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martes, 3 de febrero de 2015

Patricia Highsmith. un texto de Rakel Rodríguez


No era simpática. Rara vez era educada. Y nadie que la conociera bien habría dicho de ella que era una mujer generosa.

Así arranca la biografía de Patricia Highsmith que publicó en 2010 Joan Schenkar. Después de leer este libro de casi 700 páginas y después, sobre todo, de haber leído casi todos los libros de ella, puedo decir que yo también he entrado en el Territorio Highsmith.
Empiezo estas líneas con mi fotografía favorita de Patricia, golpeando la máquina de escribir con disfrute y con saña, con un pitillo amarrado a sus labios, unos vaqueros viejos colgados detrás de la puerta de su habitación y, a buen seguro, una copa de whisky en algún lugar de su escritorio. 
Mañana 4 de febrero se cumplirán ya 20 años de su muerte cuando contaba 74 años. Patricia debutó en 1950 con la novela “Extraños en un tren”, que se hizo famosa de inmediato tras la película realizada por Hitchcock, y escribiría unas 40 obras más a lo largo de su vida. Hoy en día es tan fácil averiguar la vida de alguien como poner su nombre en Google, así que voy a centrarme en otras cosas:
“No lo veo así, y nunca lo veré”. Lo que no veía así con apenas 21 años era el modo en que veían el mundo los demás, por eso desarrolló su propio mundo alternativo, su mundo. A Patricia le gustaba invitar a la gente a su casa pero a menudo no se alegraba mucho cuando venían, la gente que pasó por sus casas, siempre decían que se pelaban de frío, pasaban hambre y a cambio siempre había botellas de licor por doquier. Una de las cosas que más afectó a su vida personal fue su alcoholismo, bebía desde por la mañana a la noche. Pero nunca dejó de escribir “a pesar de esas espantosas resacas tras las malas borracheras, la depresión, la pérdida de esperanzas, las relaciones desgarradoras, las fantasías paranoicas, cada día tecleaba en su máquina de escribir hasta terminar entre 5 y 8 páginas. Con una voluntad de hierro, como si la escritura fuera su cable a la tierra, lo que la salvaba de la locura, de la disolución” según explica Schenkar en la biografía. 
Patricia siempre se sintió más cómoda vistiendo ropa de hombre y solía acercarse a las mujeres que le gustaban como un marinero: ruda, descarada y con cierta violencia. 
Otra de las cosas que más confundía a sus amigos o conocidas, era su manía en los últimos años de su vida, de regalarles objetos que tenía en casa y que por alguna razón a ellos les gustaban. Al día siguiente les llamaba, después de buscar el objeto en cuestión, para ver si ellos lo tenían y pidiéndoles de inmediato que se los devolvieran. Ellos nunca sabían si era porque no se acordaba de habérselos dado o porque se arrepentía de haberlo hecho.
Su sentido del humor iba más allá del negro y para que os hagáis una idea os dejo esta deliciosa lista “Cosas que pueden hacer los niños pequeños por la casa”:
1- Atar un cordón a lo alto de las escaleras para que los adultos se tropiecen.
2- Volver a poner el patín en las escaleras, después de que la madre lo haya apartado.
3- Provocar incendios bien planeados, para que, a ser posible, otro se lleve la culpa.
4- Cambiar de sitio las pastillas en los armarios de las medicinas.
5- Poner matarratas o polvos antipulgas en el bote de harina de la cocina.
6- Serrar los soportes de la trampilla del desván para que todo el que ponga el pie sobre la trampilla cerrada se caiga por las escaleras.
7- En verano, colocar una lupa apuntando a las hojas secas o preferiblemente a unos trapos grasientos. El incendio podrá atribuirse a una combustión espontánea.
8- Añadir veneno incoloro a la botella de ginebra.

Patricia Highsmith tenía entonces 52 años y estaba en plena madurez literaria, muchos se preguntaron entonces ¿lo ha escrito en serio? pero así era ella: la ambigüedad marcó tanto su obra literaria como su vida personal.
No hay más que leer cualquiera de sus libros para corroborarlo, “El diario de Edith” llega casi al extremo de la esquizofrenia, los relatos de “Pájaros a punto de volar” dejan una sensación extraña en la boca del estómago, como casi todos sus relatos o como todas las novelas en las que aparece su personaje fetiche, Tom Ripley. El único libro diferente que escribió justo después de “Extraños en un tren”, en los años 50, lo hizo bajo pseudónimo, y lo tituló “The price of salt”, en 1989 se reeditó con su nombre y lo tituló “Carol”, es la única novela con una trama romántica, de amor entre dos mujeres y que en su primera edición supuso toda una revolución en el ambiente lésbico y homosexual de Nueva York, vendiendo un millón de ejemplares. Nunca se sintió cómoda con esa novela y por eso tardó casi 40 años en reconocer su autoría y nunca más volvió a escribir una obra de esas características.
Para terminar y dejar otro apunte de su personalidad baste con lo que escribió el último día de diciembre de 1947 con 26 años y llena de vida, de ideas y de amantes, a lo que tituló “Mi brindis de año nuevo” y que podría servirle de epitafio:
“2.30 am. Mi brindis de Año Nuevo: brindo por todos los demonios, por las lujurias, pasiones, avaricias, envidias, amores, odios, extraños deseos, enemigos reales e irreales, por el ejército de recuerdos contra el que lucho: que nunca me den descanso”…

Si no la conocéis, leedla, y sumergiros en su mundo…
Rakel Rodríguez

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Patricia Highsmith es perturbadora. Lee "Gente que llama a la puerta". Y enhorabuena a la autora de la reseña.

José Luis Martínez Clares dijo...

Una autora ante la que me quito el sombrero.

ypunto dijo...

Todavía no he leído la biografía pero parece que la gran dama trataba a los conocidos y amigos con la misma crueldad y antipatía que a los personajes de sus novelas. Luis ...

RaRo dijo...

Hasta le mandó largarse a la enfermera que la cuidaba para morir sola unos minutos después...