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martes, 12 de febrero de 2013

De libros y jaenes

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De libros y jaenes

Un amigo me pide que escriba. Otro me pide que lea. Algunos más me recomiendan que deje de hacer ambas cosas. Sé a quién mandar a freír espárragos.

Uno de ellos me llama desde METRÓPOLIS, una librería de Jaén. O quizás, la librería de Jaén. Me dice que me ha comprado un libro de poesía, una antología de Antonio Gamoneda, y sin saberlo me da la única alegría del día. Desde hace unas semanas, son pocas las cosas que logran arrancarme un pensamiento positivo: mis buenos amigos, los libros, la sonrisa sincera de esa camarera a la que parece no amargarle la vida ni la crisis de las narices.

Mi amigo, que además es poeta, me dice que me deja el poemario de Gamoneda en la librería de Rafa Monge, una de las mejores librerías de viejo de España y sin duda la más acogedora de Jaén. En MIMO, que es como se llama la librería de la que os hablo, he pasado mucho tiempo con la cabeza doblada, buscando libros viejos de la editorial Bruguera, títulos descatalogados de poetas como Manolo Lombardo o novelas casi perdidas de la colección Compactos de Anagrama.

Hace unas horas he ido a la librería de Rafa a recoger el libro y la he visto más grande. Los libros atiborran las estanterías que recorren cada una de las paredes, pero ahora hay más luz y Rafa tiene mucho más espacio para trabajar. De paso, le compro La isla, una de las pocas novelas que me faltan de Aldous Huxley. La portada de la vieja edición de Edhasa es preciosa.

Bernardo Munuera, el autor de La manía de leer, también es un gran lector de Huxley. De hecho, de vez en cuando ha aparecido alguna reseña de los libros del escritor inglés en su blog, que con el paso del tiempo se ha convertido en uno de los mejores de crítica literaria que hay en el país. Con él, intercambio libros desde hace un par de años. Es una especie de potlatch que renovamos a cada tanto y gracias al cual he podido leer algunos libros de los que he aprendido mucho y que, al menos de una forma indirecta, me han animado a seguir escribiendo. De hecho, Bernardo es mi lector de cabecera y sus críticas me han ayudado a mejorar algunos textos que, por ahora, reposan en el cajón.

Con él me he cruzado muchas veces en los pasillos de las pocas bibliotecas que hay en la ciudad. Pasillos donde, sentado en el suelo, he leído libros enteros. Pasillos dónde hallé refugio en los los días más negros. Pienso ahora en aquel poema de Bukowski sobre la biblioteca de Los Ángeles que salió ardiendo y eso me lleva a pensar en otro libro de Huxley del que, por cierto, también habló Bernardo en La mania de leer; me refiero a Si mi biblioteca ardiera esta noche.

En fin, espero que este pequeño paseo le sirva al amigo que os dije al principio que me animó a escribir un texto parecido a este. También es poeta y un luchador nato. Quedan pocos como él.

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