho promesa de bañarme en todas las aguas que me se me pusieran por delante. Y lo que hacía era cumplir esa promesa.
Después fuimos hacia arriba, ascendimos hasta la recia meseta pedregosa, en la que muchas generaciones de serbios se habían partido los cuernos luchando contra las piedras por sus minúsculas huertas. A medida que íbamos subiendo, las aguas del Adriático que se dejaban ver entre las rocas y las copas de las coníferas perdían su color verde, se volvían azules y luego grises como el acero.

jueves, 18 de octubre de 2018

Crazy Love / Love is a Dog from Hell (Bukowski)

El director belga Dominique Deruddere toma uno de los relatos más tristes de Charles Bukowski, "The copulating mermaid of Venice, California" y lo transforma en una película donde el desencanto ante la posibilidad de alcanzar el amor verdadero se sucede de la forma más cruel,  más trágica y desoladora posible. Estructurada en tres partes, en tres historias casi independientes cuenta el desarrollo de Harry Voss a lo largo de tres periodos de su vida. descargar/ver película

martes, 9 de octubre de 2018

Mi bien. Antología poética. Isla Correyero


"Mi bien. Antología poética" Isla Correyero (Visor)


un par de poemas

La derrota
Está sentado al fondo del salón
y su carne despide frías llamas.
Sorbo tras sorbo bebe lame la copa vagan los dedos
con intenso placer mira y se inclina.

El hocico de mármol lentamente aplastado
contra el cristal
tiñe de rojo el líquido
los cubos transparentes
la cereza.

Locura son los ojos bajo el cabello negro
ojos de vengador
ojos rasgados
indescriptibles ojos de piedra curva y verde.
Caín salvaje corzo sorprendido
sostiene un cigarrillo
donde el labio flotante deja inmóvil la sonrisa.

Insondable palpita el corazón
lo aprieta
amargo témpano
resbala
desgarrador el fuego de la nieve.

Exhala el humo
brilla la dentadura bajo la lila lámpara
huracanes de luz vapor y polvo.
Así la lengua esconde desdeñoso el mohín
huyentes los oídos
en el rincón su imagen se refleja en un plato
de porcelana azul.

Mancha la perla de los gemelos con la saliva
muerde los nácares gira los dientes
y grácil pósase la mano sobre el muslo.

Músculos tensos punzantes astas
el ropaje no impide la vibración secreta
de las brasas en él.

Piernas abiertas
potentes venas
cruzan la orilla de la epidermis
sedienta y rosa.

Oye el adagio de Albinoni en la orquesta
melancólico agita los pies y las pestañas
e intensamente le sube hasta el rostro
un verdino color de sufrimiento.

De los ojos las lágrimas tibias caen a la mesa
a la copa al reloj.
Son las tres y las dalias se deshojan dejando
uno a uno
lo pétalos
sobre una bandejita de plata y un mensaje:

“Llegaré hacia las doce.
No estoy serena hoy. Tuya, tu Isla.”

Un camarero
de blanquísimo delantal hasta el tobillo
sumisamente enhiesta la cabeza
se acerca a él y sirve
otra copa de lima con ginebra.

Y al volverse
las ruedas
del botellero crujen
y un gesto de desorden a los dos hombres une.

-“Mozo, estrújame la mano y siéntate a beber.”-

Huele el ambiente a tabaco y a invierno.

Con las dos manos juntas y un murmullo de cera
mi presencia anotaba
en este cuadernillo
tal historia de amor.

La noche se ha parado. Mi corazón también.



Ponte de rodillas, tío

Ponte de rodillas y dime que no me has olvidado.
Ponte de rodillas tío y pídeme perdón.

Como cenizas como metal como ciruelas negras
me he transformado sobrellevando el paso de tu sombra.
Te he visto al alba con una cadena de palidez
en torno de tu inmovilidad
y he permanecido en una silla de leche y de madera
mientras te miraba la enfermedad del corazón
y el temblor respiratorio que tienes tío.

Violentamente  preparada y desmedida
me he levantado de mi muerte y mi deseo
para desplomarme ante tu indiferencia.

La cantidad de destrucción que me has causado tío
es como un saco de piedras atado
a mi brazo derecho.

He acumulado venganzas y pasiones que no son de este
mundo. Solitarias y desobedecidas.

Mitigar mi dolor es tan imposible
como una conspiración en contra tuya.
Mis enemigos
son tus más patológicos amigos.
Si trabajo es por ti tío
y tú jamás has resucitado mi trabajo.

Sin resurrección y sin aliento sigo
a pesar de la calcinación en que me has devorado
y hecho humo.

Pon distancia entre tu gris vestidura
y mi ascético espacio
y déjame respirar cruzando el mundo

definitivamente tío pidiéndome perdón
soltándome
como a una perra
alada.


La ambulancia

Me han elegido para entrar en la muerte de una niña.

La ambulancia transcurre por la carretera con su memoria de meteorito. De Madrid a Gerona nos ganará la noche.

Yo controlo los brazos de la enferma desnuda y reviso el pliegue cabalístico y frágil de su garganta afónica.

El suero cae buscando la vena azul de su radiografía.

Brilla el oxígeno sobre mis guantes blancos y dibuja inscripciones en mi nariz poética.

El misterioso conductor nos mira desde el poniente imán de su espejo difuso.
Los coches que cruzamos van vivos de miradas poderosas.
Se agradece la marcha vigilante que, de pronto, sobre el cristal central,
la nieve nos choca como un sueño.

Yo comienzo a temblar porque mi enferma me ha hecho una caricia sobrehumana.
Sus ojos de dolor de cuatro años están terriblemente abiertos y distintos.

Tengo su mano agonizante y fría sobre mi muslo tenso y absoluto.

Me pide a su mamá, a su voz de agua: agua, agua.
Dieta absoluta son ya las lejanas órdenes del médico.

Agua y amor me pide la que muere.

De una bolsa de suero glucosado le doy a la privada criatura un sorbo,
un sorbo lento.
Traga,
traga,
mi amor, mi amor,
mientras me acuesto a su lado
besándonos, me muere.

La ambulancia prosigue su camino hacia un lugar que no existe en el mundo.
La madre esperará cien noches, aterrada,
en la terraza.
 

domingo, 7 de octubre de 2018

antecedentes penales



antecedentes penales
venimos de la cloacas
del punk, de los barrios
del heavy, de los baretos
venimos del pueblo, de la periferia, de los suburbios
de las cunetas, de los institutos públicos
de los garitos de rock and roll
somos pobres, anárquicos, malhablados,
caóticos, currantes, inconscientes, incultos
sospechosos, extremistas, alborotadores
insolventes e insolentes
somos un desastre
lo más bajo de la sociedad
la morralla
la mugre
la parte chunga
sucia y desahuciada
nos señaláis con el dedo
nos acusáis
nos culpáis
somos una enfermedad
una deformidad
un peligro
algo indeseable
infeccioso
algo que eliminar
¿somos el enemigo público número uno
o don nadies?
a ver si os aclaráis
somos el lumpen
nuestros viejos dejaron el pellejo en la fábrica
en los talleres en la carretera en el andamio  
en el campo en la mina
nosotros nos lo estamos dejando
en los mismos mataderos
trabajando más horas
por salarios más bajos
o estamos en paro
comiéndonos la frustración y los mocos
por que con las ayudas sociales no nos llega
no nos creemos nada de vuestras verdades
vuestra historia
vuestras creencias, valores e ideologías
no somos nada
somos los que todos los días
todos los putos días
damos algo de brillo a la vida
y a las navajas

un poema de josé pastor

sábado, 6 de octubre de 2018

Trabajar duro. Jim Goad


"Manifiesto redneck" Jim Goad (Dirty Works)

capítulo 5
TRABAJAR DURO



«Esta mañana, a pesar de la lluvia, estábamos de nuevo en nuestro trabajo. Tenemos que trabajar. Haga sol o llueva, con frío o calor, enfermos o sanos, con éxito o no, madrugando y hasta tarde, es trabajo, trabajo, ¡TRABAJO! ¡Trabajar o morir! Por todas partes, arriba y abajo, en las laderas de las montañas y en las corrientes de los ríos, con la lluvia cayendo presurosa sobre sus cabezas, se hayan los mineros en su trabajo; y no por el oro, sino por el pan».
DANIEL B. WOODS, Sixteen Months at the Gold Diggings

«Pensaba en aquellos que hacen el trabajo del mundo y a quienes nunca se les ha pagado lo suficiente ni se les pagará, y se levantan, y son abatidos, y al final siempre pierden».
EDWARD ABBEY, In Defense of the Redneck


