un espacio abierto sobre libros, literatura, viajes, cine, música, aguardientes y otros destilados ...

jueves, 31 de marzo de 2016

Lucia Berlin


Melina 
En Albuquerque, al caer la tarde, mi marido Rex iba a sus clases en la universidad o a su taller de escultura. Yo solía sacar al bebé, Ben, a dar largos paseos con el cochecito. En lo alto de la colina, en una calle frondosa con olmos a ambos lados, estaba la casa de Clyde Tingley. Siempre pasábamos por delante de aquella casa. Clyde Tingley era un millonario que donaba todo su dinero a los hospitales infantiles del estado. Me gustaba ir por allí porque siempre, no solo en Navidad, había guirnaldas de luces en los aleros del porche y en los árboles. Las encendía justo al anochecer, cuando normalmente volvíamos del paseo. A veces lo veía en su silla de ruedas en el porche, un viejecito flacucho que nos saludaba de lejos, «Buenas», o «Qué preciosa noche», cuando pasábamos. Una vez, sin embargo, me gritó: —¡Espere, espere! ¡Ese niño tiene un problema en los pies! Debe hacérselo mirar. Eché un vistazo a los pies de Ben, que estaban perfectamente. —No, es porque ya está demasiado grande para esa sillita. Encoge los pies torcidos para no arrastrarlos por el suelo. Ben era tan listo... Ni siquiera hablaba todavía, pero pareció entender. Apoyó con firmeza los pies en el suelo, como para demostrarle al viejo que no había de qué preocuparse. —Las madres nunca quieren reconocer que hay un problema. Hágame caso y llévelo al médico. Justo en ese momento se acercaba un hombre vestido de negro por la calle. Ya entonces era raro ver a alguien caminando, así que fue una sorpresa. Se agachó en la acera y sujetó los pies de Ben con ambas manos. Llevaba la correa de un saxofón colgada del cuello y Ben se la agarró. —No, señor, los pies del chico son perfectamente normales —dijo. —Bueno, me alegra oírlo —contestó Clyde Tingley desde arriba. —Gracias, de todos modos —le dije. Me quedé hablando con el hombre de negro, y luego nos acompañó a casa. Eso ocurrió en 1956. Fue el primer bohemio que conocí. No había visto a nadie como él en Albuquerque. Judío, con acento de Brooklyn. Pelo largo y barba, gafas oscuras; pero no parecía siniestro. A Ben le cayó bien de entrada. Se llamaba Beau. Era poeta y músico, tocaba el saxo. Fue más tarde cuando averigüé que la correa del cuello era para el saxofón. Nos hicimos amigos nada más conocernos. Beau jugó con Ben mientras yo preparaba té frío. Cuando acosté a Ben, nos quedamos hablando en los escalones del porche hasta que Rex volvió a casa. Los dos hombres fueron correctos pero no se cayeron demasiado bien, saltaba a la vista. Rex estudiaba en la universidad. Éramos muy pobres en aquella época, pero Rex parecía más mayor, más confiado. Cierto aire de triunfo, quizá con un punto de soberbia. Beau actuaba como si nada le importara mucho, aunque yo ya me había dado cuenta de que no era verdad. Cuando se fue, Rex dijo que no le gustaba la idea de que me dedicara a traer a casa músicos descarriados. Beau estaba volviendo en autostop a Nueva York, a la Gran Manzana, después de seis meses en San Francisco. Se alojaba en casa de unos amigos, pero trabajaban todo el día, así que los cuatro días que se quedó allí vino a vernos a Ben y a mí. Beau necesitaba hablar. Y para mí era estupendo escuchar a alguien, más allá de las cuatro palabras que decía Ben, así que me alegraba de verlo. Además, hablaba de amor. Se había enamorado. A mí no me cabía duda de que Rex me quería, de que éramos felices y que viviríamos felices juntos, pero no estaba locamente enamorado de mí como Beau lo estaba de Melina. En San Francisco, Beau había trabajado vendiendo bocadillos con un carrito de comidas, además de café, repostería y refrescos, que trajinaba de un lado a otro por las distintas plantas de un coloso de oficinas. Un día entró en el despacho de una compañía de seguros y vio a una mujer. Era Melina. Estaba archivando documentos, aunque no realmente, porque miraba por la ventana con una sonrisa soñadora. Tenía el pelo largo y rubio teñido, y llevaba un vestido negro. Era muy menuda y delgada. Pero fue su piel, dijo Beau. Más que una persona, Melina parecía una criatura de seda blanca, de vidrio opalino. Beau no supo qué le sucedía. Dejó el carrito y a los clientes y cruzó una pequeña puerta hasta donde estaba ella. Le dijo que la amaba. Te deseo, le dijo. Conseguiré la llave del baño. Vamos. Solo serán cinco minutos. Melina lo miró y dijo: ahora voy. Entonces yo era muy joven. Me pareció la historia más romántica que había oído nunca. Melina estaba casada y tenía una hijita de un año más o menos. La edad de Ben. Su marido era trompetista, y estuvo de gira los dos meses que Beau pasó con ella. Vivieron una aventura apasionada, y justo antes de que el marido volviera Melina le dijo a Beau: «Es hora de que sigas tu camino». Así que se marchó. Beau dijo que era imposible no obedecerla, que no solo lo hechizaba a él o a su marido, sino a cualquier hombre que la conociera. No había lugar para los celos, dijo, porque parecía completamente natural que cualquier otro hombre la amara. Por ejemplo... el bebé ni siquiera era de su marido. Durante un tiempo habían vivido en El Paso. Melina trabajó en Piggly Wiggly envasando carne y pollos y envolviéndolos en plástico. Detrás de una mampara transparente, con uno de esos ridículos gorros de papel. Y aun así, aquel torero mexicano que había entrado a comprar unos filetes la vio. Aporreó el mostrador y llamó al timbre, le insistió al carnicero que tenía que ver a la mujer que envasaba la carne. La obligó a marcharse del trabajo. Así es como te afectaba, dijo Beau. Necesitabas estar cerca de ella inmediatamente. Unos meses más tarde Melina se dio cuenta de que estaba embarazada. Loca de alegría, se lo contó a su marido. Él se puso hecho una furia. No puede ser, dijo, me hice una vasectomía. ¿Qué? Melina se indignó. ¿Y te casaste conmigo sin decírmelo? Lo echó de la casa a patadas, cambió las cerraduras. Él le mandó flores, le escribió cartas apasionadas. Durmió delante de la puerta hasta que al final lo perdonó. Melina cosía la ropa de la familia. Había tapizado con tela todas las habitaciones del apartamento. En el suelo había colchones y almohadas, podías ir gateando como un bebé de carpa en carpa. A la luz de las velas día y noche nunca sabías qué hora era. Beau me lo contó todo sobre Melina. Que su infancia transcurrió en varias casas de acogida, que a los trece años se escapó. Fue bailarina en un bar de alterne (no estoy segura de lo que significa eso) y su marido la había rescatado de una situación muy fea. Es dura, dijo Beau, y malhablada, y sin embargo sus ojos, su tacto, son los de una criatura angelical. Ella fue el ángel que entró en mi vida sin avisar y me condenó para siempre... Se ponía muy dramático, y a veces incluso lloraba desconsolado, pero a mí me encantaba que me hablara de ella, me habría gustado ser como ella. Dura, misteriosa, bella. Me dio pena que Beau se marchara. También él fue como un ángel en mi vida. Después de conocerlo me di cuenta de qué poco hablaba Rex conmigo o con Ben. Me