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martes, 4 de agosto de 2015

Drácula. un poema de Iván Rojo


Drácula
Se llamaba Pedro
pero para nosotros era Drácula.
Jamás bajaba a jugar.
Tan solo le entreveíamos en su balcón
de vez en cuando, 
siempre ya anochecido.
Así que, claro: era Drácula. 
Y además estaba su color, su mal color.
Eh, Drácula, eh, Draculín,
le gritábamos desde la calle,
¿tienes miedo de nosotros o qué, bicho raro?
Y el chaval se retiraba a la seguridad de su casa.
Dejad en paz a Pedro,
nos decía alguna gente del bloque,
el pobrecillo está enfermo, tiene leucemia.
Pero teníamos nueve años
y no entendíamos de tragedias,
así que Pedro no estaba enfermo; era un vampiro,
y tampoco se llamaba Pedro; se llamaba Drácula.
Ojalá hubiera sido así.
Ojalá hubieras tenido colmillos.
Habríamos merecido que nos vaciaras las venas.
En fin, hoy me he acordado de ti, no sé por qué.
Y te quiero decir lo siento, tío.
Lo siento, Pedro.

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