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martes, 5 de enero de 2016

Prefiero que me quite el sueño Goya a que lo haga cualquier hijo de puta. Rodrigo García

Prefiero que me quite el sueño Goya a que lo haga cualquier hijo de puta.
Prefiero que me quite el sueño Goya a que me lo quite Adidas‚ Pescanova‚ Volkswagen‚ la vecina‚ un gilipollas que dice ser mi amigo o una cabrona que repite que me quiere.
Si no puedo dormir una noche‚ joder‚ al menos que sea por un cuadro de Goya.
Y no por un coche que no puedo comprar.
Ni por una lata de albóndigas que me zampé fría y me sentó fatal.
Ni por haber llegado otra vez tarde a las rebajas a pillar lo más barato de lo peor‚ que era para lo que nos alcanzaba el dinero.
Lo cierto es que me quita el sueño cada chorrada que me deprimo hasta casi tocarfondo. Y no me gusta nada. Con catorce años ya me dije: tú no vas a tocar fondo. Y empecé a comprar‚ intercambiar y pedir prestados y no devolver jamás libros y a robarlos como un enfermo‚ de donde fuera y a quien fuera: da lo mismo la FNAC‚ la Casa del Libro‚ una biblioteca pública o la del padre de mi mejor amigo. Que les den por culo a todos.
La gente piensa que para no tocar fondo hay que planificar algo. Y lo que yo digo es: la única forma de no tocar fondo es hacer algo. Y hacer algo es‚ evidentemente‚ lo opuesto a planificar algo. Planifican los tímidos y mientras tanto el mundo se va haciendo torpemente; la historia y la geología avanzan gracias a los que se pringan hasta arriba‚ a los que tienen huevos.
¡Pero mira la gente que se pringa!
¡Vaya Hit Parade!
¡Tony Blair‚ Hitler‚ Jesús Gil…
¡Qué cabronada!
Menos mal que hay gente del otro lado‚ joder. Inútiles‚ pero peor es nada.
Hay que hacer algo. Sin preocuparse por las consecuencias. Porque la premeditación es el rasgo que peor han desarrollado los seres humanos y mejor que la premeditación –que no es otra cosa que una montaña de prejuicios sedimentados‚ digno de una nueva ciencia que yo llamaría geología-psíquica– mucho más fiable resulta el instinto. No sé si cuando se caza con los dientes o se ataja por el camino más corto para atrapar a la presa se trata de una premeditación-elemental (evidentemente el animal no medita‚ pero a veces parece haber algo un poco más allá del simple reflejo) o no es más que una conducta innata y hereditaria. Sólo sé que tengo pasta en el banco y que debemos hacer algo con toda la pasta ahorrada.
Y eso tiene que ser YA.
Tenemos que ir al Prado una de estas noches‚ les digo a mis hijos.
Y ellos me dicen que tenían planeado ir a Disneyworld de París. Nosotros pensamos que ir a Disneyworld de París sería una idea mejor.
Porque para comprender la tristeza del hombre moderno‚ mejor un ratito con Mickey Mouse en persona‚ o sea‚ un chaval mal pagado que curra doce horas calcinado bajo un traje de peluche sin agujeros de respiración‚ que pasear frente a Saturno devorando a sus hijos o el Duelo a garrotazos o a cualquier cosa que hayan pintado Goya‚ Velázquez‚ Zurbarán o El Bosco‚ me dice el mayor de mis dos chavales.
Y yo les digo: mirad chavalotes‚ no quiero usar vuestras cabezas como putos balones de fútbol. ¿Qué Disneyworld ni qué pollas? Vamos a ir al museo del Prado una de estas noches y de camino vamos a subir al taxi a algún amiguete para que nos dé un poco de charleta y vamos a llevar algo de beber también‚ una de esas botellas perfectas que tienen Macallan dentro… Y mogollón de cocaína.
Me siento con los pibes en la mesa de la cocina –que es el único sitio de la casa que
aguanto– y dejo las cosas claras: tengo dinero ahorrado‚ los ahorros de toda una vida.