La clase obrera no escribe muchos libros de historia. La clase obrera no produce muchas películas ni programas de radio. La clase obrera no tiende a contratar asesores mediáticos ni agentes teatrales. La clase obrera ha desempañado un papel insignificante a la hora de dar forma a su imagen popular.
Y esto es así porque la clase obrera está demasiado ocupada currando.
A la clase obrera le sobran los motivos para estar cabreada. Por desgracia, solo se da cuenta de ello la clase obrera.
Aclárame esto, cariñito: ¿qué parte de la ira de la clase baja blanca no tiene NADA que ver con el odio al negrata y emerge en su lugar de los traumas acumulados por ser históricamente una clase trabajadora sobre la que poder cagarse? ¿Cabe pensar que los llamados Varones Blancos Cabreados puedan estar más cabreados con sus jefes blancos que con sus compañeros de trabajo negros? ¿Qué grado de su intenso rencor podría surgir presumiblemente de generaciones de haber sido aniquilados en la primera línea del frente de la guerra, acribillados por la compañía de la empresa y triturados como salchichas en accidentes laborales? ¿Podría explicarse la hostilidad redneck no a raíz de la intolerancia sino de cientos de años de lento hundimiento en un desmoralizador zurullo gigante de deudas, trabajo excesivo y promesas incumplidas?
Si alguien llegase a concebir una máquina capaz de medir el odio (un odiómetro) apostaría todas mis monedas falsas a que existe más odio entre jefes y empleados que entre negros y blancos. Es muy probable que en el lugar de trabajo se dé más sadomasoquismo psicológico, más trato inhumano de hombre a hombre que en cualquier otra parte. Más ancha que el abismo entre la vainilla y el chocolate, incluso más gruesa que el muro que divide el Norte del Sur, es la brecha entre jefe y empleado.
Una fábula de guardería llamada el Sueño Americano (esa promesa de Ratoncito Pérez de un rebosante tarro de galletas gratis para cualquier niño que simplemente logre estirarse lo suficiente para alcanzarlo) ha mantenido a la mayoría de los norteamericanos en la negación amnésica de nuestras rígidas barreras de clase. Unos pocos elegidos jamás han necesitado soñar, mientras la mayor parte ha sido recompensada únicamente con sueños. La idea de que Estados Unidos se autoengaña con lo de ser una sociedad sin clases se ha expresado tantas veces que se ha convertido en un cliché. Pero es un cliché que se nos sigue olvidando.
Mientras la juventud de ahora se ve obligada a saber mucho sobre racismo,  lo más seguro es que no puedan decirte una sola cosa sobre la historia del trabajo en Estados Unidos. Y es una lástima, porque les están cebando para el matadero, exactamente igual que a sus antepasados. ¿Nunca os habéis percatado de que la clase obrera blanca ya no es realmente un tema cinematográfico? Solo importa la
raza, no la clase. Veréis un montón de "Matar a un ruiseñor", pero cada vez menos "La ley del silencio". Continuamos flagelándonos con lo de los vaqueros y los indios, pero no sentimos ninguna culpa ante lo que las compañías ferroviarias hicieron a los trabajadores del ferrocarril. No pasará ni un segundo sin que alguien ponga en bucle rollos y más rollos de policías blancos aporreando a tipos negros, pero nunca veréis metraje de los guardias de Pinkerton ametrallando a los mineros del carbón.
La mayor historia de Estados Unidos no es la del racismo, sino la de los recortes. Pero los pintamonas de los grandes medios apenas emiten un mínimo gorjeo acerca de nuestro cada vez más amplio apartheid económico. Casi todos los lameculos de las empresas mediáticas, ya sean las inscritas plenamente en «el sistema» como las «alternativas», dan la impresión de estar insalvablemente apartadas de la experiencia media de ese ser tan despreciable que es el obrero blanco. Su especialidad es el lameculismo del status quo y el barriobajismo más descarado; los reporteros del sistema alaban a los codiciosos tiburones yuppies, mientras los escritores alternativos idolatran entre lágrimas a las putas del crack. A no ser que seas un millonario blanco o un indigente negro, nadie querrá conocerte. Es digno de mención que ambos tipos de escritor (los apologistas del sistema y los fabricantes de excusas alternativas) suelen extraerse de las clases media y alta de Blanquilandia. Los cabeza-hueca blancos de clase obrera raras veces pueden permitirse el tiempo y el rechazo extenuante que requiere el desarrollo de una carrera de escritor. Así que es comprensible que los hijos de papá y los niñatos de fondo fiduciario malinterpreten la historia de la clase trabajadora. Comprensible, pero imperdonable.
De todo el odio que he generado a lo largo de mi vida (y he tenido mi buena parte), el noventa y nueve por ciento ha ido dirigido a los blancos ricos, sobre todo a mis jefes. Y si no era a un jefe, era a algún comerrabos de los medios que me chasqueaba la lengua con desaprobación igual que hacía mi jefe, ggrrr, recuerdo cómo me echaban la culpa. Yo me despertaba, arrastraba mi flácido trasero de puerco al trabajo, engrilletado durante ocho o diez horas de abuso, fichaba a la salida, corría de vuelta a casa, me hundía frente al televisor y zapeaba por los canales para ver cómo todos los locutores me insultaban (un HOMBRE BLANCO MALIGNO) por haber sido la causa de todos los sufrimientos del mundo. No parecía tener la menor importancia que jamás en mi vida hubiese tomado una sola decisión que hubiese afectado a alguien. Ni UNA. Nací en una clase que me situaba en el extremo RECEPTOR de las decisiones. No tenía el menor puto CONTROL sobre la vida de nadie, y el dominio de la mía se veía comprometido por la necesidad de currar en un trabajo a tiempo completo. Joder, no hubiese podido oprimir a nadie NI QUERIENDO. Tal y como lo expresó hace poco un amigo: «Si tengo tanto poder, ¿por qué cojones me las veo tan putas para pagar el alquiler todos los meses? ¿Si es verdad que tengo sometido al hombre negro, cómo es que no puedo hacer que me lave los platos?».
El privilegio cutáneo es, en buena medida, un mito vendido por quienes se sienten incómodos ante la idea del privilegio de clase. No se trata de la piel, se trata de la clase. No es epidérmico, es jerárquico. El sociólogo Max Weber definió una vez «clase» como «oportunidades en el mercado(1)». Casi todo el mundo, menos los políticos y los idiotas ricos, se da cuenta de que no todos nos precipitamos del útero sanguinolento con las mismas oportunidades. No todo el mundo nace con la misma oportunidad de evitar el trabajo deshumanizador. No todo el mundo tiene las mismas posibilidades de eludir el servicio militar. No todos nacemos en vecindarios igualmente libres de crimen. No todo el mundo tiene la misma oportunidad de ir a la universidad. No todos podemos esperar enfrentarnos a los mismos riesgos ambientales y laborales. No todo el mundo hereda la misma cantidad de tierra o dinero de sus padres.
En el vecindario de mi deslustrada juventud conocí a un montón de brillantes hijoputas que ahora son mendigos y/o alcohólicos simplemente porque no se les dio mucho margen para joderla. Y como currante me vi obligado a inclinarme ante una caravana interminable de gente luminosamente ESTÚPIDA que solo presumía de que mamaíta y papaíto les habían bañado en oro.
Los chavales protegidos, mimados, debiluchos, atrofiados y resguardados que nunca TUVIERON que trabajar duro para sobrevivir, jamás tendrán la más remota idea de lo que estoy farfullando. Para ellos, la ira de la clase obrera les parece siempre estúpida, violenta y, por encima de todo, infundada. Los chavales que se posan como mosquitos sobre la riqueza de sus padres, los chavales «bonitos» con dientes bonitos del lado bonito de la ciudad, no cuentan con una explicación sólida para la existencia de la basura blanca, más allá de lo puramente conductual. Se limitan a menear la cabeza hasta que los copos de caspa revolotean suavemente hasta el suelo de mármol, preguntándose cómo es posible que alguien pueda llegar a ACTUAR de esa manera. Parecen pensar que si los rednecks simplemente se duchasen, se vistiesen bien y se quemasen las pestañas trabajando durante unas cuantas semanas, florecerían transformados en agentes financieros.
Algunos cabeza-huecas piensan que si el racismo desapareciera, también lo haría la injusticia. Parecen creer que la clase baja se esfumaría si la gente dejase de discriminar basándose en la raza o el género. Como pasa con todos los pensadores idealistas, están trágicamente equivocados. Deshacerse de la discriminación no va a eliminar el desempleo. No va a desmantelar el sistema clasista. No va a borrar la línea entre los que sudan y los que no. Es muy simple (demasiado simple para que lo pillen los simplones), la igualdad social es imposible en un mundo compuesto por jefes y currelas.
