un espacio abierto sobre libros, literatura, viajes, cine, música, aguardientes y otros destilados ...

sábado, 26 de febrero de 2011

poemas de Umar Abass

El sueño de Dakhla (Poemas de Umar Abass)
por Manuel Moya


A MI AMIGO SCHILAB´
Como todos los días, el viejo Schilab´
cuelga sobre el muro la jaula de perdices
y nada le importa que desde hace tantos años,
cuando aquellos días de furia que lo quemaron todo,
murieran sus perdices,
pues él las sigue escuchando
y no admite que nadie le hable de su ausencia.
El día para él transcurre al lado de su jaula,
trajinando con las hebras del tamat
que en sus manos diestras más bien parecen
hilos de seda. Nada inmuta
al viejo Shilab´, que sigue obnubilado
el parlar de unas perdices que se pasan el día
refiriendo historias de los lejanos países
que vuelan en la noche.

A veces llegan mercaderes
que se llevan las ásperas harinas del molino,
los frutos de las huertas y, con un poco de suerte,
las cestas de mi amigo Shilab´,
que él mismo cuelga bajo el clavo
donde pende todavía la jaula perdicera.
Él de eso vive. De eso y de escuchar
durante horas a sus pájaros,
aguardando que llegue la noche
y que al descolgar la jaula,
descubra con alivio que han volado.


AL VIEJO FIRDAUSI

Eres a la vez estancia y refugio
Y Â LAL AL DIN RUMI

No pregunta.
Cuando cansados
llegamos a su puerta, en silencio nos acoge.
De quién huyamos
ni qué infortunio nos traiga ante su casa,
no le importa,
y aunque todo en nosotros le desvela,
callado permanece. Sabe
del desierto y de las rutas estivales,
mas descree de los hombres y sus fábulas.
Nunca pregunta. Con timidez
señala hacia las dunas,
en ellas, dice, se halla la respuesta,
pero las dunas, que lo han visto todo,
que todo lo arrastran, que todo lo devoran,
son presas fáciles del viento.


Las postales que ilustran estos poemas son de Nick Bantock

lunes, 21 de febrero de 2011

poesía Iván Tubau

POESÍA
No te quiero pura
ni purificada o purificadora
ni purista
dioses
ni depuradora
ni depurativa

El amor existe si haciéndolo estamos
mientras mestizamos
salivas mezclamos
cunilinqüizamos y felacionamos

Yo te quiero impura
y verde y madura
promiscua y cachonda
y dulce lesbiana puta sabihonda

Yo te quiero impura
mojándolo todo
y haciendo el amor como yo te hago.



LA PIEL
Cuán terrible la vida
de un hombre cuya piel
nadie toca jamás.



THE SANDPIPER
Hoy llueve todo el día y el termómetro
marca fuera dos grados sobre cero.
Seguramente vale
la pena que la humanidad,
recorriendo a través de los siglos,
las abominaciones
y los millones de años luz en el camino
que lleva a la calefacción central
pueda ofrecer a un estornino
posado en la ventana, justo encima
del radiador,
los dieciocho grados del confort.

Lleva un buen rato tras el cristal. He abierto
la ventana pero no quiere entrar. No deja de mover
el pico emitiendo sonidos. ¿Qué debo hacer, Liz
Taylor? No sé ornitología, soy de letras y nací
en la ciudad. Cuando se vaya dentro de once minutos
no sabré si cantaba feliz o chillaba desesperado.
Ayúdame, Liz Taylor, tú que sabes de pájaros heridos
en Big Sur.


LA ISLA
Me gustaría
saber por qué
siente la gente
fascinación
por esos trozos
de tierra firme
como excrecencias
dentro del mar
a las que solo
puede llegar
surcando el aire
o tras navegar.
Me gustaría
saber por qué
es Formentera
la predilecta
de cierta gente
guapa y selecta
que solo puede
llegar allí
en barco propio
o acarreando
la impedimenta
y el frenesí.
Me gustaría
saber por qué
la gente rica
rica muy rica
compra una isla
muy pequeñita
para sentarse
en aquel sillón
frente a la misma
televisión
que contemplaba
en su gran mansión.



