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lunes, 5 de octubre de 2015

Entrevista a Mohamed Chukri


Entrevista de Jordi Esteva a Mohamed Chukri (1995)

La Irrupción de "El pan desnudo" supuso una conmoción en el panorama literario del Magreb. La autobiografía de Mohamed Chukri era el relato duro, cruel, sin concesiones, de la lucha de un mozalbete por sobrevivir en un Rîf ocupado por las tropas españolas, en la ciudad “canalla” de Tánger, durante la época internacional. "El pan desnudo" es la otra cara del último sueño orientalista. Mohamed nos habla de la misma ciudad que tantos otros escritores, pero esta vez desde el otro lado del espejo. Desde la venganza de quien limpia las botas, abre las portezuelas de los coches y comete pequeños hurtos. "El pan desnudo" nos habla de un periodo, el de la “colonización” española, sobre el cual se ha ejercido la desmemoria histórica. Prologado por Juan Goytisolo en su edición española, y traducido por Pauls Bowles al inglés y por Tahar Ben Jelloun al francés, el inesperado éxito de su primer libro acabó, según nos confiesa en esta entrevista, por aplastarle, hasta el punto de que pocos seguían apostando por Chukri como escritor. Con su tesón, Chukri, amante del reto y del desafío, ha logrado superar el bache con "Tiempo de errores". Hemos mantenido con Chukri conversaciones en los jardines del desaparecido Hotel Villa de France, en su apartamento sobre el cine Río, en el bar Ganeina y en el inefable bar Negresco, donde las malas lenguas afirman que pasa más tiempo que en su casa.
PREGUNTA: ¿Cómo era la vida cotidiana durante la “colonización”?
RESPUESTA: Hace bien en hablar de colonización porque en realidad se trató de eso colonización y no de un protectorado. Si hubiera sido así, tanto los franceses como los españoles se hubieran ido a los cuarenta años, cuando venció el contrato. Pero se quedaron y fue necesario organizar una resistencia para que esos hijos de puta se largaran. No estoy hablando de los pueblos sino de regímenes, el franquista y el colonialista francés. En el Rîf éramos tan pobres y la hambruna tan terrible que moría mucha gente. Unos vecinos míos, incapaces de conseguir alimentos, se inmolaron tapiando desde dentro las puertas y las ventanas de su casa. Cuando alguien logró entrar en la vivienda ya estaban muertos. Mi padre mató a mi hermano porque no paraba de llorar; agobiado porque no tenía absolutamente nada que darle, en un ataque de rabia le agarró por el cuello. Dos días más tarde murió. Desde entonces odié a mi padre.
P.: ¿Cómo eran sus relaciones con los ocupantes?
R.: Más de una vez compartí el pan con españoles humildes, en el barrio de San Antonio en Tetuán. Sobre todo con los gitanos, a quienes siempre he defendido. Eran vecinos nuestros, vivían pobremente, sus puertas estaban siempre abiertas para mi familia y también para muchos payos. Entre los españoles existía una clase marginada de limpiabotas, carteristas, ladronzuelos, gente que se buscaba la vida. Cuando nos instalamos en Tánger también teníamos vecinos españoles. Me sentía mucho mejor con ellos que con el resto de extranjeros. No existía discriminación entre los “sin clase”. Los españoles se llevaron de Marruecos hasta las ventanas y no se agenciaron las puertas porque pesaban demasiado. Y tampoco construyeron mucho. En cambio los franceses dejaron más cosas, sobre todo en el plano cultural. España vivía la crisis política y económica de posguerra. Y, claro, quien no tiene nada, ¿qué va a dejar? Un “sin clase” como yo no tenía acceso al Tánger cosmopolita. No conocí a la “crema”; nos estaba prohibida la entrada a muchos cafés y bares, sólo los marroquíes colaboracionistas o los miembros de las familias muy ricas las podían franquear. Me largué de mi casa a los once años, cuando mi padre mató a mi hermano. Me dedicaba a buscar el pan de cada día. Dormía en los cementerios para escapar a los controles policiales nocturnos. Viví así hasta los veinte años. Fregaba platos, hurtaba, llevaba en bote a los americanos borrachos que habían perdido la última lancha que les devolviera a sus barcos; me regalaban pantalones y paquetes de tabaco. También hice contrabando a pequeña escala. Recuerdo haber vendido cigarrillos a Antonio Machín, que a menudo actuaba en el Teatro Cervantes. Una vez le pedí un autógrafo a Sara Montiel. La noche me “intoxicó” y desde aquella época aborrezco el día. Es para las hormigas humanas.
