un espacio abierto sobre libros, literatura, viajes, cine, música, aguardientes y otros destilados ...

martes, 27 de marzo de 2012

Proximamente "PervertiDos. Cátalogo de parafilias ilustradas"

Próximamente:

Si te gustó "Perversiones" ahora podrás disfrutar de "PervertiDOS"
Si no puedes esperar visita el blog http://parafiliasilustradas.blogspot.com.es/
Más información: http://www.traspies.com/

 

Ryszard Kapuściński. Apuntes nómadas

ilustración de Miquel Barceló

Yo no soy esencialmente poeta, pero utilizo la poesía como ejercicio lingüístico; la poesía es irrenunciable para mí. Requiere una concentración lingüística extrema y eso beneficia la prosa.Mi prosa ha de tener música, y la poesía es ritmo. Cuando me pongo a escribir, tengo que encontrar un ritmo. En cuanto he encontrado el ritmo de la frase todo fluye. El ritmo le lleva a uno como un río, se nada en movimientos rítmicos. El ritmo lo encuentro mediante la intuición. Si no doy con la cualidad rítmica de una frase, la omito. La frase ha de encontrar primero un ritmo interior, luego la página y finalmente todo el párrafo. Así confiero a la prosa una dimensión poética. La poesía tiene una gran densidad, por lo que la prosa poética no puede abarcar demasiadas páginas.
Normalmente, trato de encontrar frases breves, pues generan ritmo y movimiento. Son más rápidas y dan claridad a la prosa. Cuando escribí «Imperio» constaté que si quería ofrecer una descripción más acertada necesitaba frases más largas. De pronto el estilo de mi escritura se transformó por completo. Se debía a la amplitud del asunto, que no puede abarcarse con frases breves. El estilo ha de ajustarse al objeto. Una descripción de la interminable amplitud del paisaje ruso requiere frases largas.
Además de la relación entre asuntos y estilo, está la que liga al tema y el material lingüístico. Cuando escribí «Rey de Reyes», quería describir un poder autoritario. La mirada autoritaria de un poder autoritario tiene algo de anacrónico. Para expresar lo trasnochado del objeto debía despertar la impresión de algo superado, definitivamente envejecido.Mi crítica de la estructura autoritaria del poder se expresaba por medio de esta revelación de su extemporaneidad. También se trataba de revelar lo anacrónico de nuestro sistema autoritario en Europa del Este. De modo que leí cuidadosamente la vieja literatura polaca feudal de los siglos XVI, XVII y XVIII. Encontré maravillosas palabras olvidadas muy expresivas y llenas de matices, y con todo ello elaboré un vocabulario particular.
El idioma español se caracteriza por una riqueza barroca, una especie de efecto rococó, colorida y cuajada de florituras, de juguetona imaginación y una fantasía inconmensurable. La prosa de mi pieza sobre "la guerra del fútbol" entre El Salvador y Honduras no es, por ello, sencilla, y es poco transparente precisamente por recoger esas tradiciones hispánicas.
En África, el material lingüístico ha de poder describir cualidades tropicales. La literatura africana contemporánea no se escribe en las lenguas autóctonas, sino en francés o en inglés. Eso impide que se establezca un vínculo profundo con las lenguas tradicionales. Lo que uno puede apropiarse procede de los poetas nacionales de más edad. La poesía africana tradicional es ritmo, sencillez, repetición. A veces se repite una frase una y otra vez, y de esa repetición surge un efecto musical: la música, en el África tradicional, es fundamentalmente tambores, tambores que hablan. Sólo unos pocos escritores europeos han tratado de describir el ambiente y el clima de la espesa selva tropical. Probablemente sea Joseph Conrad quien más se ha aproximado a su esencia. La experiencia de los trópicos tuvo una enorme influencia en su prosa. Eso hace que aparezcan las repeticiones, los ritos, los misterios, algo surrealista, algo que lo rodea a uno sin que sea posible penetrar en el corazón de esa oscuridad. La lengua polaca no conoce esa tradición tropical y ha de vérselas con esa ausencia.
Siempre que se refiera a culturas foráneas, cada asunto requiere un cambio de estilo. Cualquier otra forma descriptiva resultará artificial. Hay que dar la impresión de que se escribe desde el interior de ese clima particular, de esa cultura o situación.
Hay que crear una atmósfera en el interior de la prosa. No es posible describir el hielo siberiano de la misma manera que el ardor del desierto. En el Sahara sólo hay vida por la mañana y el atardecer. Durante el día, sus habitantes están paralizados por ese calor espantoso. Permanecen tumbados, esperando a que pase el día. Hay que describir esa lentitud, la parálisis, el paisaje totalmente muerto, la calma absoluta del calor tropical, el silencio del día tropical. La prosa ha de reproducir el vacío de esas horas. En el frío siberiano en cambio se libra un combate perpetuo con la nieve. Cuando se avanza por una capa de nieve muy alta, a menudo se siente uno perdido. Surge la sensación de sentirse amenazado por el entorno. El entorno es un enemigo. Hace un frío helador, y el frío es el enemigo. La naturaleza no es pasiva sino una fuerza activa que hay que combatir a cada instante. No hay referencias, y uno sabe que si sigue perdido por más de dos horas, morirá. Se experimenta una tensión constante. Un miedo inconsciente. La buena prosa ha de reproducir ese estado de tensión y la presión de esa naturaleza agresiva y peligrosa.