La gente a la que del mosqueo se le retuerce el escroto y los labios vaginales en forma de pretzel ante el más leve insulto racista no se siente ni mucho menos tan molesta con obscenidades tales como «la guerra estimula la economía» o «porque siempre tendréis pobres entre vosotros». Estas máximas jamás se cuestionan. Pero esa manera de pensar (apropiadamente llamada Supremacía Económica, dado que antepone el dinero a las vidas humanas) ha matado a más gente, negros y blancos, que el racismo.
Se ha dicho que el racismo es el secretito más sucio de Estados Unidos. De ser así, Estados Unidos es un enorme bocazas que no es capaz de mantener muy bien un secreto. Lamento joderos el subidón, pero creo que alguien descubrió el pastel del Klan hace ya mucho tiempo.
Sin embargo, el clasismo sigue siendo un grano prácticamente sin rascar en el cochino culo de nuestra nación. Si cada estadounidense pensase en la clase en lugar de en la raza durante solo cinco minutos al día, sucederían algunas cosas revolucionarias. Y con lo de «pensar» en la clase no me refiero de una manera distanciada, como si se tratase de jugar a una especie de Trivial Pursuit marxista, me refiero a pensar en serio, considerando hasta qué punto la posición económica heredada afecta de verdad a las vidas humanas. El foco obsesivo en el enfrentamiento entre rednecks y negratas (totalmente desproporcionado en relación con cualquier disturbio racial comprobable) oscurece con éxito la posibilidad de lo que podría suceder si alguien expresara las cosas en términos de trabajadores contra jefes.
La psicología redneck se entiende mejor al explorar la historia del trabajo, no la teoría racial. Entre toda la retórica melosa sobre la igualdad racial, hemos perdido completamente de vista la igualdad económica. Los bustos parlantes de la televisión no dejan de hacerse los longuis con el tema de la injusticia racial, pero el hecho de que existan ricos y pobres es aceptado sin reservas. Mientras que se han quitado todas las fuentes para «blancos» y para «gente de color», aún quedan miles de restaurantes, pubs, campos de golf y vecindarios vallados en los que los pringados de clase obrera de cualquier color nunca serán bienvenidos. Tal y como están las cosas, resulta blasfemo excluir a alguien de tu barrio por otro color que no sea el verde dólar.
Hoy, a la persona que proponga la igualdad económica se le consideraráigual de chiflado que quien crea en la desigualdad racial. Se traga como artículo de fe el hecho de que, sencillamente, no podemos sobrevivir sin jefes y trabajadores, sin inversores y el vasto bloque de capital humano en el que estos invierten. Podemos imaginarnos un mundo sin nazis, pero no un mundo sin jefes.
«Trabajo libre» es un oxímoron y solo los imbéciles creen que algo así puede existir. Es imposible trabajar para otro y ser a la vez libre. La mayoría de la gente es libre de tomar una sola decisión en su vida: trabajar o morirse de hambre. Elresto es competencia del jefe. Fijaos en cualquiera de los cientos de millones de ceños fruncidos que van cada mañana camino del trabajo, puestos en libertad en un mundo en el que todo lleva una etiqueta con su precio. Si el trabajo asalariado fuese realmente un contrato libre entre iguales, igual de fácil sería intercambiar los papeles de jefe y trabajador en la vida, ¿no? Y sería razonable que tanto el jefe como el trabajador se beneficiasen igualmente del trabajo de este último.
El trabajo es para los esclavos. Por mucho que nos guste pretender que el trabajo asalariado sea, de alguna manera, lo opuesto a la esclavitud, se trata solo de una mutación ingeniosa. Se ve que Karl Marx, ese rojeras cabrón de cara avinagrada, no pensó que el trabajo asalariado representara una mejora con respecto a la esclavitud forzosa(2). Y las némesis ideológicas de Marx en el Banco de Inglaterra convienen en que el trabajo asalariado enriquece a los que ya son ricos. En una carta enviada en 1862 a sus amigotes inversores americanos, un representante del Banco de Inglaterra, el señor Hazard, se restregaba ansiosamente sus antenas de cucaracha ante la perspectiva de un Sur emancipado:
«Es probable que la esclavitud sea abolida por el poder de la guerra, y el cautiverio de esclavos. Tanto yo como mis amigos banqueros en Europa estamos a favor de esto, porque la esclavitud no es más que la propiedad de la mano de obra, lo que conlleva el cuidado de los trabajadores, mientras que el plan de Europa, dirigido por Inglaterra, es que el capital ha de ser quien controle la mano de obra con el control de los salarios…»(3).
Mientras a los abolicionistas de Nueva Inglaterra se les reventaban los vasos sanguíneos lamentándose del espantoso Sur y de su cruel sistema esclavista, dos de cada cinco obreros de sus fábricas eran niños blancos de menos de dieciséis años (algunos solo siete) que solían trabajar muchas más horas que los esclavos sureños(4). Igual que los cientos de miles de niños europeos que fueron incautados, drogados, golpeados y obligados a trabajar hasta matarlos en el siglo XIX, niños esclavos norteamericanos trabajaban con horarios demenciales en estancias oscuras y mal ventiladas, perdiendo sus miembros y sus vidas bajo la mirada cruel de sádicos adultos. Mientras que a los esclavos negros se les liberó presuntamente en 1863, niños de todas las razas siguieron trabajando bajo el látigo industrial hasta principios del siglo XX. Todos aquellos niños, eso sí, eran trabajadores libres.
Como también fueron libres los millones de antiguos esclavos sureños cuya emancipación solo logró que regresasen a las plantaciones como aparceros y granjeros arrendatarios. Cínico acerca de la tierra que se asentó tras la tormenta de polvo de la Reconstrucción, un escritor de un periódico negro dijo que la Guerra de Secesión daba la impresión de haber sido mejor negocio para los inversores del Norte que para los negros del Sur: «Los esclavos pasaron a ser siervos y se les encadenó a la tierra […] Tal fue la alardeada libertad adquirida por el hombre de color de manos de los Yanquis(5)».
El sistema sureño de cosecha se ganó altísimas calificaciones en el Derby de Trabajos de Mierda. La centralización progresiva de la agricultura sureña, financiada sobre todo por no agricultores que jamás habían vivido en una granja ni habían recolectado una bola de algodón, cercó muchas de las tierras de dominio público con las que incontables granjeros blancos independientes habían sobrevivido hasta entonces. Aunque nominalmente libre para competir en el mercado, el terrateniente rural se veía constantemente socavado por losgrandes hacendados que contrataban ejércitos descomunales de escardadores. Al igual que la mayor parte de los pequeños empresarios de la actualidad, el granjero autosuficiente fue expulsado del juego por los Grandes, y casi todos los jugadores pequeños se vieron precipitados hacia el estercolero de la aparcería y el arrendamiento. Tanto a los exesclavos como a los exgranjeros blancos se les aplastó hasta hundirles en esa clase. A principios del siglo XX hasta los granjeros norteños trabajaban más horas que las que habían trabajado los esclavos en el Sur prebélico(6).
Mientras resultaba cierto que el propietario de una gigantesca plantación sureña no era propietario de los cuerpos de sus aparceros de por vida, no era menos cierto que tampoco tenía que alimentar ni dar techo a esos cuerpos de por vida. Siempre podía contratar nuevos cuerpos. A los trabajadores que se quejaban se les cortaba inmediatamente el crédito y se les desalojaba de la granja, pasando a ser «basura despreciable» en una economía destruida en la que para poder sobrevivir era preciso contar con una cuenta de crédito. A quienes deseaban permanecer en la granja se les obligaba a postrarse ante los Grandes Patrones. Se decía que el arrendatario sureño (que se diferenciaba del aparcero en que poseía algunas herramientas propias) era un trabajador libre. Pero no tenía ningún control sobre el sistema de crédito, ningún control sobre la contabilidad, ningún control sobre la venta de las cosechas, ningún control sobre los vaivenes del mercado, ningún control sobre los precios en la tienda local del Patrón y ningún control sobre los matones a caballo que contrataban para golpearle al menor atisbo de que se estuviese volviendo perezoso. «Considerar a esa gente campesinado es subirles de categoría», afirma el historiador David E. Conrad, «pues, a diferencia de los campesinos de la Europa medieval, no contaban con la garantía de la tierra ni con derechos que tanto el arrendador como el gobierno estuviesen obligados a respetar(7)».