sentí tan sola que incluso pensé en convertir nuestras habitaciones en carpas. Unos años más tarde estaba casada con otro hombre, un pianista de jazz que se llamaba David. Era un buen hombre, pero también callado. No sé por qué me casé con esos tipos callados, cuando a mí lo que más me gusta en el mundo es hablar. Teníamos muchos amigos, eso sí. Los músicos que pasaban por la ciudad se quedaban en casa y mientras los hombres tocaban, las mujeres cocinábamos y charlábamos y nos tumbábamos en el césped a jugar con los niños. Intentar que David me contara cómo era de pequeño, o me hablara de su primera novia, de cualquier cosa, era como arrancarle una muela. Sabía que había vivido con una mujer, una pintora muy guapa, durante cinco años, pero no quería hablarme de ella. Eh, le dije, yo te he contado mi vida, explícame algo sobre ti, dime cuándo te enamoraste por primera vez... Se echó a reír, pero al final me lo contó. Eso es fácil, me dijo. Fue de una mujer que vivía con su mejor amigo, un contrabajista, Ernie Jones. En el valle al sur de la ciudad, junto al canal de riego. Una vez David había ido a ver a Ernie y, como no lo encontró en casa, bajó al canal. Ella estaba tomando el sol, desnuda y blanca sobre la hierba verde. Para protegerse los ojos llevaba esas blondas de papel que ponen en los platitos de los helados. —¿Y? ¿Ya está? —dije, tratando de sonsacarle más.—Bueno, sí. Ya está. Me enamoré. —Pero ¿y ella cómo era? —No parecía de este mundo. Una vez Ernie y yo nos habíamos echado junto al canal, hablando, fumando hierba. Estábamos hechos polvo porque a ninguno de los dos nos salía trabajo. Vivíamos con lo que ganaba ella, haciendo de camarera. Un día trabajó en un banquete y se llevó todas las flores a casa. Había tantas como para llenar una habitación, pero lo que hizo fue cargarlas río arriba y echarlas al canal. Así que Ernie y yo estábamos allí, cabizbajos en la orilla, mirando el agua turbia, y de pronto millones de flores pasaron flotando. Ella trajo comida y vino, incluso cubiertos y manteles que colocó en la hierba. —Entonces, ¿hiciste el amor con ella? —No. Ni siquiera llegué a hablar con ella nunca, al menos a solas. Simplemente la recuerdo ahí, estirada en la hierba. —Hum —dije, complacida por los detalles y la mirada bobalicona que puso. Me encantaba el romance en cualquiera de sus formas. Nos mudamos a Santa Fe, donde David tocaba el piano en Claude’s. Pasaron un montón de buenos músicos por allí esos años, y actuaban una o dos noches como invitados del trío de David. Una vez vino un trompetista realmente bueno, Paco Durán. A David le gustaba tocar con él, y me preguntó si me parecía bien que Paco y su mujer y su hijo se quedaran en casa una semana. Claro, dije, será estupendo. Y lo fue. Paco era un músico fabuloso. David y él tocaban toda la noche en el club y también el día entero en casa. La mujer de Paco, Melina, era exótica y divertida. Hablaban y se comportaban como los músicos de jazz de Los Ángeles. A nuestra casa la llamaban «la choza», y decían «¿lo pillas?» o «fetén». Su hijita y Ben se lo pasaban en grande juntos, aunque estaban en esa edad en que lo tocan todo. Intentamos meterlos en un parquecito, pero ninguno de los dos consentía quedarse allí. A Melina se le ocurrió que lo mejor era dejarlos a su aire y meternos nosotras en el parquecito, con nuestro café y nuestros ceniceros a salvo. Así que eso hicimos, sentarnos dentro mientras los niños sacaban libros de las estanterías. Ella estaba hablándome de Las Vegas, pero hacía que sonara a otro planeta. Mientras la escuchaba me di cuenta, no solo al mirarla sino rodeada por el aura de su belleza, de que era la Melina de Beau. Curiosamente, sin embargo, no fui capaz de contárselo. No pude decirle: Eh, eres tan guapa y extravagante que tienes que ser la mujer por la que Beau perdió la cabeza. Aun así pensé en Beau y lo añoré, deseé que las cosas le fueran bien. Melina y yo preparábamos la cena y luego los hombres se iban a trabajar. Bañábamos a los niños y salíamos al porche de atrás, fumábamos y tomábamos café, hablábamos de zapatos. Hablamos de todos los zapatos que habían marcado nuestra vida. Los primeros mocasines, los primeros tacones altos. Plataformas plateadas. Botas que habíamos tenido. Manoletinas perfectas. Sandalias hechas a mano. Huaraches. Tacones de aguja. Mientras hablábamos, nuestros pies descalzos se retorcían en la hierba verde y húmeda junto al porche. Ella llevaba las uñas pintadas de negro. Me preguntó cuál era mi signo del zodiaco. Normalmente el horóscopo me irritaba, pero dejé que me revelara todos los detalles de mi personalidad Escorpio y creí hasta la última palabra. Entonces le dije que sabía leer las líneas de la mano, un poco, y estudié las suyas. Había oscurecido, así que fui a buscar una lámpara de queroseno y la puse en los escalones entre las dos. Sostuve sus manos blancas a la luz de la lámpara y de la luna, y recordé lo que Beau había dicho de su piel. Era como tocar vidrio frío, plata. Me sé el manual de quiromancia de Cheiro de memoria. He leído cientos de manos. Si digo esto, es para que quede claro que realmente mencioné las cosas que veía en las líneas y los resaltos de sus manos. Pero más que nada le dije todo lo que Beau me había contado de ella. Me da vergüenza reconocer por qué lo hice. Estaba celosa de ella. Era tan deslumbrante... No es que hiciera nada en especial, deslumbraba por ser como era. Yo solo quería impresionarla. Le conté la historia de su vida. Le hablé de los terribles padres adoptivos, de cómo la protegió Paco. Dije cosas como: «Veo a un hombre. Un hombre atractivo. Peligro. Tú no estás en peligro, es él quien lo está. ¿Un piloto de carreras, un torero, quizá?». Joder, dijo ella, nadie sabía lo del torero. Beau me había contado que una vez le acarició el pelo y le dijo: «Todo irá bien...», y que ella se echó a llorar. Le dije que ella nunca lloraba, jamás, ni siquiera cuando estaba triste o furiosa, pero que si alguien la trataba con ternura y le acariciaba el pelo y le decía que no se preocupara, quizá eso la haría llorar... Prefiero no contar nada más. Me da vergüenza. Solo diré que mis palabras tuvieron exactamente el efecto deseado. Se quedó allí sentada mirándose sus preciosas manos y susurró: «Eres una hechicera. Eres mágica». Pasamos una semana maravillosa. Fuimos juntos a los bailes criollos, y subimos hasta el parque nacional de Bandelier y el pueblo de Acoma. Nos sentamos en las cuevas rupestres de Sandía. Nos sumergimos en los baños termales cerca de Taos y fuimos al santuario de Chimayó. Un par de noches incluso pagamos a una niñera para que Melina y yo pudiéramos ir al club. La música fue formidable. —Me lo he pasado estupendamente esta semana —le dije. —Yo siempre me lo paso estupendamente — dijo ella, sin más. La casa se quedó muy silenciosa cuando se marcharon. Me desperté, como de costumbre, cuando David volvió a casa. Estuve a punto de confesarle la farsa de la quiromancia, pero me alegro de no haberlo hecho. Estábamos tumbados en la cama a oscuras cuando me dijo: —Era ella. —¿Quién? —Melina. Ella era la mujer desnuda en la hierba.