Texto completo de Apuntes nómadas

viernes, 23 de marzo de 2012

David González :“No hay tiempo para libros (Nadie a salvo)“


La poesía de “No hay tiempo para libros (Nadie a salvo)“ de David González, es una poesía que no se esconde, una poesía que da la cara y que muestra los puños y las vísceras. El libro se abre con su poética: “escribo a mano:/ igual que si cavase/ mi propia tumba:”, toda una declaración de intenciones y compromisos. A esta poética le siguen 49 poemas: honestos, valientes, concisos, narrativos, intensos, callejeros, autobiográficos... y con unos certeros, devastadores y poéticos finales. Una poesía que no busca un cómodo lugar donde ponerse a salvo, sino que se enfrenta a la vida sin concesiones, sin miedo y con poesía
 
contra las cuerdas
 
no
arrojes
nunca
la toalla:
 
no la arrojes nunca:
 
luego
tendrás
que agacharte
a recogerla:

¿qué vas a hacer:
varlam shalámov

miércoles, 21 de marzo de 2012

cinco novedades

"Esto no rima" (Antología de poesía indignada) y "A pesar de los aviones" de Diego Ojeda.  Editorial Origami

"Canciones que no fueron" de Diego Vasallo. Huacanamo Ediciones

"Ataques de pánico" de Leire Olmeda. LVR Ediciones

"Ubú en bicicleta" de Alfred Jarry. Gallo Nero Ediciones

martes, 20 de marzo de 2012

"Última salida para Hollywood" por Roger Wolfe

fotografía de Weegee
1
En octubre de 1997 hice un viaje que resultó ser inesperadamente mágico. No me gusta viajar y el primer sorprendido fui yo; se trataba, además, de un viaje de lo que podríamos llamar trabajo.
El diario El Mundo había aceptado mi sugerencia de desplazarme a Los Ángeles para entrevistar a Hubert Selby, el mítico autor de la no menos mítica novela “Última salida para Brooklyn”.
Fui en British Airways, vía Londres.
En el vuelo Madrid-Londres todavía dejaban fumar; debió de ser el último año en que eso fue posible, y aun así era una excepción, motivada sin duda por el hecho de que el avión salía de Barajas.
Las doce o catorce horas del vuelo Heathrow-Los Ángeles fueron otro cantar, al menos en lo que se refiere al tabaco, pero conseguí asiento en salida de emergencia, que para un piernilongo como yo, que viaje en turista en un trayecto de tan larga duración, es lo mínimo (y desgraciadamente lo máximo) que se puede pedir.
En L.A. me dejaron pasar el control de pasaportes sin hacerme demasiadas preguntas, pero en el corredor de salida, cuando ya me veía hollando en libertad el alegre y soleado suelo californiano, dos adustos policías armados hasta los dientes me dieron el alto y me volvieron a preguntar los motivos de mi visita.
Les dije que venía de vacaciones, y a ver a un amigo que vivía en Hollywood. Claro que usé espontáneamente la palabra británica, holiday, que en inglés americano no significa, además de «día festivo», «vacaciones», sino exclusivamente «día festivo». Eso cualquier norteamericano mínimamente culto lo sabe, pero los policías debían de estar de mal humor o tener ganas de divertirse un poco.
—¿Fiesta?—me dijo el malo (como es sabido, en estas parejas hay uno que siempre hace de malo, o de listillo, y otro de bueno o de conciliador)—. Que yo sepa no tenemos fiesta.
—Es una pena—le contesté, con ese tono forzadamente risueño, a medias temeroso y a medias bobalicón, que adopta uno en estos trances.
El agente ni me respondió. Había vuelto a la conversación con su colega, dando por concluido nuestro breve intercambio.
Creo que huelga decir que no le reproché su mala educación.
Hice uso de uno de esos servicios de taxi compartido para desplazarme del aeropuerto hasta el motel de Hollywood que había reservado. Éramos unos cuantos, y el monovolumen, conducido por un simpático negro tocado con una gorra de plato, fue dejando viajeros en diversos establecimientos antes de llegar al mío, que resultó ser el último del recorrido.
Cuando me bajé del vehículo era ya de noche, pero en seguida reconocí la vegetación: pitas, adelfas, jazmín blanco y buganvillas. La misma flora que en elMediterráneo español. Los olores eran también muy parecidos.
Todo aquello se me antojó buena señal.
Mi habitación era más bien espartana y funcional, pero amplia, cómoda y muy tranquila; a excepción del suave y casi terapéutico runrún de la máquina de hielo del pasillo, y el ocasional golpe seco de los cubitos cuando caían, no se oía ni el menor ruido. ¡Y se podía fumar!