Las familias de arrendatarios, en su mayor parte analfabetas y sin conciencia de la estafa a la que estaban siendo sometidas, se vieron atestadas en chabolas como cajas de cerillas, sin electricidad ni agua corriente. En una fecha tan reciente como 1935, menos de una de cada veinticinco granjas sureñas poseía cableado para instalar bombillas(8). De los millones de familias arrendatarias del Sur, puede que dos de cada tres fuesen blancas, con lo que las filas de arrendatarios casi se dividían a partes iguales en la línea de color(9). Sofocadas de calor en verano y temblando de frío en invierno, sin nada parecido a un cagadero externo en el que tener algo de privacidad, las familias de arrendatarios atendían sumisamente al repicar de la campana matinal que les llamaba al TRABAJO. Se pasaban años luchando con el tiempo caprichoso, la tierra muerta, hordas de bichos voraces, la malnutrición y la enfermedad debilitadora. Pero el peor insulto se les reservaba normalmente para fin de año, cuando llegaba el momento de hacer las cuentas. Lo que el arrendatario sureño casi siempre obtenía por todo su sudor, sus callos, sus músculos doloridos y su piel ajada era absolutamente NINGÚN ingreso anual, es más, se encontraba endeudado con el Patrón. Más que ser una aberración, lo de tener ingresos anuales negativos era la norma. Se le tendría que extender más crédito con avidez, y el foso se iría haciendo más hondo hasta que ya resultase imposible salir de él y escapar. Tal y como lo expresó una arrendataria: «Esos siempre sabían arreglárselas pa que los pobres nunca tuvieran oportunidá de sacar ná(10)». Algunos patrones explicaban benévolamente que el endeudamiento esclavista en realidad beneficiaba a los granjeros sureños pues la deuda garantizaba que los negratas perezosos y la basura blanca pobre siguiesen trabajando duro.
Incluso con la más fértil de las cosechas y los precios más halagüeños, un esclavo de la cosecha podía darse con un canto en los dientes si lograba rascar COMO MÁXIMO un par de cientos de dólares por el trabajo de todo un año. Pero cuando los precios se desplomaron a finales de los años veinte, lo único que podría permitirse sería un traje nuevo a cambio de otro año de trabajo desmoralizador. En la década de 1930, la nación se enfrentó al irónico espectro de los granjeros muriéndose de hambre. Los programas de «ayuda» del gobierno como la Ley de Ajuste Agrícola de 1933 canalizaron fondos directamente a los poseedores de las tierras, no a los que las trabajaban. Los terratenientes consolidaron de este modo su mando sobre granjas más grandes y cada vez más automatizadas. Imitando el movimiento de cercado inglés de unos siglos antes, desecharon a cientos de miles de granjeros de la tierras en las que habían trabajado sus familias durante generaciones. Los bulldozers aplastaron fácilmente sus barracas abandonadas. Con todo lo brutalmente ingrata que había sido la aparcería, ya ni siquiera volvería a ser una opción.
El granjero se siguió viendo cercado. En 1950, diez millones de estadounidenses se ganaban la vida arando la tierra. En 1980 ya eran menos de cuatro millones. En 1990, alrededor de dos. Y es muy probable que al menos medio millón más hayan desaparecido a estas alturas. Dudo que alguien que no sea granjero pueda apreciar hasta qué punto se ha jodido al granjero estadounidense. Dado que nunca he plantado más que semillas de marihuana, no me las daré de saber lo que es que se me presente un acreedor y me arrebate la tierra porque el gorgojo haya echado a perder la mayor parte de la cosecha del año. Solo declararé de un modo respetuoso que los granjeros, ya sean blancos, negros o pardos, han sido uno de los grupos más maltratados e infravalorados de nuestra historia. Mientras a cada minuto brincan de la pantalla de tu televisor paletos rurales cómicos, no verás muchos granjeros trágicos en horas de máxima audiencia. Puede que casi todos los canales de televisión sean propiedad de los mismos tipos que ahora son dueños de las granjas.
Del mismo modo, los Hatfield y los MacCoy homicidas están incrustados profundamente en el imaginario mítico de la cultura popular, mientras que el salvajismo infligido en los Apalaches por las compañías mineras y madereras durante la misma época se desconoce casi por completo. A medida que los ferrocarriles comenzaron a reptar por los bosques de los Apalaches a finales del siglo XIX, los chicos ricos en capital del Este se dieron cuenta de que los recursos naturales de las montañas, tan sumamente desaprovechados, eran una caja registradora a la espera de ser saqueada. En cuanto se bajaron del tren, se pusieron a aspirar toda la tierra que pudieron. Proliferaron negociaciones de contratos fraudulentos entre lisonjeros agentes bien adiestrados de las empresas y montañeses confiados de los que apenas una cuarta parte sabía firmar con su nombre. Rascando una «X» en la línea de puntos, muchos habitantes de los cerros renunciaron sin saberlo a toda la riqueza mineral que había bajo el mantillo de sus tierras que pasaron a manos de los saqueadores de las compañías. Se despertaron una mañana para encontrarse con maquinaria estruendosa removiendo la tierra de sus jardines.
La vida en la montaña, todavía resentida por el anárquico saqueo guerrillero que siguió a la Guerra de Secesión, se vio aún más dislocada por la ávida voracidad de tierras de los de fuera. La Comisión Tributaria de Virginia Occidental profetizó en 1884 que, si se mantenía la tendencia, el estado no tardaría en «pasar a manos de personas que no viven aquí y a quienes nuestro Estado no les importa salvo para embolsarse los tesoros que yacen enterrados en nuestras colinas […]». La Comisión predijo que una vez que los empresarios ausentes hubiesen dejado la región seca de madera y carbón, la población local se quedaría «pobre, indefensa y desamparada(11)». ¿Os habéis pasado últimamente por Virginia Occidental?
Casi todos los sinvergüenzas animadores del «Nuevo Sur» con sus medios de comunicación de «Hola, amiguitos», no compartieron la preocupación de la Comisión y, en lugar de eso, en vez de posicionarse con los yokels locales, se pusieron del lado de los muchachos de las compañías. Las clases altas de Kentucky y de Virginia Occidental sacaron más tajada de los inescrupulosos capitalistas conquistadores que de los corn-crackers de la región. Ese fue el motivo por el que los periódicos locales, propiedad de la gente bien, silenciaron el hecho de que las compañías mineras estuviesen matando a más gente que todas las ancestrales enemistades montañesas juntas.
No es coincidencia que surgiesen informes de prensa sensacionalista de rivalidades entre caníbales de las montañas al tiempo que a los habitantes de las montañas se les estaban arrebatando sus tierras de un modo fraudulento y generalizado. La edad dorada de las enemistades familiares duró más o menos
desde 1875 hasta 1915; durante el mismo período, la titularidad de los Apalaches cambió casi por completo de manos locales a las zarpas de los de fuera. Y para los intereses capitalistas que se manifestaban a través de los periódicos, los montañeses desgarbados y violentos estaban bloqueando el camino del progreso. Se precisaba una excusa para quitárselos de en medio y dieron con ella en la bien probada Mancha de la Barbarie. Para excusar lo que equivalía a una violación económica, se tuvo que argumentar que los hillbillies lo habían estado pidiendo a gritos. Y por eso a los montañeses se les retrató tal y como se había retratado antes a los indios; unos primitivos imprevisibles que habían perdido sus derechos a la administración de la tierra debido a su prehistórica indolencia.
Para sentirse mejor por robar a los moradores de las montañas, se creyó necesario deshumanizarlos antes. El 12 de febrero de 1888, el Louisville Courier-Journal denunció las «inhumanas torturas» de los «salvajes blancos» de las colinas(12). A los seis días, el New York Times señaló que «el carácter
puramente salvaje de la población» podría necesitar la imposición de algunas «influencias civilizadoras» para alzar y modernizar a esas «sencillas criaturas de la naturaleza(13)». Al tratar de pintar los acontecimientos de colores más alegres, el promotor local J. Stoddard Johnston explicó que no había que culpar a los hillbillies si actuaban como ñus chillones; lo único es que sufrían por falta de un trabajo asalariado. Pero Johnston añadió que no había que inquietarse, porque «había llegado la ayuda a esas gentes abandonadas» bajo la forma de unos mesías de fuerza industrial(14).