del libro "Manual para mujeres de la limpieza" de Lucia Berlin (en Anagrama)

martes, 29 de marzo de 2016

un relato de Lucia Berlin


Amigos 
Loretta conoció a Anna y Sam el día que le salvó la vida a Sam. Anna y Sam eran viejos. Ella tenía ochenta años, y él ochenta y nueve. Loretta veía a Anna cada tanto, cuando iba a nadar a la piscina de su vecina Elaine. Un día que pasó a saludar, las dos señoras trataban de convencer al anciano para que se diera un baño. El hombre finalmente se metió en el agua, e iba dando brazadas torpes con una gran sonrisa cuando le dio un ataque. Las dos señoras estaban en la parte baja y no se dieron cuenta. Loretta saltó al agua, con zapatos y todo, lo arrastró hacia los escalones y consiguió sacarlo de la piscina. No necesitó que lo reanimaran, pero parecía desorientado y asustado. Tenía que tomarse una medicación, para la epilepsia, y lo ayudaron a secarse y vestirse. Se quedaron un rato sentados hasta asegurarse de que el hombre se encontraba bien y podía ir andando a su casa, que estaba en esa misma manzana. Anna y Sam no paraban de darle las gracias a Loretta por haberle salvado la vida, e insistieron en que fuera a comer con ellos al día siguiente. Dio la casualidad de que ella no tenía que ir al trabajo por unos cuantos días. Se había tomado tres días libres sin sueldo porque necesitaba solucionar varias cosas. Almorzar con ellos significaría ir hasta Berkeley desde la ciudad, y no zanjar todos los asuntos pendientes en un día, como había planeado. A menudo esas cosas la desbordaban. Situaciones en las que te dices: Caramba, es lo menos que puedo hacer, son tan amables. Si no lo haces, te sientes culpable, y si lo haces, te sientes un pelele. Se le pasó el mal humor en cuanto entró en su casa, soleada y diáfana como una antigua villa de México, donde ellos habían vivido la mayor parte de su vida. Anna era arqueóloga y Sam ingeniero. Siempre habían trabajado juntos, en Teotihuacán y otros yacimientos. Tenían un sinfín de vasijas preciosas y fotografías, una magnífica biblioteca. Bajando las escaleras, en el patio trasero, había un huerto enorme, muchos árboles frutales y zarzas de frutos silvestres. Loretta se asombró de que dos ancianos frágiles como pajaritos se ocuparan de todas las labores sin ayuda de nadie. Ambos usaban bastón, y caminaban con mucha dificultad. Comieron pan tostado con queso, sopa de chayote y una ensalada de su huerto. Anna y Sam prepararon juntos el almuerzo, pusieron la mesa y sirvieron la comida juntos. Lo habían hecho todo juntos durante cincuenta años. Como gemelos, uno repetía las palabras del otro o remataba las frases que el otro empezaba. El almuerzo transcurrió agradablemente mientras le contaban, en estéreo, algunas de sus experiencias trabajando en la pirámide de México, y sobre otras excavaciones en las que habían participado. A Loretta la impresionaron aquellos dos viejecitos, su amor compartido por la música y la jardinería, cómo disfrutaban uno del otro. La admiró ver lo implicados que estaban en la política local y nacional, participando en manifestaciones y protestas, escribiendo a los congresistas y a la prensa, haciendo llamadas de teléfono. Leían tres o cuatro periódicos cada día, se leían novelas o libros de historia uno al otro por la noche. Mientras Sam recogía la mesa con manos temblorosas, Loretta le dijo a Anna qué envidiable era haber encontrado un compañero con quien compartir la vida. Sí, dijo Anna, pero pronto uno de los dos faltará... Loretta recordaría esas palabras mucho después, y se preguntaría si Anna había empezado a cultivar una amistad con ella como una especie de póliza de seguros para el momento en que uno de los dos muriera. No, pensó, en realidad era más simple. Hasta entonces los dos habían sido autosuficientes, se habían colmado uno al otro toda la vida, pero Sam empezaba a parecer distraído, y a menudo perdía el hilo. Repetía las mismas historias una y otra vez, y aunque Anna siempre lo trataba con paciencia, Loretta notaba que se alegraba de poder hablar con alguien más. Sea cual fuera la razón, se vio cada vez más implicada en la vida de Sam y Anna. Ellos ya no conducían. Con frecuencia Anna llamaba a Loretta al trabajo y le pedía que al salir le comprara sustrato de turba para las plantas, o que llevara a Sam al oftalmólogo. A veces ninguno de los dos se encontraba con ánimos de hacer la compra, así que Loretta iba por ellos. Ambos le caían bien, los admiraba por igual. Como parecían tan necesitados de compañía, empezó a ir a cenar con ellos una vez a la semana, o cada dos a lo sumo. Ella los invitó a cenar a su casa varias veces, pero había que subir tantas escaleras, y los dos llegaban tan exhaustos, que desistió. Así que cuando iba llevaba un plato de pescado, de pollo o de pasta. Ellos preparaban una ensalada, de postre servían frutos rojos del jardín. Después de cenar, mientras tomaban una infusión de hierbabuena o té de Jamaica, hacían la sobremesa escuchando las historias de Sam. De cuando Anna tuvo la polio, en una excavación en plena jungla del Yucatán, y la llevaron a un hospital, y lo bien que se portó la gente. Muchas anécdotas sobre la casa que se construyeron en Xalapa. De la mujer del alcalde, cuando se rompió la pierna bajando por una ventana para esquivar a una visita. Las historias de Sam siempre empezaban igual: «Eso me recuerda aquella vez que...». Poco a poco Loretta fue conociendo los detalles de su vida juntos. Su cortejo en