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lunes, 4 de abril de 2011

yo necesito amor Klaus Kinski



“Yo necesito amor” es una autobiografía escrita con nervio y garra, descarnada y descarada, apasionada y sexual, sin rodeos, sin tapujos, sin pudor, sin concesiones. Klaus Kinski da un repaso a su infancia, a la guerra, a su temporada en el manicomio, a sus experiencias (y opiniones) sobre el teatro, el cine, la fama, los directores de cine, el amor y la vida. Para Kinski, vida, libertad, amor y sexo van íntimamente relacionadas y toda su autobiografía (su vida) es una búsqueda de esa libertad, de ese amor y de sexo, sexo y más sexo.






Nochebuena. La fiesta de la paz y de la alegría. La habitación está helada, y tan oscura que no nos vemos las caras. Nadie dice una palabra. Apenas se oyen las respiraciones. Sin embargo, sé que están todos aquí. Durante las últimas semanas he visto a la gente cargando con abetos y paquetes de la mañana a la noche. Ahora, desde nuestra ventana, puedo ver tras las cortinas de las casas de enfrente las velas encendidas sujetas a los abetos, las bolas de colores, las relucientes guirnaldas, las tiras de papel plateado y dorado y las estrellas transparentes pegadas a los vidrios de las ventanas.
He robado un abeto raquítico, pero no tenemos velas ni ningún otro adorno de quincalla para decorar el arbolito. Ni siquiera un pedestal de hierro en el que hincarlo para que se mantenga en pie. (….) El único adorno de nuestra ventana es la reluciente escarcha que cubre profusamente el vidrio con millones de delicadísimo cristales, formando una serie inagotable de dibujos, mucho más bonitos que las cortinas más caras. (pág 28)

¡Pero no debo lamentarme! ¡No debo desesperarme bajo ningún concepto! ¡Ni siquiera ponerme triste! Eso me quitaría el odio, ¡y necesito odio! Nada de menosprecio, el menosprecio cansa: ¡lo que necesito es odio, un odio maligno y sediento de venganza! (pág 112)

Amo a Minhoi por encima de todo. La quiero más que a mi vida. Amo la mágica belleza de su rostro y su cuerpo. Amo su alma, que me hechiza, llena de misterios y llena de prodigios. Es mi mujer y mi amante y la futura madre de mi hijo, la que lo traerá al mundo. Y, sin embargo, nuestra convivencia se hace cada vez más dolorosa. Minhoi es completamente inocente de nuestras terribles peleas. Toda la culpa es mía. Mis sentimientos son tan intensos, mi fantasía tan desmesurada y mis reacciones tan violentas, que el conjunto parece una catástrofe natural que arrasa todo a su paso y no deja atrás más que desolación. Las fuerzas contrarias que hay en mí se combaten a muerte, y amenazan con desgarrarme. ¡Tengo ganas de tirarme de lo alto de una torre! (pág 255)

Mi agente me trae como ama de llaves a una joven japonesa, Nauko. Cocina maravillosamente platos japoneses y chinos, lava, plancha, mantiene la casa limpia, lava el coche, hace la compra, atiende el teléfono, limpia la piscina, riega las flores y corta el césped; y todo lo hace con rapidez, sin ruido y con una sonrisa. A cambio, además de pagarle, tengo que follármela. Por la mañana, al mediodía, por la tarde, por la noche, cada vez que la despierto con un beso de su profundo sueño. Aunque esté cocinando, haciendo la limpieza o de pie junto a la lavadora, o incluso lavando el coche, siempre que le bajo las bragas y me la follo, su coño desnudo y ardiente me agarra el hueso como un perrito que gruñe y enseña los dientes cuando intentan quitarle la merecida recompensa.
He sido tan feliz durante esos dos meses, me he sentido tan eufórico, tan exultante, tan alegre por fin niño otra vez-, que no me he dado cuenta de que se acercaba el día en que tengo que llevar a Nanhoi a Guatemala junto a Minhoi.

Esta mañana temprano voy en una lancha rápida a la península donde Minhoi y Nanhoi han alquilado una casa. Nanhoi me saluda con la mano desde los alto de unas rocas. Y yo saludo a mi vez a Nanhoi de pie en la proa de la lancha, y los dos nos saludamos hasta que la lancha, conmigo a bordo, desaparece de su vista más allá de un pliegue de la costa, y yo tampoco puedo verlo ya. Pero mientras voy al aeropuerto de Guatemala para tomar un avión con destino a Los Ángeles, aún veo ante mis ojos sus queridas manitas saludando.
En el mismo taxi viaja la hija del millonario de la Pepsi Cola. Tenemos que apoyarnos el uno en el otro: hemos estado jodiendo hasta el último momento. Es muy guapa, pero lo más importante de todo son sus anchísimas caderas y su culo inmenso, y ni se me ha pasado por la cabeza la idea de tirármela en otra postura que no sea por detrás.