Los periódicos no parecían ni mucho menos tan preocupados por el hecho de que los montañeses se estuviesen rociando entre sí a base de perdigonazos como por el hecho de que las historias pudiesen llegar a filtrarse fuera de los Apalaches y disuadiesen a los inversores de espolvorear su camino con un poco de azúcar. «Los capitalistas», se lamentaba el Wheeling Intelligencer, «se niegan a venir y a hacer prospecciones porque dicen que les dan miedo nuestros forajidos. No puedes hacer que se adentren en el interior para inspeccionar nuestra tierras mineras y madereras porque temen que les tiendan una emboscada(15)». Mientras el eco estruendoso de los trabucos de las montañas pudo haber espantado a uno o dos miedicas de ciudad, en general no fue cierto; los capitalistas estaban secuestrando tierras con la misma rapidez con que redactaban contratos fraudulentos. A decir verdad, los montañeses tenían más que temer de los capitalistas que estos de ellos.
Aun cuando menos del uno por ciento de la gente de la montaña se vio alguna vez envuelta en las enemistades, la vieja Mancha de la Barbarie se les pegó prácticamente a todos. Y aunque hubiesen muerto alrededor de cien personas a lo largo de toda la historia de la rivalidad en la montaña, más de cien morirían masacradas en la explosión de una sola mina de carbón.
¡BOOOM! Trescientos sesenta y un muertos aplastados en Monongah, Virginia Occidental, en 1907. ¡POW! Ciento ochenta y tres cuerpos explotaron en Eccles, Virginia Occidental, siete años más tarde. ¡CRUNCH! Ciento docemineros de Virginia Occidental fulminados en Layland en 1915. ¡BAM! Ciento noventa masacrados en Benwood, Virginia Occidental, en 1924. Incluso aunque la Primera Guerra Mundial dejase en su estela diez millones de cadáveres, los soldados norteamericanos estuvieron estadísticamente más seguros en los campos de batalla de Europa que los mineros del carbón en Virginia Occidental durante el mismo lapso de tiempo(16). Los mineros de los Apalaches tenían el índice de mortalidad más pronunciado del mundo industrial. Se extraían cadáveres de las minas con la misma despreocupada indiferencia que si fuesen trozos de carbón, solo que el carbón era más valioso.
Demasiadas moscas muertas en el parabrisas. Mete otro cadáver bajo el martinete de la excavadora y observa cómo lo despachurra. Túmulos de trabajadores muertos. Su sangre cala sus camisas de currantes y empapa la tierra, fertilizando la economía. Entran jóvenes y saludables en la casa de la risa y son cagados por el otro extremo cojos, deformes y teñidos de cáncer. Todos esos cuerpos de mineros destripados no son nada inusual en el mundo del trabajo libre. La cruda maquinaria de las viejas casas de trabajo de Inglaterra siempre sirvió como artefacto accidental de tortura, triturando los dedos y los miembros de adultos y niños que estaban tan mortalmente cansados que no se daban cuenta de que se estaban inclinando más de la cuenta sobre el metal rugiente. Los trabajadores norteamericanos del ferrocarril caían muertos a una velocidad de unos doscientos al año a lo largo de la década de 1890. Otros doscientos mil trabajadores del ferrocarril quedaron mutilados o lesionados durante esa misma década(17). Solo en el año 1914, se estima que unos treinta y cinco mil norteamericanos perdieron la vida mientras trabajaban(18). En la década de 1920, cerca de un cuarto de millón murieron en el trabajo y un millón adicional quedaron tullidos de por vida(19). Durante la Guerra de Vietnam, no hubo un solo año en el que las bajas de soldados superase en Estados Unidos a los que morían en sus puestos de trabajo(20). Y esa estadística solo cuenta las muertes por accidente, no todas las enfermedades fatales relacionadas con el trabajo como la neumoconiosis, la septicemia, los daños neurológicos y cualquiera de los incontables tipos de cáncer. Aún en la fraternal década de 1990, los puestos de trabajo estadounidenses se saldaron con cerca de quince mil cadáveres al año, sin contar las muertes relacionadas con las enfermedades relacionadas con el trabajo(21). Los camioneros de largas distancias, esos trabajadores redneck arquetípicos, acababan cada año como animales arrollados. En 1992, se consignaron seiscientas una muertes de camioneros que se quedaron dormidos al volante por agotamiento(22).
Mi tío Arnie murió a causa de un golpe de calor mientras trabajaba en una plataforma petrolífera de Texas. También corren rumores (difíciles de confirmar puesto que el rabioso borracho ya no está con nosotros) de que mi abuelo paterno murió de las múltiples heridas ocasionadas en un accidente de la cantera donde trabajaba. Hay motivos para sospechar que el cáncer que acabó con mi padre a los cincuenta y nueve años estaba relacionado con todas las toxinas que inhaló y sangró como fontanero y obrero de una refinería de petróleo. ¿Quién sabe cuántos de mis antepasados americanos, en la línea espermática que corre desde los iniciales siervos de cumplimiento forzoso y los convictos hasta mí, fueron devorados vivos por la máquina?
Las compañías mineras del este de Kentucky y de Virginia Occidental contaban con un método tradicional para tratar con los obreros que se habían quedado desfigurados, ciegos o lisiados en un accidente minero. Se denominaba desahucio. Después de pasar por ese dolor que te cauteriza el alma de convertirte en un discapacitado, al minero se le ordenaba severamente que abandonase las instalaciones junto con su familia, se le desprendía sin miramientos de su sustento y era improbable que volviera a encontrar un trabajo en su vida. Su casa no tardaría en ser ocupada por otra familia al frente de un hombre con un cuerpo capacitado para socavar día y noche la roca dura.
Pero incluso quienes lograban escapar de la muerte accidental y del desmembramiento tampoco tenían probabilidades de cumplir sus sueños en un pueblo minero de los Apalaches. Como con las plantaciones de aparcería más al sur, los jefes de las compañías controlaban cada casilla del tablero de juego.
Escogían cuidadosamente a los testaferros del gobierno local y de las fuerzas del orden. Eran dueños del sector inmobiliario de la ciudad, de las escuelas, las iglesias, las tiendas, las gasolineras, los cines y los hospitales. Aunque los mineros tenían su sueldo, casi todo su salario regresaba a la compañía en forma de alquileres, servicios, herramientas y comestibles. A los trabajadores se les solía pagar solo con vales, fichas de basto latón o aluminio canjeables únicamente en el economato de la compañía. Pero debido a los precios hiperinflados de aquellas «ladronerías», un vale de un dólar equivalía a unos sesenta centavos. Mientras los patrones recuperaban toda su inversión minera solo con la recolecta del alquiler de sus obreros (sin contar un centavo de la pasta que hacían vendiendo el carbón), el minero ordinario siempre acababa debiéndole el alma a la tienda de la compañía. Aunque los patrones y los obreros fuesen teóricamente iguales, todo el dinero se quedaba en un lado mientras que todo el trabajo se reservaba para el otro.
Cuando la industria del carbón se fue al garete con las crisis de precios y producción, fue sin duda culpa de la pésima gestión del Patrón. El minero estaba demasiado ocupado dejándose la piel en la mina para afectar la planificación empresarial. Pero fue el minero, no el patrón, el que se vio obligado a sufrir. Los recortes en la industria del carbón significaron que habría menos mineros trabajando más horas por salarios más bajos. También habría supervisores e ingenieros peor pagados, por lo que las muertes y las mutilaciones NO se recortarían. Después de doce horas de estar agachado en una oscuridad casi absoluta, inhalando polvo de carbón y picoteando rocas monótonamente, un minero podía darse con un canto en los dientes si podía permitirse un saquito de harina con el que poder alimentar a su familia. Pero cada vez más, incluso ese escenario de pesadilla estaba siendo eliminado como opción porque las horas de trabajo disponibles se estaban agotando en todo el territorio del carbón.
A los que se quejaban de las nuevas condiciones se les entregaban notificaciones de despido. A quienes intentaban sindicarse y hacer frente al poder de los patrones eran atacados a porrazo limpio por tropas policiales contratadas por la compañía que dejaban a los mineros arrastrándose por el suelo, con los cráneos reventados y ensangrentados. Aunque las compañías mineras estuviesen reduciendo personal, tenían bastante dinero para contratar polizontes armados, detectives privados y matones enmascarados para desbaratar los incipientes sindicatos a través de la violencia terrorista. Asesinatos tipo ejecución de organizadores sindicales estaban a la voz del día. Y aparte de aquellas milicias privadas que poseían, los Grandes Patrones tenían suficiente influencia política para contar con el apoyo de la milicia estatal o de la Guardia Nacional cuando viesen que no se podía doblegar a los mineros con facilidad.