P.: Resulta increíble que un escritor como usted fuera analfabeto hasta pasada la adolescencia. ¿Qué le hizo aprender a escribir?
R.: Fue un desafío. Compraba revistas para mirar las fotos de grandes cantantes y artistas egipcias: Um Kulthum, Asmahan, Fatti Hamama. Me sentaba en un café y siempre encontraba algún conocido que me leía los textos. Un día se entabló una discusión política sobre Gamal Abdel Nasser y quise intervenir, pero un tipo me lo impidió: “¿Cómo pretendes discutir sobre un tema tan importante con nosotros si no sabes ni escribir tu nombre?”. Salí a la calle y me compré un libro de gramática elemental. A los dos días ya sabía el abecedario. Un tiempo después, trabajé en una escuela de Larache y debo decir que aprendí más de los niños que de los profesores. Años más tarde, me presenté a unos exámenes y conseguí el título de Magisterio. Llegué a ser el maestro de Casa Barata, un barrio de Tánger tan pobre que los niños iban descalzos. Estaba tan contento que me compré una pajarita para lucirla el primer día de clase. Recuerdo que los niños reían y gritaban: “¡Profesor camarero, profesor camarero!”. Incluso hoy, cuando me cruzo con algún antiguo alumno, exclama: “¡Profesor camarero!”.
P.: Imagino que la necesidad de exorcizar todo lo sucedido le llevó a la literatura.
R.: Solía sentarme durante horas en un café frecuentado por un escritor muy elegante, con su traje siempre impecable y sus pajaritas, a quienes la gente tenía enorme respeto. Un día compré sus libros y los devoré en una noche, eran basura, literatura rosa, y me dije a mí mismo: “Yo puedo escribir mucho mejor que él”. Fue otro desafío; quería demostrarme que podía llegar a ser escritor. La escritura se convirtió en una venganza contra aquellos que robaron mi infancia: mi clase, mi familia. Leía mucho. Tuve casi mil libros. Comencé a escribir pero no estaba contento con el resultado y acabé con una gran depresión. Decidí “beberme” los libros. Los vendía de uno en uno para comprar vino. Conseguí “beberme” toda la biblioteca. Salvé un libro de Rosalía de Castro en el que decía: “En el fondo de todo, el mío pensamiento”. Un día, fui a un bar y amenacé al dueño; le dije que si no llamaba a los bomberos rompería todas las botellas. La amenaza surtió efecto pero no llamó a los bomberos. A los diez minutos vino una ambulancia y me llevaron al manicomio. Con una semana hubiera tenido suficiente, pero me quedé unos meses. Me tiré a las locas, a las jóvenes y a las viejas. Recuerdo a un loco empeñado en que le regalara una chilaba blanca porque, según él, el mismísimo Rey había prometido visitarle. Se la conseguí y el mismo día la manchó de sangre en una pelea. Recuerdo a Abraham, un hebreo gordinflón que se quejaba porque los locos lo violaban cada noche. Un día lo encontré envuelto en una sábana masturbándose pensando en su novia, una hebrea muy guapa llamada Estrella. Pasaban cosas muy raras. Una noche un loco estranguló a otro mientras el resto aplaudía.
P.: Su libro "El pan desnudo" refleja esos primeros años en Tetuán y en Tánger: Paul Bowles lo adaptó al inglés; quizá por ello a veces le asocian con Mohamed Mrabet, el narrador oral cuyas historias han sido transcritas por el escritor americano.
