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jueves, 31 de marzo de 2016

Lucia Berlin


Melina 
En Albuquerque, al caer la tarde, mi marido Rex iba a sus clases en la universidad o a su taller de escultura. Yo solía sacar al bebé, Ben, a dar largos paseos con el cochecito. En lo alto de la colina, en una calle frondosa con olmos a ambos lados, estaba la casa de Clyde Tingley. Siempre pasábamos por delante de aquella casa. Clyde Tingley era un millonario que donaba todo su dinero a los hospitales infantiles del estado. Me gustaba ir por allí porque siempre, no solo en Navidad, había guirnaldas de luces en los aleros del porche y en los árboles. Las encendía justo al anochecer, cuando normalmente volvíamos del paseo. A veces lo veía en su silla de ruedas en el porche, un viejecito flacucho que nos saludaba de lejos, «Buenas», o «Qué preciosa noche», cuando pasábamos. Una vez, sin embargo, me gritó: —¡Espere, espere! ¡Ese niño tiene un problema en los pies! Debe hacérselo mirar. Eché un vistazo a los pies de Ben, que estaban perfectamente. —No, es porque ya está demasiado grande para esa sillita. Encoge los pies torcidos para no arrastrarlos por el suelo. Ben era tan listo... Ni siquiera hablaba todavía, pero pareció entender. Apoyó con firmeza los pies en el suelo, como para demostrarle al viejo que no había de qué preocuparse. —Las madres nunca quieren reconocer que hay un problema. Hágame caso y llévelo al médico. Justo en ese momento se acercaba un hombre vestido de negro por la calle. Ya entonces era raro ver a alguien caminando, así que fue una sorpresa. Se agachó en la acera y sujetó los pies de Ben con ambas manos. Llevaba la correa de un saxofón colgada del cuello y Ben se la agarró. —No, señor, los pies del chico son perfectamente normales —dijo. —Bueno, me alegra oírlo —contestó Clyde Tingley desde arriba. —Gracias, de todos modos —le dije. Me quedé hablando con el hombre de negro, y luego nos acompañó a casa. Eso ocurrió en 1956. Fue el primer bohemio que conocí. No había visto a nadie como él en Albuquerque. Judío, con acento de Brooklyn. Pelo largo y barba, gafas oscuras; pero no parecía siniestro. A Ben le cayó bien de entrada. Se llamaba Beau. Era poeta y músico, tocaba el saxo. Fue más tarde cuando averigüé que la correa del cuello era para el saxofón. Nos hicimos amigos nada más conocernos. Beau jugó con Ben mientras yo preparaba té frío. Cuando acosté a Ben, nos quedamos hablando en los escalones del porche hasta que Rex volvió a casa. Los dos hombres fueron correctos pero no se cayeron demasiado bien, saltaba a la vista. Rex estudiaba en la universidad. Éramos muy pobres en aquella época, pero Rex parecía más mayor, más confiado. Cierto aire de triunfo, quizá con un punto de soberbia. Beau actuaba como si nada le importara mucho, aunque yo ya me había dado cuenta de que no era verdad. Cuando se fue, Rex dijo que no le gustaba la idea de que me dedicara a traer a casa músicos descarriados. Beau estaba volviendo en autostop a Nueva York, a la Gran Manzana, después de seis meses en San Francisco. Se alojaba en casa de unos amigos, pero trabajaban todo el día, así que los cuatro días que se quedó allí vino a vernos a Ben y a mí. Beau necesitaba hablar. Y para mí era estupendo escuchar a alguien, más allá de las cuatro palabras que decía Ben, así que me alegraba de verlo. Además, hablaba de amor. Se había enamorado. A mí no me cabía duda de que Rex me quería, de que éramos felices y que viviríamos felices juntos, pero no estaba locamente enamorado de mí como Beau lo estaba de Melina. En San Francisco, Beau había trabajado vendiendo bocadillos con un carrito de comidas, además de café, repostería y refrescos, que trajinaba de un lado a otro por las distintas plantas de un coloso de oficinas. Un día entró en el despacho de una compañía de seguros y vio a una mujer. Era Melina. Estaba archivando documentos, aunque no realmente, porque miraba por la ventana con una sonrisa soñadora. Tenía el pelo largo y rubio teñido, y llevaba un vestido negro. Era muy menuda y delgada. Pero fue su piel, dijo Beau. Más que una persona, Melina parecía una criatura de seda blanca, de vidrio opalino. Beau no supo qué le sucedía. Dejó el carrito y a los clientes y cruzó una pequeña puerta hasta donde estaba ella. Le dijo que la amaba. Te deseo, le dijo. Conseguiré la llave del baño. Vamos. Solo serán cinco minutos. Melina lo miró y dijo: ahora voy. Entonces yo era muy joven. Me pareció la historia más romántica que había oído nunca. Melina estaba casada y tenía una hijita de un año más o menos. La edad de Ben. Su marido era trompetista, y estuvo de gira los dos meses que Beau pasó con ella. Vivieron una aventura apasionada, y justo antes de que el marido volviera Melina le dijo a Beau: «Es