La mayor parte de los diecinueve mineros asesinados en Pennsylvania por los polizontes de la compañía en la Masacre de Lattimer de 1897 fueron acribillados por la espalda. También los diez huelguistas asesinados por la policía en Chicago durante la Huelga de Republic Steel de 1937. Los nombres con que se conocen muchos de los conflictos sindicales de la época («Harían Sangriento», «Mingo Sangriento», «La Masacre de Matewan») muestran que fue un período estruendosamente violento. Típicas del odio antisindical endémico de la policía fueron las declaraciones jactanciosas que le dedicó el sheriff Cliff Corprew de Dadeville, Alabama, a los trabajadores en huelga: «Vamos a utilizar ametralladoras y vamos a acribillaros hasta acabar con todos vosotros, cabrones(23)».
Ametralladoras (concretamente, ametralladoras Gatling) fueron las que utilizó la Agencia de Detectives Felts para reducir a los mineros en huelga durante la Masacre de Ludlow de 1914 en el sur de Colorado. Sesenta y seis personas fueron asesinadas por los polizontes a sueldo de Rockefeller. Once de las víctimas fueron mujeres y niños que quedaron achicharrados como tostadas humanas cuando los guardias incendiaron las tiendas del campamento de los huelguistas. El megahipermillonario John Davison Rockefeller, preocupado por que su imagen pública hubiese podido quedar dañada, posó para varias fotografías dando limosna a los niños necesitados.
Aunque lo de la mano de obra contra los directivos tuviera toda la parafernalia de una guerra, las bajas fueron manifiestamente asimétricas. En toda la historia de la violencia laboral en el Sur, no murió un solo patrón.
Desde luego, los patrones siempre han recurrido a la fuerza para mantener el poder sobre los trabajadores. Pero la fuerza es tan inmediatamente fea, una exhibición tan clara del principio amo/esclavo, que suele provocar una reacción defensiva igualmente violenta. Métodos más sutiles de control del trabajador probaron ser mucho más eficaces.
La inmigración ha sido, históricamente, uno de esos métodos. Me he dado cuenta de que en el caso premilenario de los resfriados que afectaron a la sociedad norteamericana, cualquiera que cuestionase nuestra despatarrada política de inmigración era automáticamente tildado de racista. Enseguida sale a
colación el mantra de «¡Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres!…» que reza la placa de la base de la Estatua de la Libertad para avergonzar a quienes se atrevan a atacar la sabiduría de nuestra política de puertas abiertas. Esto, no obstante, ignora dos hechos bastante abrumadores. Uno, que esa cursilada de placa no se adosó a los pies de la Señora Libertad hasta muchos años después de que la inmigración masiva a través de Ellis Island quedase restringida por la ley. Dos, una importante proporción de aquellas masas inmigrantes, amontonadas como venían, fueron expedidas por los patrones de las compañías para que hiciesen de esquiroles y deflactores de salarios. Un detalle que a menudo se extravía es que Ellis Island floreció junto a unos niveles tremendos de violencia laboral. Si los sentimientos en contra de la inmigración hubiesen sido estrictamente racistas, líderes negros como Frederick Douglass y W. E. B. Du Bois no hubiesen suplicado a la administración capitalista que contuviese el flujo de inmigrantes europeos y, en su lugar, diese los puestos de trabajo a negros nacidos aquí. Y si todas las fuerzas antiinmigración de hoy estuviesen integradas únicamente por rednecks intolerantes, los sondeos de opinión no mostrarían negros nacidos aquí e hispanos superando sistemáticamente en número a los blancos en su 2 al aumento de la inmigración(24). La clase obrera, al margen del color, es plenamente consciente de que no estamos sufriendo escasez de mano de obra. Mirad cómo los grupos de interés especial se inclinan hacia el tópico, y puede que surja una imagen más clara: empresas monstruosas están financiando causas en favor de la inmigración, mientras los sindicatos y las organizaciones de trabajadores se oponen a ella.
Las encuestas demuestran una y otra vez que tres de cada cuatro estadounidenses desaprueban que haya más inmigración(25). Al ignorar los deseos de los ciudadanos, George Bush conjuró en 1990 una imaginaria «escasez de mano de obra» y consiguió que se aprobase por ley que se resquebrajasen las esclusas de un cuarenta por ciento más. En los últimos diez años han entrado legalmente en este país más inmigrantes que en la época de máximo apogeo de Ellis Island(26). Esto sin contar los cinco millones de inmigrantes que se estima que se colaron por los torniquetes de manera ilegal. Y todo mientras los sindicatos estaban siendo desmantelados, las prestaciones laborales se eliminaban, los salarios se deshinchaban y la seguridad de un trabajo fijo se desvanecía.
Quiero dejar claro que me opongo a las políticas empresariales y que no estoy poniendo una sola molécula de responsabilidad sobre los inmigrantes. Sí, Gandhi, ya sé que la mayoría eran campesinos oprimidos en sus países de origen. Por supuesto, Madre Teresa, nuestra nación se fundó sobre la usurpación violenta de tierra, pero también fue así en todas las putas naciones del mundo. Con solo el cinco por ciento de la población mundial, ¿hay alguna razón más allá de la ñoña hermandad universal para que sigamos recibiendo más inmigrantes que el resto del planeta junto? ¿Es posible que detrás de todos esos globos multicolores y esos conmovedores apretones interraciales de manos tan fotogénicos esté el deseo de un excedente de mano de obra dócil? ¿Hasta qué punto el «¡Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres!…» se traduce en «mantenednos bien surtidos de mano de obra barata»? ¿Cuándo empezamos a alimentar a los que ya estaban en la mesa en lugar de añadir más platos para la cena?
En las ciudades mineras de los Apalaches, las importaciones masivas de trabajadores esquiroles nacidos en el extranjero ayudaron a pulverizar la solidaridad de los sindicatos locales. La automatización acabó el trabajo. Al igual que la tecnología agrícola dejó a millones de aparceros sin bogar, la mecanización de la extracción minera empobreció la meseta de los Apalaches. Solo en la década de 1950, la región perdió un cuarto de millón de puestos de trabajo. Los niveles de desempleo, pobreza y hambre se encuentran ahora entre los más altos de la nación. Los bosques han desaparecido. Casi todas las minas son acumulaciones abandonadas de residuos. El aire, el agua y la tierra están envenenados con filtraciones sulfurosas. Neveras usadas, coches y otras máquinas muertas ensucian las antaño verdes colinas. Los niños juegan en pilas de basura, con mosquitos zumbando alrededor de sus cabezas y pequeñas protuberancias púrpura donde se les pudrieron los dientes. La región de los Apalaches es un Tercer Mundo Blanco, un chancro gigante ulcerado en la boca sonriente de la nación. Es la ciudad fantasma más grande del planeta. Aunque las compañías mineras siguen sacando provecho de la zona, pero lo hacen con máquinas, no con hombres.
En suma, parece que los Hatfield y los McCoy vivieron mejor que sus descendientes. Tengo un amigo que vive en Pike County, Kentucky, hogar de los McCoy. No hay mucho que hacer por allí en los tiempos que corren. El único trabajo que pudo encontrar fue en el ejército. Así que se alistó.
No importa lo mal que vaya la economía, el ejército siempre parece tener hueco para uno más. Me parece un pelín curioso que nuestro país nunca haya sido invadido (salvo cuando lo invadimos nosotros al principio), mientras millones de estadounidenses han comido balas, metralla y bombas en nombre de vaguedades tales como «los intereses vitales» y «la seguridad nacional». Invariablemente, esos intereses vitales tienden a ser cosas como el petróleo y minerales antes que los cuerpos vivos de los jóvenes soldados. Incluso cuando los traficantes de la guerra puedan poner el grito en el cielo desde sus púlpitos acerca de cosas como Dios, la nación, la democracia o la protección de nuestras
mujeres, siempre hay en liza un dinero obsceno y enmierdado cuando las naciones entran en guerra. Todas las guerras son guerras comerciales. De eso podéis estar seguros. Pueden imponerse excusas ideológicas sobre los incautos para persuadirles de que ofrezcan sus vidas, pero esa es una broma cruel de lo más letal. Si Saddam Hussein hubiese sido un dictador de un país situado en algún lugar del centro de África en el que no hubiese petróleo, nos la habría sudado mucho que actuase como Hitler.
