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domingo, 22 de octubre de 2017

Hombres famélicos. Tom Kromer

Hombres famélicos por Tom Kromer 

Estábamos en 1930. La Union Pacific, la Southern Pacific, la Baltimore & Ohio, la de Santa Fe y otro centenar más de líneas ferroviarias recorrían un país que apestaba, un país envuelto en el hedor de la comida y el forraje que, acumulados en silos, almacenes y graneros, se pudrían porque nadie tenía dinero para comprarlos. En las vías, largas filas de furgones permanecían al sol y se echaban a perder sobre raíles oxidados, y los grandes trenes negros que resoplaban a través de la noche, con sus hileras de vagones medio vacíos, transportaban más hombres en las cámaras frigoríficas y encima y debajo de los furgones, que kilos de mercancías en su interior. Los trenes de pasajeros que atravesaban la oscuridad bramaban y rugían con un aire de impaciente burla, y en los estribos, agarrados a los peldaños de las puertas, y en el techo, se multiplicaban los hombres demacrados que contenían el vacío de sus estómagos con sus manos y que superaban en número a los que viajaban cómodamente sentados. Estábamos en 1930, en plena depresión. El orín se acumulaba en los candados de las fábricas y las máquinas se llenaban de mugre porque nadie se encargaba de cuidarlas, y por la noche las ratas se acercaban y olfateaban la quietud de toda esa maquinaria que antes de 1930 tanto había rugido y vibrado. Los hombres se plantaban delante de las fábricas y observaban el orín que día tras día se acumulaba en los candados, y su expresión era de enfado porque querían entrar y quitarse el abrigo y acercarse a sus máquinas y ponerlas en marcha; querían contemplar los metros de tela que escupían unas y las largas tiras de metal anaranjado que salían de las entrañas de otras. A veces, esos hombres a los que habían apartado de las fábricas y prohibido el contacto con sus máquinas sellando las puertas de entrada, se reunían precisamente allí para hablar y maldecir, pero no maldecían a las máquinas, a las que no podían acceder debido a las puertas y ventanas selladas, sino a los propietarios de las fábricas que se negaban a abrir esas puertas y a dejar que el aire corriese por esas ventanas. Esos hombres dormían en altillos, en graneros, en sótanos, en tiendas de campaña y también al raso. Y había carpinteros y albañiles que en 1930 ni siquiera tenían una tienda y no les quedaba otra que pasar la noche en los aserraderos, entre toneladas de maderos que se iban combando y retorciendo bajo la fuerza del sol. Estamos en 1930, en Los Ángeles. De pie, delante de un albergue cristiano, esperamos mucho rato hasta que la cola empieza a moverse. Entramos arrastrando los pies y nos sentamos en las mesas. Doscientos hombres nos sentamos en esas mesas, delante de un plato de alubias que huele a pelo chamuscado y un pedazo de pan duro. Enseguida nos lanzamos a por las alubias y el pan. El jorobado que tengo enfrente mete la cuchara en el plato y pesca un trozo de carne cubierto de pelusa negra, de unos cinco centímetros de largo. En los albergues no es habitual tropezarse con un pedazo de carne tan grande, con o sin pelusa. Se trata de la pierna de un animal y todavía conserva el pie con los dedos extendidos. —¿Por qué demonios no lo han despellejado antes de cocinarlo? —se queja el jorobado. —¿Es conejo? —le pregunto—. Una vez vi un conejo negro. Aunque quizás sea una ardilla. Al jorobado no le ha hecho ninguna gracia encontrarse entre las alubias un trozo de carne cubierto de pelusa negra que además tiene dedos. —Sea conejo o sea ardilla, deberían cortarle los pies antes de meterlo en la olla — afirma. Engullimos las alubias. De pronto, el vagabundo que está sentado al lado del jorobado se tapa la boca con las dos manos y echa a correr por el pasillo en dirección a la puerta. El jorobado vuelve la mirada hacia el plato de su compañero, coge la cuchara y revuelve lo que queda dentro. Acto seguido, saca la cuchara y la levanta. —Ni conejo ni ardilla. Dios mío —grita—, han preparado las alubias con carne de rata. Mirad la cabeza de esta condenada rata. Y ahí, junto a mi plato, hay una pata. ¿Dónde demonios están las otras tres? ¿Alguien me lo puede decir? ¿Quién se las ha comido? La cabeza de la rata se tambalea en la cuchara. Tiene los labios fruncidos y enseña sus afilados dientes blancos. Advierto que le faltan los bigotes y caigo en la cuenta de que se le han chamuscado. —¡Eh, mirad lo que le han hecho al ratoncito Pérez! —exclama el vagabundo que tengo al lado—. ¡Mirad, lo han descapitado! Algunos aguantamos hasta llegar a la calle y otros convertimos el suelo en una pocilga. Fruitity-Toot, el marica de rostro chupado que cecea, lanza un grito y se desploma. El colorete no es suficiente para ocultar la palidez de sus mejillas. Al cabo de un rato, lo reanimamos con un poco de agua y volvemos a nuestros platos de alubias chamuscadas. Y cuando nos las terminamos, nos levantamos para preguntar si, por favor, podemos repetir. En la calle, como no pueden oírnos ni los empleados ni los encargados del albergue, los criticamos. ¡Serán desgraciados! ¿A qué viene eso de poner carne de rata en la comida? Están chiflados si creen que nos hemos tragado esa patraña de que la rata ha ido a parar a la olla por accidente. Nadie ha volcado ninguna mesa. Nadie ha lanzado ningún plato de alubias al cuadro de tamaño natural de la Oveja Perdida que cuelga en la pared. El Times no tendrá su titular: «La policía da su merecido a un grupo de comunistas». Somos el lumpenproletariat… De nosotros no se puede esperar nada. Estábamos en 1931 y por la calle te podías encontrar de vez en cuando a un hombre con los pantalones bajados murmurando entre dientes: «¿Cómo vamos a trabajar si no hay trabajo, eh? ¿Cómo vamos a hacerlo?». En la calle los criticábamos y nos quejábamos. ¡Serán desgraciados! ¿A qué viene eso de poner carne de rata en las alubias? Desde los titulares y desde las revistas, el presidente Hoover se desgañitaba asegurando que no, que ni hablar, que no había depresión y que, en caso de apuros, estaba seguro de que los vecinos se ayudarían unos a otros. La Cruz Roja controlaba las raciones de reserva y esperaba con impaciencia a que se produjese algún caso de fuerza mayor para salir disparada al rescate. Los mineros, con sus mujeres esqueléticas, pálidas y hambrientas, y sus chiquillos enfermos de difteria y pelagra, acumulaban en sus doloridos estómagos la carbonilla de las minas de Virginia Occidental, Illinois y Pensilvania. Y ahí estaban, inspeccionando las herrumbrosas aguas de azufre en busca de ranas y cangrejos también herrumbrosos, recorriendo las peladas colinas de sasafrás para conseguir un poco de cerraja que luego hervían sin ningún otro condimento. Cuando las ranas y los cangrejos se acabaron, y también se acabó la cerraja, los mineros de Virginia Occidental, Illinois y Pensilvania pensaron que si lograban plantarse en el Capitolio y conseguían que los mandamases y los peces gordos viesen en qué condiciones estaban, quizás harían algo respecto a sus estómagos vacíos, quizás mantendrían en funcionamiento la fábrica y evitarían que los sheriffs les lanzasen sus mantas raídas y sus camastros al barro, el mismo barro que cuando llovía se convertía en azufre amarillo. Así que emprendieron el viaje, pero como les resultó imposible hablar con las altas esferas, decidieron hacer carteles, y los que sabían escribir escribieron en los carteles sus quejas y reivindicaciones. Algunos exigieron ayudas económicas para aplacar el hambre, y otros rezaron para que se las concedieran. Los sheriffs, pensando en futuras acciones, se fijaron en los que hicieron públicas sus exigencias, ya que saltaba a la vista que se trataba de un puñado de rojos. Cuando los mineros se acercaron a la Casa Blanca, los policías les quitaron los carteles y les dijeron que podían avanzar junto al edificio pero sin entrar en el recinto. Los manifestantes enviaron un comité de tres personas a entrevistarse con el presidente y el secretario de este los acompañó de vuelta a la puerta, lejos de los suelos encerados, y les explicó que sí, que sin lugar a dudas el presidente iba a hacer algo respecto a la situación en que se encontraban los mineros de Virginia Occidental, Illinois y Pensilvania. Los policías los escoltaron hasta las afueras de la ciudad y cuando, días después, regresaron a sus barracas, algunos mineros se encontraron con que alguien había apilado sus mantas raídas y sus camastros junto al riachuelo de azufre, y