un espacio abierto sobre libros, literatura, viajes, cine, música, aguardientes y otros destilados ...

martes, 30 de noviembre de 2010

Cerveza. Charles Bukowski

Cerveza

No sé cuántas botellas de cerveza
consumí mientras esperaba que las cosas
mejoraran.
No sé cuanto vino, whisky
y cerveza,
principalmente cerveza
consumí después
de haber roto con una mujer
esperando que el teléfono sonara
esperando el sonido de los pasos,
y el teléfono no suena
sino mucho más tarde
y los pasos no llegan
sino mucho más tarde.
Cuando el estómago se me sale
por la boca,
ellas llegan frescas como flores en primavera:
-"¿Qué carajo hiciste?
Llevará tres días antes de que puedas follarme"
Una hembra dura más
vive siete años y medio más
que el macho, y toma muy poca cerveza
porque sabe que es mala para la
silueta.
Mientras nos volvemos locos
ellas están fuera
bailando y riendo
con muchachos divertidos.
Bueno, hay cerveza
bolsas y bolsas de botellas vacías de cerveza
y cuando levantas una
se desfonda
y las botellas caen
rodando
entrechocándose
derramando ceniza gris húmeda
y cerveza vieja
o las bolsas caen a las 4
de la mañana
produciendo el único sonido en tu vida.
Cerveza
ríos y mares de cerveza
cerveza, cerveza, cerveza.
La radio pasa canciones de amor
mientras el teléfono permanece en silencio
y las paredes se ciernen
y cerveza es todo lo que hay
.

"8 días en La Habana" de Guillermo Muñoz Vera

Un enlace para ver el cuaderno de viajes de Guillermo Muñoz Vera "8 días en La Habana"

siete poemas, siete lugares

Muñoz Vera

La Habana
Ciudad que sos también el poema
mis piernas van bailando al ritmo ancestral
de tu latido.
Venido de África, de Haití, de Sevilla
y, quizá, de la luna;
tu corazón colorido y tu piel de tambor
van adoptando la forma de una mujer querida.

Y sos eso: una mujer querida
                   un corazón colorido
                   una piel de tambor
                   y, también,
                                    el poema.
                                         
                    La Habana, diciembre de 2003


 De "El tiempo que nos toca" Emilio Teno




Matthew Daniels
Richard Estes
Water street
El mundo nos resulta ajeno, inhóspito.
              Debiera ser destruido por completo.
              Construir un mundo nuevo sin sus ruinas.
            
              Y estrenar una vida diferente.
            
              Pero al pasar el tiempo el nuevo mundo
              tampoco hallarán propio nuevos hombres..
              También ellos querrán un mundo nuevo.
            
              Mejor fuera destruirlo y no hacer otro.

De "Ciudad del hombre: New York" J. M. Fonollosa


Jaime Rodríguez
Mecina Fondales

 En esta inmensidad
la voz oscura y misteriosa
de las aves nocturnas
tiene un temblor de sombras
y su cantar se funde
con el profundo discurrir del río.
En el silencio verdeoscuro y fresco,
el agua de una fuente, los rumores y el eco,
el calor de una noche de verano.

Europa queda lejos
de estas blancas adelfas, de esta luna,
de la radio que oímos no sé dónde,
de la lejana música que mueve,
como visillo, el viento.
Una turbia falena se quema en la bombilla
y su chinesca sombra anima la terraza
y una estrella fugaz
cruza después el cielo y un deseo:
-Quédate entre nosotros y no vuelvas.

 
De "Junto al agua"  Andrés Trapiello




Retrato de la mujer perfecta
Gráciles movimientos sobre sus largas piernas
que se ensanchan antes de llegar a la cintura.
Amplias avenidas son sus caderas,
que regocijan al caminante, deseoso de caminar por ellas...

En el centro de su cuerpo
lleva el Arco del Triunfo, con la puerta
siempre abierta hacia la gloria.
Los jeroglíficos surcan su piel
cual misterio envuelto en velos de seda.