el Monte Tam. Su idilio en Nueva York cuando eran comunistas. Viviendo en pecado. Nunca se casaron, todavía se complacían en ese desafío a las convenciones. Tenían dos hijos; ambos vivían en ciudades lejanas. Había historias sobre el rancho cerca de Big Sur, cuando los niños eran pequeños. Cuando se estaba acabando una historia, Loretta decía: «Me da rabia tener que irme, pero mañana empiezo a trabajar muy temprano». A menudo se marchaba en ese momento. Normalmente, sin embargo, Sam decía: «Espera, déjame contarte lo que ocurrió con el gramófono». Horas más tarde, exhausta, conduciendo de vuelta a su casa en Oakland, se repetía que no podía seguir así. O que podía, siempre y cuando fijara una hora límite. No es que se aburriera nunca con ellos o le parecieran anodinos. Al contrario, la pareja había vivido una vida rica, plena, eran personas comprometidas y receptivas. Sentían un ávido interés por el mundo, por su propio pasado. Se lo pasaban tan bien, añadiendo un matiz a los comentarios del otro, discutiendo alguna fecha o un detalle, que a Loretta le sabía mal interrumpirlos y marcharse. Y desde luego a ella también la enriquecía, porque los dos se alegraban mucho de verla. A veces, sin embargo, cuando estaba demasiado cansada o tenía alguna otra cosa por hacer, iba a desgana. Al final les dijo que no podía quedarse hasta tan tarde, que por la mañana se le pegaban las sábanas. Vente a almorzar el domingo, sin prisas, propuso Anna. Cuando hacía buen tiempo comían en una mesa en el porche, rodeados de flores y plantas. Cientos de pájaros acudían a los comederos y picoteaban cerca de ellos. Al llegar el frío empezaron a comer dentro junto a la estufa de leña. Sam iba echando los troncos que él mismo cortaba. Tomaban gofres o la tortilla especial de Sam; a veces Loretta llevaba bagels con salmón ahumado. Pasaban las horas, se le iba el día mientras Sam contaba sus historias, mientras Anna le corregía y añadía algún comentario. A veces, en el porche al sol o al calor de la lumbre, le costaba mantenerse despierta. En México vivían en una casa de bloques de hormigón, pero mandaron hacer las vigas, las encimeras y repisas y los armarios de madera de cedro. Primero se construyó la sala grande, cocina y comedor a la vez. Habían plantado árboles, por supuesto, antes de empezar a construir la casa. Bananos y ciruelos, jacarandas. Al año siguiente añadieron un dormitorio, varios años más tarde otro dormitorio y un estudio para Anna. Las camas, los bancos de trabajo y las mesas eran de cedro. Volvían a su pequeña morada después de trabajar en el yacimiento, en otro estado de México. La casa siempre estaba fresca y olía a cedro, como un arcón. Anna contrajo neumonía y tuvo que ir al hospital. A pesar de lo enferma que estaba, solo podía pensar en Sam, en cómo se las arreglaría sin ella. Loretta le prometió que pasaría a verlo antes del trabajo, vigilaría que tomara su medicina y que desayunara, y al salir de trabajar le prepararía la cena y lo llevaría al hospital a visitarla. Lo más terrible fue que Sam no hablaba. Se sentaba temblando en el borde de la cama mientras Loretta lo ayudaba a vestirse. Se tomaba las píldoras y el zumo de piña como un autómata, se limpiaba pulcramente la barbilla después de desayunar. Por la tarde lo encontraba en el porche esperándola. Quería ir primero a ver a Anna, y cenar luego. Cuando llegaban al hospital, Anna yacía pálida en la cama, parecía una niña con sus largas trenzas blancas. Le habían puesto suero, un catéter, oxígeno. No hablaba, pero sonreía y le daba la mano a Sam mientras él le contaba que había hecho la colada, regado los tomates, cubierto las judías con un mantillo, lavado los platos, preparado limonada. Le hablaba sin parar, jadeando; le relataba el día hora por hora. Cuando se marchaban Loretta tenía que sostenerlo, el anciano tropezaba y se tambaleaba al andar. En el coche lloraba, angustiado de preocupación. Y sin embargo Anna volvió a casa y se recuperó, solo la inquietaba ver el huerto tan descuidado. Al domingo siguiente, después del almuerzo, Loretta ayudó a arrancar malas hierbas, cortó las zarzamoras. Entonces empezó a cavilar: ¿y si Anna se ponía enferma de verdad? ¿Qué responsabilidad implicaba esa amistad? La dependencia mutua de la pareja, la vulnerabilidad de los dos ancianos la entristecían y la conmovían. Esos pensamientos se le pasaron por la cabeza mientras trabajaba, pero disfrutó, removiendo la tierra negra fresca, sintiendo el sol en la espalda. Sam, contando sus historias mientras arrancaba hierbajos en el surco contiguo. El siguiente domingo que Loretta fue a visitarlos llegó tarde. Había madrugado, tenía muchas cosas que hacer. La verdad es que habría preferido quedarse en casa, pero le faltó valor para llamarlos y cancelar. Encontró la puerta principal con el pestillo puesto, como de costumbre, así que fue al jardín para entrar por atrás. Echó un vistazo al huerto, exuberante de tomates, calabacines, tirabeques. Abejas perezosas. Anna y Sam estaban fuera, en el porche trasero. Loretta iba a llamarlos, pero los oyó muy enfrascados hablando. —Nunca ha llegado tarde. A lo mejor no viene. —Ah, claro que vendrá... Estas mañanas significan mucho para ella. —Pobrecita. Está tan sola. Nos necesita. La verdad es que somos la única familia que tiene. —Y cómo le gustan mis historias. Caramba, no se me ocurre ninguna para contarle hoy. —Ya improvisarás algo... —¡Hola! —gritó Loretta—. ¿Hay alguien en casa?

