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martes, 25 de septiembre de 2012

"el camarero amigo" de Rakel Rodriguez


"El camarero amigo" del libro "personajes que caminan por mis sueños" (ediciones RaRo)

Samuel había llegado al restaurante por vía materna, ya que su madre era la dueña, gerente y supervisora de “El Rincón escondido”, nombre que para ella era suficientemente sugerente sin resultar pretencioso. La carta era bastante sencilla, pero elaborada, todo se basaba fundamentalmente en productos de temporada y buen gusto en la cocina. Con clase pero sin pedantería. Cinco primeros, cinco ensaladas, cinco segundos, cinco postres. Con el tiempo se había convertido en lugar donde arribaban parejitas de enamorados, parejas empresariales o parejas de conveniencia. No importaba, todos eran tratados con la misma discreción y solicitud, sabiendo que al terminar pagarían una cuenta que no bajaría de 70 euros (por comensal).
Samuel nunca antes había querido trabajar con su madre, pero después de varios años dando tumbos, sin una vocación clara que alimentar y con una evidente falta de iniciativa hacia cualquier empresa que le supusiera algún sacrificio, acabó por echar raíces en el negocio familiar. Samuel no era mal camarero.
Era amable con los clientes, siempre tenía una ristra de sonrisas que mostrar e incluso a medida que se fue haciendo fuerte, compartía carcajadas con los comensales. La clientela que acudía a “El Rincón escondido” solían ser personas que agradecían los cumplidos y a los que les gustaba que les trataran aunque sólo fuera por una noche, como clientes de un crucero de lujo, o sea: les gustaba que el camarero compartiera un rato con ellos, que el chef les llevara alguno de los platos y que el encargado o encargada se sentara un rato con ellos al finalizar los postres y de paso les invitara a un chupito de orujo. Samuel ponía empeño e intención en quedar bien con los clientes, a los que él llamaba amigos y tanto empeño ponía que en ocasiones llegaba a sentarse a la mesa durante un tiempo más que prudencial. El resto de camareros en nómina (cuatro) se apañaban entre ellos como si él no existiera y cada vez que lo veían rondar por una mesa se daban codazos para apostar cuánto tiempo sería capaz esta vez de entretenerse con sus “amigos”. Los clientes adoraban a Samuel, ya que las cenas se alargaban indefinidamente y siempre salían de allí con la sensación de sentirse como de la casa. Los cocineros, en cambio, que tenían turnos de todo el día para que la gente pudiera comer a todas las horas que quisieran, le odiaban.
Alargaba sus ya de por sí largos horarios y les molestaba con estupideces como cambiar el nido de verduras por una cama de algas, porque le parecía a él que quedaba mejor para algunos clientes. Los cocineros, poco dados a cambios en la carta, obedecían estos cambios con los cuchillos a resguardo de su mala leche y cuando terminaban el turno, cocineros y camareros aprovechaban para meterse con él con ensañamiento y alevosía mientras devoraban pintas de cerveza, recordando algunas de sus frases insulsas y bromas sin gracia. A Samuel poco le importaba lo que pensara el resto del personal, él tenía cosas mucho más importantes en las que pensar. Tenía muchos amigos a los que atender.

presentación de "personajes que caminan por mis sueños" en Almería

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