con que ese mismo alguien les había sellado las puertas de sus barracas y les había dejado un papelito blanco que no sabían leer. Algunos abandonaron allí sus camastros, ya que no podían cargarlos, y se echaron a la carretera con sus mujeres, con sus hijos y con sus perros de patas larguiruchas, que parecían estar más gordos que sus dueños. Aunque la mayoría no tenía perros, ya que los perros hacía tiempo que, por instinto, se habían marchado de aquel lugar donde no había huesos para que los niños los pudieran chupar, y menos aún para que los royeran los perros. Corría el rumor, además, de que algunos mineros se habían comido a sus propios perros y luego se habían plantado delante de la tienda de la empresa para preguntar si alguien les había visto el pelo. Estamos en 1931. Es de noche y en el suelo astillado de un furgón nos amontonamos veinte hombres que entre gemidos, patadas, escupitajos y gruñidos, escuchamos el silbido de las ruedas y el rugido del viento que nos llegan de las vías. Entre nosotros hay mecánicos, maestros de escuela, albañiles, abogados y barrenderos de Iowa, Texas, Rhode Island, Utah y Maine. En un rincón, un chico negro canta con voz grave y baja: Cansado de cargar con tanto peso, avanzo a duras penas por esta solitaria carretera. Nos incorporamos apoyándonos en los codos y cantamos con él: Amor mío, amor mío, ¿qué he hecho yo para que me trates de esta manera? El chico pálido del jersey verde se aguanta la barriga con las dos manos y gime. Tiene las piernas flacuchas contraídas y apretadas contra el pecho. Gotas de sudor le recorren la cara y desde la barbilla salpican el suelo. Sacamos la cabeza por la puerta del furgón en espera del destello blanco de los mojones que pasan volando. —Ochenta kilómetros más —le decimos al chico. —Setenta y nueve. —Ya solo quedan setenta y ocho —insistimos. Al cabo de un rato, el chico pierde el conocimiento y dejamos de anunciarle cuántos kilómetros faltan. Poco después, oímos a un vagabundo que se acerca por el techo. Nos asomamos por la puerta todo lo que podemos y al verlo descender, le sujetamos las piernas y lo empujamos hacia dentro. El vagabundo se saca de debajo de la camisa unos pedazos de hielo que ha robado de la cámara frigorífica. Entonces le estiramos las piernas al chico enfermo, le cubrimos la barriga con hielo y seguimos atentos a los mojones. Unos momentos después, el chico deja de sudar. A nadie se le escapa que el hielo ha llegado demasiado tarde y que el chico tiene el apéndice destrozado. El negro de Carolina del Sur sigue canturreando Lonesome Road Blues y el vagabundo que tengo al lado murmura que ojalá, ojalá tuviese una pistola en la mano. No esperamos que el proletariado haga la revolución. Estábamos en 1932. Las mentes pensantes se rascaban la cabeza y afirmaban que la depresión era el resultado de la especulación y del crecimiento desordenado, y que lo que necesitaba el país era una economía planificada. En los parques y en las esquinas de las calles, hombres de rostro demacrado, ojos negros y vivaces, y dientes blancos que resultaban amenazadores a la luz del sol, se subían a cajones de madera y entre susurros, gritos y súplicas, explicaban a una audiencia de hombres famélicos que fruncían el ceño que el ochenta por cien del país era propiedad de Morgan, Rockefeller, Ford, Mellon, la familia Dupont de Nemours y otros como ellos. Y entonces llegaban los policías y sacaban sus porras, y golpeaban en la cabeza a los hombres de las cajas de madera hasta que se desplomaban unos encima de otros, y así les resultaba más fácil arrastrarlos al furgón que los esperaba junto a la acera. Y los hombres famélicos que los habían estado escuchando y que para desayunar se habían tomado un cuenco de gachas y para comer intentarían conseguir un poco de café, sonreían socarronamente o soltaban una risita nerviosa mientras contemplaban a los policías darles su merecido a aquellos rojos. Luego se escabullían por un callejón y se iban a recorrer las puertas traseras de los restaurantes en busca de colillas. Estamos en 1932, en Saint Louis. Un chico de Harvard, otro de Columbia y yo, nos bajamos de un tren de mercancías y nos ponemos a pedir limosna por las casas. Es de noche y nadie nos da de comer, y por eso probamos en los restaurantes, pero tampoco nos dan nada. Al cabo de un rato, el chico de Harvard, el de Columbia y yo, empezamos a hurgar en los contenedores de basura que hay en la parte de atrás de los restaurantes en busca de algún pedazo de pan o algún pomelo que se hayan dejado a medias. Y yo, que en esto soy mejor que los otros dos porque ellos nunca han tenido que hacerlo ni en Harvard ni en Columbia, me encuentro una rebanada de pan untada de mantequilla. Poco después, el encargado de un restaurante llama a la policía y un agente se presenta en el callejón, nos detiene y nos dice que no somos más que unos cerdos miserables y que lo único que se merece un puñado de piojosos como nosotros es que nos meta un tiro. Nos acusan por vagabundear. Mejor que no esperemos mucha ayuda del lumpenproletariat para hacer la revolución. Estábamos en 1933. Los hombres se multiplicaban en las largas y ondulantes colas de comida que recorrían, de una manzana a otra, las calles de la ciudad. Llovía, y con el movimiento de los hombres, que cambiaban de postura para dar un respiro a sus doloridos pies, la cola parecía adquirir vida y levantarse y descender como si se tratase de una oruga gigante que avanzara para revolcarse durante un instante en la porquería que los albergues repartían para mayor gloria de Dios. Los ojos hundidos de aquellos hombres brillaban con malignidad ante las palabras «Jesús es la salvación» del rótulo que, con sus parpadeantes luces de neón, parecía burlarse de su miseria a medida que caía la noche. Esos hombres arrastraban los pies para acercarse cada vez más a los recipientes de la humeante y vomitiva bazofia que los esperaba en las asfixiantes cocinas de los albergues. Una vez dentro, cogían el pedazo de pan duro y el plato de estofado apestoso que los empleados de los albergues les servían de cualquier modo para mayor gloria de Dios. Esos hombres de rostro inexpresivo oían el rumor monótono e incesante del sermón que les llegaba desde la tarima que había delante de las mesas, pero no escuchaban las palabras que se pronunciaban. Un rato después volvían a la calle, se ajustaban el cinturón a su barriga quejumbrosa y se ponían a buscar colillas entre los excrementos de los caballos y los escupitajos que se acumulaban junto al bordillo de las aceras. Al atardecer, se los veía sentados en esas mismas aceras y en los portales de las casas debatiendo consigo mismos, con inusitado fervor, si tragarse el interminable sermón del albergue para conseguir una cama o arriesgarse a pasar la noche en las vías, en el suelo helado y lleno de astillas de algún furgón. Algunos, los más soñadores, sentados en las aceras o en los bancos del parque, dejaban volar la imaginación para verse de nuevo en las fábricas, junto a sus máquinas, y en la cola de la ventanilla de las oficinas el día de paga, en espera de un sobre amarillo lleno de billetes verdes. Otros, los más crispados, se imaginaban a sí mismos atacando a algún transeúnte, golpeándolo en la cabeza con un palo y arrastrándolo a un lado en la oscuridad para luego registrarlo y descubrir que tenía los bolsillos llenos de billetes verdes, suficientes billetes como para nadar en la abundancia el resto de sus vidas. Había quienes fantaseaban con coches blindados, esos coches que transportaban los tesoros de los bancos. En su imaginación veían caer uno de aquellos sacos blancos llenos hasta arriba de billetes verdes. Como ellos eran los únicos que lo veían, lo recogían, se lo escondían debajo del abrigo y se dirigían a la estación de tren para comprarse un billete que los alejara de allí. El toque de porra con que un policía les daba en el pie devolvía a la realidad a todos aquellos hombres y los apartaba de sus sueños. Entonces se levantaban y, enfurruñados, se alejaban por la calle sin mirar atrás, conscientes de que a esa hora el albergue ya habría cerrado. Estamos en 1934. Al lado de las vías de la Union Pacific, la Southern Pacific, la Baltimore & Ohio y la de Santa Fe, hay pueblos enteros construidos por hombres sin trabajo con latas de los vertederos, viejas láminas de metal y restos de cajas de madera. Las casas tienen chimenea y al anochecer se ve el centelleo de los fuegos donde esos hombres cocinan las sobras de carne podrida, los guisantes y las alubias