un espacio abierto sobre libros, literatura, viajes, cine, música, aguardientes y otros destilados ...

lunes, 11 de diciembre de 2017

"Manifiesto Redneck" Jim Goad. (reseña de David Torres)

"Manifiesto Redneck" Jim Goad (Dirty Works Editorial)

Manifiesto redneck

Me crié en un barrio pobre de Madrid, en el seno de una familia obrera, y aunque no he pasado hambre un solo día de mi vida, tengo un conocimiento muy preciso de lo que significa ese concepto, quizá porque lo oí muchas veces a lo largo de mi infancia. “Niño, tú no sabes lo que es pasar hambre” o “Ya verás cuando llegue el año del hambre”, eran admoniciones típicas de mis padres a la hora de sentarnos a la mesa. Ellos podían decirlo con conocimiento de causa: habían conocido el hambre de primera mano gracias a la generosidad de la posguerra. Esa resonancia genética me incapacita para hacer una lectura impersonal del Manifiesto redneck de Jim Goad, un libro que me ha revuelto las tripas, probablemente el ensayo político más urgente, provocador y necesario que he leído nunca. Y, desde luego, el más divertido.
Más que un libro, Manifiesto Redneck es dinamita, rabia en estado químicamente impuro, un desvelamiento radical, paso a paso y puñetazo a puñetazo, del secreto más sucio de los Estados Unidos. Que no es el racismo, esa vergüenza a voces, ese mantra repetido a todas horas, día y noche, sino el clasismo. Goad demuestra sin la menor sombra de duda que el color nunca ha sido el problema, que la distancia entre un negro pobre y un blanco pobre es infinitesimal comparada con la que va de un mendigo a un millonario. Que la esclavitud no es una cuestión racial sino un estigma de clase, que los siervos medievales europeos de los que proceden los rednecks y los hillbillies no se diferenciaban gran cosa de los esclavos negros arrancados de sus tierras y hacinados en barcos a través del Atlántico. Que muchedumbres de jóvenes de piel blanca también fueron secuestrados en las calles de Londres y traídos contra su voluntad en bodegas malolientes. Que a veces solía pasar que un siervo blanco fuese peor tratado que un esclavo negro, puesto que no se trataba de una propiedad sino de una herramienta a plazos que el amo podía usar y tirar sin remordimientos. Habla de niños sin futuro no en otro continente o en otra época sino al doblar la esquina, de tribus hambrientas con tu mismo color de piel acampando en la periferia de las ciudades. Habla del fantasma que recorre Estados Unidos, el que sigue recorriendo Europa, Asia y África, el que intentaron conjurar en vano Marx, Francisco de Asís o Espartaco:
“Trabajo libre” es un oxímoron y sólo los imbéciles creen que algo así puede existir. Es imposible trabajar para otro y ser a la vez libre. La mayoría de la gente es libre de tomar una decisión una sola vez en su vida: trabajar o morirse de hambre.
Publicado originalmente en 1997, el libro de Jim Goad resulta profético en varios sentidos: anuncia la gran estafa inmobiliaria que se formaba en el horizonte y explica, desde el desmoronamiento y la hipocresía secular del partido demócrata, la presencia de un patán obsceno como Donald Trump en la Casa Blanca. Y lo hace echando sal en las heridas, desvelando la codicia y la hipocresía de santones intocables como Abraham Lincoln o George Washington. Entre muchas otras lecciones históricas impagables (aparte de sacar a la luz el arbol genealógico de los rednecks desde los campesinos europeos y los siervos de la gleba) está la incómoda verdad de que, al término de la Guerra de Secesión, republicanos y demócratas promovieron un enfrentamiento racial que llega hasta nuestros días. Mientras los republicanos armaban a los negros bajo la égida de la venganza y los demócratas se organizaban bajo las capuchas y antorchas del Ku-Klux-Klan, sólo hubo una fuerza política que hacia 1890 intentó superar las diferencias de raza y abogar por la igualdad y la justicia social: el Partido del Pueblo. Los populistas, nacidos de la conjunción de dos sindicatos. Sí, chavales, hasta en eso nos han tomado el pelo.
Goad escribe con fuego y queroseno, revelando la ira creciente y el rencor de una clase social injuriada y repudiada con total impudicia desde cualquier perímetro social: los blancos pobres, los hillbillies, los rednecks, los hicks, la basura blanca. Como si ellos tuvieran la culpa de ser pobres, de apenas saber leer o de no poder costearse un seguro médico. Como si fuesen sus antepasados los dueños de las plantaciones que se enriquecían con esclavos. A base de escupitajos, Goad va demoliendo uno por uno los grandes tabúes de la izquierda exquisita y de la corrección política, quitándoles la careta a los hipsters, a los hippies, a los progres y a todos esos voceros que denuncian la segregación en las barriadas de Brooklyn mientras ellos se parapetan en los apartamentos más caros de Central Park, bien lejos de cócteles raciales:
Culpan a la blancura cuando tendrían que culpar a la codicia. Culpan a la masculinidad cuando tendrían que culpar al poder. En lugar de desvelar la verdadera arquitectura de la intolerancia se limitan a darle una nueva mano de pintura.
Es cierto, yo no tengo la menor idea de lo que es ser un redneck, ni he vivido jamás en una caravana, ni he destilado whisky en una colina de los Apalaches, pero algo sé sobre deslomarse en un vivero para ganar unos duros, cargar cajas de libros escaleras arriba o patear las calles cobrando recibos de puerta en puerta. Quizá no signifique gran cosa como experiencia laboral, pero sí la suficiente como para comprender lo afortunado que soy ahora que me gano la vida mal que bien dándole a la tecla. La suficiente para atisbar la impostura cuando pretende darme lecciones un hijo de papá o un pijo certificado que se encuentra a varias generaciones de la experiencia metafísica del hambre. No tengo la nuca roja de inclinarme con el azadón de sol a sol a labrar la tierra, pero sé de sobra lo que es el miedo a que la pasta a fin de mes no alcance. Todavía lo sé, todavía lo siento. Cuidado con este libro porque podrías encontrarte en él, en el eslabón de un tatarabuelo tuyo escardando cebollinos en un páramo de Castilla. Podrías descubrir que tú también eres basura blanca. Podrías echar cuentas y calcular que no hay mucha distancia entre un negrata de Los Angeles, un gitano de Bucarest y una poligonera de Vallecas. Podrías espabilar y cabrearte mucho.

viernes, 1 de diciembre de 2017

La vida salvaje. Iván Rojo

"La vida salvaje" Iván Rojo (Rasmia Ediciones)

Iván Rojo tiene la habilidad de convertir los actos cotidianos de la vida (un día de trabajo en la oficina o en el taller, una visita al zoo, una tarde de cine, una celebración de cumpleaños...) en historias donde la realidad supera la ficción y la ficción da matices a la sucia realidad.
Con una mirada certera, exhaustiva y humana,  y con un estilo directo, impecable y poético, Iván Rojo disecciona la realidad y la vida con precisión, habilidad e instinto. "La vida salvaje" recoge relatos y poemas que reflejan la grandeza y la miseria de la gente corriente. Historias y poemas que son un retrato certero de la vida, vida que a veces nos lo pone difícil, pero por la que merece la pena luchar, porque es lo único que tenemos. Y escribimos y brindamos por ello. "Mal que bien aquí estoy, manteniendo el tipo./ Y me  siento discretamente orgulloso./ Así que brindo, sí. Claro que brindo./ Porque me lo merezco./ Igual que tú. No lo olvides nunca./"


El grito del gorila
Mucho antes de que esta ciudad se convirtiera en destino de cruceristas rusos y japoneses y de que su zoo fuera uno de esos tan modernos sin barrotes visibles y supuestamente dignos a ojos del visitante medio, el zoo de Valencia era una especie de cárcel llena de animales viejos y abatidos. Un geriátrico para fieras. Un sucio campo de exterminio. Yo iba con mi padre algunos domingos y sobre todo me acuerdo del gorila. Siempre sentado en su inmunda jaula, con legiones de moscas detrás de las orejas, de espaldas al público. La gente, también yo, le arrojaba cacahuetes y chucherías. Rebotaban en su espalda y en su cabeza y caían a su lado, pero el gorila ni se inmutaba. Aguantaba estoicamente la humillante lluvia durante horas. Hasta que de pronto se levantaba de un salto, cogía del suelo alguna de sus mierdas y la lanzaba con rabia hacia la gente. Entonces se quedaba un rato de pie, sacudiendo brutalmente los barrotes de su celda y mirando desafiante a los domingueros, mostrando al mundo aquel par de cojones como de cuero negro, enseñando sus colmillos amarillos, rugiendo como un terremoto vivo. Luego volvía a sentarse de espaldas a los visitantes, volvía a su condena. Su cuidador decía que estaba loco. Yo pensaba que el pobre bicho simplemente estaba harto de ser un mono de feria. Y que yo también lanzaría mi mierda al mundo si estuviera en su situación y fuera todo cuanto tuviera para defenderme y atacar. Puede que por eso haya acabado escribiendo.  