Altas torres son sus senos
fuerte como el hierro el izquierdo
duro como piedra seca se muestra el otro.
Su cuello esbelto, lleva nombres grabados en sus venas,
llenándola de recuerdos y leyendas...
y su boca amplia, suave, mullida,
siempre está dispuesta para recibir una lengua sedienta que la busca.

Ojos de orgullosa, repletos de lágrimas
que no llegan a caer,
mientras su pelo, largo como su historia
revolotea, libre con el viento...
(París tiene nombre de mujer)

De "Enseñando los dientes"  Rakel Rodríguez


Londres

Alguien grita mi nombre
en mitad de la plaza rebosante
mientras guardias de melena fingida
bailan para una reina boba

Ya estuve antes aquí.

Probé el sabor amargo de la cerveza negra
en los alrededores de Abbey Road.
Vi ta tumba de Shakespeare.
Supe que las canciones dicen de las ciudades
mucho más que los planos y más que las postales.

Indios, paquistaníes, portugueses,
españoles del nuevo primer mundo,
americanos ricos,
americanos pobres y del sur:
todos caben aquí,
bajo la niebla espesa de esta ciudad sin dueño,
de esta pensión, inmensa de pasillos oscuros,
de sábanas zurzidas, de baño compartido.

De "Hasta llegar a aquí" Javier Bozalongo


Antonio López
La periferia va por dentro

Vive en Madrid
y le agobia
el tráfico
la gente
los alquileres
la delincuencia
la polución sonora
y ambiental,
su trabajo en el
periódico,
la poca paga,
el jefe
de sección.
"¿Se puede ver el mar
desde tu terraza?"
me pregunta
"Exactamente
no. Pero lo huelo."
"Que suerte tienes,
cabronazo. Vives
mejor que yo."
Ya. Bueno. La vida
es como cuando vas
a un restaurante.
El plato del de al lado
siempre te parece
mucho más apetitoso
que el que acabas
de pedir.
Roger Wolfe


Renato Guttuso
Palermo

Hay un mercado llamado Vuccirra, con su taberna Azurra, sus olores
sus gatos filósofos y una postal de un cuadro de Guttuso
hay berenjenas moradas, tajadas de sandías rojas, calabacines verdes, limones, naranjas
hay quesos, frutos secos, anchoas en salazón
hay sacos de garbanzos, cestas aromáticas de romero y tomillo, cubas de aceitunas
hay un mar de peces;
atún de rojo brillante, caballas de color plateado,
sardinas, pez espada, gambas
hay carne de cabrito, de ternera, de pollo
hay intestinos, chorizos, filetes, cabezas
hay un sol colandose suavemente por los toldos y telas de colores
hay una luz cálida y rojiza
hay olores, alcachofas cocidas, conversaciones y partidas de cartas.
Hay otros mercados.
Hay grandes avenidas de palacios, de mansiones
restauradas para bancos, tiendas caras, hoteles de lujo
hay, en cualquier calle lateral, a los pocos metros,
casas que se agrietan, ventanas rotas, suciedad que inunda patios y portales, fíats y vespas destartaladas.
Hay una plaza con un reloj de sol, con una iglesia, con un comedor para indigentes,
con un vagabundo de ojos azules que recita a Dante.
Hay un ruido constante de tráfico;
motores, frenazos, cláxones, prisas, insultos, saludos.
Hay libros sobre la mafia en los escaparates de las librerías
hay una iglesia llamada la Martorana
de hermoso campanario normando y dorados mosaicos bizantinos
y hay cúpulas rojas en la Chiesa di San Cataldo.
Hay aromas de café y especias, de mar escondido, de paredes húmedas.
Hay medianoches en Sicilia para leer a Peter Robb, a Sciascia, a Lampedusa
o las novelas negras donde Sicilia es el mundo
y el mundo es jodido.
Hay sabores a pasta con le sarde, a hinojo, a helados de jazmín
hay una alicantina de nombre Laura que me invitó a comer
y a dormir en su cama
hay macarrillas en motos ruidosas y suicidas que imitan a Al Pacino
hay sombras de yonquis que vomitan en las esquinas
hay parodias, rostros afilados, mujeres con las que huir,
carabineros que dan de comer a las palomas en los parques,
barberías, fontanas, trattorias y abandono
hay una calle donde venden y arreglan bicicletas
y una vía Calderaí de caldereros, herreros y baratijas
hay escapadas a la costa de Scopelo, a las catacumbas de los capuchinos,
a los templos de Selinunte donde pastan ovejas etruscas
hay miles de caminos que callejear, miles de lugares que encontrar
pero solo un sitio donde morir.


