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viernes, 24 de febrero de 2017

un poema de Manuel Moya en "El corazón de la serpiente"

Heart of the Snake Blues

Well I was standin’ at the crossroad, and my baby not around.
Well I begin to wonder, ‘Is poor Elmore sinkin’ down’
                                                ROBERT JOHNSON


en la muerte de BB King (15 de mayo de 2015).


Nadie va a Hopson para quedarse. Si no eres uno de esos locos por el blues,
aquí pierdes el tiempo. No es un lugar para turistas,
sólo tiene un bar donde se toca por las noches, una comisaría
y una vieja fábrica de algodón que se cae a pedazos.
Ni siquiera el diablo pernoctaría aquí más de dos noches seguidas
a no ser que estuviera muy colocado
o de nuevo hubiera venido a tentar al primer borracho
que se hiciera pasar por un tal Bob Johnson,
pero si se te enturbian los ojos con la leyenda de John Lee Hooker,
si la palabra algodón te llega lastimada de látigos y culebras,
quizás sea este tu sitio.
Una vieja camioneta pintada de azul, la mítica estatal 49,
un motel de mala muerte, y un poco más allá, caminando hacia Clarksdale,
un cruce de carreteras con tres guitarras cruzadas
y un cartel oxidado que indica que Memphis queda 76 millas al norte
es todo cuanto encontrarás en Hopson, quedas advertido.
Hopson sería un lugar como otro cualquiera
si antes no hubiera sido un inmenso campo de algodón
y los negros no hubieran muerto allí como ratas,
pero un viejo negro que cada tarde se sienta en el porche de su cabaña
a escuchar la radio y seguir sin atención el vuelo de los estorninos
te recordará que estás justo en el sitio, en el mítico crossroad, en la encrucijada.
Así que con mucho tiempo por delante para acudir al club de blues,
con pocas ganas de hacer turismo por el condado,
me siento junto al viejo Ray, un tipo al que le faltan dos falanges
y que apenas si se ha alejado un par de veces de su tierra y de su río.
Con lentos sorbos de cerveza, fijando sus ojos en las nubes
que corren como palomas escopeteadas hacia el Este
me pregunta si vengo de muy lejos
y luego, tomándose su tiempo, me cuenta que una vez tomó el tren para Memphis,
cree que fue en verano del 77,
recién muerto Elvis, pero maldita la gracia que a él le hacía Elvis,
él fue porque en su entierro al menor de sus hijos lo atropelló un coche,
y le rompió la pierna por tres partes. A eso fue él a Memphis,
a eso y a hablar con un abogado para que le sacara las entrañas al conductor borracho
que atropelló a su hijo y mató a dos más en el maldito entierro de Elvis.
Pero en sus palabras no aparece nada parecido al rencor.
Como si cantara,
como si una canción le surcara las venas.
No le gusta Elvis, eso es todo. Todo el oropel, toda esa carraca que llevaba encima.
Un hombre no necesita de nada de eso para ser un hombre.
Por cada libra de carne, explica, un hombre ha de llevar encima cien libras de tierra.
Cuando llevas tu propia tierra en los hombros se va libre por el mundo,
y uno es alguien en las nieves de Canadá o en las playas de California:
cien libras, no hacen falta más, para ser alguien y ser libre.
El viejo Bob Johnson, sin ir más lejos.
Cien libras, una armónica y una estación de tren le bastaron
para entenderse con el mundo
y hacerse entender entre todos esos blancos que querían sacarle los ojos.
Elvis ya estaba muerto cuando lo del accidente de su hijo, así que eso no cuenta.
Sin embargo podría hablarle durante horas del viejo Bobby Johnson
(“I want you to squeeze my lemon / until the juice runs down my leg.”),
que era amigo de francachelas de su padre y más de una vez durmió en el cobertizo,
o de BB King, que hoy se ha marchado para siempre,
según acaba de escuchar en la radio que le trajo su hijo la última vez que vino a visitarlo.
No lo dice porque sea negro, pero el viejo Bobby,
ése sí que sabía cómo poner a bailar a las culebras,
él sí que podía echarse por lo alto el río Mississippi
y hacer que moviera su culo de lodo para volver tarumbas
a unos peces tan grandes como caballos
porque se alimentaban de la carne de los negros.
Entonces, cuenta, no hacía falta coger el tren para Chicago o Greenville
para escuchar a los mejores. Bastaba esperar en el cobertizo de casa
a que el bueno de Bobby o cualquier otro pasara
y quisiera invocar a todas esas culebras azules de los algodonales.
Quizás le suenen Muddy, Muddy Waters, o John Lee Hooker
o quizás el pobre de Charley Patton,
tipos que venían por aquí, bebían con el viejo
y les salían ampollas en las yemas de los dedos y en las entrañas de tanto sobar sus guitarras.
Al bueno de BB King él sólo lo ha escuchado en la radio,
pero tampoco hace falta haber estado en Las Vegas
para saber todo el jugo que ese gran hijo de puta podía sacarle a sus Gibsons,
de modo que no le hable de Elvis, por favor.
Porque fue el viejo bluesman y no Elvis el que en verdad tuvo la culpa de todo,
BB King y la radio, esa preciosa radio que los chicos arrancaron de un Chevy del 56
abandonado al lado de la estatal, allá donde aquel árbol.
Porque aquí, me dice señalando la distancia, en estos acres desnudos que usted ve,
nació el blues. A latigazos, a pura sangre, como usted quiera,
pero fue aquí donde nació.
You can run, you can run, tell my friend-boy Willie Brown
You can run, tell my friend-boy Willie Brown.
