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martes, 20 de marzo de 2012

"Última salida para Hollywood" por Roger Wolfe

fotografía de Weegee
1
En octubre de 1997 hice un viaje que resultó ser inesperadamente mágico. No me gusta viajar y el primer sorprendido fui yo; se trataba, además, de un viaje de lo que podríamos llamar trabajo.
El diario El Mundo había aceptado mi sugerencia de desplazarme a Los Ángeles para entrevistar a Hubert Selby, el mítico autor de la no menos mítica novela “Última salida para Brooklyn”.
Fui en British Airways, vía Londres.
En el vuelo Madrid-Londres todavía dejaban fumar; debió de ser el último año en que eso fue posible, y aun así era una excepción, motivada sin duda por el hecho de que el avión salía de Barajas.
Las doce o catorce horas del vuelo Heathrow-Los Ángeles fueron otro cantar, al menos en lo que se refiere al tabaco, pero conseguí asiento en salida de emergencia, que para un piernilongo como yo, que viaje en turista en un trayecto de tan larga duración, es lo mínimo (y desgraciadamente lo máximo) que se puede pedir.
En L.A. me dejaron pasar el control de pasaportes sin hacerme demasiadas preguntas, pero en el corredor de salida, cuando ya me veía hollando en libertad el alegre y soleado suelo californiano, dos adustos policías armados hasta los dientes me dieron el alto y me volvieron a preguntar los motivos de mi visita.
Les dije que venía de vacaciones, y a ver a un amigo que vivía en Hollywood. Claro que usé espontáneamente la palabra británica, holiday, que en inglés americano no significa, además de «día festivo», «vacaciones», sino exclusivamente «día festivo». Eso cualquier norteamericano mínimamente culto lo sabe, pero los policías debían de estar de mal humor o tener ganas de divertirse un poco.
—¿Fiesta?—me dijo el malo (como es sabido, en estas parejas hay uno que siempre hace de malo, o de listillo, y otro de bueno o de conciliador)—. Que yo sepa no tenemos fiesta.
—Es una pena—le contesté, con ese tono forzadamente risueño, a medias temeroso y a medias bobalicón, que adopta uno en estos trances.
El agente ni me respondió. Había vuelto a la conversación con su colega, dando por concluido nuestro breve intercambio.
Creo que huelga decir que no le reproché su mala educación.
Hice uso de uno de esos servicios de taxi compartido para desplazarme del aeropuerto hasta el motel de Hollywood que había reservado. Éramos unos cuantos, y el monovolumen, conducido por un simpático negro tocado con una gorra de plato, fue dejando viajeros en diversos establecimientos antes de llegar al mío, que resultó ser el último del recorrido.
Cuando me bajé del vehículo era ya de noche, pero en seguida reconocí la vegetación: pitas, adelfas, jazmín blanco y buganvillas. La misma flora que en elMediterráneo español. Los olores eran también muy parecidos.
Todo aquello se me antojó buena señal.
Mi habitación era más bien espartana y funcional, pero amplia, cómoda y muy tranquila; a excepción del suave y casi terapéutico runrún de la máquina de hielo del pasillo, y el ocasional golpe seco de los cubitos cuando caían, no se oía ni el menor ruido. ¡Y se podía fumar!
Grandes cortinas blancas velaban un ventanal que daba a un patio interior con piscina y jardín.
Me asomé un momento.
Las ramas de las palmeras se recortaban contra el grisáceo firmamento parpadeante de Los Ángeles. El agua de la piscina, vacía y en calma, rielaba a la luz de las farolas.
Me preparé un café con el hervidor de agua y los sobrecitos de cortesía que tenía a mi disposición, me fumé unos cuantos cigarrillos, y me acabé quedando frito con la ropa puesta, encima de la cama. El jet lag le hace a uno estas jugadas; y cuando vas de Este a Oeste, llegas como si te hubieras pasado una noche sin dormir.
Tras un par de días de reajuste y adaptación, que dediqué mayormente a deambular sin rumbo fijo por Los Ángeles, rastreando las huellas de mis muy queridos Raymond Chandler, Ross MacDonald o Bukowski, llamé a Selby desde un teléfono público en la calle. 
