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martes, 15 de octubre de 2013

presentación y lectura en Córdoba de "y si no hay viento habrá que remar"


Martes 15 de Octubre de 2013. 20:30. Bar La Bicicleta (Cardenal González, 1)

y un relato del próximo libro de Rakel Rodríguez

Amparo, la dolorosa

Su madre se llamaba Numancia. Su padre Secundino. Se casaron muy jóvenes y desde muy jóvenes se pusieron manos a la obra para traer niños al mundo. Pero los niños no llegaban. Cuando Numancia tenía 42 años ya daba por perdida la ilusión de tener una descendencia. Pero Secundino seguía teniendo fe y sobre todo, ganas de continuar con los intentos. A los 44 años Numancia se quedó embarazada. En el pueblo la noticia corrió de boca en boca, nunca una mujer había tenido un hijo tan tarde, salvo la Francisca que parió al décimo justo antes de cumplir 42. El pobre Tinín no salió bien. Por eso en esta ocasión todos rezaban porque la Numancia tuviera un hijo sano. A los 8 meses nació ella, una pequeña a la que llamaron Amparo como para protegerla, aunque parecía que había salido entera, con todo en su sitio. Numancia y Secundino se volcaron en la niña, les daba pánico que se les cayera, e incluso cuando dormía seguían atentos a su respiración para asegurarse de que seguía viva. Amparo creció hiperprotegida, antes de que se quejara ya estaban allí sus padres y todo el pueblo, era la última niña que había nacido en los últimos años. No volvería a nacer ningún bebé más. A los 13 años Amparo era bastante más alta que sus padres, y tenía una seriedad tan marcada en su rostro que llamaba la atención. Quería estudiar y la llevaron interna a la capital. Numancia sintió que se le partía el corazón pero era lo mejor que podían hacer por ella, darle estudios y que se hiciera una mujer de provecho. Amparo estudió y estudió, siempre sacaba sus becas y en la residencia era conocida por tener el récord de pasar más tiempo sentada estudiando. A menudo las otras chicas se reían de ella. A los 23 años había terminado medicina con matrícula de honor. Dejó la residencia, fue al pueblo con su título y se despidió de sus padres, que aunque no llegaban a los 70 años parecían tener casi 100. Mientras Numancia y Secundino lloraban desconsolados como si se fuera a China, Amparo parecía haber dejado sus sentimientos en otro lugar. Se iba a Madrid a vivir y a trabajar en un hospital. Se alquiló un pisito para ella sola y en dos años ya tenía su plaza. Una vez que consiguió lo que quería, empezaron sus dolores. Al principio era la espalda, empezó poco a poco pero iba en aumento. Se medicaba ella misma, y le hacía efecto, hasta que el dolor volvía con más fuerza y tenía que cambiar el medicamento. No le daba importancia. Trabajaba junto a un equipo, uno de sus colegas era Máximo, unos años mayor y que bebía los vientos por ella. Todo el mundo se daba cuenta, menos ella. Pero Máximo no se daba por vencido, lo seguía intentando. Hasta que un día que estaban solos después de una consulta, cerró la puerta con llave y le puso en palabras todo lo que sentía, diciéndoselo muy cerca, acercándose cada vez más y viendo que Amparo no hacía amago de apartarse, la besó. Y ella contestó a su beso y Máximo le hizo el amor allí mismo, en la camilla. Se dio cuenta de que era virgen y sintió algo muy extraño una mezcla de ternura, de temor y de satisfacción, la abrazó con fuerza, la besó. Amparo parecía no sentir nada. Simplemente recogió las sábanas manchadas de sangre, se limpió y salió sin decirle nada. Máximo fue tras ella ¿pero eso es todo lo que vas a decirme, nada?, le espetó. No tengo nada que decirte, pero podemos seguir haciendo esto de vez en cuando. Así le contestó Amparo antes de salir por la puerta dejando a Máximo más perplejo de lo que nunca había estado. Sin embargo ellos siguieron así, haciendo el amor en los cuartos de curas, en las camillas de ginecología, en las habitaciones de guardia y hasta en el parking reservado. Amparo no manifestaba ninguna emoción, él sabía que le gustaba lo que hacían porque lo notaba en su cuerpo, jamás lo notó en su rostro y mucho menos se lo dijo ella con palabras. Poco después supo que sus padres estaban enfermos. Cuando fue al pueblo apenas duraron unos días, para despedirse de ella, decirle lo mucho que la querían y lo orgullosos que estaban. Amparo les abrazó porque sabía que tenía que hacerlo, que era lo que ellos esperaban. Cuando sus padres murieron empezaron sus dolores de cabeza. Primero en un lado, se tomaba dos pastillas al día. Poco después pasaron al otro lado, y luego su cabeza se convirtió en un monstruo. Tenía que tomar más de 5 pastillas al día para parecer medianamente normal. Cada vez pasaba más tiempo con Máximo y él veía que algo le pasaba. Jaquecas, sin importancia, no te preocupes, hazme el amor. Y él se lo hacía, mientras le decía lo mucho que la quería y que la amaba. Amparo nunca le contestaba. Y él sabía que ella tenía algo. A veces pensaba que tal vez tuviera otro amante, dado su apetito sexual y que no le bastaba con él. Así que un día que ella estaba en consulta consiguió hacerse con sus llaves de casa y aprovechó para hacer una copia. Tenía que descubrirlo. Esa noche le insistió para que le llevase a su casa. Amparo aceptó, hasta arriba de pastillas. Máximo se extrañó al ver una casa tan desangelada, incluso le preguntó si se acababa de mudar. Ella le dijo que llevaba 4 años allí. Él quería preguntar, saber, pero sólo consiguió hacerle el amor en la encimera de la cocina. Me duele un poco la cabeza será mejor que te vayas. Él ya estaba enamorado, perdidamente y ya había asumido que aceptaría las rarezas de Amparo. Su falta de empatía, de comunicación y sus silencios continuos. Se fue. Con las llaves bien ocultas. Esa misma noche Amparo sintió el monstruo en su cabeza, el dolor era tan fuerte que le parecía que no lo aguantaría, tomó varias pastillas, y entonces los vio. A sus padres, delante de ella sin decir nada, sólo mirándola. Los dolores la comían, la avasallaban. Y sus padres seguían allí, de pie, juntos, como siempre los recordaba. Y entonces sintió algo muy extraño, sintió ganas de abrazarlos de estar a su lado y fue corriendo hacia ellos para besarlos y tocarlos y no pudo. No podía abarcarlos, eran aire, eran espuma. Se tiró al suelo, llorando, por primera vez. Por la mañana Máximo abrió la puerta, creyendo que ella habría salido ya al hospital y la encontró en la bañera, llena de agua (¿o eran lágrimas?) y la lámpara…blanca y fría estaba Amparo y un poco chamuscada.

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