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lunes, 7 de marzo de 2016

Iván Rojo. un relato y tres poemas



ESTO ES LO QUE PASÓ
Me fui a ver Los odiosos ocho. Martes, 23:10. Cuatro gatos mal contados desperdigados por el patio de butacas. Poco antes de empezar la película entró una señora en la sala. Una anciana. No sé, por lo menos ochenta, menuda y con bastón. Se dejó caer en una butaca de la fila anterior a la mía, un poco a mi izquierda. Podía oler su laca. Hizo amago de quitarse el abrigo pero tras forcejear un rato consigo misma desistió en su empeño. Las luces se apagaron. Dio comienzo la proyección. Cómo se reía la mujer. A veces bajito y otras a carcajadas, pero estuvo riéndose desde el principio. Una risa cascada y traviesa que no me molestaba en absoluto. Era como si formara parte de la película, de su banda sonora, encajaba a la perfección en la historia. Así que la interioricé sin problemas, tanto que en cierto momento lo que me llamó la atención fue precisamente lo contrario: haber dejado de oírla. La vieja ya no se reía. No sabía cuánto tiempo llevaba callada pero tenía la sensación de que demasiado. La miré en busca de alguna señal. Nada. Allí estaba en su butaca, más quieta que un muerto. Me incliné sobre el respaldo del asiento de delante para observarla desde un mejor ángulo. Tenía los ojos cerrados. Joder, pensé, joder. Fijé la mirada en su pecho y la mantuve allí posada largo tiempo. Ni la menor oscilación. No respiraba. Mierda. De un salto pasé a su fila y me senté a su lado. Al resplandor evanescente de la pantalla su piel era azul y sus labios blancos.
Señora, le susurré, señora.
No hubo respuesta. No sabía muy bien qué hacer. Le soplé suavemente en la nariz. Ni la menor reacción. Entonces, en un gesto audaz que me sorprendió sobremanera, acerqué la mano a su rostro y con el pulgar le levanté el párpado derecho. Dios. Su ojo me miraba fijamente, gris y acuoso, como el de un pez. Se me pusieron los pelos de punta. 
¿Qué pasa?, me dijo fríamente. 
Disculpe, yo solo...
La mujer blandió su bastón. Me puso la empuñadura frente a los ojos. Tenía forma de caracola.
Querías robarle el bolso a una pobre vieja, ¿eh, cabrón?
Señora, yo no... Por favor, señora.
¿No? ¿Qué se supone que hacías, entonces?
Nada, nada, balbuceé torpemente. 
¿Nada? Pues para empezar quita tu dedo de mi ojo.
Obedecí avergonzado. Me atreví a preguntar:
¿Está vd bien?
No, contestó. Estoy vieja y cansada. Y me has jodido mi cabezadita.
Usted perdone, acerté a decir, y me largué de vuelta a mi asiento.
En realidad elegí otro, mucho más alejado de la anciana. Al cabo de un rato volví a oír su risa. Y me gustó, sí, pero no tanto como al principio de la película. Había algo inquietante en ella. Algo sabio e imprevisible. Unos minutos después, cuando le vuelan los huevos a Samuel L. Jackson, exclamó: Maravilloso.
Lo oí claramente. Y se descojonó hasta el final de la peli como nunca hasta ese momento. Parecía al borde del colapso. Pero sabía que no tenía de qué preocuparme. Era fuerte, aquella mujer. Y sabía reírse.

LOVELAND
Tu smartphone sabe
qué día es hoy,
dónde estás,
las ofertas de trabajo
que se adaptan
a tu perfil
y la ruta más rápida
para conducir a todos esos sitios
que te importa un huevo
llegar a conocer.
Tu smartphone sabe
qué tiempo hace ahora mismo
en Loveland, Colorado, USA.
En todo lo demás
es tan o tan poco inteligente
como tú.
Tranquilo.

8x8
No logré que te interesaras por el ajedrez.
Tan solo un par de partidas, al principio.
Me imagino que por aquello de la novedad.
No me gusta, decías, esto es muy lento.
Sí, me confié: te supuse un rival fácil.
Y, ya ves, ahora me acorralan tus piezas.
Eres toda una maestra: caí en tu juego.
Vas a darme mate en tres. Dos. Uno.
Bien jugado.

Fueraborda. 
Así llama
todo el mundo al jefe
en la oficina y en general
en el sector del producto financiero.
Su tórax
como un motor fueraborda
encorbatado,
todo fuerza y energía,
capaz de llevar a su equipo
al número 1 de ventas
cinco años consecutivos.
Fueraborda.
Yo también lo llamo así.
Pero por otros motivos.
El ruido.
El ruido que hace cuando habla.
Como si tuviera una hélice
en la garganta.
Y cómo contamina
el agua fría de mis mañanas
con solo darme los buenos días.

la fotografía es de Lee Jeffries


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