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miércoles, 17 de octubre de 2012

dos relatos de J.P.G

el relato "Recuerdos de una Lisboa que tal vez nunca existió" en el blog:   http://lafanzine.blogspot.com

 

el relato "ida y vuelta" (aparecido en la colección “literatura de kiosko n.2” de Ediciones RaRo)

Fue el pasado lunes por la noche. Salí de la academia donde impartía clases y cogí el coche. En vez de ir a casa como solía hacer todos los días, me dirigí, sin ningún motivo aparente, a las afueras de la ciudad. En unos minutos dejé atrás aquella gris ciudad y me dejé envolver por la oscuridad de la noche y la música de Robert Johnson.
Pensé en Ana, la buena de Ana, a la que hacía tiempo dejé de amar, preocupada por mi retraso, mordiéndose las uñas. Y en el pequeño Rubén coloreando sus cuadernos de dibujo hasta que llegara su hora de acostarse. Tenía la certeza que lo más lógico era dar media vuelta y regresar, pero sentía una atracción salvaje en seguir en la carretera y en aquella oscuridad hipnótica. Además necesitaba escapar por unos instantes de la rutina de las mismas calles, de los mismos atascos, las mismas respuestas de siempre, los mismos programas televisivos, el mismo lado de la cama…
Me metí por carreteras comarcales donde la oscuridad de la noche era más profunda y reconfortante. Atravesé pueblos de los que ni siquiera había oído hablar. No sé cuánto tiempo estuve conduciendo, dos, tres horas, quizá más. Sólo me detuve cuando el coche se quedó sin gasolina. Eché a andar hacia las luces de un pueblo que divisaba a lo lejos. Helaba.
En el pueblo, el reloj del ayuntamiento se había detenido a las siete y diez, quién sabe cuándo. El pueblo entero estaba silencioso como una tumba. En una casa particular se anunciaba que se alquilaban habitaciones. Llamé a la puerta y apareció un hombre enorme con un cigarro en la boca. Busco una habitación, le dije, él mirándome de arriba a abajo, sin quitarse el cigarrillo de los labios, gruñó, que ya tenía todo alquilado. Le pregunté por alguna otra pensión pero cerró de un portazo. Deambulé por las calles con la esperanza de encontrar un bar abierto o una pensión, pero todo estaba extrañamente silencioso y desierto. Sólo unos perros vagabundos y un frío asesino. Me metí en una casa ruinosa y ennegrecida, alumbrándome con la llama del mechero conseguí situarme y hacer una hoguera con los restos de papeles y maderas que había desperdigados por el suelo. Fue un fuego hermoso, que me trajo recuerdos de mi infancia. Siempre quise que mi casa tuviera una chimenea pero no pudo ser, tantas cosas no salieron como yo esperaba…
Me acurruqué junto al fuego y en mi cabeza se empezaron a acumular extrañas sensaciones y preguntas sin respuestas. Todo aquello era absurdo, sin sentido, ¿a quién pretendía engañar? ¿qué quería demostrar? ¿de qué me quejaba? Tenía una mujer que me amaba apasionadamente, un hermoso hijo al que me gustaba ver crecer, un trabajo que me daba para vivir y permitirme ciertos caprichos, un círculo de amigos que me apreciaban… y seguía disfrutando con la música, con la buena comida y con el cine. Ahora mismo podría estar en mi casa, en mi sillón, junto al brasero, con la luz apagada, escuchando a Bo Didley, ¿entonces a qué venía toda aquella comedia? Me dormí hecho un ovillo junto al fuego, el frío me despertó poco antes de que amaneciera. Allí, sentado con la mirada perdida, en los restos de la hoguera, lleno de incertidumbre, medio muerto de frío, medio loco, pensando en encontrar un sentido a todo aquello, fue amaneciendo.
Con la amanecida el pueblo recuperó su vida. En una esquina de la plaza había un bar abierto, entré, pedí un café y unas tostadas. Pregunté por los autobuses que salían hacia la capital. En unas horas estaría de vuelta a casa, de vuelta a la vida que había ido construyendo, bien o mal, durante tantos años y donde tenía mi pasado, mi presente y mi futuro. Llamé a la grúa para que cogiera el coche, no pude telefonear a Ana porque no sabía qué decirle, cómo explicarle.
El coche de línea llegó puntual, subió una mujer enlutada y un joven vestido con un mono azul. No subí, mis piernas estaban agarrotadas y algo tiraba de mí hacia abajo sin dejarme mover. Vi salir el autobús y lo seguí con la mirada hasta que se perdió en una curva de la carretera. Volví al bar, escribí una larga carta a Ana, compré sobre y sello.
Han pasado seis días desde aquél lunes por la noche y no he mandado la carta a Ana. Estoy confundido. Echando en falta muchas cosas, sin rumbo, sin destino y sin billete de vuelta.

la fotografía de La Feira da Ladra (Lisboa) la encontre aquí

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