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martes, 19 de marzo de 2019

mensaje escrito en el interior de una bola de nieve. Pedro César A. Verde


MENSAJE ESCRITO EN EL INTERIOR DE UNA BOLA DE NIEVE
la entrada al instituto completamente nevada
entonces la veo en mitad de una batalla
campal de bolas de nieve
espero que lo entienda
me agacho y con las manos desnudas
agarro un puñado de nieve y la prenso
cierro el ojo izquierdo y apunto
espero que me crea
y la bola sale disparada como una vida cualquiera hacia adelante hasta impactar
en su rostro
espero que comprenda lo que quiero decirle
aunque creo que ella sólo siente la violencia
de la nieve prensada contra su cara
¿qué es lo que falla?
¿el sentimiento?
¿el método?
¿el momento?
seguiré ensayando el movimiento,
mientras recorro el camino de regreso
a casa
con tierra, con piedras, con poemas arrugados,
y si es necesario, con las manos vacías

últimamente, apenas nieva en la ciudad


lunes, 11 de marzo de 2019

Lo comprendí anoche. un relato de Iván Rojo

LO COMPRENDÍ ANOCHE
Vi a Cabezabuque en el Eroski, un jueves a las 21:15. Un jueves como cualquier otro que no soñaba con convertirse en histórico. Le hice una foto de estrangis y se la mandé a mi amigo Pedro. Me respondió de inmediato: Coño, Cabezabuque. Estaba igual que hace veinticinco años. En aquellos tiempos Pedro, Rubén, Jano y yo rebautizamos a todo el barrio. A Cabezabuque lo machacamos quizá más de la cuenta. Siempre me pareció un buen chaval pero era jodidamente malo al fútbol. Ahora, en el súper, me pareció un buen hombre. Quizá incluso un gran hombre con una gran cabeza. Creo que él también me reconoció. Ambos fingimos lo contrario. Cabezabuque, ¿supe un día tu nombre? Cabeza-buque, me gustaría volver atrás y hacerme amigo tuyo. Cabezabuque, bajo los fluorescentes de la sección de congelados habría besado tu frente clara, noble, en desagravio. Te deseo suerte y salud. Cabezabuque se juntaba con el Mediopollo y el Calambrazo. El Mediopollo era un peruano diminuto que tenía el tórax huesudo como el de los pollos asados. El Calambrazo era un pelirrojo regordete sacudido sin contemplaciones ni tregua por innumerables tics. Con Cabezabuque formaban un trío de película de instituto americano. Parecían la Santísima Trinidad cuando atravesaban el parque las noches de verano, como clandestinamente, guardando las distancias con el mundo. Pienso en ellos y me emociono. Unos años más tarde Mediopollo se tiró por la ventana de casa de sus padres. Pedro lo vio ahí tirado en la acera impar de Pío XI. Eran las diez de la mañana. Cabezabuque está vivito y coleando, ya lo he dicho. Espero que el Calambrazo siga recorriendo eléctricamente la faz de la Tierra. En el bloque desde el que saltó Mediopollo vivían Barbie y Ken, un matrimonio sesentón, ambos muy bajos, prácticamente enanos pero proporcionados y siempre muy arreglados. Coquetos. Parecían dos muñecos recién salidos de fábrica. Iban juntos a todas partes. La mujer, de un rubio platino cegador, tenía un pie equino que calzaba en zapatitos maravillosos, como de juguete, rojos o blancos. Cojeaba graciosamente dando enérgicos golpes de cadera, como si bailara. Ken tenía el pelazo hacia atrás en una melenilla agitanada y llevaba botines relucientes. Un día Barbie se enteró de que Ken se la estaba pegando con una vecina y se armó la de dios es cristo. Llegaron a las manos en la terraza del bar Granados y la policía vino y se llevó a Ken esposado. No les llegaba ni por el codo a los polis. Jamás he vuelto a verle. A Barbie sí. Ya debe de haber cumplido los noventa. Sigue tan pizpireta como siempre pero si te fijas bien notas que le falta algo. Todos los días le compra el cupón a Bill Gates. A Bill Gates lo llamábamos y llamamos Bill Gates porque son como dos gotas de agua. Cuando los ordenadores se generalizaron flipamos al ver al cegato del barrio en todas las teles. Por entonces solo era un chaval, pero el parecido era asombroso e innegociable. En un santiamén pasó de ser Paquito a Gates. Era el hijo de la dueña de los recreativos. La Ojazos. Solo tenía uno. Uno de cada, un hijo y un ojo. Llevaba un parche de fieltro y le daba a la petaca cosa mala. El güiscacho se olía desde la esquina. El pobre Bill Gates no veía tres en un burro. Puede que hubiera heredado algún problema de su madre. Era el único que no jugaba a las maquinitas. Se pasaba las tardes detrás del mostrador oyendo música con sus auriculares de espuma naranja, la cabeza todo el rato adelante y atrás. Ahora tiene unos