Y pongo encima de la mesa de la cocina mis ahorros de toda una vida; que fui esta mañana al banco y los saqué‚ con dos cojones: cinco mil euros. Un pastón.
Tengo cincuenta años y cinco mil euros en el banco.
Tengo casi un kilo en el banco y vamos a hacer algo‚ les digo los chavalotes‚ vamos a hacer algo bien gordo‚ joder.
Con esa pasta no puedes ir ni a la esquina‚ me dice mi hijo de seis años.
¡Con un kilo no hacemos nada!
Ni un piso‚ ni un viaje cojonudo‚ ni la cirugía plástica‚ ni un coche como Dios manda.
No puedes comprar nada que te dé estabilidad‚ porque la estabilidad tiene un precio‚ al menos la económica‚ que ya veremos la emocional‚ si es que existe. Ya que la estabilidad emocional depende directamente la estabilidad económica‚ me dice mi hijo de seis años.
Y yo le digo a mi hijo de seis años que me repita lo último que ha dicho.
Y el tío va y lo repite.
Y yo me reboto. Y le digo: mira pendejo de mierda‚ la estabilidad emocional y la estabilidad económica mantienen una relación inversamente proporcional. Así que no me toquéis las pelotas.
Y mi hijo mayor me suelta‚ el muy cabrón: con un kilo‚ chaval‚ me parece que eres de lo menos estable que me he cruzado últimamente por la calle.
Y yo les digo: no me seáis hijos de puta‚ nosotros no aspiramos a una vida estable‚
porque la vida es un follón de la leche y nosotros aspiramos a revolcarnos en ese follón‚ a confundirnos con lo que tocamos y a diferenciar en la bruma lo que nos da la gana y creemos pertinente: lo que nos pertenece a cada uno de nosotros. Según la genética‚ lo aprendido y el azar.
Y mi hijo de once años interpreta como le da la gana mis palabras y me suelta: a eso le llamo yo intensificar el vacío. ¿Tu de qué vas? ¡No somos unos tarados! ¿No vamos a ir a una discoteca a meternos pastillas‚ tío‚ qué cojones te pasa? Para cansar un cuerpo‚ nosotros lo vamos a cansar con cierto sentido‚ le vamos a dar a la fatiga nuestra propia orientación‚ tiempo y calidades.
Y el de seis años dice: Lo que yo busco es un rayo de plenitud
en medio de este marasmo estúpido
empeñado en agravar la nada.
Quiero ocultar algo de la vista de todos
y quiero cavar.
Y voy a coger una pala y voy a ponerme a cavar.
El vértigo no nos da ninguna clase de espesor.
Al contrario.
Tanta velocidad nos deja en los huesos.
Acumular experiencias –leí en un libro– no nos protege.
Y yo le suelto: ¿Ah‚ si?! ¿Y para eso queréis ir a Disneyworld‚ capullos?
Y mi hijo me habla del significado del pato Donald y yo me llevo las manos a la
cabeza.
No conozco a mis abuelos –dice.
No he heredado ninguna tradición.
No sé encender el fuego.
No sé ni dos palabras de un dialecto a punto de extinguirse y que
No puedo perpetuar.
Sólo puedo elegir entre agitarme o detenerme y coger de la mano a un tipo disfrazado de Mickey Mouse en Disneyworld y contar mis problemas y mis alegrías a ese desconocido todo sudado bajo el traje de muñeco.
Sólo al perro Pluto le puedo contar mi vida.
Me estáis jodiendo el proyecto‚ les digo.
Vamos a intentar ser razonables. Tenemos cinco mil euros. Mis ahorros de toda la vida‚ joder. Vosotros os cachondeáis‚ decís que con eso no vamos a ninguna parte. Y yo os digo: nos vamos a pulir la pela y nos la vamos a pulir mejor que nadie. Mejor que Lady Di y Dodi Al Fayed juntos echando un polvo en el asiento de atrás de un Mercedes a 230 por hora bajando por el túnel del puente del Alma.