Eterno aspirante al título
Un ojo morado.
El otro hinchado,
semicerrado.
La nariz rota
varias veces,
el tabique
desviado.
El labio partido.
Un pómulo
astillado.
Y sangre
entre los dientes.
Si tu vida
tuviera cara,
a estas alturas
del combate
estaría
hecha un mapa.
¿Qué esperabas?
Viniste aquí
para pelear
con el campeón
mundial
de los pesados.
Viniste aquí
para darte
de hostias
con el mundo.
Te va a doler,
no lo dudes.
Pero más te vale
disfrutarlo.
Porque después
de la campana
del último asalto,
no hay nada.
Ni focos, ni flashes,
ni ánimos,
ni abucheos,
ni público.
Ni siquiera dolor.
Nada más que
un K.O. oscuro
como el olvido y
las estrellas muertas.
Así que esquiva,
faja, baila
y golpea.
Mientras puedas.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

La tribu del abecedario. Juan Cruz López

"La tribu del abecedario" Juan Cruz López (Piedra Papel Libro)

La tribu del abecedario es una banda armada de poesía. Sus miembros son jóvenes que escriben como una forma de sobrevivir en un mundo hostil. Son jóvenes valientes, luchadores que llevan la lucha más allá de la literatura, que celebran la noche, la rebeldía, la libertad, la vida. Poetas que fuerzan la puerta del paraíso para deambular por el infierno, que se enfrentan a sus miedos, que pelean, que sueñan, que comparten, que levantan el puño. Poetas que entienden la poesía como un acto vital, como un compromiso, como un acto revolucionario.
"La banda del abecedario" de Juan Cruz, narra en primera persona, las historias, los testimonios, las voces, las luchas y su forma de enfrentarse a la vida y a la poesía, de veintiséis de sus miembros. "La banda del abecedario" podía ser un manifiesto poético de una poesía rebelde, comprometida y libertaría, pero los poetas hiperviolentos de la tribu del abecedario no tienen manifiestos, ni juramentos, ni leyes, ni amos, ni reglas, ni futuro. Son poetas que no va a ningún sitio pero caminan con sus propios pasos y su propia voz. Su poesía está al margen porque es libre.
"La tribu del abecedario" de Juan Cruz López, es un libro fronterizo, poético, que se sumerge tanto en el relato testimonial y generacional, como en la prosa poética y la biografía. En todos los personajes de "La tribu del abecedario" hay algo de Juan Cruz, un tipo que con su narrativa, su poesía, su editorial y su tribu, intenta dinamitar la poesía y la vida. Y lo está consiguiendo.  Porque es necesario que existan tribus del abecedario.

.... Era malo como todos los poetas malos. Era bueno como todos los poetas buenos. Mis poemas podrían sacar de quicio a cualquier lector profesional. Escribía con una convicción sincera, con una actitud a veces casi mística. No era lo importante publicar sino darle una salida a nuestro instinto de supervivencia. Éramos jóvenes, valientes y -como decía al principio- quizá malos poetas, pero le hincamos el diente a nuestros días con fruición y eso fue más que suficiente.  

Sobre La tribu del abecedario por  Sergio R. Franco. Texto leído en la presentación de "La tribu del abecedario" de Juan Cruz López (Jaén, 18 de noviembre de 2017)

martes, 28 de noviembre de 2017

Layla Martínez y José Pastor en "La Tormenta"

"La Tormenta" nº1 (2017). panfleto de periocidad irregular para arasarlo todo. con Antonio Orihuela, Layla Martínez, Manuel Lombardo Duro, Jorge Riechmann, José Pastor González, Vanessa Basurto, Jordi Maiz y Juan Cruz López.  (Piedra Papel Libros y Calumnia Ediciones)


De lo que le dije a Víctor Serge en una prisión de Petrogrado

Esta no es nuestra casa, Víctor,

esta no será nunca nuestra casa.

Este es solo el hogar

de los incendios y las orquídeas,

el lugar donde enterramos 

decenas de caballos

en un agosto terrible,

donde dormimos entre los lirios

y lloramos por los fusiles

que nos habían arrebatado.


Nosotros, que no reconocemos

los tribunales de los justos

ni acatamos ninguna de sus leyes,

solo podemos comprar la libertad

con los cantos de los caimanes, Víctor,

pero hasta los caimanes enmudecen

con las crueles enfermedades del abismo.


Por qué no fuimos feroces,

por qué no asesinamos

con nuestras propias manos

a los hermosos adolescentes

que teorizaban sobre la revolución,

por qué les concedimos el don de la locura

y les llenamos el pecho de amapolas.


Esta no es nuestra casa, Víctor,

esta no será nunca nuestra casa.

Este es solo el lugar

donde los días fueron atroces

y nos molieron a golpes,

donde me trenzaste el cabello

en señal de luto

y nuestro lecho se llenó de cenizas.


Marchémonos de aquí, Víctor,

no estamos destinados

a morir entre la nieve.

Para nosotros está reservada

la única muerte que es luminosa. 

[del poemario inédito "Cineraria" de Layla Martínez] 




premios literarios

quedaros con la esencia

con los pensamientos puros

con la custodia del arte

con la belleza y otras lindezas

con la estética y la ética

con lo divino y lo humano

con la sabiduría, el reconocimiento

la gloria, la fortuna, el amor y las riquezas

yo vengo a llevarme la bolsa

de ropa sucia 


[de "alguien tiene que limpiar la mierda" de José Pastor. (ediciones RaRo)] 



saltad la banca
la lucha más honesta
es la de los que no tienen nada que ganar 


  [de "Cuaderno de veredas" de José Pastor. (Piedra Papel Libros)]

domingo, 26 de noviembre de 2017

reseña "Vidas a la intemperie" Marc Badal

"Vidas a la intemperie" de Marc Badal está dividida en tres partes. En la primera parte "Los otros y los campesinos" se recogen opiniones, historias, teorías, citas... sobre la visión que se ha tenido y se tiene del campesinado. Visión que va desde el desprecio o el insulto, hasta la idealización y las buenas intenciones, pasando por tabúes, tópicos o ignorancia. En la segunda parte "Los campesinos y el mundo" se intenta aclarar las características del mundo campesino, acercándose teóricamente a la visión que la gente de campo tiene de sí misma. La tercera parte "Mundo clausurado" es una crítica fundamentada, al actual modelo productivo agrícola, basado en el monocultivo, y una apuesta por la biodiversidad y por una agricultura respetuosa con el medio y el ser humano. "Vidas a la intemperie" es un ensayo que propone, que da pistas, que cuestiona, que teoriza, que busca el debate, para intentar mantener un mundo rural vivo (con sus gentes, sus paisajes, sus miradas, sus voces, sus costumbres, su visión).
"Vidas a la intemperie. Nostalgias y prejuicios sobre el mundo campesino" (pepitas ediciones & cambalache)

AC/DC. homenaje a Malcolm Young

homenaje a Malcolm Young. El sótano (radio3)

viernes, 24 de noviembre de 2017

Jack London. por Roger Wolfe




Jack London
Pienso en aquel manido y deslustrado
ejemplar que sorprendí de pronto entre mis manos,
aquella tarde, poco antes de cerrar,
en el caldeado ambiente
de la biblioteca pública de Bromley.
En la sala de lectura
sólo los tubos fluorescentes
sesgaban el silencio con su monótono zumbido.
Un individuo con aspecto de mendigo,
la gorra ladeada, barba de tres
o cuatro días, dormitaba en un sillón,
la cabeza inclinada con torpe gesto desvalido
sobre un libro de versos para niños…

Martin Eden. Abrí el volumen,
ávido de las riquezas que intuía.
Y desde entonces,
consumando el rito con que todos
los que verdaderamente nunca hemos crecido
de alguna manera nos aplicamos a las cosas,
te inscribí en mi galería de espíritus afines
—o de almas gemelas— para siempre.