hora de que sigas tu camino». Así que se marchó. Beau dijo que era imposible no obedecerla, que no solo lo hechizaba a él o a su marido, sino a cualquier hombre que la conociera. No había lugar para los celos, dijo, porque parecía completamente natural que cualquier otro hombre la amara. Por ejemplo... el bebé ni siquiera era de su marido. Durante un tiempo habían vivido en El Paso. Melina trabajó en Piggly Wiggly envasando carne y pollos y envolviéndolos en plástico. Detrás de una mampara transparente, con uno de esos ridículos gorros de papel. Y aun así, aquel torero mexicano que había entrado a comprar unos filetes la vio. Aporreó el mostrador y llamó al timbre, le insistió al carnicero que tenía que ver a la mujer que envasaba la carne. La obligó a marcharse del trabajo. Así es como te afectaba, dijo Beau. Necesitabas estar cerca de ella inmediatamente. Unos meses más tarde Melina se dio cuenta de que estaba embarazada. Loca de alegría, se lo contó a su marido. Él se puso hecho una furia. No puede ser, dijo, me hice una vasectomía. ¿Qué? Melina se indignó. ¿Y te casaste conmigo sin decírmelo? Lo echó de la casa a patadas, cambió las cerraduras. Él le mandó flores, le escribió cartas apasionadas. Durmió delante de la puerta hasta que al final lo perdonó. Melina cosía la ropa de la familia. Había tapizado con tela todas las habitaciones del apartamento. En el suelo había colchones y almohadas, podías ir gateando como un bebé de carpa en carpa. A la luz de las velas día y noche nunca sabías qué hora era. Beau me lo contó todo sobre Melina. Que su infancia transcurrió en varias casas de acogida, que a los trece años se escapó. Fue bailarina en un bar de alterne (no estoy segura de lo que significa eso) y su marido la había rescatado de una situación muy fea. Es dura, dijo Beau, y malhablada, y sin embargo sus ojos, su tacto, son los de una criatura angelical. Ella fue el ángel que entró en mi vida sin avisar y me condenó para siempre... Se ponía muy dramático, y a veces incluso lloraba desconsolado, pero a mí me encantaba que me hablara de ella, me habría gustado ser como ella. Dura, misteriosa, bella. Me dio pena que Beau se marchara. También él fue como un ángel en mi vida. Después de conocerlo me di cuenta de qué poco hablaba Rex conmigo o con Ben. Me sentí tan sola que incluso pensé en convertir nuestras habitaciones en carpas. Unos años más tarde estaba casada con otro hombre, un pianista de jazz que se llamaba David. Era un buen hombre, pero también callado. No sé por qué me casé con esos tipos callados, cuando a mí lo que más me gusta en el mundo es hablar. Teníamos muchos amigos, eso sí. Los músicos que pasaban por la ciudad se quedaban en casa y mientras los hombres tocaban, las mujeres cocinábamos y charlábamos y nos tumbábamos en el césped a jugar con los niños. Intentar que David me contara cómo era de pequeño, o me hablara de su primera novia, de cualquier cosa, era como arrancarle una muela. Sabía que había vivido con una mujer, una pintora muy guapa, durante cinco años, pero no quería hablarme de ella. Eh, le dije, yo te he contado mi vida, explícame algo sobre ti, dime cuándo te enamoraste por primera vez... Se echó a reír, pero al final me lo contó. Eso es fácil, me dijo. Fue de una mujer que vivía con su mejor amigo, un contrabajista, Ernie Jones. En el valle al sur de la ciudad, junto al canal de riego. Una vez David había ido a ver a Ernie y, como no lo encontró en casa, bajó al canal. Ella estaba tomando el sol, desnuda y blanca sobre la hierba verde. Para protegerse los ojos llevaba esas blondas de papel que ponen en los platitos de los helados. —¿Y? ¿Ya está? —dije, tratando de sonsacarle más.—Bueno, sí. Ya está. Me enamoré. —Pero ¿y ella cómo era? —No parecía de este mundo. Una vez Ernie y yo nos habíamos echado junto al canal, hablando, fumando hierba. Estábamos hechos polvo porque a ninguno de los dos nos salía trabajo. Vivíamos con lo que ganaba ella, haciendo de camarera. Un día trabajó en un banquete y se llevó todas las flores a casa. Había tantas como para llenar una habitación, pero lo que hizo fue cargarlas río arriba y echarlas al canal. Así que Ernie y yo estábamos allí, cabizbajos en la orilla, mirando el agua turbia, y de pronto millones de flores pasaron flotando. Ella trajo comida y vino, incluso cubiertos y manteles que colocó en la hierba. —Entonces, ¿hiciste el amor con ella? —No. Ni siquiera llegué a hablar con ella nunca, al menos a solas. Simplemente la recuerdo ahí, estirada en la hierba. —Hum —dije, complacida por los detalles y la mirada bobalicona que puso. Me encantaba el romance en cualquiera de sus formas. Nos mudamos a Santa Fe, donde David tocaba el piano en Claude’s. Pasaron un montón de buenos músicos por allí esos años, y actuaban