que mendigan en los almacenes y las patatas mohosas que recogen junto a las vías. Todas las ciudades tienen una úlcera como esta en sus afueras, y algunas tienen dos o tres. Los trenes de mercancías traen hombres famélicos, desesperados y muertos de frío, que se preparan una taza de café con los posos, duros y secos, pegados en las paredes de la cafetera que descansa junto al fuego. Por la noche, esos hombres se arrastran pesadamente de fuego en fuego como fantasmas con los ojos huecos. La gente de la ciudad no sabe que están allí excepto en esas ocasiones en que llaman a la puerta y una voz quejumbrosa pregunta si puede cortar el césped a cambio de un pedazo de pan con mantequilla. Pero si esas voces quejumbrosas que se ofrecen a cortar el césped a cambio de un pedazo de pan con mantequilla se suceden con demasiada frecuencia, la policía y los bomberos se presentan en los poblados que se levantan junto a las vías, y con sus hachas y sus pistolas del 45 destrozan sartenes, latas de café y ollas, y luego prenden fuego a las barracas. Y la gente de la ciudad, convencida de que es el aserradero lo que está en llamas, llega de muchos kilómetros a la redonda. Pero no es más que un puñado de policías jugando a hacer fuegos y un puñado de bomberos jugando a ser bomberos. Nadie se enfrenta a los policías ni a los bomberos porque van armados con pistolas y con hachas, y con la ley que los ampara. Los hombres tienen miedo de enfrentarse a ellos, así que recogen sus cosas y, avanzando con dificultad, siguen las vías hasta perderse de vista. Tumbados entre las sombras, a la espera de algún tren que se los lleve lejos, maldicen a los policías y a los bomberos, y sueñan con encontrarse algún día a uno de esos malnacidos en un furgón oscuro para retorcerle el cuello con sus propias manos. Ejércitos de hombres, millones de hombres, recorren el país de norte a sur y de este a oeste en 1934. Cuando doscientos hombres se suben a un tren en una dirección, otros doscientos se suben a otro en la dirección contraria. ¿Pero acaso importa la maldita dirección en la que vayan? No hay trabajo, y sin dinero no hay comida en ningún sitio, por más que les llegue el hedor putrefacto de todos los alimentos que se pudren en los silos, los almacenes y los graneros. Estamos en 1934, en Los Ángeles, California. En esta pensión de mala muerte nos amontonamos un centenar de vagabundos. Los trabajadores de los tranvías de la ciudad están en huelga. El día antes de que los conductores y los revisores abandonaran sus puestos de trabajo, la empresa colgó un aviso en el tablón de anuncios: «Los empleados que mañana no se presenten en sus puestos de trabajo serán sustituidos por esquiroles. La empresa entenderá que esos empleados han renunciado a su trabajo y no los volverá a contratar». Lo decían con palabras más bonitas, pero se trataba de una amenaza. Los esquiroles se iban a poner al volante de los tranvías. Y la policía se iba a subir a esos tranvías para proteger a los esquiroles. En una situación como esa, con la policía en los tranvías protegiendo a los esquiroles y protegiendo los intereses de la empresa de transporte, ¿qué margen de negociación les quedaba a los trabajadores? Y como la solidaridad no daba de comer a los huelguistas, estos tenían que hacer algo para evitar que los tranvías siguiesen funcionando. Así que cuando los tranvías se detenían, les metían palos en las ruedas, ordenaban a los pasajeros y a los esquiroles que bajaran a la calle y hacían volcar los vagones. Primero los empujaban hasta conseguir que se balancearan, y luego los volcaban. Un tranvía se convierte en una máquina triste e inútil cuando lo ves boca arriba, con las ruedas agitándose en el aire. En esta pensión de mala muerte nos amontonamos un centenar de vagabundos. Y delante de la pensión, veinticinco huelguistas han detenido un tranvía. Le han puesto palos en las ruedas y están empujando los vagones. Pero a pesar del sudor y los gemidos de esfuerzo, no consiguen volcarlo. Desde la acera, nos quedamos mirándolos. Entonces oímos la sirena de los coches de la policía, que ahí vienen con sus porras, sus pistolas y sus bombas de gas lacrimógeno. Uno de los vagabundos de la acera, un tipo enfermo de tuberculosis con una cicatriz que le recorre el rostro, se remanga y sonríe: —Yo fui sindicalista —nos dice—. Y todavía me queda fuerza. ¿Alguno de vosotros también lo ha sido? El tipo cruza la calle a grandes zancadas. Los vagabundos más viejos lo siguen, y los más jóvenes seguimos a los viejos. Entre todos empujamos el tranvía y el estruendo de los cristales al hacerse añicos resuena a mucha distancia. Resulta extraño ver un tranvía boca arriba, con las ruedas girando en el aire. Volvemos a la acera justo en el momento en que los coches de la brigada se paran dando un frenazo. Los policías persiguen a los huelguistas porra en mano, pero a nosotros, que seguimos en la acera, no nos hacen ni caso; para ellos no somos más que unos miserables vagabundos, el despreciable lumpenproletariat. En 1935, 22 millones de personas recibían del gobierno alguna ayuda económica y la deuda pública ascendía a 34 mil millones de dólares, y ni siquiera las mentes pensantes sabían cuánto dinero era eso, y levantaban las manos al cielo y preguntaban de dónde iba salir más dinero. El humorista Bugs Baer decía que aún había más dinero allí donde habían ido a parar todos aquellos millones, pero las mentes pensantes no prestaban atención a ese tipo de comentarios. Cada día había más gente que perdía el juicio y los manicomios estaban a reventar de personas que se habían vuelto locas, personas que te clavaban la mirada a través de los barrotes de hierro y que cogían alubias, alubias rojas, y una a una, las ensartaban en un alambre color lavanda y las escondían debajo de la alfombra. Y cuando volvían a buscarlas después de un buen rato y las alubias ya no estaban allí porque, en su ausencia, alguien se las había comido, se ponían a gritar porque alguien se había hecho con ellas. Y el hombre de los zapatos de charol y la leontina de oro les decía que no perdiesen el tiempo gritando, que en la casa no quedaba ni una condenada alubia y que, de hecho, apenas quedaban alubias en el mundo, así que no valía la pena que siguieran gritando. Entonces abrían el armario y se ponían a rebuscar dentro. Y allí estaban los ángeles, siete ángeles sin contar al que había derramado betún negro por encima de las zapatillas rojas, y los gatos negros que se paseaban por la casa como malos augurios y el sollozo de los bebés a los que habían abandonado en las rocas de las montañas. Hubo huelgas en Detroit, en Milwaukee, en Seattle y en Portland; en Frisco, en LA, en Walla Walla y en Bad Axe, Michigan. Las masas ponían a prueba su fuerza y la policía y los cuerpos especiales aparecían, y a algunos huelguistas los golpeaban, y a otros los mataban. Y en los parques y en las esquinas de las calles, hombres de rostro demacrado, ojos negros y vivaces, y dientes blancos que resultaban amenazadores a la luz del sol, se subían a cajones de madera y entre susurros, gritos y súplicas, les contaban a los hombres famélicos con los que habían sudado en las fábricas, en el campo y en los despachos, que Morgan, Rockefeller, Ford, Mellon y la familia Dupont de Nemours, se enriquecían y engordaban a costa del ochenta por cien de la población. Y entonces llegaban los policías con sus porras y los golpeaban en la cabeza hasta que se desplomaban unos encima de otros, y así les resultaba más fácil arrastrarlos al furgón que los esperaba junto a la acera. Pero cuando se los llevaban, otro hombre se subía a la caja de madera y los policías lo atacaban con las porras y le disparaban con sus pistolas, pero las porras no le dejaban marcas y los disparos no le hacían sangrar ni lo herían, y los policías se asustaban porque no habían visto nunca a un hombre así y eso los asustaba. Los ojos negros y los dientes blancos resplandecían al sol, y en Frisco, en LA, en Detroit, en Chicago, en Nueva York y en Misisipi, hombres famélicos, vestidos con harapos descoloridos debido a la sal de su propio sudor, escuchaban delante de las puertas y las ventanas selladas de sus fábricas: —¡Tenemos la solución! Con nuestras remachadoras construimos puentes y rascacielos. Con nuestras palas excavamos minas, trazamos carreteras y tendimos vías. Nuestro sudor y nuestra sangre están en el campo, en los barcos, en todo lo que nos rodea. Y ahora vamos a recuperarlo. ¡APARTAOS! 
  Nada que esperar y otros relatos. Tom Kromer (Sajalín Editores)