más modernos con los que escucha la radio en la puerta del Consum de Archiduque mientras reparte la suerte. Todo el vecindario le llama Bill desde hace tanto que ni me acuerdo. Un habitual de los recreativos era el Pionero. El nombre le venía de tiempo atrás, cuando un buen día empezó a fardar de que ya había follado. El tío era un fenómeno en el Tetris, de algún modo mágico parecía saber de antemano la pieza que le iba a salir. La metía sin excepción en el hueco preciso. Siempre había un montón de chavales viendo sus partidas. Y ahí era cuando se soltaba y nos contaba sus andanzas sexuales. El Pionero, es cierto, se las ligaba a todas. Tenía una vespino rosa. El tío era un genio. Iba siempre muy bien acompañado. Y no era ni remotamente guapo, lo cual acrecentaba épicamente su leyenda. Casi le doy una hostia por la espalda el día que dijo que se había hecho a la hija del Mosca. El Mosca tenía unas gafas verde botella de policía motorizado y tres hijas que nos molaban a todos. Como el tipo era testigo y no paraba de dar la brasa con el reino de los cielos las llamábamos Las Hijas de Dios. La mejor, todo el mundo estaba de acuerdo, era la mediana: Poderoso tren inferior. Le habíamos oído la expresión a un comentarista deportivo. No he vuelto a contemplar piernas como las de aquella chavala. En aquel momento prestábamos atención preferente y casi exclusiva al culo y las tetas de las muchachas pero a Poderoso tren inferior resultaba imposible no mirarle las piernas. Eran subyugantes. Dolorosamente perfectas. La chica lo sabía y lucía minishorts veinte años antes de que se pusieran de moda. Al final el Pionero aclaró que se había enrollado con la mayor de las Hijas de Dios, sin duda la más floja. El dato tranquilizó mi espíritu. Poderoso tren inferior desapareció pronto del mapa y nunca más se supo. Me alegro; es una bendición que esas piernas sigan caminando incorruptas por las calles de mi cerebro. Por las máquinas se dejaba también ver el Limeño. No recuerdo porque le pusimos ese mote. Hasta donde sé era de aquí al lado, de los pisuchos de La Fuensanta. El Limeño era uno de esos navajeros que se extinguieron poco después, a mediados de los noventa. La saliva se le apelmazaba en las comisuras. Mediría metro y medio pero sus ojos verdes te miraban desde la altura de un gigante. Te vencían sin solución. El Limeño siempre iba puesto pero daba la impresión de controlar. A los conocidos solo nos atracaba como último recurso. Y lo hacía amistosamente, con respeto, casi con cariño. Siento en lo más hondo la certeza de su muerte. Espero que fuera algo tan rápido y limpio como cualquiera de sus robos con intimidación. También estaba Induráin. Entonces tendría cuarenta y pocos y era obvio que le faltaba un hervor. Se paseaba por Patraix en su orbea milenaria todo el santo día embutido en un maillot de Banesto. Un maillot oficial. Por supuesto llevaba la gorra a juego. Le encantaba que le gritaran Induráin a su paso. Saludaba con la mano, se venía arriba e intentaba hacer un caballito. El hombre parecía feliz en todo momento. A cada pedalada coronaba el Tourmalet. El sol que lo iluminaba era el fresco sol pirenaico del Tour de 1991. Dios, y el Botánico. Se llamaba Héctor, de este sí que me acuerdo, y tenía pueblo en Cuenca. Héctor era el Botánico porque su padre había tenido un accidente de tráfico y llevaba años como un vegetal. Un par de noches hicimos botellón de chupitos en su casa aprovechando que su madre salía con un novio que se había echado. En una habitación estaba el padre en la cama conectado a un respirador, mirando el techo. Lo vi a través de la puerta entreabierta una vez que fui a mear. Creo que en ese instante, en aquel pasillo, me hice hombre. Ahora me sabe mal lo de Botánico, pero también me sigue enorgulleciendo en cierto modo haber sido el autor intelectual de ese nombre de guerra. Cuando se fue a la mili le gustó tanto que pronto se hizo militar y le mandaron a Cartagena. Vete a saber si sigue allí. Quizá esté patrullando Afganistán o haya montado una floristería. Como es natural casi nunca pienso en Héctor, quiero decir el Botánico. En cambio sí lo hago, con extraña frecuencia, en su padre vegetativo. En aquel pobre tipo atrapado como un mosquito en la quieta luz ambarina de su habitación, mientras a cinco metros de distancia su hijo y cuatro niñatos se ponían hasta arriba de coñac, vodka rojo y licor café. Qué maravilla. Parecía una advertencia. Una premonición. Un poema del siglo XXIII. A veces pienso que sencillamente era Dios.