Porque si Cristo multiplicó los panes y los peces‚ nosotros con cinco mil euratas podemos hacer virguerías: ir de putas‚ comprar whisky‚ mogollón de cocaína y acabar todos en el Museo del Prado.
A ver las Pinturas Negras de Goya.
Y el chavalote mayor me dice: prefiero ir a Disneylandia
Y el chavalote pequeño suelta: por una vez en la vida‚ vamos a hacerle caso al viejo‚
a ver si hay suerte‚ a ver si suena la flauta…
Con esta carta blanca que me dan mis hijos ya estoy en condiciones de plantear mi
propuesta como debe ser.
Nada de ir por ahí‚ los tres puestos hasta el culo‚ los chavalotes y yo‚ por discotecas‚
puticlubs de carretera‚bares de taxistas‚ churrerías‚ afters‚ comprando bocatas en la
calle a los chinos a las seis de la mañana… no señor.
Eso nos gusta‚ pero de momento‚ eso‚ para nosotros‚ significa “tirar el dinero”. Porque tenemos novecientos talegos nada más. Y nosotros no vamos a “tirar el dinero”‚ vamos a repartir la pela que tenemos con criterio‚ y vamos a diferenciarnos de mogollón de peña gracias al criterio‚ que no hay que confundir con la sensatez –ya que para nosotros el criterio incorpora el elemento confusión al cien por ciento– y eso se lo debemos a nuestra biblioteca‚ joder.
A la famosa biblioteca de Espinaredo.
Porque si algo nos diferencia del resto‚ es que en casa tenemos una biblioteca. La Famosa Biblioteca de Espinaredo.
La lavadora está rota‚ en la tele se ven sólo dos cadenas‚ la plancha perfora la ropa‚ el lavavajillas jamás funcionó‚ la aspiradora hace un ruido infernal‚ el móvil no tiene cobertura ni batería y la memoria del Mac petó… pero la biblioteca nos sigue funcionando‚ joder.
Y les digo a los chavalotes: de todos los electrodomésticos que compramos para la casa‚ me quedo con la biblioteca.
Y como la biblioteca no es ni un electrodoméstico ni una sola cosa‚ como la biblioteca de Espinaredo es una coagulación de volúmenes y lomos y tipografías y pensamientos y sueños y cobardías y colores y centímetros de alto‚ largo y fondo‚ y de olor a papel‚ como una biblioteca es todo menos un electrodoméstico‚ cosa que se ve a la legua‚ mis chavalotes no dicen nada‚ pero se fían‚ joder. Se fían. Y sueltan‚ finalmente: venga‚ vámonos al Prado.
Que preferimos que nos quite el sueño Goya a que lo haga cualquier hijo de puta.
Y no le vamos a dar el kilo que tenemos ahorrado a ninguna inmobiliaria‚ ni a ningún banco ni a ningún concesionario Renault. Nos vamos a pulir la pasta en ir a ver a Goya. A nuestro aire.
Me parece que vamos a ir una de estas noches al museo del Prado‚ cuando ya está cerrado el museo‚ y nos vamos a colar por la ventana. Le vamos a dar una pedrada a una ventana y nos vamos a colar.
Los chavales insisten en que quieren ir a Disneyworld y yo les digo que te la pone más dura romper una ventana y colarte en el Prado a las tantas de la noche que gastar la pela viajando hasta París para ver al maricón del perro Pluto.
