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viernes, 14 de agosto de 2015

Me hicieron de izquierdas a hostias



Me hicieron de izquierdas a hostias  
Tendría cinco o seis años cuando a mi padre le dieron una paliza en la plaza del pueblo por no ir a misa. O por robar leña, que nunca nos enteramos del motivo. Aquel domingo mi padre había salido de madrugada a recoger leña. Al volver al pueblo la guardia civil le estaba esperando, le detuvieron, lo arrastraron a la plaza y esperaron a que saliéramos de misa y como escarnio público apalearlo con saña y a conciencia. Recuerdo los gritos de mi padre y a mi madre llorando y suplicando a los pies del cabo Martínez, y a mi tita María y su hija Marta Aurora levantándola del suelo y consolándola como buenamente podían. La Conejo, vecina nuestra, intentaba taparme los ojos para que yo no viera lo que estaban haciendo con mi padre, pero llegó El Bigotes la apartó de un empujón y me obligó a  mirar, que lo vea y aprenda. El cura, el médico y el juez de paz con la camisa azul que siempre vestía, permanecieron inmisericordes, inmutable el ademán, sin hacer nada por ayudar a mi padre. Tampoco hizo nada Don Francisco, el maestro, que a base de guantás, capones y pescozones se había empeñado en enseñarnos el padre nuestro, el cara al sol y la tabla de sumar. Él se llevó la leña que había recogido mi padre. Así nos fueron enseñando, a golpes. Hace unos meses pusieron el nombre de Don Jaime a una de las calles del pueblo. El padre Jaime, el cura del pueblo, el que nos enseñó el creo en dios, los pecados capitales y veniales y el resto del catecismo con la ayuda  de varas de avellano que mandaba cortar a mi primo Gerardo. Así era siempre, todo a base de hostias, tortazos y golpes. Un año antes de ir al servicio militar, estando en el bar de Matea, un mando de la guardia civil me arreó un puñetazo en toda la boca porque decía haberme oído cagarme en la mar. Del puñetazo me arrancó un diente. Y tuve que levantarme, buscar el diente y tragarme la sangre y el orgullo con papas. El mismo mando de la guardia civil, años más tarde, en su santa cruzada por el buen uso del lenguaje y de las normas sociales y morales, al hijo de Gabriel, que no tendría por entonces, más de once o doce años, le hizo beberse un litro de aceite de ricino por soltar un taco durante un partido de fútbol que jugaban los chavales de nuestro pueblo contra los chavales de Los Bérchules. Y qué decir de los golpes que nos caían por todos lados, sin ton ni son, durante el servicio militar. Y los dos días que pasé en el cuartelillo de Órgiva a base de pan, agua y zurriagazos por discutir con Don Julián por una cuestión de jornales. 
Fueron 40 años de dictadura en que nos enseñaron a palos. Muerto el dictador pocas cosas cambiaron en el pueblo, solo el color de las camisas del juez de paz. La ley era lo que decía Don Julián y ahora también su hijo, el señorito Luis. La guardia civil seguía campando a sus anchas por el pueblo y por los campos, repartiendo a diestro y siniestro. Y lo que decía Don Jaime iba a misa y donde hiciera falta. Y el sustituto de Don Francisco, Don José, tenía fama de ser acérrimo defensor de la letra con sangre entra. 
Con la llegada del partido socialista a los ayuntamientos de los pueblos de La Alpujarra creí por un momento que todo cambiaría. Ángel era de mi quinta, era mi amigo y era de izquierdas. Su padre las había pasado canutas por sus ideas y sus prontos, hasta sufrió un simulacro de fusilamiento por dar una paliza a El Bigotes. Ángel siempre presumió de ser de izquierdas pero durante los años duros y grises de la dictadura siempre supo mantenerse al margen y con la boca cerrada. Pero era buena gente. Ocho años en el ayuntamiento le cambiaron el carácter y la economía. Se hizo algo arrogante y supo sacar provecho de sus años como alcalde. Cuando se jubiló no tuvo que preocuparse por su futuro y el de los suyos, se había arreglado la casa donde vivía, se había comprado a tocateja un cortijo en la rambla del doctor, tenía  un land rover para el trabajo en el campo y un renault 11 para cuando iba a Granada y se sentía orgulloso de haberle pagado una buena carrera a su hija. Lujos que alguien con siete obradas de olivos y almendros no podía permitirse. Seguía siendo un buen tipo, no olvidó de donde venía y se podía hablar con él aunque no compartiéramos algunas ideas. Su hija ahora es la alcaldesa del pueblo, ha hecho del pueblo su cortijo particular, hace y deshace a su antojo y cualquiera le lleva la contraria. Antes, los que mandaban eran los señoritos que ganaron la guerra civil. Ahora los que mandan son otros señoritos, los que tuvieron la oportunidad de estudiar y que después se arrimaron a la política y al poder. Se han apalancado a sus poltronas y no se van  ni con lejía. La alcaldesa con su flamante BMV dice que es socialista por tradición y por convicción. Pero no tiene ni puta idea de lo que es ser de izquierdas, no aprendió a hostias. 

del libro " para no volver por La Alpujarra"  VV. AA

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