Grandes cortinas blancas velaban un ventanal que daba a un patio interior con piscina y jardín.
Me asomé un momento.
Las ramas de las palmeras se recortaban contra el grisáceo firmamento parpadeante de Los Ángeles. El agua de la piscina, vacía y en calma, rielaba a la luz de las farolas.
Me preparé un café con el hervidor de agua y los sobrecitos de cortesía que tenía a mi disposición, me fumé unos cuantos cigarrillos, y me acabé quedando frito con la ropa puesta, encima de la cama. El jet lag le hace a uno estas jugadas; y cuando vas de Este a Oeste, llegas como si te hubieras pasado una noche sin dormir.
Tras un par de días de reajuste y adaptación, que dediqué mayormente a deambular sin rumbo fijo por Los Ángeles, rastreando las huellas de mis muy queridos Raymond Chandler, Ross MacDonald o Bukowski, llamé a Selby desde un teléfono público en la calle. 
—Hola. Bienvenido a Hollywood, amigo.
—Gracias. Me está gustando mucho lo que he visto. Se parece bastante a la región de España en la que me crié.
No sólo la vegetación, y el clima, sino hasta las casas; yeso encalado, arcos moriscos y jardines con ciprés y surtidor.
—Sí, esto es muy mediterráneo. Y este veranillo indio que tenemos es una maravilla.
—¿Le parece bien que pase esta misma tarde?
—Cuando quieras. Yo no voy a salir de aquí.
Me acerqué después de comer. Fui andando, y no me costó encontrar el complejo de apartamentos de una sola planta en el que vivía Selby.
Había que llamar, subir una corta escalinata, y luego entrar en un florido patio de baldosas, muy andaluz, desde el que partían corredores y pasillos que conducían a los distintos apartamentos.
El de Selby era chiquitito y más bien oscuro.A la entrada había un buda sentado en el suelo, sonriente; y luego revisteros, y alguna pila de libros. A la derecha, un vetusto sofá, sobre el que colgaban viejas fotos de familia, en las que aparecía un Selby de diversas edades, con mujeres diferentes y con algún niño. Había otras fotos; me fijé en una de un joven vestido de marino. Uno de los hijos del autor, quizá.
El escritor se me acercó, ligeramente encorvado, y me extendió la mano con una sonrisa. Nos dimos un firme apretón, mientras sus penetrantes ojos azules se clavaban en los míos durante un instante.
Selby, delgadísimo, se movía con lentitud y un aire de fatiga y fragilidad. Vestía una camisa de nilón azul, muy lavada, colgada por fuera de unos pantalones de loneta de color claro. Observé que a pesar de su edad, que rondaba ya la setentena, conservaba el pelo, muy blanco, que llevaba impecablemente peinado.
Estuvimos charlando durante más de cinco horas. Llené cuatro cintas de cassette de noventa minutos, y podríamos haber seguido, pero cuando empezó a caer la noche mi anfitrión, que tenía dificultades para respirar y debía de estar exhausto, sugirió ir a cenar.
—Nos acercamos en coche hasta el motel, si te parece.
—¿Podemos cenar allí?
—Sí, cocinan bastante bien. Yo voy a esa cafetería con cierta regularidad. Allí celebramos las reuniones.
No le pregunté a qué reuniones se refería, porque ya las había mencionado varias veces, sin dar detalles, y yo me imaginaba lo que quería decir: debían de ser reuniones de AA.
Durante el corto trayecto al motel, a bordo de un viejo utilitario japonés que Selby manejaba con pericia consumada, salió a relucir el nombre de Lou Reed.
—¡Ah, sí! ¡Lou! Es un encanto.
—¿Conoce sus discos, verdad?
—Sí, claro. Recuerdo uno que me mandó hace años, que hablaba mucho de Nueva York.
—Sería el New York.
—Sí. Era muy bueno. Lou es encantador. Rápido, perceptivo, brillante. No se le escapa una.
—Escribió en los sesenta una canción, “Sister Ray”, que casi podría estar sacada de las páginas de “Última salida”.
A usted le menciona siempre como una de sus mayores influencias.
—Sí, Lou es muy amable. Y tiene un talento portentoso.
La última imagen de Hubert Selby que conservo en la memoria es la de su frágil figura vista desde atrás, cuando se marchó del motel aquella noche, atravesando el jardín, tras despedirse de mí: la espalda echada hacia delante, los omóplatos marcados bajo la delgada tela de la camisa, el paso ligeramente vacilante.