viernes, 25 de marzo de 2016

siete pequeñas editoriales que se lo curran (V)


Sajalín Editores entre otras cosas es una editorial situada en el barcelonés barrio de Grácia, edita obras inéditas u olvidadas de autores fundamentales como Hubert Selby Jr., Dan Fante, Edward Bunker, Colin Barrett... Una pequeña editorial independiente e imprescindible.
La Bella Varsovia editorial cordobesa dedicada a la poesía actual. Dirigida por Elena Medel en su catálogo hay poemarios de Sara Herrera Peralta, Luna Miguel, Pilar Adón, Ana Rossetti, Sergio C. Fanjul...
Caja Negra Editora con una colección de más de 35 títulos, muchos de estos traducidos por primera vez al español o inéditos, han editado obras de autores como William Burroughs, Jean-Luc Godard, Jorge Baron Biza, Céline, Ed Wood...
Bartleby Editores se ha consolidado entre las propuestas editoriales independientes de nuestro país con un sólido catálogo de poesía donde destacan las ediciones bilingùes de poetas norteamericanos y europeos, la reedición de obras de los más destacados poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX, y la firme apuesta por obras de ficción narrativa de autores europeos y americanos inéditos en España.
Libros de Itaca especializada en narrativa y ensayo y con una clara y sana vocación de nadar contracorriente, busca aportar elementos que contribuyan a fomentar el debate, sin renunciar por ello al goce estético.
Editorial Origami editorial comprometida con la poesía (principalmente de autores noveles) que persigue el gran objetivo de dar a conocer a poetas y narradores de gran calidad literaria desconocidos o ninguneados por las grandes editoriales.
Aristas Martínez se define como una editorial fronteriza que publica libros al límite de los géneros, hurga en la linde entre la ficción y el documento, traza líneas editoriales bastardas, plantea retos a sus autores en proyectos difíciles de clasificar. De la misma manera es una editorial periférica, en cuanto su sede está descentralizada y vive al margen de ruidos y furias.


martes, 22 de marzo de 2016

seis pequeñas editoriales que se lo curran (IV)



Libros del K.O cree que la crónica periodística puede ser un género muy sexy y son radicalmente promiscuos: les encanta la crónica deportiva, el perfil minucioso, la microhistoria en la que nadie se fija, los obituarios, los corresponsales en zonas calientes y los redactores de periódicos de provincia que le buscan las cosquillas a las ruedas de prensa de los prohombres regionales. En su catálogo encontrarás a  Alfonso Armada, Josep Pla, Ramón Lobo, Enric González, Julio Camba... 
FronteraD una revista solo digital (de momento) centrada en el periodismo narrativo, la crónica, el reportaje y el ensayo. También esta editando (en digital y en papel) una interesante colección con el título "Filosofía para profanos".
Cabaret Voltaire está editando a autores tan interesantes e imprescindibles como Mohamed Chukri, Patrick Modiano o Jean Cocteau.
Astiberri Ediciones editorial dedicada al cómic que está editando a autores con obras de notable peso literario (Guy Delisle, Jessica Abel, Yoshihiro Tatsumi, Jason Lutes, Jeff Smith, Frederik Peeters, Craig Thompson, Alex Robinson, Jason, Baru, Joyce Farmer, Shigeru Mizuki, Andy Riley, Michel Rabgliatti, Osamu Tezuka, Bryan Talbot, Lisa Mandel o Dylan Horrocks...). Y a las nuevas promesas y realidades del cómic español (Paco Roca, Alfonso Zapico, David Rubín, Javier de Isusi, Santiago García, Javier Olivares, Nadar, Rubén Pellejero, Ana Miralles, Alberto Vázquez, Gabi Beltrán, Bartolomé Segui o Álvaro Ortiz).
Alcalá Grupo Editorial busca tanto redescubrir obras narrativas poco conocidas para el público general (o que han desapareciendo de los catálogos actuales) como descubrir de nuevas voces. Cuenta con varias colecciones, entre ellas una de viajes y otra de narrativa rusa.
Los libros del lince pequeña editorial independiente que cree en los buenos escritores y en la necesidad de publicar libros (de ficción y no ficción) capaces de contribuir a los debates públicos de forma crítica, y que miren el mundo desde nuevos puntos de vista (críticas y singulares).



domingo, 20 de marzo de 2016

José Luis Martínez Clares reseña "Cuaderno de veredas"