J.P.G

martes, 23 de noviembre de 2010

por Cabo de Gata

El juego es éste, se trata tan solo de trazar unas líneas sobre el mapa. En la punta del lápiz, en cada trazo, estará el viajero, sus recuerdos moviéndose sobre el paisaje. Como en todos los juegos son muchas las jugadas posibles. ¿Por qué estas líneas y no otras? Quién sabe, supongo que lo que cuenta es que entre cada extremo haya una diferencia, un contraste, una tensión; que lo que importa es acabar en algún sitio distinto del que se parte.


Siempre se piensa que a la sierra se sube, se imagina la sierra elevándose sobre el llano. Cruzamos el llano, Campohermoso, Fernán Pérez, y no se ve la sierra. Hasta que, casi de repente, ante nosotros no se alzan sino que se abren los montes. Bajamos a la sierra. La actual carretera se hunde directa hacia Hortichuelas, pero para sentir mejor la sorpresa del precipicio, la inquietud de los despeñaderos, está la carretera vieja, que sale a la derecha al acabarse el llano. Sinuosa, estrecha, peligrosa, con ese aire pintoresco de las viejas carreteras de montaña, va bordeando el monte colgada sobre un profundo valle marcado por las cicatrices de las antiguas minas de oro. La ladera, llena de arbustos y plantas aromáticas, florecida si se viaja tras las lluvias, acaba por girar, y la carretera con ella, hasta ir a dar sobre Hortichuelas. A partir de aquí, unida ya a la carretera nueva, descenderá por un valle menos pronunciado, con montes a ambos lados, que la escoltan hasta hundirse en el mar que se adivina a lo lejos.
El mar, la playa, pasan los coches sin detenerse. Pero bien puede uno parar, aquí hay huertas sin plásticos, palomos pintados de colores, hay casas levantadas antes de que los invernaderos fueran los invernaderos y la playa fuera la playa. Aquí ha tomado el viajero vinos por las mañanas en bares sencillos, charlando con los paisanos, ha comido paella y lomo de orza. Por eso ahora, al recordarlo, duda y detiene el lápiz en su trazo sobre el mapa.
Pide otro vino y otra tapa. Ha de llegar al mar, pero preferiría dejarlo para más tarde, llegar a Las Negras con el sol a la espalda, y solo entonces, mientras la gente se retira, esperar el atardecer sentado en la playa.



Ninguna Historia de la Escultura Moderna estaría completa si no figurara en ella el Monumento al Tomate que se alza entre Campohermoso y San Isidro. Con esta obra maestra del Pop Art almeriense, esta gran hortaliza marmórea digna de figurar en los mejores museos, se rinde adecuado homenaje a este fruto mejicano que tanto oro atrae hacia los galeones frigoríficos que surcan la autopista rumbo al norte. De Méjico vinieron también las pitas, masivamente plantadas hace medio siglo con la intención de aprovechar sus fibras para la elaboración de cuerdas, y las chumberas, de las que se extraía la cochinilla, utilizada como colorante para teñir de rojo. Todo esta aquí, en las fotos que cubren las paredes del bar de Los Albaricoques, las pitas, las chumberas, la llanura reseca, los rostros quemados por el sol de los presuntos mejicanos, las viejas casas del pueblo, encaladas y elementales, y, entre todo ello, Clint Eastwood en los grandes clásicos del spaghetti western, que convirtieron el paisaje de Los Albaricoques en un Méjico de celuloide.
Hoy un nuevo Oeste, este si de verdad, crece desde Los Albaricoques hasta San Isidro y Campohermoso. Exuberantes rubias de lejanos países atendiendo en el saloon, almacenes, temporeros, señoritos paseando en sus caballos de cuatro ruedas, sherifs de verde, un mundo nuevo, reciente, de cemento y plástico. Solo Clint Eastwood se echa en falta, y es que los rostros pálidos parece ser que hoy prefieren dirigirse hacia la costa.