-Me llamo Morgan Fairchild- dice una chica que, sentada sola a una mesa del restaurante Le Dôme, ensarta con el tenedor unos espaguetis ya fríos, junto a los cuales hay una taza de café negro también frío ya. A través de la chica de la recepción, a la que siempre le toco las tetas, me pregunta si quiero sentarme con ella. Acepto.
Todo en Morgan Fairchild es febril. Es tan abrasadoramente febril, sus mejillas son un rosa tan abrasado, y tiene unos ojos tan abrasadoramente febriles que parece tísica. Sus manos son tan ardientes, y sus tetitas, su barriguita, su culito, su delicioso coñito febril y cachondo, húmedo y ardiente, sus muslos febriles, piel febril, cabellos febril, orejas febriles, labios febriles...
Intercambiamos nuestros números de teléfono y prometemos llamarnos. Pero ¿y Nauko?
Nauko ya le habría sacado los ojos a Grace Bongo, una arrebatadora colegiala africana de dieciséis años, si en el último yo no hubiera aplazado la desfloración de la joven negra hasta el día en que Nauko va a comprar atún crudo al mercado japonés de Los Ángeles, lo que siempre le lleva varias horas.
A Grace la conocí en un vuelo a Air France París-Los Ángeles. Se arrodilló en el suelo delante de mi asiento y me pidió un autógrafo. En aquel momento supe y ella sin duda también) que le iba a marcar a fuego mi autógrafo en la matriz.

Gracias a Dios, ya he terminado con esa porquería hollywoodera a las órdenes de Billy Wilder. Para alguien que lo vea desde fuera, resulta imposible imaginarse el grado de imbecilidad, fanfarronería, histeria, dictadura y mortal aburrimiento que hay que soportar cuando se rueda con Billy Wilder. Con él, los supuestos actores no son más que perrillos de lanas amaestrados que hacen monerías y juegan a traer el palo una y otra vez, hasta el vómito; llega uno a creer que todos se han vuelto locos de remate. Creía que ese delirio no iba a terminar nunca. Pero he cobrado un pastón por esos pocos días. En el futuro rodarás las películas serias con Herzog y las cómicas conmigo- me dijo Billy Wilder en nuestro primer encuentro, en el restaurante La Scala.
Creo que más bien es al revés: las supuestas películas cómicas de Billy Wilder hace tiempo que ya no resultan cómicas, sino acartonadas y plúmbeas, y la risa se le hiela a uno en las comisuras de los labios. En cambio, si yo hiciera lo que Herzog quiere, sus supuestas películas serias resultarían cómicas sin querer.
Hasta aquí me persiguen esos parásitos de escritorzuelos que quieren atiborrarse de mi sangre como garrapatas. Chupópteros, ladrones, saqueadores. Todos quieren escribir libros sobre mí. Quieren deshacerse de la mierda de su estreñimiento intelectual, añadiendo su repugnante toque personal: biografías, filmografías, videografías, reportajes, historietas de cómic, talk-shows y cualquier otra clase de podredumbre surgida de mentes humanas. Después de haber intentado exprimirse para tesis doctorales en las universidades, ahora me utilizan como tema escolar (¿Cómo advertencia para jovencitas?). ¡La universidad de Michigan, en Chicago, me pregunta, a través de mi agente, si quiero pronunciar durante la próxima Semana Santa una conferencia sobre la crucifixión de Jesucristo! ¡Y la sinfónica de Baltimore me pregunta si quiero hablar sobre Beethoven delante de la orquesta durante los intervalos! ¡La universidad no piensa pagarme nada, ya que se trata de Jesucristo! La sinfónica me ofrece 10.000 dólares por diez minutos de charla. Los mando a unos y a otros a la mierda. El ministro de Cultura francés, Jack Lang, me envía a través de la embajada francesa en Los Ángeles la condecoración "Comendador de la Orden del Arte y la Literatura", (¿Qué demonios querrá decir eso?) Por lo que ha hecho por Francia y el resto del mundo ¡Tampoco esta vez adjuntan ningún cheque! ¡Aquí a alguien le falta un tornillo! ¿Qué se habrá creído ese tipo? ¡"Concederme" una baratija como esa! ¡Están todos como una cabra! Le digo a mi agente que devuelva esa porquería grandilocuente. (pág 345-347)

Un documental sobre Klaus Kinski: "Mi enemigo íntimo" de Werner Herzog.

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