Sentí una lacerante punzada de tristeza. Entre otras cosas porque sabía que era muy difícil que lo volviera a ver.
Y porque resultaba evidente que no podía durar mucho; estaba bastante más enfermo de lo que parecía.
fotografía de Weegee
2
En 1998, un año después de mi encuentro con él, salió la última novela que Selby publicaría en vida, “The Willow Tree” [«El sauce»], en la editorial británica Marion Boyars Publishers, la misma que a finales de la década de los 80 sacó la reedición de "El demonio" que todavía hoy, en sucesivas reimpresiones, sigue viva y en circulación.
Hubert Selby no ha sido editorialmente afortunado en España. De su obra más famosa, “Última salida para Brooklyn”, sólo existe una versión, publicada en 1989 por Anagrama, que estuvo durante muchos años descatalogada y no se reeditó hasta 2005. En 1988 había aparecido “El demonio” en Montesinos, en una misteriosa edición que nadie que yo conozca es capaz de recordar y que desde hace lustros es imposible conseguir. Y no fue hasta muy recientemente cuando se publicaron versiones españolas, en pequeñas editoriales, de las novelas “Réquiem por un sueño” (magníficamente adaptada al cine por Darren Aronofsky en el año 2000) y “La habitación”.
Quizá uno de los motivos del pertinaz desconocimiento de este autor haya tenido que ver, precisamente, con su condición de escritor minoritario, de culto, que ni siquiera en los Estados Unidos, y a pesar del sonado escándalo que supuso en 1964 la publicación de Última salida, ha sido nunca muy leído.
Selby siempre fue un espíritu libre; no se subió nunca a ninguna plataforma, como sus coetáneos los beat, ni se unió a ningún grupo ni tendencia. Era un llanero solitario; lo que se suele llamar un «francotirador». Por otra parte, sus libros no son fáciles de leer, y mucho menos de verter a otros idiomas; su prosa tensa y comprimida, su particularísimo uso del diálogo, fundido sin solución tipográfica de continuidad con las propias entrañas del texto, y del flujo de conciencia o monólogo interior, junto con sus abundantes juegos de palabras, coloquiales y cultos a la vez, y los complejos registros del vernáculo norteamericano que muchos de sus personajes utilizan, pueden convertirse en una auténtica pesadilla hasta para el más avezado traductor.
La editorial Huacanamo, de Barcelona, acaba sin embargo de publicar una nueva versión española de “El demonio”, en sólida y bien trabajada traducción de Juan Miguel López Merino, que esperemos que contribuya a difundir un poco más la obra de Selby entre el público lector español.
“El demonio” narra la historia de Harry White y su descenso a los infiernos de la psicosis sexual. Evidentemente no se trata de una historia agradable, bonita ni entretenida, sino de la hipnotizante y estremecedora crónica de una posesión, que tiene lugar en el terreno del sexo, pero que podría haberse producido en cualquier otro ámbito, porque lo que importa es el escalofriante análisis de la patología en sí, más que el marco en el que se manifiesta. El libro, en cualquier caso, es una de esas obras que liberan a través del dolor, y nos acaban haciendo paradójicamente más humanos. La gran especialidad, en suma, del gran Hubert Selby.
No sé si "El demonio" será la mejor de las novelas de su autor. Cuando se trata de escritores como Selby, «mejor» y «peor» son palabras que casi carecen de sentido. Usarlas resultaría tan absurdo como lo sería hablar, por ejemplo, de lo «mejor» y lo «peor» de la obra madura de Beethoven (al que Selby, curiosamente, citaba siempre como su «mayor influencia consciente»; un detalle tremendamente importante y revelador).
A mí esta novela, que he leído un par de veces, me sacudió de tal manera los cimientos que dudo que vuelva a leerla una tercera vez. En mi caso es cuestión, más que nada, de preservar mi precaria y siempre amenazada salud mental. Extraño elogio, pensarán tal vez algunos; pero creo que quienes hayan comprendido sabrán lo que quiero decir.
Al novelista español José Ángel Mañas le preguntaron en cierta ocasión, en una entrevista, que si había alguna obra de la literatura universal de la que le gustaría escribir una segunda parte. 
Sí—respondió—. "El demonio", de Hubert Selby.
José Ángel, aunque muchos quizá no se lo crean, puede llegar a ser bastante más atrevido que yo.