Prohibid
la música y el mar y los atardeceres:
dan placer.


las fotografías de esta entrada son de Emil Schildt
http://www.emilschildt.com/

sábado, 19 de febrero de 2011

Juan Rulfo

fotografía de Juan Rulfo
CLEOTILDE

YA ESTABA YO TODO AMPOLLADO de amarguras; ella las borró con sólo mirarme y dejar que yo la viera. Y es que, ver a una mujer como uno quisiera verla, sin nada entre ella y uno, sino únicamente la mirada de los ojos, es para volverse loco y perder el habla de repente. Esto tuvo que causarme buen efecto. Es lo que yo pienso.

Uno ha estado siempre solo. A uno se le ha muerto su gente desde hace tiempo y ha caminado por el mundo deshaciéndose como se deshace en el aire una lagrimita de nube. Uno va pierde y pierde grano a grano las esperanzas de encontrar lo que a uno le falta para tener alientos, y de pronto aparece con sus agujeritos en los brazos; con sus ojos parecidos al agua; con aquel modo de apretarse a uno y darse, enseñándole de pasada el remedio para no sentirse avergonzado.

Miro a la pared desde hace un rato y pienso en lo que acabo de contarles y pienso también en la manera de arreglármelas para que ella, mi tía Cecilia, estuviera viva. Pero no, nadie está vivo; ni mi padre que aquí vivió y al cual no llegué a conocer; ni mi madre tampoco, nadie más. En la pared sólo hay descarapeladuras y manchas de alguna cosa que alguien tiró ahí hace mucho tiempo.

Adonde no quiero mirar es al techo, porque en el techo, atravesando las vigas, sí que hay alguien vivo. Sobre todo en la noche, cuando prendo un cabito de vela, aquella sombra que hay en el techo se mueve. No se crea que es una figuración mía; es algo que no conozco: es la figura de Cleotilde.

Cleotilde también está muerta; pero no bien a bien. A Cleotilde yo la maté, sin embargo. Yo sé que todo lo que uno mata, mientras uno siga vivo, sigue viviendo. Eso es lo que pasa.

Hace casi ocho días que yo maté a Cleotilde. Le di muchos golpes en la cabeza, grandes y duros golpes, hasta que se quedó quietecita. No es que yo le guardara tanto rencor como para matarla: pero un momento de coraje es un momento de coraje y en eso estuvo todo.

Ella se murió. Después sí me entró rencor en contra de ella por eso, por haberse muerto. Ahora ella me persigue. Ahí está su sombra, arriba de mi cabeza; tendida a lo largo de las vigas como si fuera la sombra de un árbol despellejado. Y aunque yo le he dicho varias veces que se vaya, que no siga molestando a la gente, ella no se ha movido de ahí, ni siquiera ha dejado de mirarme.

Yo no sé exactamente dónde tiene ahora los ojos; pero me imagino que me está mirando no sólo con los ojos, sino con cada partecita de su sombra y, a veces, me parece que todavía destila sangre, porque yo he sentido caer gotas negras de su cabeza, como si alguien le estuviera exprimiendo los cabellos.

Cleotilde tenía unos cabellos muy bonitos y bien alisados. En ocasiones yo sueño estar acostado aún con ella, y tener escondida mi cara en aquellos cabellos tan lisitos que me hacían olvidar todas las cosas. Hasta de ella me olvidaba. Y a mí no me hubiera importado que Cleotilde se fuera de mi lado a la hora que quisiera, con tal de que me dejara sus cabellos para esconder la cara y remojar mis manos en aquella agua blandita que parecían ser.

Con todo, sucedió así. Mientras estaba conmigo yo tenía lo que más me gustaba, pero a últimas fechas, ella no se dejaba ver sino de tarde en tarde y a irse volteando ya la madrugada; de modo que yo nunca pude volver a saborear el mejor de todos los sabores que haya conocido.

Luego la maté. Me ha sobrado tiempo para arrepentirme: ocho días y ocho noches que tengo de estar sin dormir y en los cuales pudiera haberme arrepentido otras tantas veces. Y si no me acordara más del día en que la maté, hacía ya muchas horas que me hubiera sacado el arrepentimiento necesario para que ella me dejara en paz.

Pero resulta que me acuerdo de ese día muy seguido. Casi no me da lugar para acordarme de otra cosa y hasta me han crecido las uñas de puro estar dándole vueltas al día ese; no a la hora en que la maté, sino un poquito antes, cuando yo quise acariciarle los cabellos y ella se enojó.