Puede parecer extraño empezar de pronto a refunfuñar acerca de la guerra en mitad de un capítulo sobre los patrones y los obreros, pero dadme un minuto para que pueda explicarme, bastardos ansiosos. La relación entre quienes orquestan las guerras y quienes luchan en ellas es directamente paralela al modelo de quienes financian la economía y quienes trabajan en ella. A lo largo de toda la historia, los tipos más ricos han considerado la vida de soldado como trabajo de negrata. Los granjeros pobres y los exsiervos lucharon en la Revolución Americana sin que les pagasen, mientras los chicos adinerados evitaron el servicio pagando cinco libras esterlinas(27).
Los reduccionistas raciales hacen fibrilar sus campanillas proclamando cómo la riqueza de nuestra nación fue construida gracias a la esclavitud negra que recolectó el algodón, pero puede que sea más seguro afirmar que se ha hecho más dinero manchado de sangre con la guerra que con cualquier otra cosa. La sabiduría popular dice que la guerra estimula la economía. Los buques deben ponerse en marcha. Hay que fabricar armas. Hay que coser uniformes. Hay que construir ataúdes. «La guerra es un negocio», se lamentaba el general exmarine Smedley D. Butler en 1935, harto de todo el asunto: «El único en el que los beneficios se cuentan en dólares y las pérdidas en vidas(28)». Habría que añadir que los que arriesgan sus dólares raramente son los que arriesgan sus vidas. Y los soldados que no quedan hechos trizas en el campo de batalla regresan a casa para enfrentarse a una deuda tributaria rascaciélica y a un trabajo incesante. En esencia, se ven forzados a pagar (con intereses) por el «privilegio» de haber sido casi asesinados. Hombres que chapotearon en las trincheras llenas de sangre de la Primera Guerra Mundial, aquella «guerra que iba a acabar con todas las guerras», no tuvieron que esperar mucho hasta que golpeó la Gran Depresión. Y si sigues pensando que el racismo ha herido a más gente que la guerra, trágate esto: en Vietnam murieron más negros norteamericanos que los que fueron linchados en toda la historia de Estados Unidos(29).
Cuatro de cada cinco soldados enviados a Vietnam eran chavales pobres o de clase obrera(30). La gente de cuello blanco, por otra parte, estuvo escasamente representada. Los de cuello blanco obtuvieron prórrogas, los de cuello azul cartas de reclutamiento. La clase obrera aprendió a odiar la guerra vadeando junglas y arrozales; las clases altas aprendieron a odiar la guerra sentaditos en las aulas de Ciencias Políticas, asignatura 101. Vietnam supuso un auténtico hachazo para las relaciones de clases en la Norteamérica blanca y dejó una hendidura aún más profunda que la que ya había desgarrado a la clase política. Los medios (lo recuerdo de cuando era niño) emitieron la batalla doméstica como un enfrentamiento entre «albañiles» de clase obrera en favor de la guerra y hippies de paz y amor. La sorprendente verdad, si hemos de creer los sondeos de opinión, es que la clase obrera estadounidense se opuso a la guerra con más intensidad que las familias de clase media y alta cuyos hijos probablemente eran hippies que iban hasta el culo de ácido proclamando el amor libre(31). Después de todo, eran los hijos de la clase obrera los que estaban muriendo en Vietnam. Lo que se les escapaba a las clases altas era que se necesitaba TIEMPO LIBRE para meterse ácidos y asistir a las sentadas hippies.
Tanto los albañiles como los hippies odiaban la guerra, pero por motivos diferentes. Los albañiles se preocupaban por sus hermanos e hijos, los hippies se preocupaban por los vietnamitas. Y los hippies, que eran como camarones conservados en salmuera, a veces eran más dados a insultar a los títeres de clase obrera que no podían evitar ser llamados a filas que a culpar a los políticos ricos que los reclutaron. Así que la guerra cultural entre albañiles y hippies fue real, pero tuvo más que ver con la antipatía clasista que con la política bélica del gobierno. Los hippies estaban en lo cierto al afirmar que los albañiles estaban luchando una guerra injusta e innecesaria, pero se equivocaban al pensar que a los albañiles les quedasen otras alternativas en el asunto. Y los albañiles estaban en lo cierto al afirmar que los hippies eran hippi-ó-critas al juzgar una guerra que podían permitirse el lujo de evitar.
Los 58.191 estadounidenses que murieron en Vietnam fueron «recompensados» con un resplandeciente muro negro en Washington D. C. Los cerca de ciento cincuenta mil que sufrieron heridas no fatales y el medio millón o más que serían atormentados por el trastorno de estrés postraumático fueron recompensados con muy poco. Se estimó que hubo más excombatientes que se
suicidaron a su regreso de Vietnam que los que murieron en el propio Vietnam. Pero en los Estados Unidos de América nos desembarazamos de la culpa al viejo estilo: haciendo películas.
Nuestro safari militar en Vietnam acabó en 1975, dos años después de que los salarios de los obreros estadounidenses alcanzasen la cota más alta de toda la historia. Desde entonces no ha parado de declinar. En dólares de 1973 ajustados por la inflación, los ingresos medios se desplomaron más del diez por ciento, mientras la productividad per cápita se disparó en casi un treinta por ciento. Los trabajadores habían estado produciendo más y se les estaba pagando menos. Para volver al punto donde él o ella estuviese en 1973, el trabajador estadounidense medio tendría que reventarse el culo seis semanas más que las que él o ella tenían que currarse antes(32). Pero desde 1980 hasta el presente, los integrantes de la Fortune 500[79] duplicaron con creces sus participaciones y multiplicaron los salarios de los directivos en más de un seiscientos por ciento, todo ello al tiempo que despedían a más de cuatro millones de trabajadores(33).
La mayor parte de los millones y millones de trabajos de clase obrera perdidos en Estados Unidos en los últimos veinte años no van a volver. Las máquinas se apoderaron de algunos, los trabajadores extranjeros consiguieron también buena parte de ellos, y muchos puestos de trabajo simplemente desaparecieron. Y los nuevos trabajos que se han creado son asombrosamente mierdosos. Los empleos fijos ya no te garantizan que puedas cubrir tus necesidades fijas. Una tercera parte de los estadounidenses con trabajo fijo ni siquiera pueden alzar la barbilla por encima del umbral de la pobreza(34). Con el siniestro aumento de la media jornada y el trabajo temporal, los estadounidenses cada vez tienen que hacer más malabarismos con dos o tres trabajos mal pagados y siguen sin ser capaces de pagar el alquiler. Una bola cada vez más grande de trabajadores no pueden encontrar curro. Y los que no han sido cercenados por la motosierra de los recortes están trabajando muchísimas horas más. Los únicos con trabajo fijo de este planeta que hacen más horas que los estadounidenses son los coreanos y los japoneses, pero son unos maníacos(35). Los siervos europeos del siglo XIII tenían más tiempo de ocio que el trabajador estadounidense medio de 1996(36). Esto es el progreso.
¿No se suponía que la tecnología iba a liberarnos y no a dejarnos en el paro? ¿Por qué el mercado de valores estalla y los sueldos permanecen estáticos? ¿Por qué nos dicen que hagamos sacrificios cuando sus sueldos triplican o cuadruplican los nuestros? Imbécil de mí, pensé que la cosa mejoraría para los trabajadores al final de la Guerra Fría, no que empeoraría. El «dividendo de la paz», por lo visto, se está gastando en algún lugar al otro lado del charco, donde puedes comprar más mano de obra por un pavo.
En algún momento no muy lejano del siglo XXI, las empresas multinacionales serán más poderosas que las naciones. Cincuenta de las cien entidades económicas más poderosas del mundo son ahora corporaciones; la otra mitad son países(37). Los recortes domésticos de personal tuvieron lugar al mismo tiempo que los jefes consolidaban su poder y ampliaban sus operaciones en el mercado global. Los patrones saben que si los trabajadores empiezan a dar por culo por aquí, hay un aborigen en el interior de Borneo que aceptará alegremente el trabajo por treinta centavos al día. Las multinacionales asesinaron al obrero estadounidense. Lo fundieron, lo rajaron, lo castraron y lo machetearon hasta matarlo. Los patrones simplemente recogieron sus canicas y se largaron a otra parte. Pronto todo el planeta será conducido como un feudo de un pueblo minero de los Apalaches. Por todo el mundo acataremos la campana del amanecer de la plantación global.