R.: Se confunden. Incluso Tahar Ben Jelloun, antes de conocer mi obra en árabe clásico, la lengua en que yo escribo, publicó un artículo muy ingenuo donde decía que Mohamed Chukri había contado su vida a Paul Bowles y éste la había escrito. El presidente de los escritores marroquíes, Mohamed Barrada, le replicó: “Chukri no ha contado su vida a Paul Bowles. Chukri tiene su obra en árabe clásico y, si usted quiere, puede leer su novela y traducirla al francés”. Así lo hizo. Jelloun pidió el manuscrito y lo tradujo. Sí, hay una gran confusión. Todo viene a raíz de la curiosa traducción que Paul Bowles hizo de mi libro. Un amigo común, Edward Roditti, nos presentó y le sugirió que tradujera alguno de mis cuentos. Mis escritos le gustaron, pero como Paul no entiende, ni por supuesto lee, el árabe, se los dicté en español y él los traducía al inglés. Por ello mucha gente pensó que yo era un narrador oral como Mrabet y no un escritor. Y con ello no quiero decir que sea mejor o peor que Mrabet, expresarse en árabe dialectal es también difícil y puede ser muy creativo, pero una cosa es ser un escritor y otra, un contador de historias. Paul no me enseñó a escribir, aunque debo reconocer que su presencia fue un estímulo para continuar. Creo que se interesó en traducir mi primer libro porque los dos compartíamos un resentimiento hacia la figura del padre. El castigo que Paul fue más psicológico que físico. Su padre no le pegaba como el mío, que me cogía como a un conejo, me amarraba a un árbol y me torturaba con su cinturón de cuero, que se conservaba de cuando estuvo en el ejército español. Otras veces me abofeteaba con todas sus fuerzas o me molía a palos. La figura del patriarca agresivo está presente en mis obras porque forma parte de mi vida personal y de la de mi generación. He sufrido lo indecible por culpa del padre. Aunque en honor a la verdad, debo decir que estoy viendo un gran cambio en los padres de hoy. Son más tolerantes, educan mejor a sus hijos, son más comprensivos. La vida está mejorando en Marruecos. Cuando hay mucha miseria las cosas son muy distintas; aparecen los malentendidos, incluso el odio. Y eso es lo que a mí me ocurrió.
P.: Usted tuvo la oportunidad de conocer e incluso codearse con la pléyade de escritores que pasaron por Tánger durante el periodo de ciudad internacional. Escribió un libro sobre dos de ellos: Jean Genet y Tennessee Williams en Tánger. ¿Cómo conoció a Jean Genet?
R.: Me presenté por las buenas. Había leído artículos sobre sus obras. Los libros no porque, hasta hoy, siguen prohibidos en todo el mundo árabe. Se le considera un escritor inmoral, no por ser un ladrón sino por su condición de homosexual, y los árabes son los mayores homosexuales. Lo hacen “todo” a escondidas y luego lo niegan. No tienen la voluntad de hacerse un autoanálisis. Antes no era así; la literatura árabe era más franca y atrevida que la europea. Leyendo la poesía árabe preislámica y la islámica, la de la época de Harún al Rashid, o la andalusí, uno se da cuenta de que era una cultura muy abierta, sin prejuicios morales; luego vino la decadencia. Yo no soy homosexual. Nunca tuve intimidad física ni con Genet ni con Tennessee Williams, Allen Ginsberg, William Burroughs o Paul Bowles. No me importaban sus preferencias. Establecí con ellos relaciones humanas. Apreciaban algunas cosas de mí y yo también les apreciaba. A pesar de que Tennessee Williams también conoció la pobreza, siempre ocultó su origen. Se avergonzaba. Jean Genet era diferente; hablaba un árabe coloquial muy divertido, salpicado de palabras argelinas. Compartíamos muchos sentimientos. Los dos fuimos ladronzuelos, bohemios y desarraigados. Jean era un hombre sencillo que despreciaba lo que yo despreciaba, por eso existió una corriente de simpatía mutua entre los dos. Pasábamos horas y horas sentados en el café hablando de la sociedad marroquí y política. A Tennessee, en cambio, le fascinaban