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jueves, 5 de enero de 2012

Pedro Juan Gutiérrez

Aguardiente y sangre
Hace un par de años estuve unos días recorriendo las montañas de El Escambray, al centro de la Isla. Una tarde llego a un pequeño poblado. Sus habitantes se dedican sobre todo a trabajar en los bosques y cafetales de los alrededores.
Tenían fiesta. Celebraban algo. No recuerdo qué celebraban pero había alegría en el ambiente, música, comida, baile, bebida. Recién comenzaba la parranda cuando llegué. Periodista al fin y al cabo, tengo una gran flexibilidad para adaptarme a las circunstancias, así que puse a un lado el trabajo y me dediqué a fiestar yo también.
Lo mismo hicieron el chofer y el fotógrafo que me acompañaban, seres tan brillantes como yo en el arte de pecar más y mejor.
Bien, entremos al asunto. A medida que los barriles de aguardiente se vaciaban, los pistones cerebrales de aquellos campesinos se aceleraban más y más. En Cuba se dice en esos casos que “el ron se les subió pa’ la cabeza”.
De tal modo comenzaron las broncas. Se hizo de noche y más y más broncas. Sólo que no eran con jabs al hígado y ganchos al mentón. No. Nada tan inocente. Eran a machetazos.
Fue sanguinario. A eso de las diez de la noche, una amiga tuvo un fuerte ataque de asma y la acompañé al hospital, pequeño, situado en el centro del pueblo. Tres médicos y cinco enfermeras. No pudieron atenderla.
Los médicos no alcanzaban para coser heridas y remitir algunos casos más graves para un hospital mayor en una ciudad del llano. Jamás olvidaré aquella imagen de los médicos y enfermeras agotadísimos. Hacía horas que suturaban tajazos de machetes y cuchillos. Otros veinte heridos esperaban su turno. Todos ensangrentados como si fueran carniceros.
Al día siguiente, temprano por la mañana, pasé de nuevo frente al hospital. Unas mujeres fregaban los pisos con agua abundante. El agua era roja, como si se tratara de un matadero de reses y no de un hospital.
Algunos pensarán que exagero o que soy morboso. Pues no. Ni lo uno ni lo otro. Me gusta ser positivo. Estoy convencido de que esta aventura tremenda y terrible que es la vida sólo podemos transitarla con un pensamiento constructivo y positivo. De lo contrario no merece la pena.
Un lugareño, apenado, trató de justificar a sus compatriotas: “Es que hace mucho tiempo no teníamos fiesta aquí, y se acumularon muchos rencores y celos. Ya usted sabe, pueblo chico, infierno grande”.
“¿Es decir, que los rencores y celos acumulados se resuelven a machetazos?”, le pregunté.
Y él me contestó: “Cuando la gente es corta de palabras... enseguida se van a las manos”. Cierto. Aquel hombre tenía razón. El alcohol nos desinhibe y entonces nos mostramos como somos. Sacamos lo que hemos escondido dentro mucho tiempo. En otro sitio, tal vez no habría pasado de la discusión alterada y vociferante, o se hubieran ido a escuchar boleros tristes cuando, en medio de la borrachera, alguien le dijo a su amigo que efectivamente su mujer lo cornea hace años con el vecino y que él es lo único en el pueblo que lo ignora, porque a sus espaldas le llaman “el venado”. Otros más irían altivos y despechados, a plantear divorcio. En fin, cada quien reacciona como puede. Si la reserva de palabras e ideas es mínima, entonces se acude ciegamente a la brutalidad del machete. Es la única “solución” a mano.
No me gusta juzgar ni sacar conclusiones didácticas y moralistas de lo que sucede a mi alrededor —quizás por seguir el consejo bíblico: con la misma vara que midas, te medirán—, así que sólo apuntado aquel suceso de pasiones exacerbadas, sangre abundante y palabras escasas.

Sitio oficial del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez http://www.pedrojuangutierrez.com/

2 comentarios:

ypunto dijo...

Un brindis a la salud de ustedes. Luis.

Anónimo dijo...

oye Jose muy buena la recomendación. Por cierto, la pitera bien, el grifo abierto y la acción en movimiento.