Ayer le dijeron a mi mujer que la iban a despedir. Estaba trabajando como secretaria temporal en el departamento de gestión de riesgos de una compañía local de servicios. Se conoce que su jefe no considera la seguridad del trabajador como un riesgo que merezca la pena gestionar con cuidado. Era el undécimo trabajo temporal de mi mujer en menos de dos años, aquí, en Portland. Vi la rígida tristeza instalada en su rostro esta mañana mientras se untaba el maquillaje y se embutía en su vestido de empresa antes de enfrentar uno de sus últimos días en ese curro. Lleva trabajando sin parar desde que salió de la universidad, hace ya veinte años. Y he tenido que ver esa misma expresión en su cara once veces en los últimos dos años. Una expresión que me decía que había respetado sumisamente todas las normas, que había trabajado duro, y aun así las cosas seguían escapando a su control. Yo recordaba a todos sus jefes babosos. Recordaba a aquel que hace años le dijo que la había contratado porque tenía las mejores tetas de todas las solicitantes. Recordaba al jefe que la humilló con sus notitas sobre cómo debería acortar sus viajes al cuarto de baño. Cuando se puso a llorar esta mañana, ¿qué iba a decirle? ¿Que las cosas iban a ir mejor? Todo indica lo contrario.
Ella siempre detestó tragarse su individualidad y trabajar en equipo. «Trabajar en equipo» en realidad significa ser una hormiga obrera ciega que se adhiere al hormiguero. Significa no tener opiniones, sentimientos, hábitos ni aspiraciones que se desvíen de la Estrella de la Muerte que es tu empresa. Significa ser un androide de olor agradable. Significa ser, vestirse y sonreír exactamente como el resto del equipo. Significa reírse (u ofenderse) de los mismos chistes que los demás. Cuando el jefe dice salta, tú saltas con el brío sonriente del chimpancé de un organillero.
La oficina es un sarcófago. Todo tan desalmado como las alfombras de fibra sintética. Hasta el agua sabe insulsa. Cuidadito con lo que dices. Cuidadito con lo que haces. Contrólate. Sonríe, pero no demasiado. Ríete, pero de buenas maneras. Aunque no pongas el corazón, que lo parezca. Si sientes negatividad, lo que sea, muérdete los labios hasta hacerte sangre. Guárdatelo para ti. No dejes
que ellos lo vean. No dejes que sospechen, NO… TENGAS… MALOS… PENSAMIENTOS.
Vuelvo a alguno de mis jefes. El ligón que se hacía la manicura y se quemaba la piel hasta adquirir un horrible color oxidado en el centro de bronceado. El de los suegros propietarios de un casino con el que financiaba sus pequeños proyectos personales, y las ganas que me entraron de estrangularlo con su coleta cuando me despidió para reducir gastos. La mujer que comía sándwiches de ensalada de huevo y leía revistas New Age que me pellizcaba sádicamente cuando se enfadaba. El niño de mamá de mejillas sonrosadas con su muñeco de Pee Wee Herman y sus golpetazos condescendientes. El que heredó el negocio de su padre y se sentaba con los pies en la mesa a hablar por teléfono con sus estúpidos amigotes de copas. La pareja casada que entre sí no follaba, pero se tiraba a todo lo que entraba por la puerta. El gordo supervisor de telemarketing de cincuenta tacos que flirteaba con adolescentes de dieciséis años en sus cubículos telefónicos. Los gángsteres psicóticos, evasores de impuestos de la venta del calzado y sus novias recauchutadas. Los compinches con barba que los viernes se largaban prontito para jugar al golf. El cristiano renacido que me ladraba órdenes con un altavoz estéreo incrustado en la pared.
Ninguno de aquellos jefes era particularmente brillante. Cómo no, heredaron su fortuna. Aunque raramente se reconozca, la riqueza heredada (al igual que la pobreza heredada) constituye un sistema de patrimonio de manera muy similar a la supremacía blanca.
Nacido para trabajar. Recuerdo cuando se cayó la transmisión de la parte inferior de mi taxi, por suerte mientras aguardaba al ralentí en un semáforo en rojo. Recuerdo la columna de dirección entera de mi taxi desprendiéndose sobre mis rodillas mientras iba conduciendo, y cómo tuve que girar bruscamente para no matarme. Recuerdo pasarme doce horas metido en el taxi para volver a casa con cinco pavos. Recuerdo donar fluidos corporales y que me clavasen un montón de agujas en el centro de investigación médica de la universidad para rascar algo de dinero y poder ir tirando. Recuerdo haber perdido un alto grado de inocencia cuando me enteré de que mi jefe estaba cobrando a los clientes noventa dólares la hora por un trabajo por el que yo me estaba sacando doce pavos por el mismo tiempo. Recuerdo haber ganado solo diez dólares por hora en 1995, sin prestaciones ni vacaciones, por hacer el mismo trabajo que en 1987 me proporcionaba dieciséis dólares con todas las prestaciones. Aunque mi mujer y yo tenemos títulos universitarios y no tenemos hijos, los dos trabajamos a jornada completa y las pasamos putas. Mi padre no terminó el instituto y pudo mantener a su esposa y cuatro hijos sin ayuda de nadie.
Ya no hay esperanza, y eso es peligroso. Nos han dejado un mercado laboral desprotegido, castrado, desmoralizado, degradado, devaluado, desilusionado y reducido. Un húmedo encogimiento de polla en el gélido viento invernal. Ya no suenan las sirenas de las fábricas. Todo está en silencio. Perfora la tarjeta. Ficha en la puta salida. Vete a casa y restriégate toda la porquería de la piel. Trata de olvidar. Ya no te necesitan. Pero ¿quién va a limpiar toda la mierda cuando el circo se largue de la ciudad?
La de los jefes contra los trabajadores nunca ha sido una lucha justa. Más que ser un libre intercambio entre iguales, casi siempre ha adoptado la forma del chuloputas cabreado abofeteando a su zorra engreída.
En España, en tiempos de Colón, apenas un dos por ciento de la población poseía el noventa y cinco por ciento de la tierra(38). En Norteamérica, en la época de la Revolución, más de dos quintas partes de la riqueza la acaparaba el uno por  ciento de la gente(39). Los trescientos cincuenta y ocho multimillonarios que hay actualmente en el planeta se sientan sobre un botín superior a la suma de lo que posee casi la mitad de la población mundial(40). Y cada uno de esos trescientos cincuenta y ocho seres humanos, estoy seguro, se siente igual que tú y que yo.
Se calcula que veinticinco millones de estadounidenses blancos viven hoy por debajo del umbral de la pobreza(41). Buena parte de ellos trabajan a jornada completa. Buena parte no puede encontrar un trabajo a jornada completa. Buena parte se ha rendido. Buena parte de sus antepasados lucharon y murieron más o menos con la misma mierda. Creo que los trabajadores ya han hecho suficientes sacrificios. Ha llegado el momento de reducir a los jefes.
¿Cómo cambiará el país cuando los millones que siempre han estado tambaleándose por debajo del umbral de la pobreza comiencen a caer en picado en la fosa? La desesperanza absoluta sabe muy bien cómo sacar a la gente de su estupor a base de hostias. Si la mayor parte de los blancos estadounidenses se vuelve basura blanca, puede que de repente la furia redneck deje de parecerles tan poco molona. Cuando todos esos graduados pacifistillas de camiseta desteñida, rastas, pantalones de campana, barbas mocosas y cejas perforadas de centro de estudios superiores se den cuenta de que nunca cobrarán más de entre 5,50 y 7,50 dólares la hora por trabajos de media jornada y sin prestaciones, su ecuación de furia de clase obrera igual a atraso intolerante se evaporará en menos de un segundo. Sus ideas finolis sobre etiqueta cultural dejarán de parecerles una necesidad material tan inmediata y acuciante.
El otro día fui a una tienda de piezas de recambio de la zona norte de Portland para devolver unos pistones que no encajaban en el motor de mi pequeño coche japo. Dos Tipos Fornidos muy rectos estaban trabajando detrás del mostrador. Mientras uno de los Tipos Fornidos hojeaba tranquilamente las páginas amarillas de un gigantesco catálogo de repuestos, el otro se puso con el papeleo del reembolso de mis pistones. Mientras picaba interminables series de números en un teclado bastante curtido, nos pusimos a hablar sobre el lamentable estado del trabajo en Estados Unidos. «¿Sabe a dónde nos encaminamos?», me preguntó de un modo inquietante y al momento se respondió a sí mismo antes de que me diera tiempo a abrir el pico: «Al feudalismo empresarial, ¿sabe lo que es eso? La oligarquía, la élite, va a seguir exprimiéndonos hasta dejarnos secos, dándonos lo justo para vivir y nada más».
Yo no dije nada, sorprendido momentáneamente ante el hecho de que un empleado de una tienda de repuestos de coche se me hubiese puesto a hablar de oligarquías y feudalismo. «Oh», intervino el otro tipo, «no querremos decir nada malo sobre las corporaciones y el gobierno, ¿verdad?». En el transcurso de quince segundos fui testigo de más discurso político que en años de ver la tele o leer periódicos.
Siempre es peligroso que los trabajadores se pongan a pensar. Cuando tipos que venden pistones para ganarse la vida ven las cosas con más claridad que los pelotas y vendidos de los medios, yo diría que tenemos problemas. La clase obrera estadounidense ha muerto.
¿Qué va a pasar ahora?