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viernes, 13 de diciembre de 2013

un poema de Roger Wolfe


La soga

Quisiera escribir un poema que contara
las muchas cosas que me diste.
Pero tengo miedo. Miedo de hablar
en pasado; de dar todo este asunto
por definitivamente finiquitado.
De hablar como si todo esto hubiera sido
una burda chapuza mercantil, y pretendiese ahora
registrar aquí el DEBE y el HABER
de un fiasco emocional auditado antes de hora.
Y miedo —y asco— a estos versos mismos;
versos como los que un grandísimo poeta,
cuyo nombre tampoco me atrevo a sumergir
en este torrente de inmundicias,
denominó —en circunstancias que imagino parecidas—
certera y dolorosamente «degenerados».
Degenerado, sin duda, es impedirle
a la vida el flujo libre de sus savias;
degenerado, mutilar los miembros de la dicha
y dejarlos ahí colgando,
como esos muñones exhibidos en las bocas
del metro y las entradas de los cines
por los desahuciados que el pudor culpable
de estos tiempos ha dado en bautizar sin techo.

Me he convertido en un yonqui de mi propia pena.
Me he convertido en un enfermo que desea
un giro a peor, con tal de que eso valga
para tenerte otra vez junto a su lecho.
Me he convertido en un cobarde.
Un temerario. Un gilipollas.
No me atrevo a recordar lo que me diste.
Lo que me has dado.
No quiero perder ese resto último de anhelo,
ese temblor como de flojera en las rodillas,
ese revuelo de pájaros locos por un estómago vacío,
que me sostienen, como un pelele en una pesadilla,
entre las ascuas de un incendio que apagamos
antes de que ardiera.
Éste es mi castigo.
Los incoherentes balbuceos de un ahorcado
que muriendo sueña que su lengua,
pastosa y retorcida como un trapo,
hurga en la soga que lo enhiesta y que lo acaba.

(2000-2003. Del libro inédito «El amor y media vuelta», que KRK Ediciones publicará en 2014.)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

No quiero perder ese resto último de anhelo...
grande el Wolfe

Anónimo dijo...

Grande pero ninguneado ...