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martes, 17 de abril de 2012

Orwell por Orwell (I parte)


Prefacio del autor a la edición ucraniana de “Rebelión en la granja”.

Se me ha pedido que escriba un prefacio a la versión ucraniana de “Rebelión en la granja”. Soy consciente de que escribo para unos lectores de los que no sé nada y que, probablemente, tampoco han tenido la menor oportunidad de saber de mí.
Seguramente, los lectores esperarán que en este prefacio les explique algo de cómo nació “Rebelión en la granja”, pero antes quisiera explicar algunas cosas sobre mí mismo y sobre las experiencias que me han llevado a mi actual posición política.
Nací en la India en 1903. Mi padre era allí funcionario de la administración británica, y mi familia era una más de esas familias de clase media cuyos hombres son militares, sacerdotes, funcionarios, maestros, abogados, médicos, etc. Me eduqué en Eton, la más cara y esnob de las escuelas públicas inglesas. Ingresé allí gracias a una beca; de otro modo, mi padre no habría podido permitirse el lujo de enviarme a una escuela de este tipo.
Poco después de salir de Eton (cuando aún no había cumplido los veinte años) fui a Birmania e ingresé en la Policía Imperial India. Era ésta una policía armada, una especie de gendarmería muy similar a la Guardia Civil española o a la Garde Mobile francesa. Serví en ella cinco años. No me gustó aquel trabajo, y me hizo odiar el imperialismo, aunque en aquellos momentos el sentimiento nacionalista en Birmania no era muy intenso y las relaciones entre ingleses y birmanos no eran especialmente malas. En 1927, estando de permiso en Inglaterra, abandoné el servicio y decidí hacerme escritor, actividad en la cual al principio no tuve éxito. En 1928 y 1929 viví en París y escribí unos relatos y novelas que nadie quiso publicar (y que más adelante destruí). En los años siguientes viví casi siempre al día, y pasé hambre en varias ocasiones. De 1934 en adelante pude vivir de lo que ganaba escribiendo. Antes, pasé a veces varios meses seguidos entre las gentes miserables y semidelincuentes que habitan las zonas peores de los barrios pobres o que se echan a la calle para mendigar y robar. En aquella época me uní a ellos por la falta de dinero, pero más adelante su forma de vida me interesó mucho por sí misma. Pasé muchos meses (esta vez más sistemáticamente) estudiando las condiciones de vida de los mineros del norte de Inglaterra. Hasta 1930 no me consideraba socialista; no tenía ideas políticas concretas. Me hice prosocialista más por indignación ante la forma en que eran oprimidos y abandonados los obreros industriales más pobres que por admiración teórica hacia una sociedad planificada.
En 1936 me casé. Casi la misma semana estalló en España la guerra civil. Mi esposa y yo decidimos ir a España a luchar en favor del gobierno. Marchamos al cabo de seis meses, tan pronto como yo hube terminado el libro que estaba escribiendo. En España, pasé casi seis meses en el frente deAragón, hasta que, en Huesca, un francotirador fascista me atravesó la garganta de un disparo.
En una primera etapa de la guerra, los extranjeros no conocían, en general, las luchas entre los varios partidos políticos que apoyaban al gobierno. Debido a una serie de circunstancias no me uní a las Brigadas Internacionales, como la mayoría de los extranjeros, sino a la milicia del POUM, es decir, de los trotskistas españoles.
A mediados de 1937, cuando los comunistas lograron el control (o el control parcial) del gobierno español y empezaron a perseguir a los trotskistas, nos encontramos los dos entre las víctimas. Tuvimos la gran suerte de salir de España con vida, sin haber sido detenidos una sola vez. Muchos amigos nuestros fueron fusilados, y otros pasaron largo tiempo en la cárcel o simplemente desaparecieron.
Estas persecuciones en España tuvieron lugar al mismo tiempo que las grandes purgas de la URSS, de las que fueron una especie de complemento. En España y Rusia la naturaleza de las acusaciones era la misma (es decir, conspiración con los fascistas), y, en lo referente a España, tengo todas las razones para creer que aquellas acusaciones eran falsas. Esta experiencia constituyó para mí una valiosa lección práctica: me enseño con qué facilidad puede la propaganda totalitaria controlar la opinión de la gente culta en los países democráticos.
Tanto mi esposa como yo vimos a personas inocentes arrojadas a las cárceles porque sobre ellas recaía una simple sospecha de heterodoxia. Pero, a nuestro regreso a Inglaterra, nos encontramos con que numerosos observadores sensatos y bien informados creían los fantásticos relatos de conspiraciones, traiciones y sabotajes que reproducía la prensa en sus informaciones de los juicios de Moscú.
Entonces comprendí, con más claridad que nunca, la influencia negativa que tiene el mito soviético en el movimiento socialista occidental.
Aquí debo pararme a explicar mi actitud hacia el régimen soviético.
Nunca he visitado Rusia, y mi conocimiento de este país consiste en lo que puede saberse por la lectura de libros y periódicos. Aunque tuviese el poder necesario, no desearía inmiscuirme en los asuntos internos soviéticos: no condenaría a Stalin y a sus colaboradores sólo por sus métodos bárbaros y antidemocráticos. Es muy posible que, aun con la mejor de las intenciones, no hayan podido actuar en otro modo dadas las circunstancias de su país.
En cambio, considero de la mayor importancia que en la Europa occidental se tenga una idea exacta de lo que es el régimen soviético. Desde 1930, pocas cosas me hacen creer que la URSS esté avanzando hacia nada que pueda honestamente llamarse socialismo. Por el contrario, me han llamado la atención indicios claros de su transformación en una sociedad jerárquica, en la que los dirigentes no tienen más razones para abandonar su poder que cualquier otra clase dirigente. Además, los obreros y los intelectuales de un país como Inglaterra no pueden comprender que la URSS de hoy es del todo diferente a lo que era en 1917. Ello se debe, en parte, a que no quieren comprenderlo (porque quieren creer que en algún lugar existe realmente un país socialista), y en parte a que el totalitarismo es algo que les resulta del todo incomprensible, por estar acostumbrados a una relativa libertad y moderación en la vida pública.

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