—Hola. Bienvenido a Hollywood, amigo.
—Gracias. Me está gustando mucho lo que he visto. Se parece bastante a la región de España en la que me crié.
No sólo la vegetación, y el clima, sino hasta las casas; yeso encalado, arcos moriscos y jardines con ciprés y surtidor.
—Sí, esto es muy mediterráneo. Y este veranillo indio que tenemos es una maravilla.
—¿Le parece bien que pase esta misma tarde?
—Cuando quieras. Yo no voy a salir de aquí.
Me acerqué después de comer. Fui andando, y no me costó encontrar el complejo de apartamentos de una sola planta en el que vivía Selby.
Había que llamar, subir una corta escalinata, y luego entrar en un florido patio de baldosas, muy andaluz, desde el que partían corredores y pasillos que conducían a los distintos apartamentos.
El de Selby era chiquitito y más bien oscuro.A la entrada había un buda sentado en el suelo, sonriente; y luego revisteros, y alguna pila de libros. A la derecha, un vetusto sofá, sobre el que colgaban viejas fotos de familia, en las que aparecía un Selby de diversas edades, con mujeres diferentes y con algún niño. Había otras fotos; me fijé en una de un joven vestido de marino. Uno de los hijos del autor, quizá.
El escritor se me acercó, ligeramente encorvado, y me extendió la mano con una sonrisa. Nos dimos un firme apretón, mientras sus penetrantes ojos azules se clavaban en los míos durante un instante.
Selby, delgadísimo, se movía con lentitud y un aire de fatiga y fragilidad. Vestía una camisa de nilón azul, muy lavada, colgada por fuera de unos pantalones de loneta de color claro. Observé que a pesar de su edad, que rondaba ya la setentena, conservaba el pelo, muy blanco, que llevaba impecablemente peinado.
Estuvimos charlando durante más de cinco horas. Llené cuatro cintas de cassette de noventa minutos, y podríamos haber seguido, pero cuando empezó a caer la noche mi anfitrión, que tenía dificultades para respirar y debía de estar exhausto, sugirió ir a cenar.
—Nos acercamos en coche hasta el motel, si te parece.
—¿Podemos cenar allí?
—Sí, cocinan bastante bien. Yo voy a esa cafetería con cierta regularidad. Allí celebramos las reuniones.
No le pregunté a qué reuniones se refería, porque ya las había mencionado varias veces, sin dar detalles, y yo me imaginaba lo que quería decir: debían de ser reuniones de AA.
Durante el corto trayecto al motel, a bordo de un viejo utilitario japonés que Selby manejaba con pericia consumada, salió a relucir el nombre de Lou Reed.
—¡Ah, sí! ¡Lou! Es un encanto.
—¿Conoce sus discos, verdad?
—Sí, claro. Recuerdo uno que me mandó hace años, que hablaba mucho de Nueva York.
—Sería el New York.
—Sí. Era muy bueno. Lou es encantador. Rápido, perceptivo, brillante. No se le escapa una.
—Escribió en los sesenta una canción, “Sister Ray”, que casi podría estar sacada de las páginas de “Última salida”.
A usted le menciona siempre como una de sus mayores influencias.
—Sí, Lou es muy amable. Y tiene un talento portentoso.
La última imagen de Hubert Selby que conservo en la memoria es la de su frágil figura vista desde atrás, cuando se marchó del motel aquella noche, atravesando el jardín, tras despedirse de mí: la espalda echada hacia delante, los omóplatos marcados bajo la delgada tela de la camisa, el paso ligeramente vacilante.
Sentí una lacerante punzada de tristeza. Entre otras cosas porque sabía que era muy difícil que lo volviera a ver.
Y porque resultaba evidente que no podía durar mucho; estaba bastante más enfermo de lo que parecía.
fotografía de Weegee
2
En 1998, un año después de mi encuentro con él, salió la última novela que Selby publicaría en vida, “The Willow Tree” [«El sauce»], en la editorial británica Marion Boyars Publishers, la misma que a finales de la década de los 80 sacó la reedición de "El demonio" que todavía hoy, en sucesivas reimpresiones, sigue viva y en circulación.