Del blog de Roger Wolfe: http://www.rogerwolfe.es/
Otro artículo de Roger Wolfe sobre Hubert Selby. 
Reportaje-entrevista. «Hubert Selby. La cara oculta del sueño americano.» aquí

viernes, 16 de marzo de 2012

“poesía para perdedores” de Ángel Rodríguez López


Poeta, cántale al pájaro y al árbol, al río y al prado.
Poeta, si eres poeta, que juegue en tus versos el barrio,
que salten las latas de conservas y bailen los jaramagos.
Poeta, tú, poeta, haz un canto de sirena,
pero no olvides el puño en alto,
el arado, la sangre que aún chorrea por las medianas,
el escarabajo y el escupitajo hecho polvo de silicosis.
No olvides la herramienta,
la espalda mojada de sudor, ni en el periódico una esquela.

Escribe, poeta, escribe:
haz que queme la letra.
___________________________
Saber sobrevolar el sabor del carmesí de tu entrepierna
siempre me pareció la mayor aventura del universo.
Siempre intentaba bucearte sin prisa,
como comiendo un lento helado de sabor canela congelado bajo tu ombligo,
subía reptando por tu barriga,
lamiendo su árida llanura como la serpiente que busca su presa,
llegando al cuello y escalando por tu verde pelo,
árbol femenino,
luz candil del amor exquisito de tu cuerpo.
___________________________
I
Los treinta centímetros que separan tu boca de la mía
me parecen la mayor distancia a la que jamás he de enfrentarme.