Páginas que quisiera haber escrito.
Páginas que muchas noches hice mías.
Ha transcurrido el tiempo. Pasan meses
sin que lea un libro. Y de mis noches
he aprendido otras derrotas.

No queda nada; quizá sea eso cierto.
Excepto este admirable instante
de emoción que compartimos
entre colillas y lámparas cansadas
y el comentario que subrayo ahora en uno
de los últimos párrafos de tu biografía:

«Siguió trabajando, por supuesto,
como un castor ajetreado que intentara
reunir a toda prisa los despojos necesarios
para ultimar la presa con que habría de frenar
la inminente inundación
que su instinto adivinaba».

un poema de Roger Wolfe

jueves, 23 de noviembre de 2017

para descargar "Te quiero porque me das de comer" David Llorente

"Te quiero porque me das de comer" David Llorente Editorial Alrevés

La novela negra puede y debe romper algunos moldes: «Necesita dar un salto al vacío, y una extraña pirueta en el aire. El requisito es no tener ni vértigo ni miedo», dice David Llorente.
No podemos estar más de acuerdo. La literatura noir necesita también de autores con propuestas atrevidas, arriesgadas y que miren el género negrocriminal desde nuevos puntos de vista.
¿Qué pasaría si la historia que se cuenta no es una sucesión de hechos consecutivos, sino simultáneos? La simultaneidad no parece patrimonio de la literatura, sino, más bien, de la pintura o del cine, pero si las palabras consiguen contravenir su propia naturaleza y transmitir esa sensación —la de que todo lo que sucede, sucede a la vez–, entonces surge un texto envolvente, casi tridimensional.
Proponemos una lectura donde la brutalidad del asesino en serie se ve rodeada de una multitud de historias criminales que, al mismo tiempo que nacen, el narrador las hace desaparecer. No importa quién sea el criminal ni qué tipo de detective lleve a cabo la investigación. Lo que importa es que el asesino existe.

Max Luminaria era un chico muy callado. Sacó la mejor nota de selectividad de toda España y decidió estudiar Medicina. Una vez más, fue el mejor en los exámenes; el mejor en las prácticas y el mejor en el quirófano. Se lo rifaban todos los hospitales. No hubo cirujano más preciso ni vecino al que más quisieran los habitantes de Carabanchel. Lo saludaban por la calle. Le daban las gracias. Todos tenían a un familiar al que el doctor Maximiliano Luminaria había salvado la vida.
Su vida, fuera del quirófano, era diferente, ¿o a lo mejor no? La realidad es que no podrás, nunca más, sentirte aliviado porque se haya descubierto al asesino, porque, querido lector, los asesinos caminan entre nosotros.

lunes, 20 de noviembre de 2017

encajar. un poema de J.P.G

encajar
de niños
cuando se nos encajaba el balón
en algún balcón
sabíamos que vecino nos devolvería el balón
y quién no
con el paso del tiempo la vida sigue siendo eso
un juego,
dependiendo en la casilla que caigas:
[y todos, créeme, caemos en algún momento]
o volvemos al juego
o somos un objeto abandonado
inútil
desinflado
en manos de la decisión absurda
de los que nos prohibieron jugar a la pelota

el poema es de josé pastor y la fotografía muestra los balcones típicos del barrio donde me crié (La Rondilla -Valladolid-) y donde perdí algún que otro balón.

aforismos. "Diario de K" Karmelo C. Iribarren

unos aforismos cogidos al azar del "Diario de K" Karmelo C. Iribarren. (Renacimiento)

El azar es demasiado determinante en la vida.
*
La vida no tiene sentido y sólo vives cuando lo olvidas.
*
La lluvia le pone barrotes al día.
*
Si no hubiese habido tantos bares abiertos, igual hasta habría llegado a alguna parte.
*
No hay peor dolor que el que no se puede contar.
*
Entre la  multitud no eres, solo estas.
*
Olvidamos para sobrevivir.
*
Si no escribo me quedo sin coartada ante mi vida.
*
La mayoría de los  "revolucionarios" con los que me he cruzado en esta vida tenían  más dinero que yo y ninguna intención de pagar ellos la ronda.
*
El  azar siempre se lava las manos.
*
Lo que siempre he pretendido –y ese sigue siendo mi empeño- es meter la vida en los poemas, en los textos en prosa, en toda mi literatura, y dejarla ahí para que el lector pueda volver a vivirla cada vez que abra uno de mis libros. Esto no deja de ser pretencioso, soy consciente de ello, entre otras cosas, porque mi vida tampoco es que sea muy apasionante. Pero ahí está el riesgo, supongo, y el mérito, por pequeño que sea. Hablar con el lector de tú a tú, decirle apenas nada, que está lloviendo y son las seis de la tarde y hoy tampoco sabes qué hacer con tu vida, y que le interese y te crea, no es poca cosa. O eso me parece a mí, al menos.

domingo, 19 de noviembre de 2017

poema de Esther Giménez Moreno en la revista Caja de Resistencia

Hoy le toca currar a la cigarra,
levantarse temprano,
fruncir el ceño, larga la jornada,
y apretar la mordaza para que no huya el canto.
No canta hoy, se jode,
a escotilla cerrada y boca prieta,
y se hace ilusiones con despueses posibles
que son antes de antes.
Y mañana le toca madrugar al insecto,
acallar la garganta,
conformarse con formas y quedarse sin fondo,
sin fondos, desfondarse,
hasta que ya las ganas se agotan y se apagan,
ni cantar puede ya de noche la cigarra
ni amar a la intemperie
pues hay que recogerse ya pronto y sobriamente
para no echar de menos todo lo que la embriaga,
para echarlo de menos a morir y en silencio,
ajo y agua, que dicen,
vampira ajada y muda de ilusiones,
desaguados los ojos y plegados
a la orden / al orden
de la hormiga sistémica

poema de Esther Giménez Moreno en el nº4 de la revista de poesía crítica Caja de Resistencia (nº4)

jueves, 16 de noviembre de 2017

reseña "Historias desde la cadena de montaje" de Ben Hamper

"Historias desde la cadena de montaje" Ben Hamper (Capitán Swing)