De eso es de lo que me acuerdo. De la cara que puso y de lo que me dijo. ¡Ah! Si no me hubiera dicho nada, mi coraje se habría ido a dormir, como lo había hecho ya otras veces, todito acorralado de vergüenza y yo solo no hubiera tenido fuerzas para matarla.

Sin embargo, a pesar de que iba para cuatro meses que no dormía conmigo, y que no tenía ningún derecho para enojarse, ella se enojó; se puso como una avispa al pedirle yo que se acostara a mi lado. Ella era mi mujer y debía soltar el cuerpo cuando yo lo necesitara. Me dijo:

--¡Eres un muladar de babas!

Entonces yo me sequé la boca en una punta de la sábana.

--¡Cochino! Tu tía Cecilia debió criarte entre sus verijas-- acabó por decir. Y luego me apretó sus palabras con un manazo que me dio en las narices.

Sus palabras ahí se quedaron un buen rato quietas, embarradas en mi cara. ¿Por qué dijo algo sobre mi tía Cecilia? ¿Qué le había hecho mi tía Cecilia para que hablara así de ella, ¿eh? ¿Qué le había hecho? Me levanté de la cama.

--¡Loco! --me gritó--. ¡Destripador de muertos!

Yo anduve dos o tres pasos. Volví a la cama y vi a Cleotilde de cerquita. ¿Había dicho que mi tía Cecilia era esto y aquello? ¿Quién era Cleotilde para hablar mal de mi tía Cecilia? ¿Acaso no sabía...?

Tomé a Cleotilde por los cabellos y se le soltó la furia.

--¡Déjame, loco condenado!

Pero yo ya la había agarrado con mis dos manos. La eché fuera de la cama. Estaba vestida como para ir de visita. Sólo sus pies los traía descalzos. Oí cómo sus pies rebotaban contra el suelo al caer parejos. ¡Verijas! ¿Hasta dónde quiso llegar con decir eso?

Tomé el tubo con que atrancábamos nuestra puerta y lo sacudí en la cabeza de Cleotilde. Ella se dobló como una silla rota: "¡Pobrecita de mí!", alcanzó a decir con una voz medio entumecida.

Después ya no supe por qué seguí golpeándola. Veía el tubo que bajaba y subía como una cosa que no estaba en mis manos. Veía mis manos empuñadas, con las venas hinchadas y enmorecidas de sangre. Y sentía que el rocío caliente que salía de la cabeza de Cleotilde me salpicaba los ojos y me enceguecía.

Cuando el coraje se acomodó de nuevo en sus lugares y volví a ver claramente todo a mi alrededor, ya Cleotilde estaba muerta. Me agaché para verla y acuclillado junto a ella, me estuve un rato contemple y contemple aquel bulto apeñuscado que se movía de tiempo en tiempo, al aventar chorritos de sangre molida por la nariz y por la boca.

Entonces me di cuenta de lo delgadita que tenía ella la vida y el poco trabajo que a mí me había costado quebrársela. Nunca pensé que fuera tan fácil matar a la gente. Eso se me vino encima cuando vi a Cleotilde ya sin esperanzas, con los brazos caídos y con el cuerpo flojo, como si todito se le hubiera deshilachado.

Nunca me figuré tanta facilidad para morirse. No. Ella no debía haberse muerto. Yo sólo quise asustarla. Darle un buen susto para que se le quitaran las ganas de andar maltratando el nombre de mi tía Cecilia y de ver si, de ese modo, se portaba mejor: no llegando a su casa a tan altas horas de la noche, mascando todavía los rastros del hombre con quien había estado acostada. Yo no quería que las cosas siguieran así. Yo no tenía tan duro el pellejo para aguantar siempre y ella podía comprender lo que iría a suceder andando el tiempo. Ya se lo había dicho yo alguna vez.