un relato de Iván Rojo

sábado, 9 de marzo de 2019

lecciones de patriotismo

lecciones de patriotismo
frente a vuestra españa de "primeros los españoles"
el hombro con hombro
el apoyo mutuo
frente a vuestro machismo
la poesía de Gloria Fuertes
y patada en los huevos
frente a las corridas de toros
el corro de la patata
y rock and roll
frente a vuestra apuesta por la caza
nuestra apuesta por las huertas
frente a vuestra xenofobia y racismo
nuestros puños
frente a vuestra homofobia
nuestros cuerpos
nuestros labios
nuestras bocas
nuestros besos
con lengua
frente el valle de los caídos
nuestros muertos en las cunetas
y su recuerdo
frente a la unidad de españa
la unión de los pueblos
frente a vuestra patria y vuestra bandera
la tierra y una escoba de varetas
frente a vuestros chistes
Gila
frente a vuestros señoritos
El Cabrero
frente a vuestras cruzadas
nuestra rebelión
frente a vuestras ordenes y desfiles
nuestra desobediencia
frente a vuestra españa amordazada
nuestras protesta
nuestra voz
frente a vuestras mentiras
nuestra palabra
y nuestras preguntas
frente a vuestro miedo y cobardía
nuestra dignidad
frente a vuestra españa
triste resentida oscura
nuestras sonrisas y nuestra pasión
frente a vuestros uniformes y trajes
nuestra ropa de trabajo
y el carnaval
frente a vuestra raza
nuestro mestizaje
frente a vuestro pasado
nuestro futuro
frente a vuestro avance
ni un paso atrás

Safari en la pobreza. Darren McGarvey

"Safari en la pobreza. Entender la ira de los marginados de Gran Bretaña" Darren McGarvey (Capitán Swing)

prefacio en la revista digital fronterad

miércoles, 6 de marzo de 2019

veda abierta

veda abierta
el hijo modélico
sano, deportista, buen estudiante
la mujer
de su casa
limpia, abnegada, ordenada
y fiel
el padre
el cabeza de familia
el hombre de la casa
trabajador
firme
comprensivo pero firme
una familia de toda la vida
como dios manda
la vida como un anuncio de cereales
y el trabajador
obediente, respetuoso y educado
y el ciudadano responsable
concienciado y participativo
y el soldadito valiente
el defensa contundente
el camello de fiar
el empresario exitoso
gente de orden
de ley y orden
de los que cuando salen de caza
son implacables
minuciosos
metódicos
crueles
y sin remordimientos

martes, 5 de marzo de 2019

Ovejas negras. Jacob Iglesias

 "Ovejas negras" Jacob Iglesias (Editorial Páramo)


Primero nos engañaron con el éxito, ahora con la felicidad.
***
Lo mejor de los tecnócratas es su eficacia: lo mismo gestionan con éxito el sistema sanitario que un campo de concentración.
***
Soledad: un salón con la televisión siempre encendida.
***
En grupo el hombre no tiene más que dos opciones: o rebaño o jauría.
***
 Esos ardorosos vigilantes de la libertad que nunca la echaron en falta durante la dictadura
***
Pocas cosas más temibles que la numerosa legión de los entusiastas.
***
A algunos autores malditos la locura se les subió a la cabeza.
***
Por la forma en que algunos agarran la copa, pareciera que estuvieran bebiendo su propia arrogancia
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