las fiestas burguesas. Le gustaba armar escándalos. Era un gran escritor, no lo niego y le admiro, pero no simpaticé con él. No compartíamos ni el amor ni el desprecio. Entre Genet y yo las cosas eran muy distintas. Éramos cómplices. Empezábamos a almorzar a la una y terminábamos a las nueve, entre el Café de París, el Café de France, al-Minza o el Negresco. Genet ya no escribía. Le gustaba observar y hablar. Recuerdo una noche que me estuvo esperando en el bar Negresco. Me retrasé y él dejó un France Soir y una copa de vino sobre la mesa sobre la que solíamos reunirnos, y advirtió al camarero: “Que nadie toque ni el periódico ni la copa hasta que llegue el señor Chukri, aunque tarde una semana”. No volví a verle. Quiso que le enterraran en el cementerio de Larache y así se hizo. Era un hombre de una personalidad muy especial. Su amante se volvió loco; habían adoptado un niño que decían que era palestino aunque no era verdad. Genet rendía de este modo un homenaje al destino de un pueblo que admiraba. Al amante de Genet, tras su muerte, le daba por emborracharse mucho. Llevaba al niño “palestino” a visitar la tumba de Jean. Un día su coche se estrelló contra un árbol cerca de Assilah. Sin Genet la vida había perdido todo su sentido.
P.: ¿Qué sentía un rifeño en ese mitificado y bohemio Tánger internacional, ciudad de artistas, millonarios, mafiosos y espías?
R.: Me sentía un simple observador. Hacia el final del periodo internacional, estuve en algunas fiestas. Quería saber lo que pasaba, pero no era muy agradable. Lo que reprocho a casi todos esos extranjeros que vivieron tanto tiempo en Tánger es que nunca escribieron nada objetivo. Siempre trataron a los marroquíes de manera secundaria. No analizan la personalidad marroquí. Hablan de botones, simples camareros o de cuerpos que les proporcionan minutos de placer. Los marroquíes aparecen tan sólo para decorar. Esos escritores jamás se interesaron por la sociedad marroquí. La mayoría venían para descansar o para “gozar de sus placeres”. Otros, para escribir o terminar alguna obra. Incluso Paul Bowles, que ha vivido aquí desde 1931, siguiendo los consejos de Gertrude Stein, confiesa que desconoce por completo la sociedad marroquí. Para Bowles, Tánger murió con la independencia. Sus escritos son muy exóticos y nunca ha analizado la sociedad, excepto en "La casa de la araña", donde trató de escribir algo politizado. Tiene una idea muy confusa sobre el país. Yo sentía admiración por personas como Samuel Beckett o Moravia. Siempre respeté la soledad escogida de Beckett; no se mezclaba con la crema. En cambio, casi todos los demás sólo buscaron lo primitivo y lo exótico. Vinieron un poco como quien va al cine a ver una película de aventuras. A ver saltar a un mono de árbol en árbol; y, por supuesto, el mono era el marroquí. Eso es lo que éramos para ellos. Simios.
P.: ¿Cómo ve el Tánger de hoy?
R.: Durante el colonialismo, Tánger era una ciudad más abierta, viva y cosmopolita, pero no siento ninguna nostalgia porque vivía en el fango. Ese Tánger internacional murió. Gracias a la independencia fui a estudiar a Larache y pude convertirme primero en maestro y luego en escritor. Tánger es una ciudad donde si no sabes cómo comportarte, te aplasta. He visto desvanecerse grandes fortunas y cómo buenos pintores y escritos se perdieron aquí. Tánger ha cambiado. Los tangerinos se contentan con escuchar a Um Kulthum y, mientras tanto, los del sur de Marruecos lo están comprando todo. El tangerino tiene el culo sobre la roca, la mirada en la bahía y la oreja para escuchar los chismes. Yo conocí una “miseria bonita”. Ahora la mayoría de mis compañeros han empobrecido, enloquecido, emigrado o han muerto. Mis amigos tenían para vivir, no les faltaba de nada y ¡ahora! Claro que yo no les puedo ayudar a todos. Muchos amigos del Zoco Chico no tienen hoy ni para tomar un café, y me duele. Me duele porque hemos compartido toda una vida.