Ben Hamper trabajó durante once años en la cadena de montaje de General Motors de Flint (Michigan). Fue una rata de fábrica, como lo fue su padre y el padre de su padre. Como lo fueron sus compañeros de colegio y los padres de sus compañeros de colegio, y sus vecinos y sus amigos.
Ben Hamper pisó por primera vez una fábrica de coches con siete años, en una visita organizada por General Motors. Tras está visita decidió que nunca trabajaría en ninguna de aquellas fábricas y que nunca acabaría como su padre y la mayoría de sus vecinos. Durante años intentó y luchó por no ser una pieza más en el engranaje de General Motors, pero con veintiún años tuvo que desistir de su empeño y se tiró de cabeza a ser una verdadera rata de fábrica.
"A la mierda el viejo y sus advertencias, a la mierda las monjas y sus planes de estudio, a la mierda el archivador a reventar del orientador, a la mierda los conductores de ambulancias y los disc jockeys y los limpiadores nocturnos, a la mierda yo y a la mierda vosotros. Yo lo que quería era ser una rata incondicional."
Durante once años la vida de Ben Hamper giro alrededor y dentro de la cadena de montaje de la General Motors. Años de trabajo duro, de aprendizaje ("Yo estaba aún relativamente verde, pero siempre había partido de la idea de que un trato es un trato. GM nos pagaba un cuantioso sueldo y nosotros a cambio hacíamos el trabajo sucio. Nadie nos apuntaba a la cabeza con un arma. Yo no albergaba ningún odio hacia GM, mi única guerra era contra aquel asfixiante minutero."). Años de extenuante rutina, de borracheras, de meses de paro a la espera de una llamada para reincorporarse a la cadena. Años de jefes crueles y sádicos, de compañeros de fatigas, de lucha encarnizada contra el reloj. Años de alienación y de locura.
"Historias desde la cadena de montaje" es la historia de Ben Hamper y sus compañeros, como ratas de fabrica. Una historia donde se nos habla de la vida de los trabajadores de la industria automovilística norteamericana, del inhumano y absurdo sistema productivo americano, de la cuota de producción, del aburrimiento, del compañerismo, del escaqueo, de los que no pudieron soportarlo más, del consumo desmesurado de alcohol para hacer más llevadero el trabajo y la vida ("Ahí era donde cada noche se juntaba la brigada de los petos  grasientos al completo para mamarse a base de bien y seguir  erre que erre con las mismas mentiras de fracasado que ya nuestros padres se repetían para dotar de significado a su existencia."),
Ben Hamper narra su experiencia, sus chanchullos, sus odios y amistades, sus enfrentamientos, sus formas de hacer más llevadero el trabajo -entre ellas, escribir una columna sobre el trabajo y la vida en una cadena de montaje, para la revista La Voz de Flint (que dirigía Michael Moore)-, y su determinación para sobrevivir a aquella locura.
Con un humor negro acerado y divertido, en primera persona, sin concesiones, directo a la mandíbula, sin victimismo ni lloriqueos (“De acuerdo, a lo mejor es cierto que las intenciones de todas estas estrellas del rock son estupendas, pero simplemente no funciona. El tema es, si nunca llamarías a un cirujano cardiovascular para que te aspire la casa, ¿por qué confiar la música blues a un grupete de blancuzcos? Lo único que yo les pido a estos camaleones caprichosos es que se piren y se ­lleven con ellos esa asquerosa versión del método actoral que utilizan. No necesitamos que nos den serenatas sobre lo tedioso y desprovisto de nuestras vidas, llegado el momento ya sabemos hacerlo nosotros mismos"), "Historias desde la cadena de montaje"  es una obra maestra y necesaria sobre la vida de los obreros fabriles de los Estados Unidos de América.

Ben y yo crecimos en Flint, Michigan, y ambos somos hijos de obreros fabriles. Se suponía que nunca deberíamos haber salido de ahí, y usted nunca debería haber oído de nosotros. Todo se reduce a un asunto de clase, de saber el lugar que  nos corresponde, y de tener en cuenta que en un lugar como Flint, Michigan, no existe para la prensa ni para los que toman las decisiones. [...] ¿Creéis que se paran un segundo a pensar por lo que estará  pensando la persona que remacha los estribos laterales de sus coches? (del prólogo de Michael Moore)

sábado, 11 de noviembre de 2017

poema suicida a una mujer de culo frío y corazón de kriptonita

poema suicida a una mujer de culo frío y corazón de kriptonita
para que quiero las olas del mar
sino tengo tus caricias
para que quiero la música
sino tengo tu risa
para que los viajes
sin tu dirección
para que la luz del verano
sin tu calor
para que los libros
sin tus palabras y tu poesía
para que el mejor tequila
sin tu saliva y tus besos
para que los recuerdos
sin tu piel
para que el sexo
sin tu amor 
para que los acentos
sin tu orografía
para que el silencio
sin tu complicidad
para que la lluvia
sino apaga mi sed.
no quiero dinero, riquezas, imperios, victorias, fama
sin tus abrazos.
no me sirve la libertad, la amistad, la belleza
sin tu pasión.
dime, para que sobrevivir
sin ti.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Diario de K. Karmelo C. Irribarren

"Diario de K". Karmelo C. Iribarren (Editorial Renacimiento)    

Prólogo de Ape Rotoma
Como en San Sebastián, llueve mucho en este libro de Iribarren, se visitan muchos bares y terrazas, se viaja mucho en tren y se duerme en muchos hoteles, se habla mucho de mujeres (reales y de las otras), del hecho de envejecer y de estupidez humana, se cuentan muchas anécdotas y se mira mucho alrededor. Es decir, como en cualquier otro de sus libros. Pero además, en éste en concreto, se hace finísima y personalísima crítica literaria, más atenta al análisis que a la opinión, sin privarse por ello de exhibir filias y fobias; se reflexiona en voz alta sobre nuestras limitaciones, crueldades e ingenuidades, las de todos; se hacen afirmaciones incorrectas y certeras sobre la vida y el mundo; y el autor se desnuda en él como en ningún otro libro, sustituyendo la sugerencia por la confesión directa. Largos paseos, súbitos reencuentros, nostalgias, desencantos, incomodidades varias y lucidez a raudales, saltando de un género a otro (aforismo, microrrelato, ensayo...) según las necesidades expresivas. Lo de siempre y algo más, como queda dicho, un conjunto que constituye, sobre todo, una buena manera de conocer a Iribarren, no sólo para quien no tenía el gusto, sino también para quien sólo conocía al poeta escueto y al más escueto aún sujeto o víctima de entrevistas y cuestionarios, es decir, para cualquiera.

martes, 7 de noviembre de 2017

Tres puntadas. Enrique Villareal "El Drogas"

"Tres puntadas" Enrique Villarreal Armendáriz. Desacorde Ediciones   

Hay pasos de peatones, en algunos pueblos, donde nadie para.
Son pueblos de carretera.
Nadie conoce a sus habitantes, que son del color del polvo
que desgasta,
y deambulan como zombies. Por eso nadie para.
Ellos esperan ahí, de pie, a que pasen los viajeros
con sus relucientes bólidos
y claven las miradas de indiferencia
en sus caras
(o no tienen cara).
Así, a golpe de tambor y corneta, se pasa por encima
de quien sea.
¿Qué importan sus problemas? No son, como su pueblo,
un punto de llegada.
Sólo de paso.
De paso roto de alpargatas, y casicasi hasta molestan
porque nos hacen apartar
con miedo la vista.
Son los diferentes. ¿O no son diferentes? 


***************

Todo el color lo satura la edad
y lo define como una quiere.
Se pierden las fronteras de las formas
y ni sombra aclarada lo limita.
Mas allá de tonalidades
queda la hoja caída
y su balanceo suave hasta el suelo.
Ahora descansa en memoria compartida
como un secreto en gestos.
Ya no hay incendio violento en cada bocanada de humo.
Es todo más sutil,
más soportable,
más sorprendentemente tranquilo.

Averigua sin prisas la salida
y si no, sigamos aquí. Perdidas

jueves, 2 de noviembre de 2017

Siguiendo los pasos del hombre que se fue. David González

una reseña de Ana Vega y un par de poemas en Cuaderno Digital. "Siguiendo los pasos del hombre que se fue". David González. Canallas Ediciones

Autorretrato a los cuarenta
la luz del sol no quiere ni verle delante:
con las manos en los bolsillos del delantal se retira
disgustada por entre las rendijas de la persiana
rota: los cristales comienzan a empañarse:
la humedad se granjea el afecto
de varias especies de hongos muy pequeños que
a su vez traen consigo a unos insectos diminutos
que se comen el polvo de los libros pero también
sus letras sus palabras y las historias
que se preservan en sus páginas amarillentas:
las puertas del armario ropero empotrado
 contra la pared no en ella están abiertas del todo:
dentro no hay nada: tampoco se ve a nadie:
el monstruo del armario está fuera solo a oscuras nadie
a quién asustar:
soy un personaje al que dejaron olvidado fuera del alcance de la vista:
hayashi fumiko:

martes, 31 de octubre de 2017

Caja de Resistencia

mi colaboración en Caja de Resistencia. Revista de poesía crítica (Nº 4. otoño 2017)