miércoles, 18 de octubre de 2017

Buscavidas. Jim Tully

Viaje
La vía del tren quedó en la distancia
y el día es ruidoso, repleto de voces,
pero aunque no haya trenes en lontananza,
yo escucho el silbato desde entonces.
Ya no pasan trenes en la oscuridad del cielo,
las noches son tranquilas y para dormir,
pero las cenizas rojas aún alzan el vuelo,
y el vapor de la locomotora yo creo sentir.
Los viejos amigos mi corazón calientan,
jamás conoceré amigos más nobles,
pero todos los trenes que pasan me tientan,
nunca me importó el adónde.
iaje

domingo, 15 de octubre de 2017

Historias desde la cadena de montaje. Ben Hamper

"Historias desde la cadena de montaje". Ben Hamper.  Mediante una prosa pura y sin concesiones de ningún tipo, Hamper, también conocido como “Rivethead”, un ex remachador de la cadena de montaje de la fábrica de camionetas y autobuses de General Motors, y cuyos artículos para Esquire, Harper’s y Mother Jones obtuvieron un reconocimiento literario excepcional, nos conduce a lo largo de su delirante carrera como obrero automotriz trastornado: de ofrecerse para trabajar turnos dobles a beber y atiborrarse de todo tipo de drogas, pasando por el plan de control de calidad de General Motors (basado en un Gato de Calidad gigante que se paseaba por toda la cadena) hasta los personajes a lo gonzo que fueron compañeros de Hamper. Estamos ante una historia extraordinaria, hilarante y trágica al mismo tiempo, de unos seres humanos atrapados en un inframundo de ruido asfixiante, aburrimiento y disparate.  (Capitan Swing)

domingo, 8 de octubre de 2017

Retorno al pasado / Eleven mi horca



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Ana Patricia Moya

UN CORAZÓN DE CEMENTO Y ALAMBRE. Por Marisol Sánchez Gómez
Leo los poemas de Ana Patricia Moya, una mujer joven, de mi tiempo, y transito durante un par de horas por un recorrido vital que, de manera recurrente, se ve jalonado por temas que con fuerza metafísica nos afectan a todos: el amor - el gran tema de las mujeres -, la soledad, la independencia, el dolor y la poesía.
Lúcida observadora de su entorno y su realidad la autora no se engaña: es un miembro más de una generación inmersa en una tragedia épica y colosal, en el desastre de una generación que quiere ser independiente y se ve obligada a aceptar trabajos basura mal pagados (véase “Puta barata \ Informe de becaria: año 2009 / 2010”) o a depender de sus padres; a pelear por realizar sus sueños con riesgo a veces de tener que renunciar a lo que íntimamente se es o sacrificar su independencia. “Tengo casi treinta años / y no tengo nada”, nos dice Ana Patricia en un verso que se despliega estirándose visualmente sobre la página obligando al ojo lector a leer en un largo vaivén que concluye en un radical “nada”.
Es extraño que la persona poética de estos versos confiese no sentirse joven? ¿Es extraño que “ese hombre del saco que dormita en sus pestañas” engorde gracias a sus temores: “el paro / la soledad / la ausencia de respuestas / los sollozos de madrugada”?
Entre versos, a veces irregulares y entrecortados, en versos puros, canónicos, en prosa poética o en versos en prosa, en líneas definidas frecuentemente como misántropas, Ana Patricia va desgranando su necesidad de interpretar su mundo, indagar y explicarse. Entre Caperucitas ingenuas y engañadas, Alicias internadas por locas o bellas Blancanieves que no menstrúan, símbolos contemporáneos de mujeres sin deseo sexual, como las muñecas muertas que se prodigan por la red de redes, la autora despliega su decepción, la nostalgia amorosa ante el amante que ya no está, su rabia y su dolor ante la cama vacía; las consecuencias de ese amor desengañado ante un otro, falaz y ausente, pero no por eso menos esencial.
Frente a todo ello, la fortaleza de un corazón que es sólido y frágil a la vez, hecho de “cemento y alambre”, sensible y lúcido. Y siempre la poesía. Una poesía hecha de rabia, dolor y decepción al ver lo que muchos son capaces de hacer con tal de publicar. Algo ante lo que Ana Patricia no sucumbe, aceptando la cuota de amargura que conlleva ser un pájaro que canta sin el resguardo del nido, el peaje que paga quien no se convierte en un “poeta impostor” con “libros saturados de sucio ego”. Y es esa poesía que la invade como un amo imperativo y ante la que ella protesta airadamente para no sucumbir, la que la espera “en su sonrisa”. Y es que Ana Patricia no está sola, aunque ella diga en un duro poema que sólo cree en sí misma. Está la poesía, su entrega a ella, y la existencia de otros - muchos y muchas - que hacemos causa de ella y de sus versos. Nadie debe sentirse tan solo; como decía la extraordinaria poeta Adrienne Rich, todos tenemos, aun sin saberlo, gente en torno entre las que sentarnos y sollozar sin que por eso se nos deje de considerar héroes.
Es esa capacidad heroica de la poesía honesta de Ana Patricia, la escrita desde las entrañas, casi sin medios, ni sponsors y que no se ha convertido en un postre de lujo en el banquete del poder cultural, la que nos sana y redime; la que nos ayuda a interpretar el mundo, la que nos da, de una manera radical, la capacidad de oponernos al lamentable discurso de la mentira que predomina en la escena cultural del momento.  

miércoles, 4 de octubre de 2017

dos poemas de Ape Rotoma

Ahora
Y ahora, ¿qué?, me digo
que es lo que  he estado diciéndome
durante años. Años que ya se han ido y yo sigo
diciendome ahora, ¿qué? Lo malo es que no quedan
más, ni uno ni medio ni nada. Se acabó preguntar
a nadie, o peor que a nadie, a mí, que ni siquiera
he sido capaz de pensar en la respuesta en todos
estos años.  Yo siempre he preferido preguntar.
Y lo he hecho. Durante años. Vale. Se acabó
Pasarón los años de preguntar. Ahora, ¿qué?