Cuaderno de veredas

Por José Luis Martínez Clares

Escribe José Pastor en Cuaderno de veredas (Piedra Papel Libros, 2016) que ahora solo ladro ante el papel / y mis únicas peleas son con las palabras. Es cierto que, si buscamos información sobre el autor en cualquier medio escrito o digital, poco o nada encontraremos: apenas que ronda los cincuenta y que hace tiempo que reside entre nosotros. Es un enigma, por tanto, el “José Pastor persona”. En cambio, me atrevería a aventurar que todo lo sabemos del “José Pastor poeta”, del hombre que ladra ante el papel, porque su vida se esconde en cada uno de los versos de este libro, una vida que no se limita a ser narrada sino que tiene la intención de derramar hasta el más amargo de sus días combatiendo por aquello que considera justo. Es la suya, por tanto, una pugna de papeles y tintas, aunque Pastor nos cuente que carece de la vocación artística necesaria y que para derribar un muro / prefiero un martillo / antes que un poema.
No es mi intención ponerme académico ni belicoso, pero, con frecuencia, considero que sólo existen dos tipos de Poesía: la que me emociona y la que no me emociona. Únicamente, la primera consigue que mi mundo se tambalee, que la cordura pierda terreno paulatinamente entre mis costumbres más frecuentadas. Amo esa Poesía que nace para contarnos las cosas cotidianas con un lenguaje cotidiano, la poesía que nos habla de las personas que se cruzan con nosotros por la calle, personas que nos anteceden o nos suceden en las esperas de cada día. Cómo no voy a emocionarme si yo también debí ser tan pobre como lo fue José Pastor, tan pobres que ambos aprendimos a nadar / en un río / donde el agua nos llegaba a los tobillos, si yo también me acodé en las mismas barras donde él debió acodarse y puede, también, que terminase amando a las mismas mujeres que sólo aman quienes han elegido libremente convivir con la derrota.
Una vez escribí en alguna parte, que Pastor nos desnuda con sus versos desnudos, versos carentes de vestiduras que se presentan desguarnecidos ante el lector, un lector que se enfrenta, de este modo, a una realidad sin edulcorantes, sin ánimo de corrección. Esa es la Poesía que me interesa, la Poesía de Cuaderno de veredas, porque mi memoria no entiende de fantasías aunque las acepte y -¡qué demonios!- el recuerdo se parece a esa botella que apuraré / cuando te hayas marchado, una botella que alguien debería ofrecernos de vez en cuando, porque ese trago, aunque amargo, nos puede salvar el pellejo.

Créanme: hubo un tiempo en que todas las leyendas debieron ser verdad y, por eso, leer estos poemas de José Pastor me parece un sueño del que sólo podré escapar al cerrar su libro, pues ya nos desliza el poeta, entre versos, con la sabiduría de quien se ha levantado muchas veces, que al despertar / sólo queda el polvo del camino en mis huesos / en mis desgastadas botas / y en el recuerdo

- la fotografía llega desde el taller de "Artimaña. Artesanos del cuero" (Valladolid)
- a José Luis Martínez Clares se le puede seguir aquí
-a la editorial Piedra Papel Libros aquí

jueves, 17 de marzo de 2016

ocho pequeñas editoriales que se lo curran (III)


Felguera Editores su catálogo y linea editorial tiene una oscura intención transgresora y William Burroughs, William Blake o "Apaches. Los salvajes de París" son un contundente ejemplo.
Malpaso Ediciones una editorial que ha dado un paso al frente con la intención que los títulos de su catálogo conformen un discurso literario y ensayístico. En su catálogo encontraras a autores como Noam Chomsky, Martín Caparrós, Alfonso Armada, Kurt Vonnegut, Pablo Ramos o Martin Amis.
Libros del Asteroide una de las grandes, ofrece a sus lectores obras fundamentales de la literatura universal de los últimos setenta y cinco años que no hayan sido publicadas antes en español o que se encuentren descatalogadas. Cuenta con un catálogo coherente donde podemos encontrar a Ramón J. Sender, Rafael Bernal, Manuel Chaves Nogales, John Steinbeck, José Cardoso Pires...
Piedra Papel Libros editorial independiente, con algo más de dos años de andadura, en los que han editado ya catorce títulos entre los que cabe destacar en relatos cortos ("El mexicano" Jack London), en poesía ("Nadie de Nada" Manuel Lombardo Duro) y en ensayos históricos ("El orden reina en Berlín" Rosa Luxemburgo). Además son los responsables del fanzine "Cotarro".
continta me tienes editorial independiente especializada en la publicación de libros relacionados con el arte, la formación y el pensamiento contemporáneos.
in-verso editorial independiente que publica poesía en todas sus manifestaciones, desde la poesía discursiva a la más experimental. 
Esdrújula Ediciones editorial que apuesta por el formato electrónico, sin olvidarse del tradicional papel. Su última aportación es "A pesar de sus ojos. Antología Poética (1969-1999)" de Javier Egea.
Ediciones en Huida después de seis años trabajando con jóvenes como “marca de reconocimiento”, la editorial sevillana afronta uno de sus proyectos más ambiciosos: la presentación de ocho antologías, una por provincia, de poetas andaluces menores de 30 años.

martes, 15 de marzo de 2016

versos que no llegaron a ser poemas/los descartes del "Cuaderno de veredas" (I)


Pasos de cebra
Si todos cruzáramos por los pasos de cebra
el mundo sería muy aburrido
blanco sobre negro o negro sobre blanco
sin colores, desvíos, veredas o atajos
sin leones, vida salvaje o territorios desconocidos
sin reencuentros, amantes, sangre o whisky
lo dicho muy aburrido
como un desfile, una procesión o la tabla de restar
una linea recta entre dos puntos
todo ya escrito
todos presas fáciles de trampas y leyes
y encerrados entre códigos de barras y rejas
de prisiones sin puertas

"Cuaderno de veredas" de José Pastor se puede conseguir en http://piedrapapellibros.com/

lunes, 14 de marzo de 2016

Los valientes andan solos. una película basada en un novela de Edward Abbey. para ver online


"Los valientes andan solos". Lonely are the Brave. (1962). Dirigida por David Miller con guión de Dalton Trumbo (sobre una novela del gran Edward Abbey) y protagonizada por Kirk Douglas, Gena Rowlands, Walter Matthau y Michael Kane.