P.: Le gusta definirse como escritor tangerino.
R.: Conozco muy bien mi comarca, mi región; yo no soy un Hemingway que hace escritura de la circulación y de pronto escribe un libro sobre Cuba como sobre la Guerra Civil española o África. Ni soy Malraux, ni Blaise Cendrars ni un Paul Bowles que escribe sobre el Sáhara, Guatemala o la India. Conozco muy bien mis límites, que no van más allá del triángulo Tánger, Tetuán, Larache. Tetuán supone la infancia y adolescencia, Larache mis estudios y el resto es mi vida tangerina. Por eso digo que no soy un escritor marroquí sino un escritor tangerino. Aunque cuando escribo no lo hago para los marroquíes, sino para quien pueda leerme, sea argelino, occidental o lo que sea. "El pan desnudo" ha sido traducido a trece lenguas. No es por nada, pero yo soy el único escritor tangerino. Hay cuatro o cinco profesores que pretenden escribir, pero escribir unas líneas no significa hacer poesía. No han aportado nada. Los tangerinos sólo han dado guías de turismo, juergas, mujeres y hombres guapos. He tenido siempre una conciencia muy fuerte de clase, de pícaro, de marginal y eso nadie me lo puede quitar; ni Dios mismo. Claro que como Dios siempre come en las mejores mesas, pues que se coma él las langostas. Soy un escritor con un cierto don. Soy pequeño entre los grandes y grande entre los pequeños. Tampoco soy humilde porque he hecho cosas que no han hecho los demás. Soy lo que soy. Pero le voy a decir una cosa, mi vida es más interesante que mis escritos.
P.: Muchos marroquíes no le consideran escritor; le quitan mérito porque opinan que se ha limitado a contar su vida.
R.: ¿De quién viene el insulto? A mi no me insultaron ni Jean Genet ni Tennessee Williams ni William Burroughs ni Paul Bowles. Me insultan unos burócratas, salchichas humanas. ¡Chorizos humanos hombre!, que comen, digieren, cagan y mean. ¿Quiénes son?, ¿qué han hecho?
P.: Le acusaron de ser escritor de un solo libro.
R.: La fama de "El pan desnudo" me aplastó. Me encontraba en un callejón sin salida. No sé si la escritura se apartó de mi o yo de ella. Dejé de escribir porque la censura prohibía todo lo que hacía. Tuve como un reumatismo en la función mental. Quizá lo había contado todo en poco tiempo, y no exagero si digo que había condensado el máximo de pensamiento con el mínimo estilo. El verdadero escritor debe reconocer sus límites. Yo no fuerzo mi destino porque, si se fuerza, la literatura se convierte en diarrea o en un empacho, y yo ni quiero empachar a la gente ni mucho menos provocar diarreas. Me interesa la literatura para embellecer lo que es feo en la vida. No para hacer otras cacas de escrituras, para ganar dinero y premios. Hemingway hizo bien en suicidarse cuando ya era impotente para la creación. Es una cobardía seguir viviendo en ese caso. Cuando no tengo nada que escribir, me callo. Lo hice durante diecisiete años. Los pasé sin escribir una porra, porque hasta entonces escribía y acumulaba, escribía y acumulaba. Cuando tradujeron mi Pan desnudo al francés y me pagaron los derechos de autor, comenzaron a pedirme textos inéditos, y en vez de escribir, abría los cajones y sacaba lo acumulado. Para cuando quise volver a escribir me fue extremadamente difícil. Y ahora con la computadora, ¡hija puta!, no sé como recuperar lo que he estado escribiendo durante un mes. Cuando comparo los primeros relatos que escribí en los años sesenta, tanto los que publicaba como los que leía en público, me doy cuenta de que eran más agresivos que mi obra actual. Eran como una bofetada, porque lo que yo escribo choca moralmente, incomoda; se sienten ofendidos y me atacan. Hoy ocurre pero en menor medida. La mentalidad ha cambiado, incluso la censura, aunque algunos libros míos siguen estando prohibidos. Querían programar "El pan desnudo" en las universidades