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miércoles, 10 de octubre de 2012

"Maltrata a sus mujeres" Bukowski


 
Maltrata a sus mujeres
Ya sabes, los escritores vienen y llaman a la puerta, sobre todo los malos, y recuerdo un escritor especialmente malo que después de motón de cervezas por lo visto se cabreó y dijo: “¡Venga, Bukowski, no esperarás que nos creamos todas esas chorradas!” “¿Qué chorradas?”, le pregunté. “¿Todas esas chorradas de que estuviste buscándote la vida en un montón de trabajos, y todas esas mujeres, y esa chorrada de que no escribiste durante diez años y bebistes hasta acabar en el hospital sangrando a chorro por el culo y por la boca?” El chaval estaba cabreado de veras. No pasaba gran cosa en su vida así que le resultaba imposible creer que las vidas de otros pudieran ser distintas. Que la mayoría de los hombres no apuesten con sus vidas o creatividad no es culpa mía. Y da pie a obras aburridas y escritores aburridos.
Las fábricas, los mataderos, los almacenes no fueron exactamente una elección y al mismo tiempo fueron una elección, al igual que las mujeres y al igual que la bebida. Sí y no. Era movimiento y era movimiento restringido. Y así estaba sentado en el mismo bar día y noche, hacía recados a cambio de sándwiches y me peleaba con el camarero en el callejón. Ésa fue mi preparación literaria, igual que lo fue vivir en cuartitos diminutos con cucarachas, o con ratones o con ratas, e igual que lo fue andar medio muerto de hambre y lo fue la conmiseración y lo fue el asco. Pero de ahí salieron relatos y poemas y algo de suerte; no una suerte inmensa pero sí algo, y si la suerte llegó tarde, digamos a los 50 años, tanto mejor para mí. Ya sabes lo que dijo Huxley en “Contrapunto”: “Cualquiera puede ser un genio a los 25, a los 50 requiere esfuerzo”. Muchos son genios a los 25, y reconocidos y destruidos. No muchos escritores llegan hasta el final; los malos siguen escribiendo y los buenos son destruidos pronto. Son destruidos de la misma manera que son destruidos los astros del rock: por causa del exceso de producción, de elogios, de presión y de la imbecilidad de siempre.
Los dioses se portaron bien conmigo. Me tuvieron jodido. Me obligaron a vivir la vida. Me resultaba muy difícil salir de un matadero o una fábrica y volver a casa y escribir un poema que no me salieran plenamente del corazón. Y mucha gente escribe poemas que no le salen directamente del corazón. La vida dura dio pie a la frase dura y por frase dura me refiero a la frase auténtica desprovista de ornamentos.
Los dioses siguen portándose bien conmigo. Sigo siendo marginal, pero no tan marginal como para verme enterrado del todo. La única vez que recité en San Francisco, vinieron 800 personas y 100 de ellas llegaron con cubos de basura para lanzármela. A 2 cubos por barba, la basura aquella no olía tan mal. Los dioses se portan bien conmigo en el sentido de que provoco reacciones extremas: el gentío parece apoyarme por completo o detestarme por completo. Eso es tener suerte; y en los recitales cuando alguien me grita una obscenidad, disfruto casi tanto como cuando alguien del público me alcanza una botella. He pasado por ello y el público sabe que he pasado por ello. No soy un pulcro profesor con una casa en las colinas y una mujer que toca el piano. 
Uno siempre tendrá detractores y la mayor parte de tus detractores serán los otros autores que se mueren de ganas de enterrarte. “Ah, ha tropezado”, “¡Ah, es un borracho horrible!”, “Maltrata a sus mujeres.” “A mí me acuchilló.” “Recibió una beca sin cumplimentar la solicitud.” “Da por saco.” “Detesta a los maricas.” “Miente.” “Es envidioso.” “Es vengativo” “Es asqueroso”.
La mayoría de estos detractores copian casi directamente mi estilo o están influenciados por él. Mi contribución consistió en relajar y simplificar la poesía, hacerla más humana. Se lo puse fácil para seguirme. Les enseñé que puedes escribir un poema de la misma manera que escribes una carta, que un poema puede ser hasta entretenido y que no tiene por qué tener necesariamente nada de sagrado. Ahora mucho me temo que hay demasiada gente escribiendo como Charles Bukowski, o debería decir intentando escribir como Charles Bukowski. Pero sigo siendo el mejor Charles Bukowski que hay por ahí y mi estilo sigue adaptándose y cambiando conforme lo hace mi vida, así que sencillamente no van a atraparme. Sólo Papá Muerte me atrapará, y he reducido la bebida a la mitad para que quienes me odian tengan que sufrir un poquito más. Mientras los que me copian van muriendo del alcoholismo, yo me iré de tapadillo a balnearios a medianoche. Ah, soy el más listo.
Me resulta difícil encontrar héroes a estas alturas, así que tengo que crear mi propio héroe: yo mismo. Eso da pie a algunas noches jodidas. Y días. Hay que mantenerse flexible, abierto al cambio, pero no se puede cambiar simplemente por capricho. Los movimientos tienen que ser naturales y derivarse de la vida. Si esto suena a sagrado lo lamento, pero creo que ya sabes a qué me refiero. Tengo en gran estima las obras de Knut Hamsun porque fue un hombre que creció y amplió sus miras, aunque su primer libro “Hambre” fue el más interesante, uno admiraba su trabajo en buena medida porque se podía percibir el crecimiento, el aire blanco, los valles, las mujeres, el dolor y el humor y la ausencia de chorradas. Dudo que vuelva a haber otro Knut Hamsun; soy demasiado vago; me gusta vaguear por las tardes y mirar el techo o rascarme la barba desaliñada; carezco de ambición y tal vez espero más de la cuenta la palabra, pero no me veo encerrado en un área concrete ni por mis admiradores ni por mis detractores, así que cuando hablas de Charles Bukowski, sólo puedes hablar del Charles Bukowski de ayer. Te lanzaré una que pasará rozándote mañana mismo y no sabrás lo que es durante un tiempo.
A los acusadores les digo, adelante, acusad; a los que me elogian les digo, adelante, elogiad; a la mujer que me quiere le digo, adelante, quiéreme; a Marina le digo, adelante, conviértete en una mujer maravillosa; a mi coche le digo, adelante, sigue corriendo para que no tenga que comprar otro; a mi máquina de escribir le digo, adelante, cuéntame más cosas, más y más cosas, cosas diferentes; adelante, adelante, adelante...
Sagrado o no, a eso se reduce todo, y eso es lo que puedo contarte ahora. Ahora tengo hambre y voy a comerme un sándwich. Me gusta con mucha mostaza picante, ¿a ti no?


de “Ausencia del héroe. Relatos y ensayos inéditos (1946-1992)” Bukowski (Editorial Anagrama)

1 comentario:

RaRo dijo...

a mí lo que más me gusta es rascarme los sobacos....