MIRAR AL CIELO Y NO ENTENDER NADA
hacemos el amor bajo los bombardeos
sin heroísmos
como niños que juegan a la guerra
para sentirnos  vivos
para recordar la alegría la música la amistad los juegos
para no olvidar los tiempos antes de la guerra
hacemos el amor
para que nuestros gritos y gemidos de placer
acallen las explosiones
el aullido de los perros que han sobrevivido a nuestra hambre
los derrumbes las sirenas los llantos
los  gritos de auxilio los rezos
para no oír el dolor
hacemos el amor
y desnudos
contemplamos la ciudad en llamas
la ciudad bajo tierra
el infierno
y nos vestimos apresuradamente
para bajar a la calle
a desenterrar a desescombrar
a dar sangre en los hospitales
a consolar a los locos que acunan su pena
a enterrar  a los muertos
a acurrucar a los que perdieron todo
todo
hacemos el amor para olvidar
que tenemos las maletas preparadas en la puerta
pero no tenemos donde ir
hacemos el amor
sin bandera blanca
porque rendirse no es una opción
hacemos el amor
para no enfrentarnos solos a la muerte
y a vuestro olvido
y a vuestro silencio

domingo, 29 de octubre de 2017

el trabajo os hará libres. un poema de J.P.G

el trabajo os hará libres
dadme un trabajo a destajo
de lunes a sábado
y veréis embrutecerme hasta violar mis escasas certezas
veréis endurecerme hasta la crueldad
encabronarme hasta tener que pedir perdón
envilecerme sin poder evitarlo
emborracharme sin motivo hasta perder el sentido
follar con violencia y sin alivio.
veréis malearme, afilarme, enflaquecer
y como el cansancio inunda mi voz
y como la derrota cubre mi cuerpo
veréis ennegrecerme las uñas y el alma
crecerme la barba, la desidia, el moho
y el monstruo que llevo dentro.
veréis asquearme
hacer trampas
olvidarme de la belleza
perderme en el camino de vuelta
abandonarme a mi suerte.
veréis resignarme y sangrar mis encías
sobreviviendo sin esperanza
resistiendo en el filo de la navaja.
veréis mi odio
mis ataduras
los rasguños
las horas y los minutos
el eclipse de mis ojos
la carcoma del tiempo
y las piedras en los bolsillos y en las botas.
veréis dormirme con los dientes apretados
y los pelos de punta
y despertarme retorcido de dolor
maldiciendo todos los amaneceres
a todos los dioses
a todos mis muertos.
escucharéis arcadas mañaneras
aullidos de animal atrapado en un cepo
y el ruido de los cuerpos al caer
sin música, sin poesía, sin risas.
oleréis mi sudor, mi sal,
la sangre, el polvo, mi mierda.
y todas las noches
haciendo cuentas de lechera de cuento
veréis darme una última oportunidad
con la certeza que no lo voy a conseguir
de que no sirve para nada
para nada

              octubre 2017. 

un poema de josé pastor

sábado, 28 de octubre de 2017

martes, 24 de octubre de 2017

Autobiografía. Tom Kromer

Autobiografía. Tengo veintiocho años. Nací y fui al colegio en Huntington, Virginia Occidental. Provengo de una familia de trabajadores. Mi padre empezó a trabajar en una mina de carbón cuando tenía ocho años. Más adelante, entró como soplador en una fábrica de vidrio y a los cuarenta y cuatro años, sin recursos para pagar un tratamiento médico, murió de cáncer. De cinco hermanos, yo era el mayor. Mi madre ocupó el puesto de mi padre en la fábrica. El padre de mi padre murió aplastado en una mina de carbón. Para mi padre, lo mejor que podía ofrecerle la vida era trabajo, y lo único que le inquietaba era perderlo. Lo que más deseaba mi madre era que sus hijos estudiaran para que no tuviesen que preocuparse por si la fábrica cerraba. Estudié tres años en la universidad, y durante ese tiempo trabajé por las noches en fábricas de vidrio y como corrector de pruebas en varios periódicos. Recuerdo que el libro de arte era rosa y el de biología, verde. Aparte de eso, no tengo muchos más recuerdos de mi educación universitaria. Durante dos años, trabajé dando clase en escuelas rurales de Virginia Occidental. De aquella época solo merece la pena recordar a Emil, uno de mis alumnos estrella que siempre sacaba un seis en los test de inteligencia. A Emil no le interesaba nada de la escuela ni de la vida, salvo cazar moscas y quitarles las alas. Un día cazó cincuenta y cuatro moscas sin llegar a separarse del todo del asiento de su silla. Al cabo de nueve meses, le había enseñado a contar hasta sesenta, algo que, desde mi punto de vista, le daba un amplio margen de seguridad ante cualquier emergencia que se le pudiese presentar en la vida. Puesto que lo mejor que había hecho con los demás profesores era cazar cuarenta y tres moscas y, por lo que yo sabía, no superó nunca las cincuenta y cuatro, llegué a la conclusión de que como profesor cumplí con lo que se esperaba de mí. A los veintitrés años me puse en camino hacia Kansas para trabajar en la cosecha del trigo. Mi intención era hacer autostop, pero después de intentarlo durante todo un día sin conseguirlo, me tropecé con un tren de mercancías que se detuvo al lado de la carretera y me colé en un furgón. Desde entonces, no he vuelto a arriesgarme a hacer autostop a no ser que fuese necesario. Desde entonces, mis intereses han ido de la mano de los intereses de las compañías ferroviarias. Por lo general, los trenes me han llevado adonde yo quería ir, que no era nunca un lugar más definido que «hacia el este» o «hacia el oeste». En Kansas no había trabajo. Ya existía la cosechadora y por primera vez vi a un grupo de hombres intentando rebelarse contra una máquina. Por primera vez supe lo que era pasar tres días sin comer, llamar a la puerta trasera de una casa y pedirle limosna a una mujer. Era una casa amarilla, de un amarillo claro, y conseguí que me diera algo. Desde entonces he llamado a la puerta de un millar de casas amarillas como aquella y nunca me han rechazado. Mientras que las mujeres que viven en casas verdes ni siquiera me abrirían. Estuve en la calle durante cinco meses y después volví a casa. Pero en casa tampoco había trabajo. Así que me fui mendigando a California, luego volví a Nueva York y más tarde a la ciudad de Washington. En Washington me condenaron a sesenta días en la prisión de Occoquan por haber dormido en un edificio vacío durante una tormenta. Unos amigos consiguieron sacarme de allí en ocho días. Pero tras lo ocurrido, como no me encontraba a gusto en Washington, decidí volver a casa. Me pasé tres meses buscando trabajo. No lo había. Fue la época en que la gente se reía de ti cuando pedías empleo. Al cabo de un tiempo, dejé de buscar trabajo y volví a marcharme. Desde entonces, he estado casi constantemente en la calle, excepto los quince meses que pasé en un campo de trabajo del gobierno. Ahora llevo cuatro años. En ocasiones me quedo cuatro o cinco meses en la misma ciudad, haciendo algún que otro trabajillo que me permita pagarme comida y cama. Pero la mayor parte del tiempo como y duermo en los albergues cristianos, mendigo en calles y casas, y pongo en práctica cualquiera de los trucos que utilizan los vagabundos para sobrevivir. Como no tenía intención de publicar "Nada que esperar", lo escribí tal y como me iba naciendo, y el lenguaje que utilicé fue el lenguaje que utilizan los vagabundos, pese a que no es el más agradable del mundo. Garabateé fragmentos de este libro en papeles de fumar Bull Durham y en los márgenes de folletos religiosos. Los garabateé en vagones de mercancías, en centenares de albergues cristianos, en celdas y calabozos, en cobertizos ferroviarios y en pensiones de mala muerte. Y en algunas ocasiones memorables llegué incluso a teclearlos con mis dos dedos índice en una máquina de escribir como Dios manda. Salvo por cuatro o cinco episodios, la narración es completamente autobiográfica. Algunos de los acontecimientos que describo no ocurrieron en el mismo orden que en el libro, y si los he mezclado ha sido para mejorar el desarrollo de la historia. La jerga de los vagabundos es, por supuesto, auténtica.

