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martes, 26 de noviembre de 2013

tres poemas de Charles Simic.


Del libro "La Voz a las tres de la madrugada" (DVD Ediciones) 


DICIEMBRE

Nieva
y pese a ello los desheredados
vagan por las calles
convertidos en hombres-anuncio

Uno proclama
el fin del mundo
el otro
los precios de una peluquería del barrio.

LA GRAN GUERRA

Jugábamos a la guerra durante la guerra,
Margaret. La demanda de soldados de juguete era enorme.
Estaban hechos de arcilla,
supongo que los de plomo los habrían transformado en balas.

Seguro que nunca has visto nada tan hermoso
como aquellos regimientos de arcilla. Yo solía tirarme en el suelo
durante horas mirándoles a los ojos.
Puedo recordar cómo ellos también me miraban, asombrados.

Qué extraño debo haber resultado para ellos,
allí quietos, firmes, mirando fijamente
aquella enorme e incomprensible criatura
con un bigote de leche.

Con el tiempo se rompieron, o quizás los rompí yo mismo.
Había alambre dentro de sus piernas,
en el interior de sus pechos, pero sus cabezas estaban vacías.
Te lo aseguro, Margaret, me cercioré de ello.

No había absolutamente nada dentro de sus cabezas...
Como mucho quedará un brazo, el brazo de un oficial
enarbolando su sable en cualquier grieta
del suelo de la cocina de mi abuela sorda.

NUBES QUE SE ACERCAN

Se parecía a la vida que querríamos.
Fresas salvajes con nata por la mañana.
La luz del sol en cada habitación.
Nosotros dos caminando desnudos junto al mar.

Alguna que otra tarde, sin embargo, nos descubríamos
inseguros ante lo que estaba por venir.
Como actores trágicos en un teatro en llamas
con pájaros volando en círculos sobre nuestras cabezas.
Los oscuros pinos extrañamente inmóviles
cada piedra que pisábamos ensangrentada por la puesta de sol.

Una vez estábamos en nuestra terraza con una copa de vino.
¿Por qué persiste siempre la intuición de un final infeliz?
Nubes de apariencia casi humana
se acercan por el horizonte, pese a la paz luminosa
del aire apacible y el mar en calma.

La noche nos alcanza de súbito, una noche sin estrellas.
Enciendes una vela, desnuda la llevas
a nuestra habitación y la apagas despacio.
Los oscuros pinos y la hierba extrañamente inmóviles.

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