Mi estómago y yo
Yo siempre he dicho a quien quisiera escucharme
que mi estómago y yo mantenemos desde hace años
una dura guerra y se reduce en sus móviles
al simple hecho de ver quién putea más a quién
y que, desde luego, gano yo, por el momento.
Sin duda, es la típica gracieta de barra, así que
no lo toméis muy en serio, porque hoy pienso
que mi estómago, el jodido, es pero bastante más
listo de lo que yo pensaba, y que, haga lo que haga,
no se empeña en putearme sino todo lo contrario.
Su objetivo inconfesable es el salvarme la vida
y no sé para qué coño. Pero lo hace. Da lo mismo
que yo me empeñe en lo opuesto. Ante tamaño hijoputa
voy a acabar por rendirme. Pero soy yo quien después
debe aguantar los reveses de la vida que él protege
y eso es algo que debería comprender el muy cabrón.

dos poemas de Ape Rotoma, de "149 PCE" (Canalla Ediciones)

domingo, 1 de octubre de 2017

José María Fonollosa

No a la transmigración en otra especie.
No a la post vida, ni en cielo ni en infierno.
No a que me absorba cualquier divinidad.
No a un más allá, ni aun siendo el paraíso
reservado a islamitas, con beldades
que un libro garantiza siempre vírgenes.
Porque esos son los juegos para ingenuos
en que mi agnosticismo nunca apuesta.
Mi envite es al no ser. A lo seguro.
Rechaza otro existir, tras consumida
mi ración de este guiso indigerible.
Otra vez, no. Una vez ya es demasiado. 

sábado, 30 de septiembre de 2017

un poema de Rafael Calero Palma

Soñé que yo era
breve, misterioso, certero.
Soñé que yo era
un Proverbio del Infierno
escrito por William Blake.
Ese que dice
Crear una pequeña flor
es un trabajo de siglos


[un poema de “cuando atraviesas del fuego lamiéndote los labios” de Rafael Calero Palma. editado por ediciones enemigo público número uno]

lunes, 25 de septiembre de 2017

La Tormenta

La Tormenta, un panfleto de periocidad irregular para arrasarlo todo, en formato A6,  coeditado por Calumnia Edicions y Piedra Papel Libros. La publicación tiene 26 páginas, cubierta a color, papel ahuesado y alzado en fresado. Un proyecto coordinado por  Antonio Orihuela, Jordi Maiz y Juan Cruz. En este primer número poemas de Antonio Orihuela, Layla Martínez, Manuel Lombardo Duro, Jorge Riechmann, José Pastor González, Vanessa Basurto, Jordi Maiz y Juan Cruz López.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Otro Bestiario. Iván Rojo

All Bran
Los anuncios de cereales con fibra
me producen un estupor paralizante
del que me lleva horas reponerme.
Su mensaje es pérfido: son el mal.
Este último mes he escrito once e-mails
a otras tantas agencias publicitarias.
Necesito en mi pequeñagran pantalla
gente que no despierte bien peinada
ni vaya de buena mañana a la oficina
tarareando pop en pantalones blancos
mientras supera con aire cerval
setos de pensamientos multicolores.
Necesito en mi tele personas con cara
de tener serios problemas gástricos.
Quiero en mi televisor gente capaz
de ser feliz pese a esta mala digestión
a la que estamos todos condenados.
Verdaderos modelos de éxito.


Pájaro

Viene el pájaro,
pequeño pájaro fabuloso y
gris perla
y picotea mis migajas
atento a mis movimientos.
No voy a atraparte,
le digo,
puedes estar tranquilo.
Pero no se fía.
Sus ojos laten.
Permanece alerta.
No voy a hacerte daño, pájaro,
insisto,
ya no soy el de antes.
Mírame,
le digo:
Estoy cansado esta noche.
Tu carne no me interesa.
Lo que quiero es que cantes.


dos poemas de "Otro Bestiario" de Iván Rojo

lunes, 18 de septiembre de 2017

Cada día. Rosendo


Cada día 
Cada día me duele más partirme el pecho
y todavía se puede andar sino correr
o se diría que no tuviste mucho acierto.

Echar las campanas al aire… tantas veces
saber que luchabas en balde… muchas veces
jugar en terreno de nadie… cuantas veces
espero que pronto tengas ganas...

De llorar y luego reír confundido
decidido porque lo vas a conseguir
por lo menos podré saber que sigues vivo.

Echar las campanas al aire… tantas veces
saber que luchabas en balde… muchas veces
jugar en terreno de nadie… cuantas veces
prisionero del disparate.

Cada uno tan contento
cuando están en su elemento.

Si te quieres volver atrás es tu derecho
alegría que todo está por descubrir
y volvería pero ya anduve mucho trecho.

Echar las campanas al aire…

Yo tengo la impresión
de que no me escucha nadie
es otra dimensión
mísera e insoportable

domingo, 17 de septiembre de 2017

Sexo, exilio y rock and roll. Ali Eskandarian

Hay libros que desde la primera frase te ganan, te conquistan y se hacen un hueco en tu corazón. Libros que sabes que en cada página estás delante de un clásico, y eso sucede con este libro de Ali Eskandarian. Esta aparentemente autobiografía te lleva directamente a la vida en carretera de este Hunter S Thompson del siglo XXI, donde saltar de cama en cama, follar y drogarse como si no hubiera mañana les lleva a ser una especie de ángeles del Apocalipsis que tanto pueden leer poesía a forajidos como enamorarse en una gasolinera en una carretera perdida en medio de la nada. Es imposible hablar de este libro y no ponernos en situación con la vida del autor, Ali, un expatriado de Irán que nos relata las aventuras de un personaje demasiado parecido a sí mismo, que vive entre drogas, sexo y rock and roll los últimos suspiros de una vida que le iban a arrebatar a la vuelta de la esquina.
Con una prosa llena de nervio y de vida, tan deudora de los grandes de la generación Beat como Kerouac, Ginsberg o Burroghs como nueva y vital. Un libro fascinante, lleno de luces de neón y de la oscuridad más lúgubre, donde la soledad plena da sentido a una existencia que se encamina al final más abrupto. La muerte de Ali en su casa por unos encapuchados en 2013, y que aun sigue sin resolverse, más que un triste final es un principio amargo para un superviviente eterno. Cuando Ali entregó el manuscrito que acabó siendo el libro lo hizo con una nota tan sincera como llena de escasa modestia: “Creo que será la gran novela iraní-americana y así la calificaré hasta que alguien demuestre lo contrario”. Y no seré yo quien lo haga, ni vosotros. Un clásico de culto que ha conquistado a todo aquel que lo ha leído, incluido Tim Burgess de The Charlatans. Un libro en el que la vida se cae en cada página que pasas atrapado en una historia arrolladora. (mondosonoro)

domingo, 3 de septiembre de 2017

El faro de Dakar. Ángel Petisme

"El faro de Dakar" alumbra un viaje emocional por el corazón del continente africano para descubrir la esencia pura de la humanidad. Editorial Renacimiento 


Epide®mia


Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas.
Albert Camus, La peste


La gran contradicción de hoy día es saber
en qué lugar del mundo te espera el que tú eras
antes de ser colonizado por la vulgaridad.
Porque estás infectado y lo sabes, mi cielo,
de perversidad y mentiras eléctricas.
Gana quien grita más a favor de la muerte.

Algo peor que el ébola ha invadido tus células,
te acorrala y te lleva a las cuerdas,
deseca las palabras y las hace sangrar.
Está en el aire, en los retales de tormenta,
se respira en los miedos de comunicación,
en las pieles que huelen a victoria y napalm,
el horror, el horror, la estupidez absoluta,
infinita y letal, que insiste y se contagia.
Unas alas enormes de mariposa necesitarías.

Quizás todo se reducía a eso.
Quién tiene el poder y quién se arrodilla,
quién manda al otro lado de las balas,
quién explota y quién miente mil veces
desde su propaganda.
Todo se resumía en eso,
por mucho que se adorne con ideología.
Libertad: guerras de ricos donde pelean pobres.

Hijos del tiempo, bailaréis con la lluvia
antes de ser colonizados por la vulgaridad.
Nueva lucha de clases, el viento de la historia
os arrastra a los estercoleros
lejos del movimiento y del idealismo.

Porque estamos infectados de ansiedad
e ignorancia, y lo sabes, mi hembra,
no de amor que llena el aire de caléndulas
sino de paranoia y desfachatez,
de despotismo y mala educación,
de la más virulenta hipocresía y perversidad.
Y eso se llama MDA: miseria de amor.