De aquí hasta Rodalquilar, por la ancha pista que parte de Los Albaricoques, es tierra de viejos cortijos. Un viejo mundo agrario ya derrumbado, como estos muros de piedra a los que aún se aferra la cal. Estos patios, caballerizas, eras para el cereal y pitas bordeando los caminos. Este aljibe, el frescor secreto, avaramente atesorado, del agua que permitía la vida.
En medio del sol, cuando todo reverbera como un horno, asomarse a la boca del aljibe, sentir su aliento húmedo, su refugio reconfortante, desear ahondarse en su sombra largo rato.
Aquí, junto a un aljibe, el viajero recogió plantas, olvidadas quedaron semanas al sol del salpicadero, y un día, apretándolas entre las manos, la humedad mojó sus dedos. El agua avaramente atesorada por estas plantas, como aljibes.
Y más allá, las minas de oro. La empresa de las minas se instaló hace ochenta años, cerro hace cuarenta, el viejo “El Dorado” de una época, antes de otros que vendrían después. El valle se hace más escabroso, las excavaciones, los derrumbes, las pistas para sacar hasta Rodalquilar el cuarzo aurífero, y en las laderas, acebuches, palmitos, aulagas, extraños brillos en las piedras desnudas, y allá arriba, cortando la ladera, el trazo de la carretera vieja de Hortichuelas.
Entrando a Rodalquilar, las instalaciones industriales hoy sin industria, los restos del poblado obrero hoy sin obreros, y sin embargo el pueblo huele a prosperidad. Pavimento próspero, arbolado próspero, tranquilas casas prósperas, próspera limpieza, locales cuidados, y si algo no es así, como las ruinosas casas del poblado minero, se piensa en borrar su presencia. Hoy el oro no sale de Rodalquilar, hoy el oro vuelve.
Lo que el valle de las minas tiene de escabroso, el valle de Rodalquilar, hasta el mar, lo tiene de plácido. Un valle ancho entre colinas suaves mirando en abanico hacia la playa. Desde algunos sitios, como la carretera de Las Negras, parece un viejo cuadro. Y como en los viejos cuadros, no uno, sino dos castillos ofrecen su sombra al mediodía, o recortan su silueta al atardecer, al viajero que se acerca a la orilla. El viejo, entre la hierba alta, y el fuerte nuevo, asomado al mar entre las rocas.
Y aquí, junto a la orilla, buscando el oro azul de las playas, la otra cara del nuevo Oeste, rubios pioneros en sus carromatos motorizados, con sus niños, sus perros, sus cacerolas. Casi se esperaría verles formar en círculo al anochecer, mientras el sol se esconde tras los montes e ilumina aún los corros de gente charlando en las aceras tras el trabajo, allá por Campohermoso.