domingo, 22 de octubre de 2017

Hombres famélicos. Tom Kromer

Hombres famélicos por Tom Kromer 

Estábamos en 1930. La Union Pacific, la Southern Pacific, la Baltimore & Ohio, la de Santa Fe y otro centenar más de líneas ferroviarias recorrían un país que apestaba, un país envuelto en el hedor de la comida y el forraje que, acumulados en silos, almacenes y graneros, se pudrían porque nadie tenía dinero para comprarlos. En las vías, largas filas de furgones permanecían al sol y se echaban a perder sobre raíles oxidados, y los grandes trenes negros que resoplaban a través de la noche, con sus hileras de vagones medio vacíos, transportaban más hombres en las cámaras frigoríficas y encima y debajo de los furgones, que kilos de mercancías en su interior. Los trenes de pasajeros que atravesaban la oscuridad bramaban y rugían con un aire de impaciente burla, y en los estribos, agarrados a los peldaños de las puertas, y en el techo, se multiplicaban los hombres demacrados que contenían el vacío de sus estómagos con sus manos y que superaban en número a los que viajaban cómodamente sentados. Estábamos en 1930, en plena depresión. El orín se acumulaba en los candados de las fábricas y las máquinas se llenaban de mugre porque nadie se encargaba de cuidarlas, y por la noche las ratas se acercaban y olfateaban la quietud de toda esa maquinaria que antes de 1930 tanto había rugido y vibrado. Los hombres se plantaban delante de las fábricas y observaban el orín que día tras día se acumulaba en los candados, y su expresión era de enfado porque querían entrar y quitarse el abrigo y acercarse a sus máquinas y ponerlas en marcha; querían contemplar los metros de tela que escupían unas y las largas tiras de metal anaranjado que salían de las entrañas de otras. A veces, esos hombres a los que habían apartado de las fábricas y prohibido el contacto con sus máquinas sellando las puertas de entrada, se reunían precisamente allí para hablar y maldecir, pero no maldecían a las máquinas, a las que no podían acceder debido a las puertas y ventanas selladas, sino a los propietarios de las fábricas que se negaban a abrir esas puertas y a dejar que el aire corriese por esas ventanas. Esos hombres dormían en altillos, en graneros, en sótanos, en tiendas de campaña y también al raso. Y había carpinteros y albañiles que en 1930 ni siquiera tenían una tienda y no les quedaba otra que pasar la noche en los aserraderos, entre toneladas de maderos que se iban combando y retorciendo bajo la fuerza del sol. Estamos en 1930, en Los Ángeles. De pie, delante de un albergue cristiano, esperamos mucho rato hasta que la cola empieza a moverse. Entramos arrastrando los pies y nos sentamos en las mesas. Doscientos hombres nos sentamos en esas mesas, delante de un plato de alubias que huele a pelo chamuscado y un pedazo de pan duro. Enseguida nos lanzamos a por las alubias y el pan. El jorobado que tengo enfrente mete la cuchara en el plato y pesca un trozo de carne cubierto de pelusa negra, de unos cinco centímetros de largo. En los albergues no es habitual tropezarse con un pedazo de carne tan grande, con o sin pelusa. Se trata de la pierna de un animal y todavía conserva el pie con los dedos extendidos. —¿Por qué demonios no lo han despellejado antes de cocinarlo? —se queja el jorobado. —¿Es conejo? —le pregunto—. Una vez vi un conejo negro. Aunque quizás sea una ardilla. Al jorobado no le ha hecho ninguna gracia encontrarse entre las alubias un trozo de carne cubierto de pelusa negra que además tiene dedos. —Sea conejo o sea ardilla, deberían cortarle los pies antes de meterlo en la olla — afirma. Engullimos las alubias. De pronto, el vagabundo que está sentado al lado del jorobado se tapa la boca con las dos manos y echa a correr por el pasillo en dirección a la puerta. El jorobado vuelve la mirada hacia el plato de su compañero, coge la cuchara y revuelve lo que queda dentro. Acto seguido, saca la cuchara y la levanta. —Ni conejo ni ardilla. Dios mío —grita—, han preparado las alubias con carne de rata. Mirad la cabeza de esta condenada rata. Y ahí, junto a mi plato, hay una pata. ¿Dónde demonios están las otras tres? ¿Alguien me lo puede decir? ¿Quién se las ha comido? La cabeza de la rata se tambalea en la cuchara. Tiene los labios fruncidos y enseña sus afilados dientes blancos. Advierto que le faltan los bigotes y caigo en la cuenta de que se le han chamuscado. —¡Eh, mirad lo que le han hecho al ratoncito Pérez! —exclama el vagabundo que tengo al lado—. ¡Mirad, lo han descapitado! Algunos aguantamos hasta llegar a la calle y otros convertimos el suelo en una pocilga. Fruitity-Toot, el marica de rostro chupado que cecea, lanza un grito y se desploma. El colorete no es suficiente para ocultar la palidez de sus mejillas. Al cabo de un rato, lo reanimamos con un poco de agua y volvemos a nuestros platos de alubias chamuscadas. Y cuando nos las terminamos, nos levantamos para preguntar si, por favor, podemos repetir. En la calle, como no pueden oírnos ni los empleados ni los encargados del albergue, los criticamos. ¡Serán desgraciados! ¿A qué viene eso de poner carne de rata en la comida? Están chiflados si creen que nos hemos tragado esa patraña de que la rata ha ido a parar a la olla por accidente. Nadie ha volcado ninguna mesa. Nadie ha lanzado ningún plato de alubias al cuadro de tamaño natural de la Oveja Perdida que cuelga en la pared. El Times no tendrá su titular: «La policía da su merecido a un grupo de comunistas». Somos el lumpenproletariat… De nosotros no se puede esperar nada. Estábamos en 1931 y por la calle te podías encontrar de vez en cuando a un hombre con los pantalones bajados murmurando entre dientes: «¿Cómo vamos a trabajar si no hay trabajo, eh? ¿Cómo vamos a hacerlo?». En la calle los criticábamos y nos quejábamos. ¡Serán desgraciados! ¿A qué viene eso de poner carne de rata en las alubias? Desde los titulares y desde las revistas, el presidente Hoover se desgañitaba asegurando que no, que ni hablar, que no había depresión y que, en caso de apuros, estaba seguro de que los vecinos se ayudarían unos a otros. La Cruz Roja controlaba las raciones de reserva y esperaba con impaciencia a que se produjese algún caso de fuerza mayor para salir disparada al rescate. Los mineros, con sus mujeres esqueléticas, pálidas y hambrientas, y sus chiquillos enfermos de difteria y pelagra, acumulaban en sus doloridos estómagos la carbonilla de las minas de Virginia Occidental, Illinois y Pensilvania. Y ahí estaban, inspeccionando las herrumbrosas aguas de azufre en busca de ranas y cangrejos también herrumbrosos, recorriendo las peladas colinas de sasafrás para conseguir un poco de cerraja que luego hervían sin ningún otro condimento. Cuando las ranas y los cangrejos se acabaron, y también se acabó la cerraja, los mineros de Virginia Occidental, Illinois y Pensilvania pensaron que si lograban plantarse en el Capitolio y conseguían que los mandamases y los peces gordos viesen en qué condiciones estaban, quizás harían algo respecto a sus estómagos vacíos, quizás mantendrían en funcionamiento la fábrica y evitarían que los sheriffs les lanzasen sus mantas raídas y sus camastros al barro, el mismo barro que cuando llovía se convertía en azufre amarillo. Así que emprendieron el viaje, pero como les resultó imposible hablar con las altas esferas, decidieron hacer carteles, y los que sabían escribir escribieron en los carteles sus quejas y reivindicaciones. Algunos exigieron ayudas económicas para aplacar el hambre, y otros rezaron para que se las concedieran. Los sheriffs, pensando en futuras acciones, se fijaron en los que hicieron públicas sus exigencias, ya que saltaba a la vista que se trataba de un puñado de rojos. Cuando los mineros se acercaron a la Casa Blanca, los policías les quitaron los carteles y les dijeron que podían avanzar junto al edificio pero sin entrar en el recinto. Los manifestantes enviaron un comité de tres personas a entrevistarse con el presidente y el secretario de este los acompañó de vuelta a la puerta, lejos de los suelos encerados, y les explicó que sí, que sin lugar a dudas el presidente iba a hacer algo respecto a la situación en que se encontraban los mineros de Virginia Occidental, Illinois y Pensilvania. Los policías los escoltaron hasta las afueras de la ciudad y cuando, días después, regresaron a sus barracas, algunos mineros se encontraron con que alguien había apilado sus mantas raídas y sus camastros junto al riachuelo de azufre, y con que ese mismo alguien les había