Unas alas enormes de mariposa necesitaríamos.

de "El faro de Dakar" de Ángel Petisme

miércoles, 30 de agosto de 2017

cuando ya no quede nadie en los pueblos

cuando ya no quede nadie en los pueblos
Llegará el otoño
volverá el silencio, el vacío
los días más cortos
las noches más largas
la soledad se asentará en las piedras, en la tierra, en las palabras, en la sangre, en la piel
se acabará la música
las verbenas
el cine de verano
y el vuelo de los abejarucos y las golondrinas
sólo la vendimia y las fiestas de san Miguel
darán un último aliento
a los que aquí quedamos.
llegarán las lluvias, los arco iris y los rojos atardeceres
y volverá la rutina
y la resignación y el olvido
¡nadie se acordará de nosotros mientras estemos vivos!
y el abandono que brotará entre las zarzas y las ortigas
nos impedirán apreciar la belleza
y la necesidad de las caricias.
Llegará la época de los membrillos y las setas
bajará de la sierra el lobo, el jabalí y el frío
un frío que echara más leña al fuego.
seremos unos recuerdos del verano
una fotografía, una postal, un amor
o una estadística o unos votos
y las ausencias se harán presentes
¡sólo en los entierros volveremos a juntarnos!
y perderemos amigos, recuerdos y caminos
y el olvido
traerá como hojas arrastradas por el viento
un odio sin rabia
que nos dejará en la garganta
un sabor a moneda antigua
y sólo nos quedará tragar saliva
porque no tendremos
a quien escupir

un poema de j.p.g y la fotografía es de aquí

lunes, 28 de agosto de 2017

Los cuadernos del Haza. Pablo Cerezal

"Los cuadernos del Haza" Pablo Cerezal (ediciones carena) 
El Café Hafa, de Tánger, es el punto de partida y de encuentro en este regalo a Marruecos, donde el autor Pablo Cerezal nos da la oportunidad de conocer sus calles laberínticas, alejadas de los circuitos turísticos, donde, ni todo es luz, ni todo es sombra. Los cuadernos del Hafa son las anotaciones que el protagonista va haciendo de su viaje, de su encuentro con Munir en un vagón de primera. Son las sensaciones calientes de un amor fugaz plasmadas en un papel, que ha de estar sucio por el trayecto, ajado incluso, arrugado y, sobre todo, profundamente vivo, como el personaje de Aanisa. Y "Los cuadernos del Hafa", ahora sí, en cursiva, es también el recorrido por la ciudad de Tánger del escritor William Burroughs, que será simplemente Bill para el lector; de Jane Bowles, del Rolling Brian Jones (Jonesy) o de Brion Gysin, entre otros. El autor da voz a estos personajes, rebuscando entre sus pasiones, sus obsesiones, sus adicciones. 
Desde la primera página, que es la 52 de ese cuaderno que va escribiendo el protagonista, el autor parece retar a un lector al que se le dilatan las pupilas de asombro. ¿Qué es esto?, pensarán aquellos más cuadriculados. Porque para leer a Cerezal hay que despojarse de las vestiduras de occidente que aprietan tanto, hay que sacarse las normas establecidas de la cabeza y dejarse llevar por el caos maravilloso de un país tan fascinante como Marruecos, nuestros vecinos del sur.

Un estilo que baila entre el lirismo y la suciedad de las palabras, entre la belleza y lo más horrendo que nace del alma humana. Un juego en el que los personajes y las palabras se va cruzando, aquí y allá, atrás, adelante, rodeándote y presionando más y más hasta el límite. Un juego, también, el estilo del autor, perfectamente diseñado, que pone y quita comas o puntos a su antojo, que deja las frases a medias, suspendidas en el aire, flotando al borde del abismo, como el polen marroquí. 
Me ha gustado. Porque es un placer leer con los ojos abiertos todo lo que Cerezal va diciendo y callando entre las páginas para construir finalmente tu propio prisma de una verdad subjetiva. "Los cuadernos del Hafa" es como un gusano que se mete por la sangre y quieres llegar antes que él al corazón, no vaya a ser que te lo rompa, o te lo pudra. Eso sí, he echado en falta una sacudida de ese corazón, porque le gané la batalla al gusano amenazador y mi corazón se quedó intacto, en su sitio, no se marchó volando por la ventana ni se resquebrajó, y las lágrimas no brotaron nunca, y la angustia no lo envolvió todo, porque estamos una obra tan perfecta que se le ha escapado una pequeña vibración sobrecogedora, fuera ésta la que fuera.  
Una novela para leer en alta voz, para saborear sus párrafos de adjetivación exacerbada en un equilibrio virtuoso. La realidad no es la que vemos, sino la que inventamos, dice Munir, mi personaje favorito de la novela junto con Burroughs y Aanisa, y posiblemente esa frase entrañe todo lo que es "Los cuadernos del Hafa". Una novela valiente, minuciosa y onírica. reseña del blog cajón de historias

jueves, 24 de agosto de 2017

de copas con un hada madrina de carne y verso. un poema de J.P.G

de copas con un hada madrina de carne y verso
comparto mi último cigarro con Gloria Fuertes
hablamos de el amor, el humor y el dolor
de la soledad, del juego, de la guerra
del hambre de su infancia
del obrero, del barrio, del pueblo
bebemos, reímos
¡brindamos!
por la vida, por la felicidad
por los que luchan, por la revolución
escribimos versos en las puertas de los lavabos
y en las paredes de edificios oficiales
    La libertad no es tener un buen amo, / sino no tener ninguno.
    Hundir al que trepa / subir al  de abajo, / ese es mi trabajo.


es un hada madrina, esta Gloria, tierna y rockera
cargada de espaldas y de ternura
a veces con mala leche
a veces con mala pena
con el amor a cuestas
y la rebeldía sin banderas
un hada que saca palomas
y tigres con bigote
y cabras solas
de su asombrado sombrero
y caramelos
y poemas
de los bolsillos de su chaleco remendado

me la imagino
esta noche
sola
arropada bajo una manta
en la azotea
con la brasa de la colilla
calentando y alumbrando al universo
¡con sus versos!