La tercera línea sobre el mapa es otra vez una línea entre el Naciente y el Poniente, una línea breve para los pies pero larga para la mirada. Empieza en el punto exacto en que la carretera que viene del Cabo de Gata, tras varias revueltas, describe una amplia curva que la dirigirá definitivamente hacia el oeste. Aquí, en este concreto punto, donde, antes de empezar a descender hacia la playa, el pretil de la carretera sirve como un magnífico mirador, sobre decenas y decenas de kilómetros que se extienden sin obstáculos ante los ojos.
Atrás quedan las pequeñas calas, los estrechos y pronunciados barrancos que desde Genoveses hasta aquí jalonan la costa, ahora, ante nosotros, el paisaje es todo amplitud. La ladera desciende a buscar el mar, cada vez más tendida, y al alcanzar la orilla se prolonga en una larga playa, llana, arenosa, que parece no tener fin. A un lado la línea espejeante del mar, ligeramente blanqueada por el oleaje, al otro el reflejo del agua estancada en las salinas, blanqueado a veces por montones de sal. En medio la enfilada de la carretera, la playa y las casas de La Fabriquilla, La Almadraba y el pueblo de El Cabo de Gata, y mucho más al fondo, desdibujada ya en la distancia, rematando la amplia curva de la bahía, la gran mancha confusa de Almería, en la que se cree distinguir, ascendiendo por la ladera, la larga línea ocre de la alcazaba.
A partir de aquí una aglomeración de moles oscuras se eleva sobre el llano, cerrando el horizonte por todas las partes menos por el mar. Confundiendo sus siluetas, las sierras de Gador y La Contraviesa, y, destacándose tras ellas, azuladas por la distancia, las laderas de la Alpujarra, culminadas en la cumbre casi siempre blanca haciendo honor a su nombre, de Sierra Nevada. A la derecha, más cercanas y más modestas, las laderas de la Sierra de Alhamilla vienen a cerrar la perspectiva. Se dibujan en ellas las arrugas de los valles por los que desciende el agua al reseco llano. Distinguimos la mancha blanca de Nijar recortándose al pie de la ladera y, tras ella, adivinamos el valle de Huebro, el frescor del agua corriendo libre por las acequias entre los huertos y saltando por los molinos.
Y ante la sierra, la extensa planicie de los Campos de Nijar, que desciende en ligero declive hacia la costa. La vista recorre la llanura polvorienta y tropieza con blancos reflejos que no son ya de ola, ni de sal, ni de nieve, sino del plástico que espejea allá por San Isidro. Y adivinamos el verdor entre el polvo, un verdor distinto al del valle de Huebro, regado aquí por agua prisionera y el sudor de esas gentes que al atardecer hacen corro en las aceras.
Pero la carretera en la que el viajero se encuentra no va a tierra adentro, sino hacia el mar. Abajo se ven barcas en la orilla y montones de sal. Esta es otra gente y otra labor.
Y si la vista no se cansa de recorrer el panorama, no solo esta la vista. Desde San José hasta aquí ni una fuente, ni un bar, tan solo el sol pegando de plano, y la boca empieza a parecerse a estos barrancos polvorientos. Hay que dejarse caer hasta La Fabriquilla, regarla con este vino blanco, reponerse con una buena paella o estas sardinas, y solo después, ya repuesto, pasear descalzo por la playa.
El mar ha alisado la arena fina, pulido la madera de las barcas, revuelto los restos de los chiringuitos de los últimos veranos, y amenaza con socavar la carretera cuyo borde aparece aquí y allá mordido por el oleaje. Hacia el Poniente la afilada torre de la iglesia de La Almadraba se eleva ante las salinas y al regresar a La Fabriquilla, hacia el Naciente, los cerros pelados de la Sierra del Cabo de Gata se recortan claramente sobre el llano, más bajo aquí que más al norte, y elevan su silueta hasta la costa, donde la carretera por la que llegamos, aquí sí, no baja sino que sube hacia la sierra. Una sierra que, como ahora el viajero, parece buscar el frescor metiendo sus pies en el agua.
 texto de Pedro Villalón

viernes, 19 de noviembre de 2010

"A este tipo no queremos volver a verlo" de Rodrigo García

El 6 de noviembre de 2004 participé en Rennes en un encuentro llamado Mises en scène du monde. Me tocaba hablar en una mesa junto a gente de la cultura y gente del gobierno, sobre la puesta en escena y el orden político. Más tarde, durante la cena, una vez finalizado el evento, el director del Teatro Nacional de Bretaña, François Le Pillouër, se acercó a decirme: «mucha gente está entusiasmada con lo que has leído, pero los políticos de la ciudad, no. Me han preguntado por qué te invitábamos y uno me ha dicho: a este tipo no queremos volver a verlo». Ya que mi texto para ese coloquio, que transcribo aquí abajo, no tenía título, pensé en aprovechar este deseo de los gobernantes de la región para encabezarlo.