Y que si no les mola lo del Prado‚ estamos a tiempo de cambiar el plan. Que nos vamos a unos garitos de carretera que yo me sé‚ que quedan a tomar por el culo‚ en la carretera que va desde Infiesto a Llanes‚ a follarnos todo lo que se nos ponga por delante. Así los chavales saben ya desde muy temprano qué es el sexo. Así saben lo que les espera. Que todo el mundo habla del sexo y nadie sabe follar como tiene que ser‚ hostias. Y que le llaman a esos intentos patéticos‚ nada menos que practicar el sexo. Como si se tratara de tirar la jabalina o de chutar un corner. Van a saber ya desde chavales‚ que los tíos se corren incluso metiendo la polla entre dos almohadas o en el peor de los casos en una misma almohada doblada al medio. Y que las tías‚ no se corren prácticamente nunca si no es metiéndose mano a sí mismas. Que todo dios se las apaña para correrse solo‚ tocándose y haciendo cosas ingeniosas incluso‚ y que en contacto con el otro todo es fingimiento y desesperación. Y que una eléctrica necesidad de cariño reprimida‚ jode siempre el experimento. Van a saber que el sexo que todos glorifican y subliman‚ es sencillamente un chasco para un porcentaje altísimo de la población. Ya que echar un buen polvo una noche‚ puede que te toque. Pero follar como un salvaje mínimo cuatro días por semana está bien chungo. Y todo el mundo cree que ha follado bien y realmente nadie ha follado bien nunca. Y tendríamos que hablar durante dos semanas de lo que significa “disfrutar en la cama” y de lo que significa el placer. Y se ponen todos como focas‚ a reventar de pasteles. Saben comer pasteles‚ pero no saben comer una polla. Hacen tres‚ cuatro‚ cinco comidas al día‚ pero no saben comerse un coñito.
La cosa es que vamos a ir al Prado pero desde un poquito a tomar por culo‚ para sacarle provecho al viaje.
Vamos a pillar a un taxista y le vamos a decir: escucha‚ nosotros vivimos aquí al lado‚ en la calle Huertas y queremos llegar al Prado pero tardando bastante‚ como mínimo‚ hora y media‚ así vamos charlando. Y el taxista me dice: mira tío‚ el Prado queda a dos calles y lo mejor es que te vayas andando que un poco de ejercicio es bueno para que se te pase la borrachera. Además‚ el Prado cierra a las siete y ya son casi las nueve. Y yo le digo: escucha gilipollas de mierda‚ que yo sé de qué te estoy hablando: vamos a ir hasta Barajas primero‚ a recoger a un amiguete. Y de Barajas al Prado. Y el tipo echa a andar el contador de las perras y salimos por fin de excursión. Manda huevos: ¡y yo que creía que como padre de familia si metías tus niños en el taxi te respetarían más! Pero ni así…
Tenemos casi un kilo encima –les digo a los chavales– mirad el fajo‚ y si os parece bien‚ lo vamos a repartir de esta manera: 20 talegos se nos van a ir en el taxi. Porque vamos a estar dando vueltas como mínimo tres horas.
En drogas llevamos gastadas ya 150 lucas.
Y con las 700 y pico que nos quedan he contratado por una hora y media al filósofo Peter Sloterdijk. Porque es filósofo y porque está de moda. Si estuviera de moda y no fuera filósofo‚ no lo subimos a nuestro taxi con nosotros ni de coña. No vamos a subir al taxi a Tom Cruise‚ ni a Zidane‚ ni al rapero ese que no sé ni cómo se llama‚ sólo porque están de moda.
Tampoco vamos a subir a cualquier filósofo solo porque es filósofo.
Llamamos al Peter Sloterdijk porque es filósofo y está de moda. Y porque me sale a mí de las pelotas.
Y la secretaria del Sloterdijk nos dice que el muy capullo quiere 2 kilos para venirse a
España. Ni hablar‚ le dije. Nosotros tenemos 700 talegos y ni una sola perra más‚ joder. ¿En euros cuánto es? 4200 euros‚ me dice mi hijo de seis años. Por esa pela Peter Sloterdijk no se mueve de casa‚ me dice la secretaria por teléfono‚ la secretaria de Peter Sloterdijk por teléfono‚ la muy guarra.
Y yo me enrollo cantidad y le digo que al lado del Prado podemos tomarnos unas croquetas de cagarse en Casa Manolo. Y que el presupuesto nos llega también para media ración de Jabugo y una botella de Ribera. Y el Sloterdijk se pone al teléfono y dice: trato hecho.
El avión nos sale por 900 euros ya que “no pasa el fin de semana”. No me suelto a largar sobre los hijos de puta de las líneas aéreas porque me llevaría como mínimo seis horas.