[un poema de josé pastor] Gloria Fuertes en librosyaguardientes

miércoles, 23 de agosto de 2017

reseña de "Los últimos (Voces de la Laponia Española)" de Paco Cerdá

DIEZ DÍAS EN EL FIN DE UN MUNDO: LOS ÚLTIMOS (VOCES DE LA LAPONIA ESPAÑOLA ) PACO CERDÁ. Ed. Pepitas de calabaza. 2017.                                                                                                                          “ El mantra en que se educaba a la juventud es fácil de resumir : estudia mucho vete,   y no vuelvas porque será visto como un fracaso…”
Las ruinas tienen el efecto de despertar preguntas en el espectador. Las ruinas, algo que ha sido declarado inútil y entregado al abandono. Algo antes útil, deseado, levantado con esfuerzo, donde la vida pudo desarrollarse, que un buen día se decide abandonar. Es esta declaración de algo como inútil la que determina la ruina.
Son muchos los libros que últimamente se preguntan por cómo se llegó a esto, que indagan y tratan de comprender las ruinas de un país y una sociedad. Entre estos libros, el de Paco Cerdá, esta “ incursión por el corazón europeo de la despoblación… para escuchar las voces y desentrañar los silencios de sus moradores”, según sus propias palabras, se ha convertido enseguida en uno de nuestros favoritos. El escenario, el Sistema Ibérico, esa gran mancha marrón que en los mapas escolares cruzaba desde La Rioja hasta Levante. El argumento, el lento arruinarse del corazón de un país. Los protagonistas, esos últimos a los que alude el título, supervivientes y resistentes a los que el libro da voz.
En este escenario, “un mundo que perece a espaldas de la civilización urbana”, el concepto de ruina es algo más que una metáfora o un elemento pintoresco, es la clave que da, o quita, sentido a toda una sociedad, que todo lo determina. “ La hemorragia no hace más que avanzar, primero fue por la emigración; ahora es porque se mueren los últimos habitantes que quedan en cada rincón”. “Desiertos demográficos sin posibilidad de regeneración, los llaman los geógrafos. El vacío se siente en ellos”. “ Lo que era pura estadística ya es una sensación que ha penetrado en el sentir”.
El fin de un mundo adquiere en estas páginas perfiles claros y dramáticos, especialmente visibles por ese vacío sobre el que se recortan las figuras de sus protagonistas, por esa soledad donde sus voces se escuchan con nitidez.
Pero, además, creemos que, gracias a su estilo y a la forma de aproximarse al tema, este libro se convierte en un ejemplo a seguir. Creemos que adquiere un valor que va más allá del caso concreto que documenta. A todos aquellos incómodos con la corriente uniformizadora de los tiempos presentes, estas historias no debieran resultarles indiferentes. Puede resultar lejano pero, aun viviendo en un gran barrio alejado del campo, trabajando en la última fábrica del polígono, buscando una lechuga fresca en la última tienda de ultramarinos, la última tasca naufragando en un mar de enotecas y gastrobares, todos podemos ser los últimos, y tener que elegir entre dos calles, la de la renuncia o la de la resistencia.
A todos nos pueden resultar cercanas palabras como las de Blas, el de Maderuelo: “Aquí está mi vida y me duele imaginar que cualquier día se pierda… creo que las raíces son importantes… que hay una sabiduría popular que merece ser conservada, pero las corrientes económicas y administrativas no van por ese camino… hace tiempo que las corrientes dejaron atrás esta tierra y eligieron para fluir el mundanal ruido, con sus productores y consumidores todos bien reunidos en grandes rebaños y siguiendo al unísono la misma música, el mismo tambor”
EL ARTE DE DAR VOZ.
                       “El narrador ha convertido la serranía en el paisaje moral de sus novelas al contraer una acto de militancia doble: con la historia y la cultura de la derrota y con los perdedores de todo, con los que nunca han tenido voz. La voz de los que jamás han sido nombrados”.
Así habla nuestro autor sobre la obra del novelista Alfons Cervera, con el que conversa en su viaje, pero estas palabras bien podrían, en cierta manera, aplicarse a la forma en que Paco Cerdá ha concebido su propio libro.
El tema de la despoblación, con sus tintes melancólicos, se presta demasiado a la estilización literaria, estilización que amenaza con convertirlo en una trampa poética, en un lugar común, en un tópico. Nuestro autor no es inmune a este registro de desolación lírica que insensiblemente nos viene a todos a la cabeza: “En esta sinfonía de los adioses –de los mayores que se mueren, de los jóvenes que emigran, de los niños que no llegan a nacer- se ha dibujado una realidad envejecida, como de despedida en ciernes…” Pero, acertadamente, consigue revolverse contra esa languidez de despedida y buscar una cierta distancia desde la que poder construir un discurso que, además de conmover, nos ayude a comprender. “El deleite ante la ruina solo es posible en un corazón que no ha sufrido el embate de la degradación, ni es capaz de ponerse en su lugar”.
Por paradójico que parezca, son las personas más próximas al problema, las que lo viven cotidianamente, las que ayudan a conseguir esa distancia y a despojarse de los tópicos preestablecidos. Hay un “… tópico de lo rural que todavía se arrastra. La gente de la ciudad tiene la idea del edenismo… de qué bien se está allí y que tranquilidad. Han convertido un problema político como es el aislamiento y las desigualdades en un atractivo tópico impregnado de bucolismo. Se asocia a un paraíso al que, paradójicamente, nadie quiere ir a vivir…”
La decisión de articular el libro en torno a la voz, opiniones y vivencias de los protagonistas, de tratar de ver lo que ellos ven, no es solo una postura ética. Es también un formato narrativo que resulta enormemente didáctico cuando, como en este libro, es usado con habilidad.
Nos gustaría entonar aquí un elogio del reportaje. Un canto a la necesidad de ese género, donde informarse y desentrañar una cuestión es lo primordial. El reportaje, donde el escritor es un detective en búsqueda de testigos, donde el olfato para encontrar voces de informantes es tan necesario como la pluma. El reportaje, con su continuo preguntarse, su estructura ágil y abierta. Cuando va acompañado de una escritura cuidada, como es el caso, no tiene nada que envidiar a ningún género literario.
El reportaje ofrece, además, de forma natural, la oportunidad de dejar hablar a los verdaderos protagonistas, de usar voces verdaderas, sin que estas deban subordinarse al argumento o al actor principal, como sucede en otros formatos literarios. El reportaje ofrece posibilidades que Paco Cerdá ha sabido aprovechar.
ELOGIO DE LA RESISTENCIA
                                  “ – De la despoblación se ha escrito todo. Pero lo único que se ha hecho ha sido escribir y hacer estudios… estoy harta de que me estudien, que parecemos bichos raros… Estamos muy hartos, hasta el gorro, de recibir lecciones. Aquí todo el mundo viene a decirnos qué hacer para que esto funcione. Pero nadie se queda a hacerlo. Todo el mundo viene, lo dice y se pira. Y ya cansa”.
Están los que miran desde fuera y los que lo ven desde dentro. Están los que analizan: “ Han dejado de creer en si mismos. Hay un potencial enorme, pero han aceptado que así son las cosas y ya está”. Están los que protestan: “Esto es crear la despoblación… si te niegan los servicios más básicos y te ponen pegas por todo”. Y están los que hacen: “Nadie espere, nadie se atreva a soñar que los remedios que esta zona precisa van a venir de fuera”.
No se trata sólo de dar voz. Es labor, es habilidad de quien escucha y luego lo cuenta, ordenar, dar un sentido a este conjunto de voces. Actuar como un director de orquesta que nos haga distinguir con claridad los distintos tonos. El autor de este reportaje no resuelve el problema, ni descubre su origen, ni propone soluciones mágicas, ni señala quién tiene razón… pero nos hace oír con claridad las palabras que dibujan esta realidad.
Escoge voces que tienen algo que decir. Oímos a los mayores que conocieron una realidad bien distinta. Oímos a los niños que se quedan sin compañeros y sin maestros, a los maestros que se quedan sin escuelas. Oímos los problemas y oímos las ventajas de la vida en el pueblo. Oímos el silencio. Oímos las propuestas. Apenas oímos la voz del poder, cosa encomiable en un periodista, aunque sentimos sus efectos. En plan de igualdad oímos a intelectuales y a pastores. A los que siempre han estado allí y a los que han venido, tropas de refresco para luchar contra las estadísticas.
Oímos el coro de voces, su tono no es alegre, pero su canto no es fúnebre. No entonan ninguna elegía sino, a pesar de todo, una canción de vida. Si a los protagonistas de esta historia se les viera sólo como víctimas, no habría tensión narrativa ni argumento posible. Sólo una lenta cuenta atrás, sólo oiríamos el lento caer de las hojas en un otoño. Pero, junto a este caer de hojas, oímos el rumor de una perenne resistencia, incluso el brotar de alguna yema. El coro de voces… “…Se niega a participar del apocalipsis generalizado. Porque detrás del apocalíptico, avisa, se esconde un inmovilista. ¿Entregamos nuestra cultura y nuestros pueblos al escepticismo, al pesimismo, a un nihilismo que al final es reaccionario? Pues no, dice… me niego a entregar las armas… seguiremos resistiendo… de mala manera, siendo menos y en peores condiciones… pero resistiendo”.
Vivimos en un mundo en que ni siquiera hace falta actuar para convertirse en un resistente. A veces el negarse a hacer, el no dejarse llevar por la corriente, el seguir como se está si así se está bien, es visto como un acto de rebeldía. Qué pensar cuando el que la gente se fuera era visto como lo normal, y era a la gente que se quedaba a la que se le preguntaba porqué lo hacía. “Que porqué no me he ido, porque no me ha dado la gana”.
A veces a esta voluntad personal la acompañan razones. Hay quien no se adapta a la ambición de la vida moderna y prefiere la tranquilidad. Quien ve en esas pequeñas escuelas la posibilidad de un trato más personalizado y de un mayor contacto con el entorno. Quien valora los lazos personales más intensos que se generan en comunidades pequeñas… Incluso hay quien llega a invocar un valor tan devaluado como la libertad: “…la ciudad me gusta mucho, pero yo no soy para estar bajo amo. No soy para trabajar en un sitio del que te despachen por llegar tarde y adonde no puedas ni hacer la siesta. No, en amo no. Yo aquí he estado siempre libre… Dice libre, calla y sonríe. Como quien guarda un secreto que no quiere revelar. Como quien no quiere humillar a su interlocutor y preguntarle tú eres libre, acaso te crees más libre que yo… Dice a mí no me cogen y vuelve a sonreír. Si hay maquis que resistan el mundo actual, Juanito es uno de ellos.”
A lo largo de las páginas, oyendo las voces y los ejemplos de un buen puñado de resistentes, una cálida simpatía se va adueñando del lector, y sentimos que, más allá de todas las razones, existe… “ Una verdad profunda que a veces solo entienden quienes acertadamente ven gigantes y no molinos de viento”.                para descargar la reseña en scribd [reseña de Pedro Villalón en la revista "La última" (ediciones RaRo)]      para descargar la reseña (issuu)