Desde el modesto porche de su casa nos quedamos absortos ante la llanura
y, en efecto, no lejos, se recorta un solitario árbol
donde acaso vayan a descansar todos los pájaros de diez millas a la redonda.
Aquél, me dice, apuntando en dirección a Clarksdale, es el famoso crossroad.
En otro tiempo esto fue un bosque pero desde que llegaron los esclavos
no ha sido más que una inmensa llanura de algodón,
que es lo mismo que decir una tierra condenada,
añade alzando la lata de cerveza en dirección a las nubes.
Un día, me dice, el río se tragará todo el Estado y hará bien:
fue ahí mismo, en ese cruce, donde se cuenta que el viejo
Bobby Johnson invocó al diablo,
no te olvides, aquí donde tantas criaturas murieron como
perros, peor que los perros,
sangrando ante una bala de algodón.
Sus huesos forman parte de esta tierra, y uno debe llevarlos consigo
camino adelante en esas cien libras de tierra, pero tampoco
tiene que hacerle mucho caso
a un negro idiota que ni siquiera va a llegar con todas sus falanges a la tumba.
La naturaleza siempre acaba por ganar y si no que se lo pregunten a los pobres nepalíes
que, según ha escuchado en la radio, acaban de sufrir dos terremotos
y han muerto como conejos aplastados en sus casas.
También aquí murieron como conejos, de modo que lo que el pobre Bob Johnson
creyó ver en el cruce, no fue al diablo, sino a las miles de almas errantes que quedaron aquí,
sepultadas por las crecidas del Mississippi para servir de abono a los algodonales.
Fue a ellos a quienes se encomendó, fue a esos pobres diablos
a quienes se metió en las tripas ese día.
La vida de los pobres siempre es igual en todos lados,
tienen que comer lo que les echen y cada tarde dar gracias al Señor por seguir vivos.
Y cantar, cantar mucho para que los otros se paren a escuchar sus lamentos.
Pero todo eso acabó en el 46, cuando los mismos
que nos habían explotado durante generaciones,
decidieron que les sobraban los negros y pusieron máquinas para recolectar el algodón
y los muchachos tuvieron que poner a enfriar sus negros culos en las nieves de Chicago.
Él se hizo carpintero de un día para otro.
Durante años tuvo una carpintería en un cobertizo cercano a su casa.
Entonces no venía un alma al famoso cruce de la 61 con la 49 y esto estaba muerto.
De la carpintería ha vivido y no es que le gustara demasiado
trabajar la madera, ni tampoco puede decir que fuera un virguero
con las gubias y las garlopas, pero desde entonces fue su propio patrón
y en algo tiene que trabajar un jodido negro como él, dice.
La madera es tan buena como cualquier otra cosa para ganarse los cuartos
y nunca faltará la madera ni el trabajo de la madera en el Estado de Mississippi, no señor.
No hay cerca de pino a treinta millas a la redonda que no haya pasado por sus manos,
ni negro que no se haya ido en uno de sus ataúdes,
puedo apostar mi culo, si es que dudo de sus palabras.
Su hijo, dice, alzando la lata ya vacía al moribundo cielo, él sí que era bueno,
hubiera sido el mejor ebanista del Estado, pero, lo que son las cosas,
le dio por la jodida guitarra y en esta tierra cuando a alguien le da por la guitarra
es como si hubiera vendido sus manos a un ángel, eso es,
o al maldito diablo, nunca se sabe, como se cuenta que hizo
Bobby Johnson justo ahí, en ese cruce.
Y todo por esa radio que los chicos arrancaron de un Chevy del 56,
todo porque según Bobby, ese tal Willie malvendiera su alma por ganarse la vida tocando,
todo porque ese maldito río se haya llevado por delante a tantas criaturas
y haya tantos a los que le han sangrado los dedos rasgando unas cuerdas
tan cabronas como el espinoso algodón,
todo porque este sitio no da otra cosa que vagabundos y guitarreros de voz rota,
de modo que su hijo no paró hasta tocar con BB King, ese sí que era bueno, hermano,
pero todo se quedó en eso, en una vez y ayer, según he escuchado por la radio,
ha muerto el gran BB King, que dios lo acoja.
Por esa sola vez sacrificó mi hijo su trabajo de ebanista y eso no es justo, no señor,
o vaya usted a saber, igual sí que le mereció la pena,
porque, pensándolo mejor, lo que no merece la pena
es dejarse los dedos en una maldita sierra,
llegar solo a esa edad en la que uno espera las nubes
no para que descarguen todo lo que llevan en sus entrañas
sino sólo para verlas pasar, pero mi hijo, bueno, mi hijo
tocó una vez junto al gran Riley King y eso es algo de lo que ya ni usted ni yo podremos presumir
y ahora seguirá por Baltimore con su cojera y su vida y su guitarra, y seguramente
hoy es un día muy triste para él y es que la vida se lo acaba llevando todo, como el jodido río.
Mis dos falanges, por ejemplo.
I’ve got a sweet little angel / I love the way she spread her wings
Yes got a sweet little angel / I love the way she spread her wings
y todo ese pedazo de cielo ahí, no sé cómo explicarme, bah,
lo mejor será que vaya a por otras dos cervezas,
antes de que se ponga a soplar ese maldito viento de Arkansas
o que al diablo le dé por hacer un agujero del tamaño de una sandía
en el corazón de la noche y tenga que lamentar toda su vida
el haber arrastrado su blanco trasero por el arrabal de Hopson.


un poema de Manuel Moya en "El corazón de la serpiente" en Editorial Pre-Textos

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