crítica de Miquel (de Palma) para filmaffinity
A Kirk Douglas le gustaba elegir los temas y las fuentes de inspiración de los films que protagonizaba. Controlaba la elaboración del guión, seleccionaba a los responsables del equipo técnico y elegía al realizador. Tras leer la segunda novela de Edward Abbey, "The Brave Cowboy" (1956), decide llevarla a la pantalla. Encarga el guión a Dalton Trumbo ("Espartaco", 1960), la música a Jerry Goldsmith ("Chinatown", 1974) y la realización al gris, pero dúctil, David Miller. El resultado es una película sólida y vigorosa, la preferida del actor.
La acción se traslada de 1953 (novela) a 1961/62 (film). Se rueda en los parajes naturales, abruptos y espléndidos de las montañas de Albuquerque (Manzano Mountains, Sandía Mountains, Tijeras Canyon), en Nuevo Méjico. La atención se focaliza en el drama de un vaquero que sigue aferrado a las tradiciones del Viejo Oeste, no acepta ataduras ni compromisos, no dispone de permiso de conducir ni de tarjeta de identidad. Vive con la sola compañía de su yegua Whisky y tiene en alta estima a su antiguo compañero, Paul (Michael Kane), que le dejó hace algunos años para casarse, crear una familia y dedicarse a escribir. Por su antigua amistad se muestra dispuesto a correr grandes riesgos, que pueden costarle penas de privación de libertad o convertirse de por vida en prófugo de la justicia.
El anacronismo del personaje, John W. "Jack" Burns (Kirk Douglas), se visualiza a través del contraste de sus viejas ideas y sus medios primitivos con la persecución de que es objeto con ayuda de helicópteros, jeeps, vehículos todoterreno, trasmisores/receptores de radio, etc. El paisaje presenta respecto del habitual del Viejo Oeste la multiplicación de cercas, letreros de prohibición de paso, autovías saturadas de tráfico rodado y ruidos estemporáneos (reactores supersónicos).
La aventura de Jack, arriesgada y esforzada, provoca sentimientos de compasión, por su inadaptación a la realidad de su tiempo y las consecuencias que de ello se derivan en el ámbito de su aislamiento y marginación y en la agresividad que su porte desmañado y su olor salvaje suscitan cuando se acerca a lugares públicos (bar, centro local de detención). También suscita sentimientos de admiración y respeto, por su entereza, fortaleza, capacidad de sacrificio, trasparencia y sinceridad, como le ocurre al sheriff Morey Johnson (Walter Matthau).
La obra, el personaje y la relación del mismo con la naturaleza convierten el film en una sincera y espontánea apología del medio natural, que fue valorada por los primeros movimientos ecologistas de los años 60 y siguientes. Por lo demás, el paisaje se convierte en el reflejo tangible del mundo interior de Jack, cuyas ambiciones chocan con los intereses del progreso que contamina, ocupa, modifica y destruye espacios naturales. 
La película ofrece, además, una interpretación vigorosa de Kirk Douglas, en un papel cortado muy a su medida. Le acompañan dos espléndidos secundarios: Walter Matthau y Gena Rowlands.
crítica de Miquel (de Palma) para filmaffinity

domingo, 13 de marzo de 2016

ocho pequeñas editoriales que se lo curran (II)















Pepitas de calabaza editorial editorial riojana con un interesante catálogo de narrativa y ensayo donde predominan obras y autores que apuestan por la critica social y el compromiso. En su catálogo se encuentran autores como Elías Reclus, Ëmile Armand, Marques de Sade, Rafael Azcona...
Ediciones RaRo editorial itinerante e intermitente, edita principalmente poesía y relato y la revista "La RaRa". Su último descubrimiento es F. Lefer y su libro de relatos "Tiburones, musas y perros".
Dirty Works Editorial los dos primeros títulos de su catálogo: "Trabajo sucio" de Larry Brown y "Maldito desde la cuna", de William Burroughs, Jr., barruntan por donde van los tiros.
LVR Ediciones editorial dedicada a la poesía actual. En su catálogo están poemarios de Layla Martínez, Luis Morales, Eva Gallud o Patty de Frutos.
Zoográfico Editorial taller de diseño editorial que han publicado a autores como Jorge M. Molinero, Antoine Lamarck, Baco o Laura Fraile.
DeLibrum Tremens Editores editorial de narrativa que da una oportunidad a los autores noveles. Tiene tres líneas editoriales: bélica, histórica y negra. 
Bancarrota ediciones editores de la revista de poesía "Feliz el cerdo", su último proyecto es "El taxidermista" (libro de poesía) de Eva Gallud con ilustraciones de José Ángel Moreno.
Groenlandia editorial digital gratuita y de calidad y todo un referente. En ella han publicado Pepe Pereza, David González, Rakel Rodríguez, David Morán, Begoña Leonardo, Tomás Soler Borja, Juan Cruz López, Ana Vega, Isaac Contreras...

jueves, 10 de marzo de 2016

ocho pequeñas editoriales que se lo curran (I)


Canalla Ediciones proyecto independiente que pretende descubrir y promover escritores de todos los estilos. Con colecciones de poesía y prosa han editado a gente como Emma Cabal, Ape Rotoma, José Ángel Barrueco...
Amargord Ediciones  poesía, prosa (novela, ensayo, relatos) y una colección específica dedicada a las drogas y otras sustancias relacionadas.
La Penúltima Editorial editorial vallisoletana especializada en poesía independiente.
Medianoche Editorial una editorial dedicada al género negro y policial. Con dos colecciones, una de autores clásicos y otra de autores noveles. El primer libro, de la colección Clásico, ha sido "El Arrecife del Escorpión" de Charles Williams, toda una declaración de intenciones.
Alcalá Editorial con seis colecciones (Arabia, Narrativa, Literatura Rusa, Literatura de Viajes, Arabia Estudios, La Vida Real) han editado textos inéditos en castellano de Leon Tolstoi, Charles Dickens, Santiago Roncagliolo...
Rasmia Ediciones "Leer, escribir, editar, imprimir, releer, corregir, tirar, compartir, publicar… Editar libros, bucear en obras hoy casi olvidadas, descubrir nuevos autores que sueñan con ver sus textos negro sobre blanco. Letras con empuje, con ímpetu, que proponen retos al lector, que suscitan el debate y la acción… Libros para afrontar la vida con energía y resolución, en definitiva, con rasmia"
Ediciones Traspiés editorial dedicada al relato, novela y el libro ilustrado. 
Cangrejo Pistolero Ediciones editorial que nace a finales de 2005 y que se dedica a la poesía, cuenta con más de 40 títulos editados. Poemarios de Txus García, Luna Miguel o David González, entre otros, están en su catálogo.


martes, 8 de marzo de 2016

dos poemas de J.P.G en Los viajes de RaRo


dos poemas de José Pastor en el blog de la poeta y editora Rakel Rodríguez (Ediciones RaRo) los viajes de RaRo
Es tan difícil encontrar un libro de José Pastor que no deberíais dejar de pasar la oportunidad de haceros con este "Cuaderno de veredas", su último libro. 59 poemas que dejan poso y que no se olvidan. Publicado por la editorial jienense PiedraPapelLibros, podéis conseguirlo por 7 euros (gastos de envío incluidos). Aquí os dejo el enlace de la editorial:
y dos poemas de muestra, de los que se quedan con uno...

