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miércoles, 15 de julio de 2015

varios poemas de Javier Vayá Albert


Apetitos
Dicen que para llegar
al corazón de un hombre.
hay que empezar por su estómago.
Así que en pro del feminismo
yo voy a comerte el coño
hasta que llegue a tu corazón.

Los que caímos
Hacía tiempo
que no veía uno,
o que no reparaba en ellos:
un pellejo amoratado y sanguinolento
reventado de suelo.
Con el pico abierto en grito mudo
eterno.
Y lo que pretendían ser las alas
como sarcástico recordatorio de derrota.
Recuerdo la aprensión y tristeza
que me producía verlos de niño.
Ahora lo contemplo
con la comprensión hiriente
del que reconoce a un semejante.
Sí amigo, yo también lo he intentado
y también he acabado en el mismo sitio
y mi corazón se parece demasiado al aspecto
que ahora tienes.
Le digo
y me marcho escuchando con desprecio
la música de la vida, arriba, en el nido.

La camarera
Hoy tras la barra no estaba La camarera.
En su lugar un joven rumano
deslizaba su cansada sonrisa
entre la urgencia del café de primera hora.
No he necesitado preguntar
se me ha adelantado el viejo parroquiano
que ha intercalado conmigo su tristeza.
Ya no trabaja aquí.
Una de esas frases cotidianas
que la gente acostumbra a soltar
ajenas a su condición de bomba racimo,
a la evidencia del cuchillo traspasando el corazón.
Me doy cuenta de que ni siquiera sabía su nombre,
pero era, sin duda, lo mejor de mi día.
Lo mejor de mis días.
Solo deseo que al menos exista una buena razón;
que contra toda estadística cruel
esta vez la locutora de la radio si dijera su número.
Que sorteara amaños y ganara por sorpresa
ese concurso literario.
Que por lo menos la recuperación económica
tampoco pudiera resistirse a sus ojos de castaño incendio,
y le regalara un trabajo acorde a sus estudios.
Que no se haya enamorado de cualquier gilipollas.
No sé, que le vaya bien, joder, solo que le vaya bien.
Que a ella, a La camarera, sí le vaya bien.


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