comparándolo con otras biografías de escritores árabes, como la del egipcio Taha Hussein. Mi libro es la primera autobiografía de un escritor árabe que desvela algunos tabúes. Unos profesores armaron un escándalo porque encontraron a un chico de catorce años leyendo "El pan desnudo" y lograron que el libro fuera censurado. Consideran que pervierto a la juventud con libros inmorales. A mí los tangerinos me toman por un maldito porque dicen que escribo cosas podridas sobre la ciudad. La censura de mis libros comienza en Tánger y para castigar a esa ciudad no permití que mi libro "Zoco Chico" se vendiera en Tánger. Era una broma, una forma de reírme de la censura y de la mentalidad de la gente que está en mi contra. Puede comprarse en Casablanca o en Rabat pero no aquí. En Marruecos estamos creando una tradición de lectura. Somos un pueblo joven. Conseguimos la independencia hace apenas 35 años. Vivimos la infancia de una cultura. Una generación no es suficiente para crearla. El escritor marroquí de hoy no encuentra una tradición de literatura marroquí moderna, sólo clásica. Debe basarse en sí mismo. En cambio el escritor español o francés encuentra una acumulación. El francés tiene detrás a Madame de Staël, Mallarmé, Victor Hugo, Baudelaire, Genet…
P.: Y ustedes, en el Magreb, en el occidente del mundo árabe, tienen a Ibn Hazm, Ibn Jaldûn, Ibn ʻArabi…
R.: ¡Pero son clásicos! Luego hubo una ruptura. Tenemos textos religiosos escritos por hombres de religión, poemas para hechos religiosos. La literatura moderna empezó en el XIX en Egipto con la Nahda, el Renacimiento árabe. En Marruecos tenemos ahora autores de expresión árabe y francesa. La mayoría hemos adoptado muchas ideas de los orientales, sobre todo de egipcios y libaneses. Hace veinte o veinticinco años nos considerábamos sus discípulos. Hoy nos hemos liberado de esa influencia, ya no estamos acomplejados; tampoco por Occidente. Aunque debo decir una cosa: tenemos grandes poemas pero no grandes poetas; no tenemos un Lorca o un Hernández, tampoco a un Baudelaire o a un Rimbaud. Tenemos buenas novelas pero no novelistas. Intentamos crear nuestra identidad literaria. En mi caso fue decisivo el contacto con la cultura europea y americana, que conozco mejor que la árabe. Mi frase no es árabe. Es una frase europeizada, a veces telegráfica, porque la árabe es larga, casi proustiana. Yo la he corrompido. He creado mi estilo propio después de leer a Faulkner, Joyce, Woolf, Camus. Hoy conservo la admiración por todos ellos pero la influencia se fue.
P.: Usted acaba de sorprender otra vez a todo el mundo con su nuevo libro, "El tiempo de errores". Muchos creían que ya no volvería a escribir.
R.: Para mí fue un reto romper el círculo vicioso en el que me encontraba. Me dije: “Puedo escribir otro libro que supere al primero”. Fue un desafío, ante los demás y ante mí; necesitaba recobrar la confianza en mí mismo. Lo conseguí y ha resultado. El primero lo escribí en el año 72, durante dos meses, y el segundo, en el mes de Ramadán del 92. Me encerré. No abría la puerta a nadie excepto a mi amigo Abdelatif Benyahia, poeta marroquí que me visitaba de vez en cuando. Cada día trabajaba diez, doce, quince, ¡diecisiete horas! Escribí bajo un estado depresivo, una neurosis. Cuando lo terminé fue un desahogo. Fue muy bien recibido aunque en Marruecos no lo entendieron del todo porque no es una autobiografía que siga un orden cronológico. No es ni clásica ni moderna. Mezclo prosa y poesía. No me importa la realidad cuando escribo. O es buena escritura o mala. Lo único que puedo decir es que la primera edición de cinco mil ejemplares, en un país en el que la mitad de la población es analfabeta, se agotó a las cinco semanas. En menos de un año se vendieron diez mil ejemplares y esto es un récord para un escritor marroquí.