lunes, 21 de agosto de 2017

pon un poco de ruido en tu vida. un poema de J.P.G

pon un poco de ruido en tu vida
que se acoplen tus acordes
    tus sonidos
    tu boca tu lengua tu cuerpo
que chirríen tus certezas
que se encabrone tu voz y tus palabras
desentona desafina desafía
hasta quedarte afónico
grita goza aúlla
haz ruido
que retumben tus cuatro paredes y las de tus vecinos 
que caigan los muros las fronteras los refugios
revienta altavoces cerebros bocas
haz ruido y deja de vivir al pie de la letra
desmonta el metrónomo el diapasón el reloj  el calendario
manda ¡a la mierda!
los karaokes los hilos musicales las frecuencias moduladas
haz ruido que perturbe que confunda
electrifica el folk
samplea el blues
poetiza el punk
malea el jazz
un ruido que acelere el pulso de tu corazón y de tus tripas
que haga bailar a tus pies y a tu imaginación
que te de sed hambre rabia
que silencie la voz del amo
que rompa el silencio de los cómplices
arma ruido
y acalla los ruidos de todos los que te quieren en silencio


un poema de José Pastor

domingo, 20 de agosto de 2017

George Orwell fue amigo mío. Adam Johnson

"George Orwell fue amigo mío" de Adam Johnson (Seix Barral). Un libro de relatos altamente recomendable y adictivo, que enfoca las historias que cuenta desde un punto de vista original y inusual. Seis relatos demoledores, turbadores, de unos personajes que intentan sobrevivir en un mundo que no se lo pone nada fácil.  Historias que hablan sobre la perdida, la soledad, el poder, el miedo, la enfermedad, el bien y el mal o la influencia de la tecnología en nuestra vida.

viernes, 18 de agosto de 2017

gente anormal. de Rakel Rodríguez


gente anormal
Nos hacen creer
que esos que aparecen en televisión
son personas como nosotros.
No los creáis.
Quieren creer que puedes ser así:
hortera, sin principios, sin ideas
pero eso sí, guapos de bote
dientes blanqueados que dan grima
tetas postizas
labios postizos
frentes lisas y sin problemas
sin llagas
sin cicatrices.
Caras artificiales.
Cuerpos artificiales.
Mentes superficiales.
Anormales.
Quieren hacerte creer que son como tú.
Y lo que es peor:
que tú puedes ser como ellos.
No lo aceptes. No lo aceptes.
No lo creas.
No lo van a conseguir
¿o sí?
tal vez ya lo están consiguiendo…

(De "Muerta de frío") 
Fotografía de Vivian Maier

miércoles, 16 de agosto de 2017

para descargar Los valientes andan solos

Título original: Lonely are the Brave decargar en torrent
Año: 1962
Duración: 107 min.
País: Estados Unidos
Director: David Miller
Guion: Dalton Trumbo (Novela: Edward Abbey)
Música: Jerry Goldsmith
Fotografía: Philip H. Lathrop (B&W)
Reparto: Kirk Douglas, Gena Rowlands, Walter Matthau, Michael Kane, Carroll O'Connor, William Schallert, George Kennedy, Karl Swenson, William Mims
Productora: Universal Pictures
Sinopsis: Nuevo México, 1953. Jack Burns, un vaquero amante de la libertad y de los horizontes abiertos, llega cabalgando al pueblo de Duke City. Su intención es liberar a su amigo Paul Bondi antes de que lo trasladen a una prisión estatal. Bondi, que ha sido condenado a dos años de cárcel por acoger en su casa a algunos mexicanos que han cruzado ilegalmente la frontera, es un escritor que dejó su vida aventurera para casarse. Jack visita a la esposa de su amigo para exponerle su plan, pero ella lo rechaza, porque cree que puede complicar todavía más la situación.
A Kirk Douglas le gustaba elegir los temas y las fuentes de inspiración de los films que protagonizaba. Controlaba la elaboración del guión, seleccionaba a los responsables del equipo técnico y elegía al realizador. Tras leer la segunda novela de Edward Abbey, "The Brave Cowboy" (1956), decide llevarla a la pantalla. Encarga el guión a Dalton Trumbo ("Espartaco", 1960), la música a Jerry Goldsmith ("Chinatown", 1974) y la realización al gris, pero dúctil, David Miller. El resultado es una película sólida y vigorosa, la preferida del actor.
La acción se traslada de 1953 (novela) a 1961/62 (film). Se rueda en los parajes naturales, abruptos y espléndidos de las montañas de Albuquerque (Manzano Mountains, Sandía Mountains, Tijeras Canyon), en Nuevo Méjico. La atención se focaliza en el drama de un vaquero que sigue aferrado a las tradiciones del Viejo Oeste, no acepta ataduras ni compromisos, no dispone de permiso de conducir ni de tarjeta de identidad. Vive con la sola compañía de su yegua Whisky y tiene en alta estima a su antiguo compañero, Paul (Michael Kane), que le dejó hace algunos años para casarse, crear una familia y dedicarse a escribir. Por su antigua amistad se muestra dispuesto a correr grandes riesgos, que pueden costarle penas de privación de libertad o convertirse de por vida en prófugo de la justicia.
El anacronismo del personaje, John W. "Jack" Burns (Kirk Douglas), se visualiza a través del contraste de sus viejas ideas y sus medios primitivos con la persecución de que es objeto con ayuda de helicópteros, jeeps, vehículos todoterreno, trasmisores/receptores de radio, etc. El paisaje presenta respecto del habitual del Viejo Oeste la multiplicación de cercas, letreros de prohibición de paso, autovías saturadas de tráfico rodado y ruidos estemporáneos (reactores supersónicos).
La aventura de Jack, arriesgada y esforzada, provoca sentimientos de compasión, por su inadaptación a la realidad de su tiempo y las consecuencias que de ello se derivan en el ámbito de su aislamiento y marginación y en la agresividad que su porte desmañado y su olor salvaje suscitan cuando se acerca a lugares públicos (bar, centro local de detención). También suscita sentimientos de admiración y respeto, por su entereza, fortaleza, capacidad de sacrificio, trasparencia y sinceridad, como le ocurre al sheriff Morey Johnson (Walter Matthau).
La obra, el personaje y la relación del mismo con la naturaleza convierten el film en una sincera y espontánea apología del medio natural, que fue valorada por los primeros movimientos ecologistas de los años 60 y siguientes. Por lo demás, el paisaje se convierte en el reflejo tangible del mundo interior de Jack, cuyas ambiciones chocan con los intereses del progreso que contamina, ocupa, modifica y destruye espacios naturales.
La película ofrece, además, una interpretación vigorosa de Kirk Douglas, en un papel cortado muy a su medida. Le acompañan dos espléndidos secundarios: Walter Matthau y Gena Rowlands.    
[por Miquel Palma (Mallorca) (España) en Filmaffinity]    para descargar (en Filefactory)