Aquella vez hablé muy a lo cortito, con palabras suaves, casi como platicando para que no se me fuera a enojar. Le dije:

--Mira, Cleotilde, yo ya estoy viejo. Acabo de cumplir cincuenta y nueve años y como puedes imaginar poco necesito de ti, de lo que es tuyo; pero me gustaría que ese poquito me lo dieras siquiera allá cada y cuando, con toda tu voluntad. A mí no sabes lo mucho que me gusta la forma como manejas esa voluntad que tienes para hacer las cosas. Verdaderamente no te cabe en la cabeza lo que a mí me gusta. Sin embargo, tú no quieres hacerme ni ese favor. Te vas con los otros. ¿Crees que no sé adónde vas cuando te desapareces toda la noche? Lo sé bien, Cleotilde. Has estado en tal y tal parte, con tal y tal hombre. Te he visto en la casa de Pedro, acostada con él, riéndote de las cosquillas que él te sabe hacer con la lengua, y te he visto también con Florencio, el que alquila cilindros. Y con muchos más, Cleotilde, con muchos más que casi no sé ni quiénes son. Pero yo nunca te he reclamado. ¿Verdad que nunca te he reclamado nada? Cuando he pensado en hacerlo, me he dicho: "Al chayote no se le puede reclamar porque dé chayotes llenos de gusanos". Eso me he dicho y he cerrado la boca. Además, ¿qué sacaría yo con regañarte? Te me irías para siempre. Eso es lo único que yo conseguiría poniéndome pesado contigo y me duele sentarme a pensar que te me fueras a ir, así, simplemente, para no verte regresar más. Entonces sí sé que me sentiría de veras pobre, faltándome tú.

Le seguí diciendo otras cosas. Hubo un rato en que hasta me pareció decirle que no me importaba que se refocilara con los demás, ni que se acordara de ellos mientras estuviera abrazada conmigo. Me pareció que le dije algo de eso. Así tenía yo de atarugado el entendimiento. Y es que yo la quería. Bien podía verse a leguas lo mucho que yo quería a Cleotilde. Con todo, esa vez le prometí apaciguarla si no se corregía. O al menos, traté de decírselo. No la amenacé, como ustedes ven; mi intención fue encaminarle la voluntad para que ella se corrigiera por sí misma. Pero no se corrigió. Ahora hasta el pedacito de noche que antes pasaba conmigo lo fue recortando de tal modo que casi lo hizo desaparecer. Ya no veía ni siquiera a mirar la salida del sol desde su cama. Y la cama se enfriaba con sólo yo allí, con sólo yo, que no era suficiente para calentarla sin ella.

Los primeros días yo me conformaba con oír sus pasos. Abría los ojos y me quedaba quieto y sin respirar, esperando oír aquel irse arrimando de sus pisadas. Me conformaba con eso. Ella llegaba y se acostaba en el campito de siempre quitándose lo que traía, sin ponerse encima más nada que sus brazos. Luego se dormía. A mis ojos se les iba el sueño de puro ver el sueño aquel de Cleotilde; de verlo caminar por sus rodillas; tranquilizándola desde los dedos de los pies hasta las coyunturas de las piernas; acercándose a su vientre y aplacándolo; verlo subir por en medio de sus senos y recorrérselos suavemente para dormirlos; en seguida, ocuparla toda entera, dejándole sólo el aire sin ruido de su respiración, aquel subir y bajar como de humo que la llenaba sacándole lo cansado. Yo la veía, alumbrándome con esa luz azulita del amanecer y me conformaba con eso. Hubiera querido, a veces, tomarle una de sus manos y quedarme con ella para siempre; pero era difícil. Ella quería que la dejara dormir. Ella quería que no la manoseara. Estaba harta de manoseo y de todo lo demás. "¡Ponte en juicio!", me decía. "¡Estoy hasta aquí" Y se señalaba el cogote.

Ella acababa de llegar de con Pedro o de con otro fulano. Yo entonces, no la tocaba. Me la comía con los ojos, pero escondía mis manos para que no fueran a tentalear por su cuenta; las acomodaba debajo de la almohada, muy juntas, deteniéndose la una a la otra, por si alguna no aguantara el chincual de tentar aquel cuerpo azul que estaba a mi lado. Luego me ponía a esperar que Cleotilde tuviera ganas de abrazarse a algo.

En estos últimos tiempos no aparecieron por ahí esas ganas. Parecía tener pochiche y atiriciado el ánimo. Y es que Pedro o algún otro con quien había pasado la noche, la dejaban inservible. Eso era lo que sucedía.