P.: ¿Considera "El tiempo de errores" como la continuación de "El pan desnudo"?
R.: En cierto modo sí, aunque es muy diferente. A partir de la página cien ya no es una autobiografía propiamente dicha, como en "El pan desnudo", sino una autobiografía contemplada. Si el primero lo escribí con el estómago, el segundo, tras unos capítulos, lo he querido escribir con madurez literaria y social. No hay mucha acción, hay más contemplación. Es una prosa poetizada. He poetizado la mierda humana porque no se puede escribir sobre la mierda a través de un estilo mierdoso. Hay que sublimar lo cotidiano. El hombre sin imaginación es un criminal; un salvaje. He recuperado la agilidad perdida y tengo más confianza que antes. Me ha costado mi sufrimiento. "El tiempo de errores" lo escribí en un mes pero ya estaba más o menos fabricado en mi mente porque, como tengo memoria de analfabeto, que graba las cosas como un ordenador, sé muy bien lo que voy a escribir. Lo escribo en la mente y cuando me pongo manos a la obra, lo hago muy rápido porque ya lo tengo muy trabajado. A lo mejor estoy en un café, o andando por la calle, y voy trabajando. También hay muchas ideas que pensé hace quince años para escribirlas y no acabo de encontrar la técnica para hacerlo. Sé cómo contarlas pero no cómo escribirlas y no quiero escribir como una cabra. No soy ni cabra ni cabrón. ¿Por qué tenemos que escribir basuras?, ¿para ganar dinero, para comer a la carta, para vivir con lujo, para bien fornicar? No.
P.: ¿Ha vuelto a tener problemas con la escritura?
R.: "El tiempo de errores" es tan fuerte como mi primer libro, e incluso a veces mucho más duro y, sin embargo, no ha sido censurado. Hay una mayor tolerancia. Lo que se puede decir en público en Marruecos, en el plano político, y no estoy defendiendo al régimen, no se puede decir en ningún otro país árabe. Sólo en Tánger hay veinte periódicos. Algo imposible en Irak o incluso en Egipto, donde cuatro o cinco oficiales y dos semioficiales mandan. Si yo viviera en Irak o en Egipto, me habrían matado los fanáticos. Aquí, me prohíben algunos libros, pero no escribir. No vienen a inspeccionar mi casa. Al contrario de lo que sucede en Argelia o Egipto, el integrismo en Marruecos está muy controlado. Al régimen no le conviene ese dragón y, si algún día surge como en Argelia, soy persona muerta. Un Chukri muerto. El integrismo es un desahogo falso para las salchichas humanas. Hacen la revolución en el vacío. No tienen ningún programa. Es la revolución por la revolución. Es como lo que sucedió durante la guerra del Irak, cuando toda la calle aquí estaba a favor de Saddam Hussein, a pesar de que en el fondo sabían que estaba llevando a todo su pueblo a la mierda. ¿Quién ganó? ¡Los capitalistas! ¡Qué iba a ganar Saddam Hussein! ¡Ha disparado scuds sobre Israel!, decían. ¿Scud?, ¿qué scud? El que fabrica el coche no es como el que lo monta. Nosotros montamos coches. Compramos armas para hacer la guerra con aquellos que nos las venden. Es una contradicción. ¡Volvamos a nuestros camellos y nuestros burros! Nosotros no fabricamos ni armas ni nada. Compraros diez scuds a Rusia y tenían ahí a una docena de sabios rusos y creían que con eso iban a desafiar a América y a Europa juntas. Saddam Hussein es un fascista que ha conducido a su país al caos. Ni siquiera tienen pan. Nosotros tenemos un pan más rico que el de Irak. Allí el toro más grande es como nuestro perro aquí. ¿Cómo van a ganar? Si hasta a la mismísima Rusia la han enviado a la mierda. ¡Una de las grandes potencias! Y ahora están pidiendo Coca-Cola, hay prostitución y crímenes por todas partes. Quien más puede es quien gana por astucia, por potencia económica, por la fuerza de las armas. Saddam ha vendido a su pueblo por orgullo personal.