sellado las puertas de sus barracas y les había dejado un papelito blanco que no sabían leer. Algunos abandonaron allí sus camastros, ya que no podían cargarlos, y se echaron a la carretera con sus mujeres, con sus hijos y con sus perros de patas larguiruchas, que parecían estar más gordos que sus dueños. Aunque la mayoría no tenía perros, ya que los perros hacía tiempo que, por instinto, se habían marchado de aquel lugar donde no había huesos para que los niños los pudieran chupar, y menos aún para que los royeran los perros. Corría el rumor, además, de que algunos mineros se habían comido a sus propios perros y luego se habían plantado delante de la tienda de la empresa para preguntar si alguien les había visto el pelo. Estamos en 1931. Es de noche y en el suelo astillado de un furgón nos amontonamos veinte hombres que entre gemidos, patadas, escupitajos y gruñidos, escuchamos el silbido de las ruedas y el rugido del viento que nos llegan de las vías. Entre nosotros hay mecánicos, maestros de escuela, albañiles, abogados y barrenderos de Iowa, Texas, Rhode Island, Utah y Maine. En un rincón, un chico negro canta con voz grave y baja: Cansado de cargar con tanto peso, avanzo a duras penas por esta solitaria carretera. Nos incorporamos apoyándonos en los codos y cantamos con él: Amor mío, amor mío, ¿qué he hecho yo para que me trates de esta manera? El chico pálido del jersey verde se aguanta la barriga con las dos manos y gime. Tiene las piernas flacuchas contraídas y apretadas contra el pecho. Gotas de sudor le recorren la cara y desde la barbilla salpican el suelo. Sacamos la cabeza por la puerta del furgón en espera del destello blanco de los mojones que pasan volando. —Ochenta kilómetros más —le decimos al chico. —Setenta y nueve. —Ya solo quedan setenta y ocho —insistimos. Al cabo de un rato, el chico pierde el conocimiento y dejamos de anunciarle cuántos kilómetros faltan. Poco después, oímos a un vagabundo que se acerca por el techo. Nos asomamos por la puerta todo lo que podemos y al verlo descender, le sujetamos las piernas y lo empujamos hacia dentro. El vagabundo se saca de debajo de la camisa unos pedazos de hielo que ha robado de la cámara frigorífica. Entonces le estiramos las piernas al chico enfermo, le cubrimos la barriga con hielo y seguimos atentos a los mojones. Unos momentos después, el chico deja de sudar. A nadie se le escapa que el hielo ha llegado demasiado tarde y que el chico tiene el apéndice destrozado. El negro de Carolina del Sur sigue canturreando Lonesome Road Blues y el vagabundo que tengo al lado murmura que ojalá, ojalá tuviese una pistola en la mano. No esperamos que el proletariado haga la revolución. Estábamos en 1932. Las mentes pensantes se rascaban la cabeza y afirmaban que la depresión era el resultado de la especulación y del crecimiento desordenado, y que lo que necesitaba el país era una economía planificada. En los parques y en las esquinas de las calles, hombres de rostro demacrado, ojos negros y vivaces, y dientes blancos que resultaban amenazadores a la luz del sol, se subían a cajones de madera y entre susurros, gritos y súplicas, explicaban a una audiencia de hombres famélicos que fruncían el ceño que el ochenta por cien del país era propiedad de Morgan, Rockefeller, Ford, Mellon, la familia Dupont de Nemours y otros como ellos. Y entonces llegaban los policías y sacaban sus porras, y golpeaban en la cabeza a los hombres de las cajas de madera hasta que se desplomaban unos encima de otros, y así les resultaba más fácil arrastrarlos al furgón que los esperaba junto a la acera. Y los hombres famélicos que los habían estado escuchando y que para desayunar se habían tomado un cuenco de gachas y para comer intentarían conseguir un poco de café, sonreían socarronamente o soltaban una risita nerviosa mientras contemplaban a los policías darles su merecido a aquellos rojos. Luego se escabullían por un callejón y se iban a recorrer las puertas traseras de los restaurantes en busca de colillas. Estamos en 1932, en Saint Louis. Un chico de Harvard, otro de Columbia y yo, nos bajamos de un tren de mercancías y nos ponemos a pedir limosna por las casas. Es de noche y nadie nos da de comer, y por eso probamos en los restaurantes, pero tampoco nos dan nada. Al cabo de un rato, el chico de Harvard, el de Columbia y yo, empezamos a hurgar en los contenedores de basura que hay en la parte de atrás de los restaurantes en busca de algún pedazo de pan o algún pomelo que se hayan dejado a medias. Y yo, que en esto soy mejor que los otros dos porque ellos nunca han tenido que hacerlo ni en Harvard ni en Columbia, me encuentro una rebanada de pan untada de mantequilla. Poco después, el encargado de un restaurante llama a la policía y un agente se presenta en el callejón, nos detiene y nos dice que no somos más que unos cerdos miserables y que lo único que se merece un puñado de piojosos como nosotros es que nos meta un tiro. Nos acusan por vagabundear. Mejor que no esperemos mucha ayuda del lumpenproletariat para hacer la revolución. Estábamos en 1933. Los hombres se multiplicaban en las largas y ondulantes colas de comida que recorrían, de una manzana a otra, las calles de la ciudad. Llovía, y con el movimiento de los hombres, que cambiaban de postura para dar un respiro a sus doloridos pies, la cola parecía adquirir vida y levantarse y descender como si se tratase de una oruga gigante que avanzara para revolcarse durante un instante en la porquería que los albergues repartían para mayor gloria de Dios. Los ojos hundidos de aquellos hombres brillaban con malignidad ante las palabras «Jesús es la salvación» del rótulo que, con sus parpadeantes luces de neón, parecía burlarse de su miseria a medida que caía la noche. Esos hombres arrastraban los pies para acercarse cada vez más a los recipientes de la humeante y vomitiva bazofia que los esperaba en las asfixiantes cocinas de los albergues. Una vez dentro, cogían el pedazo de pan duro y el plato de estofado apestoso que los empleados de los albergues les servían de cualquier modo para mayor gloria de Dios. Esos hombres de rostro inexpresivo oían el rumor monótono e incesante del sermón que les llegaba desde la tarima que había delante de las mesas, pero no escuchaban las palabras que se pronunciaban. Un rato después volvían a la calle, se ajustaban el cinturón a su barriga quejumbrosa y se ponían a buscar colillas entre los excrementos de los caballos y los escupitajos que se acumulaban junto al bordillo de las aceras. Al atardecer, se los veía sentados en esas mismas aceras y en los portales de las casas debatiendo consigo mismos, con inusitado fervor, si tragarse el interminable sermón del albergue para conseguir una cama o arriesgarse a pasar la noche en las vías, en el suelo helado y lleno de astillas de algún furgón. Algunos, los más soñadores, sentados en las aceras o en los bancos del parque, dejaban volar la imaginación para verse de nuevo en las fábricas, junto a sus máquinas, y en la cola de la ventanilla de las oficinas el día de paga, en espera de un sobre amarillo lleno de billetes verdes. Otros, los más crispados, se imaginaban a sí mismos atacando a algún transeúnte, golpeándolo en la cabeza con un palo y arrastrándolo a un lado en la oscuridad para luego registrarlo y descubrir que tenía los bolsillos llenos de billetes verdes, suficientes billetes como para nadar en la abundancia el resto de sus vidas. Había quienes fantaseaban con coches blindados, esos coches que transportaban los tesoros de los bancos. En su imaginación veían caer uno de aquellos sacos blancos llenos hasta arriba de billetes verdes. Como ellos eran los únicos que lo veían, lo recogían, se lo escondían debajo del abrigo y se dirigían a la estación de tren para comprarse un billete que los alejara de allí. El toque de porra con que un policía les daba en el pie devolvía a la realidad a todos aquellos hombres y los apartaba de sus sueños. Entonces se levantaban y, enfurruñados, se alejaban por la calle sin mirar atrás, conscientes de que a esa hora el albergue ya habría cerrado. Estamos en 1934. Al lado de las vías de la Union Pacific, la Southern Pacific, la Baltimore & Ohio y la de Santa Fe, hay pueblos enteros construidos por hombres sin trabajo con latas de los vertederos, viejas láminas de metal y restos de cajas de madera. Las casas tienen chimenea y al anochecer se ve el centelleo de los fuegos donde esos hombres cocinan las sobras de carne podrida, los guisantes y las alubias que mendigan en