El hotel nos sale por 500 euros esa noche‚ porque el mayor de mis chavales dice que quiere ponerle al Sloterdijk en el Palace y cuando le digo que el Ritz es más sensato porque queda al lado del Prado y que el Palace es peligroso porque está al otro lado del paseo del Prado y hay que cruzar entre tanto coche y el Sloterdijk seguro que va a ir mamado‚ me dice: al Sloterdijk lo vamos a poner en el Palace porque en el Palace dormía Borges y porque en el Ritz durmieron Britney Spears y Mel Gibson. Y porque me sale de los huevos.
Y esta última razón me conmovió tanto que dije‚ vale‚ si te sale de los huevos‚ se hace como tú dices.
O sea que con estos gastos imprevistos‚ nos quedan para el Sloterdijk unos 2.400 euros y tenemos que renegociarlo todo con su secretaria‚ porque le habíamos prometido prácticamente el doble. Pero ya era tarde porque el Sloterdijk ya había salido para aquí.
Ya ha salido para allá‚ me dice la tía.
¿Ya ha salido para aquí? le digo.
Pues vamos a buscarlo a Barajas.
Y nos presentamos. Y el tipo llega. Puntual. ¡Cómo son los germanos! Y me pregunta por las croquetas de Casa Manolo. Menudo es el tío: sale por el control de Policía y ya está con el rollo de las croquetas y el Jabugo. Lo metemos en el taxi y le explico de qué va la cosa. Le digo: mira‚ nosotros en la familia tenemos ahorrados cinco mil euros y nos los vamos a pulir de esta forma: queremos ir al Prado‚ romper una ventana y ver alguna pintura negra de Goya sin que nadie nos toque los huevos y quedarnos toda la noche a nuestro aire. Llevamos birras y bocatas de tortilla para tirar toda la noche.
Cuando amanezca nos volvemos a casa. Y Santas Pascuas.
Antes de meternos al museo‚ nos tomamos todos juntos las croquetas en Manolo y mientras enfilamos para Manolo‚ de camino en el taxi‚ vamos de charleta contigo.
Tu estás aquí para soltarnos la chapa en el taxi de Barajas a Casa Manolo. Y listo. ¿Que la charla se pone interesante?‚ le digo al taxista que le dé vueltas‚ para hacer tiempo‚ a Neptuno. O a los Jerónimos. Que son dos monumentos de mierda. Una es una estatua que no vale nada y la otra es una iglesia que tampoco vale gran cosa. Pero Madrid no tiene mucho de dónde rascar. Si quieres ver monumentos‚ te vas a Florencia. Aquí vienes a hablar de filosofía en el taxi‚ de Barajas al Prado y a zampar croquetas y a regarlas con un Riberita.
Y le detallo el presupuesto: lo que vale el taxi‚ el avión‚ la habitación del Palace‚ la ración de croquetas‚ la media ración de Jabugo‚ una botella de un Ribera aceptable‚ y el tipo me dice que el proyecto le parece bien. Me gusta el proyecto‚ me dice. Pero yo habría llevado a los chavales a Disneyworld de París.
Esta última frase‚ no sé si es del hijo de la gran puta del Sloterdijk o de mi hijo menor‚ que me va traduciendo todo del alemán y puede que me la haya colado el muy capullo.
El Sloterdijk ve la botella de Macallan y nos pide un trago y mi chavalote el pequeño le suelta‚ en un perfecto alemán: el Macallan es para dentro del museo del Prado y no está incluido en tu contrato. Contigo sólo tenemos croquetas‚ media de Jabugo y una botella de Ribera. ¡No te enteras‚ tío!
Bonita noche de verano en Madrid‚ ¡joder!
¡Guauuu! Me veo a mí mismo en el taxi‚ junto a mis dos chavalotes‚ bajando por Serrano directos a la Puerta de Alcalá‚ con todas las ventanas abiertas‚ con el Sloterdijk hablando en alemán que no le pillo ni una palabra y el taxista menos‚ los semáforos de Serrano tan bien sincronizados‚ verde‚ verde‚ verde… que me digo: ole tus huevos‚ anda que no te gastas la pasta de puta‚ puta‚ puta madre. ¿Que con 5.000 euros no puedes hacer nada importante?