“Poesía para perdedores” esta editado por el Ayuntamiento de Málaga (Área de Cultura) en su colección Monosabio.

martes, 13 de marzo de 2012

Próximamente: “Personajes que caminan por mis sueños” de Rakel Rodríguez


Ediciones RaRo para el próximo mes de mayo publica “Personajes que caminan por mis sueños” de Rakel Rodríguez. Un libro de relatos cortos donde personajes tan reales como los soñados se enfrentan a lo absurdo de la vida con humor, ironía y mala leche. Un guitarrista heavy con las manos demasiado grandes para el virtuosismo de los solos de guitarra; una chica zurda en un mundo de diestros, un camarero que se inventa su vida, con cada cliente, para hacerles felices; una chica demasiado hermosa para soñar tocarla, demasiado perfecta para ser real; una hija de papa; un pelotari; un cabeza dura; un hijo único ... Personajes que se escapan del papel y de los sueños de la autora para cobrar vida y colarse en los sueños de los lectores .
“Personajes que caminan por mis sueños” esta ilustrado por Manuel Manzano y Thomas Donner, y en mayo lo podrás tener entre tus manos. Aquí os dejo con el boceto de uno de sus personajes.

El camarero
A veces los rituales se suceden como en una obra de teatro. Así ocurre con el rito de salir a cenar fuera. Es tan similar a una función que hasta tienes los actos prácticamente sabidos de memoria. El camarero (digamos que de un restaurante de unos 40 euros el cubierto) espera con una amplia sonrisa (no demasiado amplia, no hay que exagerar), indica a la pareja de turno el lugar que les corresponde –esta mesa, junto a la ventana que estarán más cómodos- y les deja allí para que se solacen con las vistas paisajistas (si es que el restaurante en cuestión las tuviere). La pareja de la que hablamos tienen entre treinta y cuarenta años no es fácil adivinar la edad exacta, van bien vestidos, aunque sin estridencias, bien peinados, sin ser de peluquería y huelen bien. Son guapos, apolíneos y no tienen defectos físicos a la vista. Observan la sala, los materiales, las cortinas, la carta del restaurante y van asintiendo con la cabeza. Parece que les gusta. El camarero, mientras tanto y como si nada, también les observa y cada pequeño detalle queda grabado en su ojo. Se da cuenta de que es una pareja reciente, no más de un año, se nota en que todavía se miran con deseo, ella lleva una camisa estrecha blanca, muy transparente que deja entrever un sujetador de color gris plomo y una falda verde a la altura de las rodillas, sandalias de tacón bajo marrones, como el bolso. Él también lleva camisa blanca, vaqueros que parecen nuevos y zapatillas grises. Cuando considera que ha pasado el tiempo adecuado vuelve a acercarse a ellos y les recomienda algunos platos y por supuesto el vino. Ellos aceptan. Hoy no les importa nada, quieren dejarse sorprender y disfrutar de una cena íntima y especial (posiblemente, piensa el camarero, celebren su primer año juntos). El vino es un crianza, Ribera del Duero que vale 46 euros la botella. Han pedido para empezar una ensalada tibia de rúcula y gambas con vinagreta de remolacha. Seguirán con un crujiente de espárragos trigueros. De segundo un rape con escalibada y un magret de pato con espuma de ciruela roja e ibérico (jamón ibérico, claro).
Mientras tanto, han seguido llegando más parejas al restaurante, pero de momento seguiremos centrados en la pareja uno. Han terminado con los entrantes a la par que con la botella de vino, piden otra, están muy felices y no dejan de tontear entre ellos. Cuando llega el camarero le explican que celebran su primer año juntos, así lo dicen, su primer año juntos y ya entonces se atreven a preguntar –estábamos comentando que seguro que eres del norte ¿verdad?- El camarero sigue sin dejar de sonreír pero sin enseñar los dientes, levemente y dice
que sí, que es de Bilbao. -¿has visto? Si eso me parecía a mí, es que el acento es tan característico-. El camarero sigue atendiendo mesas mientras nuestra pareja uno siguen comentando cómo se nota lo del norte que es. 
Para ese entonces otras parejas han hecho la misma pregunta al camarero, para los que ha respondido en tres ocasiones: una que nació en San Sebastián, otra en Vitoria y a una tercera les ha dicho que es asturiano, de Gijón. Todo ello sin perder la sonrisa y el buen hacer. También les ha dicho a la pareja uno que su padre es gallego y panadero y su madre modista y de Badajoz. A otra les ha dicho que su padre es de Salamanca y mecánico de coches y su madre ama de casa, nacida en Aranda de Duero, Burgos.
Así se inventa cada día una infancia, una vida y unos padres y todos se marchan tan contentos y encantados de haber acertado plenamente con su intuición. También el camarero termina su jornada satisfecho consigo mismo, porque si contara siempre lo mismo se moriría de aburrimiento. O mataría alguien.
La pareja uno para colmo, al salir, ya muy felices, le han dicho que sabían que su padre era panadero por el olor a pan que emanaba de su piel. Él ha sonreído por última vez y les ha dado las buenas noches, recomendándoles un buen lugar donde tomar unas copas, mientras dirigía su pensamiento a su padre, cabrero de profesión...

