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domingo, 28 de mayo de 2017

El entierro de Genarín. Julio Llamazares

Prólogo nuevo
para un libro antiguo



Ignoro el número de ediciones que se han hecho de este libro desde la primera que se publicó en León en 1981, pues alguna no llegó a contabilizarse (Ediciones Endymión, que fue la editorial que lo publicó más veces, no destacaba precisamente por su puntillosidad), pero sí tengo claro que ésta es especial. Y lo es por dos motivos distintos: en primer lugar, por lo que supone de resurrección de un libro que había desaparecido prácticamente del mercado junto con la editorial que lo publicaba (Jesús Ayuso, su propietario, se dedica ya hace tiempo en exclusiva a sus colmenas alcarreñas y Jesús Moya, su director y alma, navega, retirado ya de todo, entre las brumas de su vejez) y, en segundo lugar, por las ilustraciones de que se acompaña en lugar de las fotografías de siempre, obra del ilustrador y pintor Antonio Santos.
La historia de este libro la he contado muchas veces, la última en el prólogo a la edición de Ediciones B (hay otra posterior aún, de la editorial Edilesa para el Diario de León con motivo del centenario de este periódico), pero la resumo ahora para los lectores de ésta; el hecho de que la haga una gran editorial me hace intuir que muchos serán nuevos del todo. El entierro de Genarín, que es el más desconocido de mis libros pese a llevar, como digo, varias ediciones ya, se publicó por primera vez en León el año 1981 bajo el sello de una editorial local, Ediciones del Teleno, que desapareció en seguida. Aparte de El entierro de Genarín, sólo publicó otro libro, Orillas del Órbigo, del poeta Antonio Colinas. Sin embargo, tanto uno como otro, se habían vendido muy bien, en concreto El entierro de Genarín dos ediciones, de 3.000 y 2.000 ejemplares, que se agotaron en sólo una semana, la que duró aquel año la Feria del Libro de León, en cuyas casetas se vendieron todos los ejemplares y eso que en un principio algunos libreros se habían negado a acogerlos por «su carácter irreverente e irrespetuoso con la religión católica» del mismo modo en que el Diario de León, el mismo periódico que lo reeditaría años después junto a otros varios libros de autores leoneses para conmemorar su primer centenario, se negó a dar noticia de él porque su director entonces consideró que «atentaba contra la Eucaristía» (sic). Todavía recuerdo las muchas horas que pasé ayudando por las noches a encuadernar ejemplares del libro en la imprenta para que pudieran llegar al día siguiente a la Feria, ante cuyas casetas se formaban colas pidiéndolos, y las que pasé firmándolos mientras el editor permanecía desaparecido, un estado que anticipaba ya el destino de su editorial.
Me gustaría afirmar que la razón del éxito de El entierro de Genarín en León fue la calidad del libro, pero la sinceridad me obliga a reconocer que se debió mucho más a la oportunidad de su aparición, el año en el que se recuperaba definitivamente una tradición, la del Entierro de Genarín, una procesión profana que había estado prohibida desde los años cincuenta, y la naturaleza del propio libro, en el que, junto a las andanzas y los milagros del popular pellejero, se daba cuenta de los lugares que frecuentaba, que eran los bajos fondos de la ciudad, aquellos humildes barrios del extrarradio leonés donde vivían las putas y sus proxenetas y de los que los periódicos no solían dar noticia salvo en las páginas de sucesos. La de la muerte de Genarín, por ejemplo, yo la encontré en uno de ellos después de mucho buscarla, pues venía camuflada entre varios anuncios publicitarios.
El entierro de Genarín, a pesar de agotarse en sólo unos días, tardó tres años en reaparecer y lo hizo ya en Madrid, en una editorial, Ayuso, luego rebautizada como Endymión, que era el nombre de su colección poética, conocida por haber introducido en España los textos marxistas fundamentales. De hecho, muchas veces le tomé el pelo a su director, Jesús Moya, veterano comunista y magnífica persona, a cuenta de la circunstancia de que los dos best sellers de su editorial fueran durante años El manifiesto comunista, de Carlos Marx, y El entierro de Genarín, tan irreverente con la religión como con las ideologías políticas.