Hubert Selby no ha sido editorialmente afortunado en España. De su obra más famosa, “Última salida para Brooklyn”, sólo existe una versión, publicada en 1989 por Anagrama, que estuvo durante muchos años descatalogada y no se reeditó hasta 2005. En 1988 había aparecido “El demonio” en Montesinos, en una misteriosa edición que nadie que yo conozca es capaz de recordar y que desde hace lustros es imposible conseguir. Y no fue hasta muy recientemente cuando se publicaron versiones españolas, en pequeñas editoriales, de las novelas “Réquiem por un sueño” (magníficamente adaptada al cine por Darren Aronofsky en el año 2000) y “La habitación”.
Quizá uno de los motivos del pertinaz desconocimiento de este autor haya tenido que ver, precisamente, con su condición de escritor minoritario, de culto, que ni siquiera en los Estados Unidos, y a pesar del sonado escándalo que supuso en 1964 la publicación de Última salida, ha sido nunca muy leído.
Selby siempre fue un espíritu libre; no se subió nunca a ninguna plataforma, como sus coetáneos los beat, ni se unió a ningún grupo ni tendencia. Era un llanero solitario; lo que se suele llamar un «francotirador». Por otra parte, sus libros no son fáciles de leer, y mucho menos de verter a otros idiomas; su prosa tensa y comprimida, su particularísimo uso del diálogo, fundido sin solución tipográfica de continuidad con las propias entrañas del texto, y del flujo de conciencia o monólogo interior, junto con sus abundantes juegos de palabras, coloquiales y cultos a la vez, y los complejos registros del vernáculo norteamericano que muchos de sus personajes utilizan, pueden convertirse en una auténtica pesadilla hasta para el más avezado traductor.
La editorial Huacanamo, de Barcelona, acaba sin embargo de publicar una nueva versión española de “El demonio”, en sólida y bien trabajada traducción de Juan Miguel López Merino, que esperemos que contribuya a difundir un poco más la obra de Selby entre el público lector español.
“El demonio” narra la historia de Harry White y su descenso a los infiernos de la psicosis sexual. Evidentemente no se trata de una historia agradable, bonita ni entretenida, sino de la hipnotizante y estremecedora crónica de una posesión, que tiene lugar en el terreno del sexo, pero que podría haberse producido en cualquier otro ámbito, porque lo que importa es el escalofriante análisis de la patología en sí, más que el marco en el que se manifiesta. El libro, en cualquier caso, es una de esas obras que liberan a través del dolor, y nos acaban haciendo paradójicamente más humanos. La gran especialidad, en suma, del gran Hubert Selby.
No sé si "El demonio" será la mejor de las novelas de su autor. Cuando se trata de escritores como Selby, «mejor» y «peor» son palabras que casi carecen de sentido. Usarlas resultaría tan absurdo como lo sería hablar, por ejemplo, de lo «mejor» y lo «peor» de la obra madura de Beethoven (al que Selby, curiosamente, citaba siempre como su «mayor influencia consciente»; un detalle tremendamente importante y revelador).
A mí esta novela, que he leído un par de veces, me sacudió de tal manera los cimientos que dudo que vuelva a leerla una tercera vez. En mi caso es cuestión, más que nada, de preservar mi precaria y siempre amenazada salud mental. Extraño elogio, pensarán tal vez algunos; pero creo que quienes hayan comprendido sabrán lo que quiero decir.
Al novelista español José Ángel Mañas le preguntaron en cierta ocasión, en una entrevista, que si había alguna obra de la literatura universal de la que le gustaría escribir una segunda parte. 
Sí—respondió—. "El demonio", de Hubert Selby.
José Ángel, aunque muchos quizá no se lo crean, puede llegar a ser bastante más atrevido que yo.


Del blog de Roger Wolfe: http://www.rogerwolfe.es/
Otro artículo de Roger Wolfe sobre Hubert Selby. 
Reportaje-entrevista. «Hubert Selby. La cara oculta del sueño americano.» aquí

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