Me causa mucho trabajo enojarme ahora por no haberme enojado entonces de lo que Cleotilde me hacía. Ella no calculaba lo desdichado que yo era al no hacerme caso. Y todavía de ahí, poner delante de mis ojos desvelados, entrecerrados, igual que si estuvieran mirando llenos de amor, pero sin mirar nada, y luego, arrimarme al desnudo calor de su cuerpo, como si tratara de encorajinar más mis malas intenciones.

--¡No te me arrimes! --me decía con su lengua hecha una bola de sueño.

Ella me provocó a hacer algo malo. Y lo hice. Hace ocho días que la maté. Tomé el tubo con que atrancábamos la puerta y se lo sorrajé en la cabeza a puros golpes. Así se murió. Después lloré. Me agaché para contemplarla de cerca y al verla en el estado en que estaba, lloré. Ella también ha de haber llorado, porque me acuerdo muy bien de que saqué mi pañuelo para limpiarle las lágrimas que salían a puños de sus ojos. Al ratito de eso, abrí la puerta y salí.

Más escritos de Juan Rulfo en:
http://www.sololiteratura.com/rul/rulobras.htm

martes, 15 de febrero de 2011

"como viento de poniente" El Cabrero


COMO VIENTO DE PONIENTE

De niño no me gustaban
los libros ni la sotana
ni salir en procesión
era tan desobediente
como el viento de poniente
revoltoso y juguetón.

En vez de mirar pal cielo
me puse a medir el suelo
que me tocaba de andar
y nunca seguí al rebaño
porque ni el pastor ni el amo
eran gente de fiar.

Empecé haciendo carrera
por atajos y vereas
muy estrechas para mi,
y decían mis vecinos
que llevaba mal camino
apartao del redil.

Como aquel que calla otorga
y aunque la ignorancia es sorda
pude levantar la voz
más fuerte que los ladríos
de los perros consentíos
y que la voz del pastor.

Siempre fui esa oveja negra
que supo esquivar las piedras
que le tiraban a dar.
Y entre más pasan los años
más me aparto del rebaño
porque no se adonde va.

Como aquel que calla otorga
y aunque la ignorancia es sorda
pude levantar la voz
más fuerte que los ladríos
de los perros consentíos
y que la voz del pastor.

viernes, 11 de febrero de 2011

Edward Bunker


La literatura de Edward Bunker habla de la vida en los centros penitenciarios, de atracos, de extorsiones, de libertad condicional, de la imposibilidad de la reinserción, de presidiarios y expresidiarios, de los códigos de los bajos fondos, de persecuciones, de rabia, odio y frustración … Y habla de primera mano porque la mayor parte de la vida de Edward Bunker fue lo que cuenta en sus novelas.
A los once años de edad Edward Bunker ya había ingresado en un reformatorio y hasta casi los cuarenta años paso su vida entrando y saliendo de prisión, robando, tráficando con drogas, huyendo … Salvado, literalmente, por la literatura, por la lectura y la escritura, su primera novela “No Beast To Fierce” fue aceptada por una editorial mientras espera juicio por atraco y venta de drogas. Su segunda novela “Animal Factory” la terminó en la prisión más peligrosa de Estados Unidos, donde 600 guardas vigilaban a 300 internos. Un artículo sobre el problema racial en las prisiones estadounidenses y la publicación de “No Beast To Fierce” fueron factores decisivos para que consiguiera la libertad condicional. Desde entonces, hasta su muerte (en el año 2005, con 71 años) no volvió a pisar la cárcel y se dedicó a la escritura de novelas y guiones cinematográficos (“Tren del infierno” “Libertad condicional”, “Animal Factory” … y asesoró a Michael Mann en “Heat”). También participó como actor en varias películas, entre ellas “Reservoir Dogs (donde  interpretó  al Señor Azul), “Tango y Cash”, “Animal Factory” ….

Novelas y autobiografías de Edward Bunker:
No Beast So Fierce (1973). “No hay bestia tan feroz” (Sajalín editores). Hay una edición casi incontrable de Arcos Vergara del año 1978 con el título “Libertad condicional”.
The Animal Factory (1977). Próximamente editada por Sajalín editores.
Little Boy Blue (1981).
Dog Eat Dog (1995). “Perro come perro” (Sajalín editores).
Mr. Blue: Memoirs of a Renegade (1999).
Education of a Felon (2000) “La educación de un ladrón” (Alba Editorial).
Stark (2006). “Stark” (Sajalín editores).