No me jodas: prefiero que me quite el sueño Goya a que lo haga cualquier hijo de puta.
Y cavo profundo en mi
Diminuto pedazo de tierra
Cavo siempre por debajo de mis pies que me sostienen cavando
Y doy espesor a una sola acción
Y la protejo de vosotros con tantos pensamientos como
Una cebolla de capas y capas y capas de piel de cebolla
Y soy más que nunca una cebolla
Rodeada de finas y precisas y húmedas capas de
Pensamientos
Y alejándome os busco
Entero
Desaparecido-desapareciendo
Cavando
Y el Peter Sloterdijk dice: ¡Qué idea cojonuda! ¡Yo también quiero entrar al Prado por la ventana esta noche! No me jodáis‚ ¿no me vais a dejar tirado? Y yo le digo: ¡vaya hijo de puta! con la pela que cobras‚ tú te vas al Palace‚ te pules el mini bar entero‚ pones el canal porno o llamas a una puta y a dormir la mona; que mañana te vuelves para Alemania y llega un taxi a recogerte a las cinco y media.
Aún así‚ salvado este contratiempo‚ la charla en el taxi se pone interesante. Mi hijo de seis años sigue cada reflexión del Sloterdijk sin perderse ni un detalle y suelta unas réplicas en alemán que deben ser la leche‚ ya que el Sloterdijk se queda en silencio unos segundos y le responde otra vez entusiasmado. Se habló de todo y con eso vamos a hacer un libro‚ porque llevamos escondida una grabadora en la mochila‚ entre la coca. No somos tarados. El Sloterdijk está de moda. Vamos a hacer un libro‚ nos vamos a forrar‚ y ni se va a enterar.
Me tengo que saltar prácticamente todos los detalles‚ joder. Para ir al grano. Cómo nos peleamos por la ración de ocho croquetas. Cómo bajaba la botella de Ribera. Las lágrimas y el babeo del Sloterdijk con el Jabugo en la boca entreabierta. Nos salió interesante el Sloterdijk. Estábamos cachondos. El cerebro a tope de sangre. Bum‚ bum la sangre por las venas. Preparados para echar un polvo de los que uno va a recordar de por vida o para romper una ventana del museo del Prado y colarnos a ver a Goya.
En mi esfuerzo por ser democrático dije a los pibes: ¿qué hacemos? ¿Vamos de putas a echar uno de esos polvos que uno luego recordará toda su vida o nos metemos al museo del Prado por la ventana?
Por nosotros‚ mejor vamos a Disneyworld‚ sueltan.
Y yo le digo al taxista‚ que está fuera de casa Manolo esperando: venga‚ tiremos para el museo del Prado que queda aquí a la vuelta.
Y ya en el taxi‚ el chaval de seis años‚ larga: cómo mola hablar con el alemán este. Es lo contrario a hablar contigo.
¡Qué faltón me salió el muy capullo! Y yo que a los niños ya he decidido no golpearlos más‚ joder. Y mira cómo me provocan los muy hijos de puta. Y yo les hablo de mi misión educativa y que cada uno da para lo que da.
Sloterdijk les habla de las macroesferas‚ de las microesferas y de una nueva interpretación de Heidegger y yo los llevo a la cancha‚ joder. A ver perder otro domingo al Atlético de Madrid. Cada cual da para lo que da. Y en el campo del Atlético se aprenden muchas cosas. La filosofía nihilista y la estoica‚ por ejemplo.
Y si la naturaleza y la vida te han dado algo de sentido del humor‚ puede que siendo socio del Atlético de Madrid desarrolles una capacidad asombrosa para el pensar Cínico‚ que no es tontería. Lo digo siempre: Diógenes era colchonero.
Vamos a dejar al nazi este en el Palace y vamos a ir al Prado. Con la mochila a tope de droga‚ bocatas de tortilla y birra y Macallan. Y piedras para romper las ventanas. Y la sangre haciendo Bum Bum. Una fiesta.

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