Irreverente o no, best seller subterráneo y marginal o libro maldito, durante todo ese tiempo El entierro de Genarín y con él yo permanecimos fieles a la editorial Ayuso/Endymión a pesar de su pequeñez y de que con los años iría decayendo poco a poco hasta acabar convertida en una editorial inexistente. En su transcurso se hicieron varias reimpresiones, algunas con portadas diferentes y otras no, lo que dificulta su contabilización, así como el número de ejemplares vendidos. Como voluntariamente yo renuncié a cobrar los derechos de autor, nunca recibí una liquidación de éstos, por lo que ignoro cuántos pudieron ser, aunque intuyo que fueron bastantes; diez mil o quince mil tal vez. Y eso que la distribución de los libros, después de varios desfalcos y deserciones, la hacía el director personalmente o ayudándose del servicio postal de Correos. En más de una ocasión, mi editorial habitual en aquella época, la todopoderosa y prestigiosa Seix Barral, me ofreció publicar el libro dentro de su selecto catálogo, pero yo siempre decliné su oferta, en parte por lealtad a Moya y a su editorial, que con los derechos que le rentaba El entierro de Genarín podía editar otros libros, y en parte por romanticismo: siempre pensé que el lugar que le correspondía a este libro, el primero de narrativa que yo escribí y el más peculiar de todos, era la marginalidad, como lo fue el de su protagonista y el de los personajes que se inventaron la tradición y la mantuvieron viva durante medio siglo, incluso en años que no se prestaban a ello.
Ahora El entierro de Genarín sale de la marginalidad (las otras dos ediciones, la de Ediciones B y la del Diario de León —ésta sólo se comercializó en quioscos—, se agotaron también en seguida) y lo hace por todo lo alto: en edición ilustrada y en Alfaguara, mi editorial habitual desde hace ya tiempo. Atrás quedan los balbuceos editoriales del libro y sus avatares dignos de una continuación a él, las satisfacciones que me proporcionó (entre las principales, los inolvidables ratos que pasé con Francisco Pérez Herrero, el inventor de la tradición y el último evangelista de Genarín vivo, mientras me documentaba para escribirlo y el conocimiento de Jesús Moya, al que durante años visité prácticamente cada semana en su sótano gatuno del barrio de San Bernardo de Madrid) y la pequeña historia de un libro que terminé de escribir —no es impostura, lo juro— la tarde del 23 de febrero de 1981 mientras el teniente coronel Tejero entraba a tiros en el Congreso. Aunque también, todo he de decirlo, El entierro de Genarín me dio bastantes disgustos, sobre todo en los primeros tiempos, cuando en León algunas personas me acusaron de traicionar la confianza de un anciano (Francisco Pérez Herrero) y de robarle su idea, pese a que fuera él el que me animó a escribirla y el que la apadrinó después en su presentación al público, sin que nadie saliera en mi defensa, ni el editor, que conocía la gestación del libro, ni mis compañeros de la Cofradía de Genarín, la mayoría de los cuales permanecieron callados mientras se publicaban cartas en los periódicos insultándome, algunas firmadas por miembros destacados de ella, lo que me llevó a abandonarla y a no volver a participar en el Entierro nunca más. En fin, la negra provincia, como la llamó Flaubert.
Todo eso, que ya ha borrado el tiempo pese a que queden las brasas en mi memoria, junto con las ilustraciones de Antonio Santos y el viejo texto con sus poemas, unos anónimos y otros de autor conocido, está en esta edición mediante la que Genarín se presenta de nuevo ante mis lectores, a muchos de los cuales les sorprenderá este libro.

Julio Llamazares,
diciembre de 2014            
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