Viana de Cega. Valladolid
éramos tan pobres
que aprendimos a nadar
en un río
donde el agua nos llegaba a los tobillos

Parte de guerra
ahora solo ladro ante el papel
y mis únicas peleas son con las palabras

lunes, 7 de marzo de 2016

Iván Rojo. un relato y tres poemas



ESTO ES LO QUE PASÓ
Me fui a ver Los odiosos ocho. Martes, 23:10. Cuatro gatos mal contados desperdigados por el patio de butacas. Poco antes de empezar la película entró una señora en la sala. Una anciana. No sé, por lo menos ochenta, menuda y con bastón. Se dejó caer en una butaca de la fila anterior a la mía, un poco a mi izquierda. Podía oler su laca. Hizo amago de quitarse el abrigo pero tras forcejear un rato consigo misma desistió en su empeño. Las luces se apagaron. Dio comienzo la proyección. Cómo se reía la mujer. A veces bajito y otras a carcajadas, pero estuvo riéndose desde el principio. Una risa cascada y traviesa que no me molestaba en absoluto. Era como si formara parte de la película, de su banda sonora, encajaba a la perfección en la historia. Así que la interioricé sin problemas, tanto que en cierto momento lo que me llamó la atención fue precisamente lo contrario: haber dejado de oírla. La vieja ya no se reía. No sabía cuánto tiempo llevaba callada pero tenía la sensación de que demasiado. La miré en busca de alguna señal. Nada. Allí estaba en su butaca, más quieta que un muerto. Me incliné sobre el respaldo del asiento de delante para observarla desde un mejor ángulo. Tenía los ojos cerrados. Joder, pensé, joder. Fijé la mirada en su pecho y la mantuve allí posada largo tiempo. Ni la menor oscilación. No respiraba. Mierda. De un salto pasé a su fila y me senté a su lado. Al resplandor evanescente de la pantalla su piel era azul y sus labios blancos.
Señora, le susurré, señora.
No hubo respuesta. No sabía muy bien qué hacer. Le soplé suavemente en la nariz. Ni la menor reacción. Entonces, en un gesto audaz que me sorprendió sobremanera, acerqué la mano a su rostro y con el pulgar le levanté el párpado derecho. Dios. Su ojo me miraba fijamente, gris y acuoso, como el de un pez. Se me pusieron los pelos de punta. 
¿Qué pasa?, me dijo fríamente. 
Disculpe, yo solo...
La mujer blandió su bastón. Me puso la empuñadura frente a los ojos. Tenía forma de caracola.
Querías robarle el bolso a una pobre vieja, ¿eh, cabrón?
Señora, yo no... Por favor, señora.
¿No? ¿Qué se supone que hacías, entonces?
Nada, nada, balbuceé torpemente. 
¿Nada? Pues para empezar quita tu dedo de mi ojo.
Obedecí avergonzado. Me atreví a preguntar:
¿Está vd bien?
No, contestó. Estoy vieja y cansada. Y me has jodido mi cabezadita.
Usted perdone, acerté a decir, y me largué de vuelta a mi asiento.
En realidad elegí otro, mucho más alejado de la anciana. Al cabo de un rato volví a oír su risa. Y me gustó, sí, pero no tanto como al principio de la película. Había algo inquietante en ella. Algo sabio e imprevisible. Unos minutos después, cuando le vuelan los huevos a Samuel L. Jackson, exclamó: Maravilloso.
Lo oí claramente. Y se descojonó hasta el final de la peli como nunca hasta ese momento. Parecía al borde del colapso. Pero sabía que no tenía de qué preocuparme. Era fuerte, aquella mujer. Y sabía reírse.

LOVELAND
Tu smartphone sabe
qué día es hoy,
dónde estás,
las ofertas de trabajo
que se adaptan
a tu perfil
y la ruta más rápida
para conducir a todos esos sitios
que te importa un huevo
llegar a conocer.
Tu smartphone sabe
qué tiempo hace ahora mismo
en Loveland, Colorado, USA.
En todo lo demás
es tan o tan poco inteligente
como tú.
Tranquilo.

8x8
No logré que te interesaras por el ajedrez.
Tan solo un par de partidas, al principio.
Me imagino que por aquello de la novedad.
No me gusta, decías, esto es muy lento.
Sí, me confié: te supuse un rival fácil.
Y, ya ves, ahora me acorralan tus piezas.
Eres toda una maestra: caí en tu juego.
Vas a darme mate en tres. Dos. Uno.
Bien jugado.

Fueraborda. 
Así llama
todo el mundo al jefe
en la oficina y en general
en el sector del producto financiero.
Su tórax
como un motor fueraborda
encorbatado,
todo fuerza y energía,
capaz de llevar a su equipo
al número 1 de ventas
cinco años consecutivos.
Fueraborda.
Yo también lo llamo así.
Pero por otros motivos.
El ruido.
El ruido que hace cuando habla.
Como si tuviera una hélice
en la garganta.
Y cómo contamina
el agua fría de mis mañanas
con solo darme los buenos días.

la fotografía es de Lee Jeffries


Nueva Gomorra: un poema de José Pastor


En el blog Nueva Gomorra "Exploradores", un poema de José Pastor

domingo, 6 de marzo de 2016

guitarristas con un par de ovarios


Ellizabeth Cotten, Sister Rosetta Tharpe, Suzi Quatro, Joan Jett y Lita Ford (The Runaways), Nancy Wilson, (Barracuda), Kaki King, Kim Shattuck (The Muffs), Orianthi, Courney Barnett, Suzy Gardner y Donita Sparks (L7)......
reportaje de Diego Cuevas para la revista Jot Down

martes, 1 de marzo de 2016

Cine social, político y revolucionario para compartir


una página de facebook de películas y documentales de temática político-social. Página activa y trabajada que nos ofrece enlaces para ver online películas como "El acorazado Potemkin", "En primera plana", "Good bye Lenin", "Lluvia negra", "Sandino", "Lloviendo piedras", "El callejón de los milagros", "Brazil", "Novecento", "La huelga de los locos", "La caída de los dioses", "1984", "Malcolm X", "Pápa está de viaje de negocios", "Crónica de una fuga".............