una o dos noches como invitados del trío de David. Una vez vino un trompetista realmente bueno, Paco Durán. A David le gustaba tocar con él, y me preguntó si me parecía bien que Paco y su mujer y su hijo se quedaran en casa una semana. Claro, dije, será estupendo. Y lo fue. Paco era un músico fabuloso. David y él tocaban toda la noche en el club y también el día entero en casa. La mujer de Paco, Melina, era exótica y divertida. Hablaban y se comportaban como los músicos de jazz de Los Ángeles. A nuestra casa la llamaban «la choza», y decían «¿lo pillas?» o «fetén». Su hijita y Ben se lo pasaban en grande juntos, aunque estaban en esa edad en que lo tocan todo. Intentamos meterlos en un parquecito, pero ninguno de los dos consentía quedarse allí. A Melina se le ocurrió que lo mejor era dejarlos a su aire y meternos nosotras en el parquecito, con nuestro café y nuestros ceniceros a salvo. Así que eso hicimos, sentarnos dentro mientras los niños sacaban libros de las estanterías. Ella estaba hablándome de Las Vegas, pero hacía que sonara a otro planeta. Mientras la escuchaba me di cuenta, no solo al mirarla sino rodeada por el aura de su belleza, de que era la Melina de Beau. Curiosamente, sin embargo, no fui capaz de contárselo. No pude decirle: Eh, eres tan guapa y extravagante que tienes que ser la mujer por la que Beau perdió la cabeza. Aun así pensé en Beau y lo añoré, deseé que las cosas le fueran bien. Melina y yo preparábamos la cena y luego los hombres se iban a trabajar. Bañábamos a los niños y salíamos al porche de atrás, fumábamos y tomábamos café, hablábamos de zapatos. Hablamos de todos los zapatos que habían marcado nuestra vida. Los primeros mocasines, los primeros tacones altos. Plataformas plateadas. Botas que habíamos tenido. Manoletinas perfectas. Sandalias hechas a mano. Huaraches. Tacones de aguja. Mientras hablábamos, nuestros pies descalzos se retorcían en la hierba verde y húmeda junto al porche. Ella llevaba las uñas pintadas de negro. Me preguntó cuál era mi signo del zodiaco. Normalmente el horóscopo me irritaba, pero dejé que me revelara todos los detalles de mi personalidad Escorpio y creí hasta la última palabra. Entonces le dije que sabía leer las líneas de la mano, un poco, y estudié las suyas. Había oscurecido, así que fui a buscar una lámpara de queroseno y la puse en los escalones entre las dos. Sostuve sus manos blancas a la luz de la lámpara y de la luna, y recordé lo que Beau había dicho de su piel. Era como tocar vidrio frío, plata. Me sé el manual de quiromancia de Cheiro de memoria. He leído cientos de manos. Si digo esto, es para que quede claro que realmente mencioné las cosas que veía en las líneas y los resaltos de sus manos. Pero más que nada le dije todo lo que Beau me había contado de ella. Me da vergüenza reconocer por qué lo hice. Estaba celosa de ella. Era tan deslumbrante... No es que hiciera nada en especial, deslumbraba por ser como era. Yo solo quería impresionarla. Le conté la historia de su vida. Le hablé de los terribles padres adoptivos, de cómo la protegió Paco. Dije cosas como: «Veo a un hombre. Un hombre atractivo. Peligro. Tú no estás en peligro, es él quien lo está. ¿Un piloto de carreras, un torero, quizá?». Joder, dijo ella, nadie sabía lo del torero. Beau me había contado que una vez le acarició el pelo y le dijo: «Todo irá bien...», y que ella se echó a llorar. Le dije que ella nunca lloraba, jamás, ni siquiera cuando estaba triste o furiosa, pero que si alguien la trataba con ternura y le acariciaba el pelo y le decía que no se preocupara, quizá eso la haría llorar... Prefiero no contar nada más. Me da vergüenza. Solo diré que mis palabras tuvieron exactamente el efecto deseado. Se quedó allí sentada mirándose sus preciosas manos y susurró: «Eres una hechicera. Eres mágica». Pasamos una semana maravillosa. Fuimos juntos a los bailes criollos, y subimos hasta el parque nacional de Bandelier y el pueblo de Acoma. Nos sentamos en las cuevas rupestres de Sandía. Nos sumergimos en los baños termales cerca de Taos y fuimos al santuario de Chimayó. Un par de noches incluso pagamos a una niñera para que Melina y yo pudiéramos ir al club. La música fue formidable. —Me lo he pasado estupendamente esta semana —le dije. —Yo siempre me lo paso estupendamente — dijo ella, sin más. La casa se quedó muy silenciosa cuando se marcharon. Me desperté, como de costumbre, cuando David volvió a casa. Estuve a punto de confesarle la farsa de la quiromancia, pero me alegro de no haberlo hecho. Estábamos tumbados en la cama a oscuras cuando me dijo: —Era ella. —¿Quién? —Melina. Ella era la mujer desnuda en la hierba.

del libro "Manual para mujeres de la limpieza" de Lucia Berlin (en Anagrama)

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