P.: Desde aquí mismo se ven las montañas de España en el horizonte. Sin embargo esos trece kilómetros de distancia, diecisiete minutos con una tabla de windsurf según un periodista tangerino, tras los Acuerdos de Schengen se han convertido para muchos en insuperables…
R.: ¡Ah, no!, ya veo por dónde va. ¿Problema nuestro? En todo caso son ustedes quienes deben plantearse las preguntas. No quiero hablar de los “espaldas mojadas”. Si quiero atravesar el Estrecho, no me dejan. Si me cogen, me devuelven como a un bulto. ¿Y a mí qué?
P.: ¿Qué está preparando ahora?
R.: Estoy tratando de escribir un texto sobre Paul Bowles. En árabe tenemos un proverbio que dice que la persona que tienes más cerca de ti es la más lejana. Una noche, hacia las dos de la mañana, trataba de encontrar una expresión y en un momento dado aullé: “¡No, no es posible!”. Mis ardillas se despertaron, luego Mozart el canario, mi perro Juba, y seguidamente los vecinos. Pensé: “Si continúo así van a llamar a los bomberos”. Creí que me volvía loco. Apagué la luz, me fumé un cigarrillo y me dormí. Quizá es el libro que más me ha hecho sufrir porque se trata de recrear cosas cotidianas que he vivido con Paul, a través de sus amigos y de los amigos literarios. Pero como mi vida está basada sobre un reto, voy a acabarlo y será diferente a los otros que se han escrito sobre Paul Bowles. Será un libro sobre Tánger, sobre Jane Bowles, que era más profunda y original que Paul pero quedó anulada por su marido. También será un libro sobre sus amigos, sobre mí, sobre mis amigos. Porque de vez en cuando, me olvido de Paul y escribo acerca de mi techo o de mi perro Juba. Se llamará Paul Bowles y la soledad de Tánger, será su biografía, también mi autobiografía.
P.: ¿Para cuándo una tercera entrega de la vida de Mohamed Chukri?
R.: Empezé a escribir el tercer tomo de mi biografía; tengo pensado que arranque a partir de una pequeña historia que sucedió en el bar Negresco. Hace un tiempo solía ir a beberse allí sus copas un hombre que estaba enamorado de un pececillo del bar, negro y con velos pequeñitos. Un pez hippy. Nada más entrar, aquel hombre se acercaba al acuario y saludaba a su pez amigo. Y así cada día. Una tarde se dio cuenta de que el pez estaba agonizando y llamó a un médico que siempre estaba en el Negresco. Era un especialista del pulmón y le ordenó: “¡Salva a mi pez!, ¡salva a mi pez!”. Comenzó a gritar y el médico le dijo que estaba loco. “¡No! replicó desesperado aquel hombre, ¡mi pez se está muriendo! ¡Haga algo!” Era verdad. El médico metió la mano en el agua, cogió el pez con cuidado y lo sacó del acuario. Le hizo la respiración artificial en el lavabo; cuando lo volvió a echar en el acuario, estaba muerto. Cuando el hombre vio que el pez estaba ahí flotando se puso a llorar a raudales. Le dimos las condolencias y le dijimos que como se trataba de un pez y no de una persona, en vez de guardar los cuarenta días de luto de rigor, sólo lo haríamos durante veinte. Un caricaturista que solía acudir al Negresco le regaló un dibujo del pez, con sus velos. Del pez hippy. Lo triste del caso es que, muerto el pez, aquel hombre jamás regresó al Negresco.

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