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domingo, 7 de agosto de 2016

una vieja historia del oeste americano


una vieja historia del oeste americano
Los fines de semana los pasaba con mi padre. A mi madre le gustaba demasiado la fiesta y los fines de semana prefería no tener cargas familiares. Mi padre me recogía el viernes a la salida del colegio y tenía que llevarme de vuelta a casa de mi madre, el domingo por la tarde. Mi padre hacía todo lo posible para ser el mejor padre del mundo. A mi me gustaba el fútbol y el viernes, nada más terminar de comer, nos íbamos a los campos de fútbol de San Benito. Aunque a mi padre nunca le gustó el fútbol se desvivía para que yo disfrutara. Hacía de portero, entrenador, masajista, representante, arbitro y padre. Pero no se le daba muy bien y llegaba a casa agotado, sudoroso y derrotado. Nos duchábamos e íbamos a un McDonald o a un chino a cenar, después quedábamos con los amigos de mi padre y tomábamos algo en algún bar del centro. Los amigos de mi padre estaban igual que él, separados, pero mi padre parecía el más triste, el más silencioso, el peor vestido y el que más fumaba. Los amigos de mi papa eran aburridos y yo echaba en falta a mi madre, a sus amigos y a sus hijos (mis amigos), siempre alegres, con ganas de reír, jugar y pasarlo bien. 
Los sábados me podía quedar en la cama hasta la hora que quisiera, cuando me levantaba, desayunábamos y salíamos de compras, bueno, más bien a mirar escaparates. Mi papa nunca parecía tener dinero. Mi padre trabajaba de jardinero y según mi madre era un pobretón que nunca llegaría a nada en la vida. Para mi cumpleaños me regaló la equipación completa de la selección española, pero no era la oficial. Me dijo que había mirado en El Corte Ingles y que no había encontrado mi talla. Según mi madre aquello era mentira, la verdad era que no podía pagar los 70 euros que valía la equipación oficial y la había comprado en el mercadillo de los jueves. Para Reyes el novio de mi madre me había regalado la oficial, y yo tenía que recordar a mi madre, cuando me preparaba la bolsa de viaje para el fin de semana, que tenía que meter la que me había regalado mi padre. Me daba un poco de vergüenza que me vieran con una falsificación pero era el regalo de mi papa. Los sábados comíamos en casa -o alguna vez que otra, un arroz en casa de los amigos de mi padre- y después íbamos a jugar al fútbol. Los sábados ya solo hacía de portero y de padre. Por la noche nos quedábamos en casa y mi padre hacía todo lo posible para que yo no me aburriera; partidas de cartas, juegos de ordenador, mirar libros de plantas y jardinería... y siempre acabábamos pidiendo unas pizzas para cenar y viendo alguna película del oeste en el dvd. John Wayne, John Ford, Robert Mitchum, Rio Bravo, Ford Apache, El Dorado, Horizontes Lejanos... eran nombres y títulos que ya formaban parte de mí y que me unían a mi padre. Le encantaban las películas del oeste, disfrutaba como yo con el fútbol, y yo disfrutaba más viéndole disfrutar y escuchando sus comentarios, que viendo aquellas viejas películas de pistoleros y vaqueros.
Los domingos eran días extraños, eran días de espera, un poco de fútbol en el parque (donde mi padre ya solo hacía de padre), un poco de paseo, un poco de bares, unas tapas, un poco de siesta y volver a casa de mi mama. Ya por la noche, en mi cama, antes de quedarme dormido, me imaginaba a mi padre y a mi cabalgando junto a John Wayne, o conduciendo rebaños de vacas junto a Robert Mitchum, o guiando una caravana por llanuras y cañones, o enfrentándonos, solos ante el peligro, a una banda de pistoleros. Y mi padre era el pistolero más rápido del oeste, el mejor padre del mundo. Y el más feliz del mundo. Y yo con él.

un relato de josé pastor

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