las fotografías son del blog de Rakel Rodríguez: http://rakelraro.blogspot.com/

miércoles, 7 de marzo de 2012

tres poemas de dos poetas

Marcos Binder
 "Los Novios" de Antonio López
ESTE TIBURÓN.
Nadie sabe cuantos años tiene
es gris y enorme:
no se sabe cuantos años viven
los tiburones, pueden vivir
100 o 1000 años.
Es un pez
salvaje, franco:
es un tiburón
¡blanco!
Tiene aventuras azules
y oscuridad prenatal
son oscuros lugares
que cantan al son
del mar.
Tiburón, ¡tiburón!
qué negros ojos tienes,
como de muñeca,
tiburón,
ah, ¡tiburón!
 
MUJER LEJANA.
Tienes que existir,
en esta tarde melancólica
y caliente
hazme saber
que no soy un cadáver.
Mujer vulgar
mujer caprichosa,
aparentando
satanases en las uñas,
veneno en los ojos
e infecciones en la piel,
tienes que existir
en esta tarde asquerosa
y cruel:
Ponme otra copa
que mañana me da igual.
 
MIENTRAS AGONIZO
Pienso que solo tuve un amor,
pienso en el sol
y en las nubes,
también las echaré de menos.
Sé que mi vida no ha servido para nada
excepto para
existirla
y así esta bien.
POEMAS DE SU BLOG:http://catstories.blogspot.com/

Alexis Díaz-Pimienta
LA MUCHACHA DE LOS ASCENSORES
Siempre hay una muchacha
que llega al ascensor en el último instante
para que alguien, gentil, detenga con la mano
la puerta automática.
En Madrid, en Bogotá, en la Habana,
en un hostal de Órgiva o en un hotel de Medellín.
Siempre hay una muchacha, y es la misma.
Lo he descubierto casualmente.
Le he dicho: -Ya te esperaba, entra.
Y ella, con disciplina de muchacha atrasada,
se ha acomodado al fondo, donde siempre.
Todos la miran de soslayo, pero luego la olvidan.
Ella nos mira a todos con familiaridad,
con la certeza de hallarnos en el próximo ascensor,
dentro de poco.
Le he dicho: -Ya te esperaba, entra.
Pero ella sabe que la he esperado en todas las ciudades
y que esta escena se repetirá hasta el último edificio.
En Cartagena del Caribe y en Cartagena del Mediterráneo,
en México, en Milán, en La Habana de nuevo.
Sonríe y no me mira.
Ha descubierto que también soy el mismo:
el oportuno dueño de la mano que detiene la puerta.
Sonríe y no me mira. Así está bien.
Si se distrae, puede ocurrir que llegue
antes de tiempo, al próximo ascensor,
en cualquier parte.
 
FINAL DE VIAJE
Si has descubierto
que todos los oráculos engañan
que todos los caminos llevan a ti mismo
qué harás con tus próximos miedos.
Si has descubierto
que los astros mienten
–o tal vez se equivocan–
qué vas a hacer con tus maledicencias.
Si has descubierto
que la vieja gitana –la del pañuelo rojo–
lleva siglos timando a los viajeros
qué harás con tantos manuscritos
con tantas novias esperando flores
Si has descubierto
que en la vida también
eres un simple pasajero de tránsito
qué harás, dónde lo harás, y cuándo.
 
LAS GANAS DE LLORAR
Y las ganas de llorar cómo se quitan.
No el llanto, sino las ganas de llorar incontrolables,
cuando la soledad se llena de rostros ausentes,
de seres queridos que en algún sitio de otra ciudad
preguntan también cómo se quitan las ganas de llorar,
mientras escriben.
POEMAS DE SU BLOG:http://www.alexisdiazpimienta.es.tl/