los almacenes y las patatas mohosas que recogen junto a las vías. Todas las ciudades tienen una úlcera como esta en sus afueras, y algunas tienen dos o tres. Los trenes de mercancías traen hombres famélicos, desesperados y muertos de frío, que se preparan una taza de café con los posos, duros y secos, pegados en las paredes de la cafetera que descansa junto al fuego. Por la noche, esos hombres se arrastran pesadamente de fuego en fuego como fantasmas con los ojos huecos. La gente de la ciudad no sabe que están allí excepto en esas ocasiones en que llaman a la puerta y una voz quejumbrosa pregunta si puede cortar el césped a cambio de un pedazo de pan con mantequilla. Pero si esas voces quejumbrosas que se ofrecen a cortar el césped a cambio de un pedazo de pan con mantequilla se suceden con demasiada frecuencia, la policía y los bomberos se presentan en los poblados que se levantan junto a las vías, y con sus hachas y sus pistolas del 45 destrozan sartenes, latas de café y ollas, y luego prenden fuego a las barracas. Y la gente de la ciudad, convencida de que es el aserradero lo que está en llamas, llega de muchos kilómetros a la redonda. Pero no es más que un puñado de policías jugando a hacer fuegos y un puñado de bomberos jugando a ser bomberos. Nadie se enfrenta a los policías ni a los bomberos porque van armados con pistolas y con hachas, y con la ley que los ampara. Los hombres tienen miedo de enfrentarse a ellos, así que recogen sus cosas y, avanzando con dificultad, siguen las vías hasta perderse de vista. Tumbados entre las sombras, a la espera de algún tren que se los lleve lejos, maldicen a los policías y a los bomberos, y sueñan con encontrarse algún día a uno de esos malnacidos en un furgón oscuro para retorcerle el cuello con sus propias manos. Ejércitos de hombres, millones de hombres, recorren el país de norte a sur y de este a oeste en 1934. Cuando doscientos hombres se suben a un tren en una dirección, otros doscientos se suben a otro en la dirección contraria. ¿Pero acaso importa la maldita dirección en la que vayan? No hay trabajo, y sin dinero no hay comida en ningún sitio, por más que les llegue el hedor putrefacto de todos los alimentos que se pudren en los silos, los almacenes y los graneros. Estamos en 1934, en Los Ángeles, California. En esta pensión de mala muerte nos amontonamos un centenar de vagabundos. Los trabajadores de los tranvías de la ciudad están en huelga. El día antes de que los conductores y los revisores abandonaran sus puestos de trabajo, la empresa colgó un aviso en el tablón de anuncios: «Los empleados que mañana no se presenten en sus puestos de trabajo serán sustituidos por esquiroles. La empresa entenderá que esos empleados han renunciado a su trabajo y no los volverá a contratar». Lo decían con palabras más bonitas, pero se trataba de una amenaza. Los esquiroles se iban a poner al volante de los tranvías. Y la policía se iba a subir a esos tranvías para proteger a los esquiroles. En una situación como esa, con la policía en los tranvías protegiendo a los esquiroles y protegiendo los intereses de la empresa de transporte, ¿qué margen de negociación les quedaba a los trabajadores? Y como la solidaridad no daba de comer a los huelguistas, estos tenían que hacer algo para evitar que los tranvías siguiesen funcionando. Así que cuando los tranvías se detenían, les metían palos en las ruedas, ordenaban a los pasajeros y a los esquiroles que bajaran a la calle y hacían volcar los vagones. Primero los empujaban hasta conseguir que se balancearan, y luego los volcaban. Un tranvía se convierte en una máquina triste e inútil cuando lo ves boca arriba, con las ruedas agitándose en el aire. En esta pensión de mala muerte nos amontonamos un centenar de vagabundos. Y delante de la pensión, veinticinco huelguistas han detenido un tranvía. Le han puesto palos en las ruedas y están empujando los vagones. Pero a pesar del sudor y los gemidos de esfuerzo, no consiguen volcarlo. Desde la acera, nos quedamos mirándolos. Entonces oímos la sirena de los coches de la policía, que ahí vienen con sus porras, sus pistolas y sus bombas de gas lacrimógeno. Uno de los vagabundos de la acera, un tipo enfermo de tuberculosis con una cicatriz que le recorre el rostro, se remanga y sonríe: —Yo fui sindicalista —nos dice—. Y todavía me queda fuerza. ¿Alguno de vosotros también lo ha sido? El tipo cruza la calle a grandes zancadas. Los vagabundos más viejos lo siguen, y los más jóvenes seguimos a los viejos. Entre todos empujamos el tranvía y el estruendo de los cristales al hacerse añicos resuena a mucha distancia. Resulta extraño ver un tranvía boca arriba, con las ruedas girando en el aire. Volvemos a la acera justo en el momento en que los coches de la brigada se paran dando un frenazo. Los policías persiguen a los huelguistas porra en mano, pero a nosotros, que seguimos en la acera, no nos hacen ni caso; para ellos no somos más que unos miserables vagabundos, el despreciable lumpenproletariat. En 1935, 22 millones de personas recibían del gobierno alguna ayuda económica y la deuda pública ascendía a 34 mil millones de dólares, y ni siquiera las mentes pensantes sabían cuánto dinero era eso, y levantaban las manos al cielo y preguntaban de dónde iba salir más dinero. El humorista Bugs Baer decía que aún había más dinero allí donde habían ido a parar todos aquellos millones, pero las mentes pensantes no prestaban atención a ese tipo de comentarios. Cada día había más gente que perdía el juicio y los manicomios estaban a reventar de personas que se habían vuelto locas, personas que te clavaban la mirada a través de los barrotes de hierro y que cogían alubias, alubias rojas, y una a una, las ensartaban en un alambre color lavanda y las escondían debajo de la alfombra. Y cuando volvían a buscarlas después de un buen rato y las alubias ya no estaban allí porque, en su ausencia, alguien se las había comido, se ponían a gritar porque alguien se había hecho con ellas. Y el hombre de los zapatos de charol y la leontina de oro les decía que no perdiesen el tiempo gritando, que en la casa no quedaba ni una condenada alubia y que, de hecho, apenas quedaban alubias en el mundo, así que no valía la pena que siguieran gritando. Entonces abrían el armario y se ponían a rebuscar dentro. Y allí estaban los ángeles, siete ángeles sin contar al que había derramado betún negro por encima de las zapatillas rojas, y los gatos negros que se paseaban por la casa como malos augurios y el sollozo de los bebés a los que habían abandonado en las rocas de las montañas. Hubo huelgas en Detroit, en Milwaukee, en Seattle y en Portland; en Frisco, en LA, en Walla Walla y en Bad Axe, Michigan. Las masas ponían a prueba su fuerza y la policía y los cuerpos especiales aparecían, y a algunos huelguistas los golpeaban, y a otros los mataban. Y en los parques y en las esquinas de las calles, hombres de rostro demacrado, ojos negros y vivaces, y dientes blancos que resultaban amenazadores a la luz del sol, se subían a cajones de madera y entre susurros, gritos y súplicas, les contaban a los hombres famélicos con los que habían sudado en las fábricas, en el campo y en los despachos, que Morgan, Rockefeller, Ford, Mellon y la familia Dupont de Nemours, se enriquecían y engordaban a costa del ochenta por cien de la población. Y entonces llegaban los policías con sus porras y los golpeaban en la cabeza hasta que se desplomaban unos encima de otros, y así les resultaba más fácil arrastrarlos al furgón que los esperaba junto a la acera. Pero cuando se los llevaban, otro hombre se subía a la caja de madera y los policías lo atacaban con las porras y le disparaban con sus pistolas, pero las porras no le dejaban marcas y los disparos no le hacían sangrar ni lo herían, y los policías se asustaban porque no habían visto nunca a un hombre así y eso los asustaba. Los ojos negros y los dientes blancos resplandecían al sol, y en Frisco, en LA, en Detroit, en Chicago, en Nueva York y en Misisipi, hombres famélicos, vestidos con harapos descoloridos debido a la sal de su propio sudor, escuchaban delante de las puertas y las ventanas selladas de sus fábricas: —¡Tenemos la solución! Con nuestras remachadoras construimos puentes y rascacielos. Con nuestras palas excavamos minas, trazamos carreteras y tendimos vías. Nuestro sudor y nuestra sangre están en el campo, en los barcos, en todo lo que nos rodea. Y ahora vamos a recuperarlo. ¡APARTAOS! 
  Nada que esperar y otros relatos. Tom Kromer (Sajalín Editores)