Dos novelas de Edward Bunker se han llevado al cine:
“Libertad condicional” basado en “No Beast So Fierce” dirigida por Ulu Grosbard. 
“The Animal Factory” basado en la novela del mismo título y dirigida por Steve Buscemi. 

(De la Introducción a “Perro come perro” por William Styron)
"... La imaginación es soberana y su poder, casi por sí solo, según mi teoría, debería ser capaz de transformar cualquier tema en algo maravilloso si el escritor es lo suficientemente bueno, de modo que su mundo le parezca más real al lector que el mundo de un escritor que puede gozar de una familiaridad total con su entorno pero que posee un talento menor.
Sin duda, existen ejemplos de estas triunfantes incursiones en terra incognita. Stephen Crane no tenía ningún conocimiento de primera mano sobre la guerra y, aún así, su retrato de los horrores del combate en El rojo emblema del valor sigue siendo una de las más grandes narraciones de ficción sobre la Guerra Civil o, de hecho, sobre cualquier guerra. Su autor nunca puso un pie en África y, sin embargo, Henderson, el rey de la lluvia, la novela de Saul Bellow sobre el continente oscuro, rebosa autenticidad.
Entonces, ¿existe algún apartado de la experiencia donde la intrusión de un escritor que no esté familiarizado con su realidad debería desaconsejarse? Una vez más, estaba a punto de decir que no pero, de hecho, creo que sí existe ese lugar y no es otro que el ámbito de los bajos fondos de la América moderna, el entorno en el que moran los criminales habituales. Es un terreno de nuestra sociedad tan apartado del día a día del lector de clase media, un lugar tan corrupto y tan violento, poblado por seres humanos tan grotesca e impredeciblemente diferentes de ti y de mí, que sus atroces límites y el comportamiento de sus habitantes sólo los puede plasmar un escritor que haya estado allí.
Edward Bunker ha estado allí. Hace poco más de veinte años, Bunker, que por aquel entonces se acercaba a los cuarenta, salió en libertad de la cárcel tras un confinamiento casi continuo en instituciones estatales y federales desde los once años. Durante los años posteriores a su liberación, en su papel de testigo de los bajos fondos de Los Ángeles, Bunker produjo una serie de narraciones duras, valientes y cuidadosamente elaboradas que expusieron la anatomía de la mente criminal mejor que las de cualquier novelista contemporáneo..."

martes, 1 de febrero de 2011

poemas de Marcos Binder


CHAVALES CON UN BMW.


tenía resaca y el
deposito vació.
en la gasolinera
estaban estos
críos,
sin camiseta
riéndose
muy
contentos,
con su BMW rojo.

cogí el surtidor
y llené
el depósito,
el ruido ensordecedor
de una máquina
lijadora o algo
así
saturaba el aire.

Fui al cajero a
pagar
y allí estaba
uno de ellos
gastando
bromas con la
cajera,
ella se reía.

ya descubrirán
que esto no tiene
tanta gracia,
le dije cuando el
chaval se marcho.

por un segundo
se quedó mirándome
como si estuviese
loco.

(subí al coche,
y salí
cagando leches
de allí.)



PELIGRO PARA LOS NIÑOS.


Un día estás en la barra
de un bar
o vas a casa
de un amigo a tomar
algo,

y allí esta ella,
te mira,
te observa con una
sonrisa,
luego, hablando
con ella
te hace ver
que comprende
perfectamente
tu situación,
todo lo que
te pasa.


LA LEYENDA DEL INDOMABLE.

Paul se comió 50 huevos
claro que sabes,

él dijo:

“mira, yo no he hecho
planes en mi vida”

es un trabajo duro
no hacer planes
solo por eso
puede que quieran asesinarte
impunemente algunos
hijos de puta.

pueden dejarte muriendo
desangrado
en los asientos traseros
de un coche
en dirección opuesta
al hospital.

así es como siempre
han funcionado
estos tipos
con los indomables.


VIEJITO ALCOHOL.

El alcohol
las
prostitutas.

Le han dado
al mundo
cierta
cohesión.

En realidad
lo
que
me gustaría
es
saber
como ven
exactamente
los perros.

las ilustraciones que acompañan estos poemas de Marcos Binder son del grafitero Banksy
podéis leer mas poemas de Marcos Binder en su blog http://catstories.blogspot.com/