A ESTE TIPO NO QUEREMOS VOLVER A VERLO
Como tenía que escribir acerca de Puesta en escena y orden político, empecé a buscar, anoche, algo que los artistas que trabajamos en la escena podíamos tener en común con los políticos.
Me daba un poco de asco buscar coincidencias con esa clase de gente pero me puse a ello y pensé mucho, pensé como tres minutos aproximadamente, una eternidad, detenerse a pensar ciento ochenta segundos seguidos sin que suene el teléfono móvil y finalmente concluí que una cosa que los dos tenemos en común es la mentira; mentir.
Es la primera relación que encontré entre estas dos figuras: artista y político. Ambos mienten. Y se mienten a sí mismos.
Los políticos se mienten al decir que mejoran la vida de los demás, cuando realmente trabajan para mejorar económicamente la situación de unos elegidos, y fijaos que hago ya una gran diferencia para empezar: mejorar la vida no guarda relación con mejorar económicamente, una vez que tus necesidades básicas están cubiertas.
Por su parte, un grupejo de artistas clama ante la mentira de la clase política y elaboran para sí la siguiente falsedad: alguien tiene que arreglar el gran desarreglo que los políticos han hecho con el mundo y esa misión, en parte, les corresponde.
Ciertos artistas creen que están en la escena para desterrar la mentira sembrada por los funcionarios públicos.
Es una actitud ingenua y bondadosa, que nos presenta al artista como a un tipo simpático.
A fin de cuentas, los políticos traicionan a la gente que ha confiado en ellos.
Y los artistas se traicionan a sí mismos en su ingenuidad.
La espectacularidad de la política no es comparable a la del teatro.
El espectador que va al teatro paga una entrada elevada generalmente, para reencontrarse con su pasado (el sólo hecho de ir al teatro ya es una afirmación de la tradición). Mientras que el espectador que vota, tiene una mínima esperanza en el futuro. Hablo de ciudadanos que lo son hasta el momento de votar. Luego se convierten en pasivos espectadores de las decisiones de una minoría que se arrima a los gobiernos, que arrima dinero a los gobiernos y espera el beneficio.
El teatro no nos ofrece un futuro, lo digo muy a mi pesar. La política, sí. Y ese futuro es claro: un falso bienestar para unos elegidos en detrimento de millones de personas desnudas. Sacamos entradas de teatro para olvidarnos de lo que hacemos el día de las elecciones. Y lo que hacemos el día de las elecciones es nada menos que autorizar a un grupo de compinches a apartar la miseria de nosotros y llevarla lo más lejos posible: primero a otros continentes y más tarde a los vecinos, elevando por supuesto fronteras, muros reales, con ladrillos y cemento y pedazos de botellas rotas.
Desde hace muy pocas horas sabemos que el presidente de los EE UU es el mismo que mandó bombardear allí donde los intereses económicos y de dominio geopolítico dictaban. No es novedad ninguna. ¿Quién esperaba otra cosa? Le votaron ciudadanos, no personas. La polis ha embrutecido a las personas, la polis ha anestesiado a sus habitantes. ¿Quién lo diría en la Grecia antigua? No nos tropezamos ya con nadie, porque en la calle deambulamos los traslúcidos.
Es cierto que los americanos son seres traslúcidos, pero no es menos cierto que los europeos también lo somos.
Podemos demostrar que un americano es idéntico a un europeo y que siglos de historia fueron arrasados por la fiebre del oro.
Y la fiebre del oro no nació en América. La codicia es inherente al hombre.
Un americano –defiendo– es tan tonto como un europeo, por favor, no nos olvidemos de esto.
De lo contrario en Francia y en mi país, en España, no crecerían como hongos esas extrañas manchas en el paisaje rellenas de edificios aterradores en su sencillez y grandiosidad (me refiero a los metros cuadrados, a la superficie) rodeados, custodiados como fortalezas por parkings y que albergan supermercados y tiendas desproporcionados, fuera de la escala humana: contenedores que intentan ser continentes densos de cines sin películas reales, restaurantes sin comida real, ropa de abrigo sin materiales reales, automóviles de plástico sin una seguridad real, música sin una sola nota real y libros de fast-read apilados a montones y en el hueco recóndito de la estantería bajo la escalera, un volumen de Schopenhauer lleno de telas de araña.
Woody Allen pidió el voto en contra de George Bush. Demostración clamorosa de que el artista es un ser ingenuo y sin maldad real. Si pretendía quitar poder a ese loco, más le hubiera valido proclamar a los cuatro vientos que él es un incondicional de Bush. Así cientos de miles de ciudadanos-ligeros-invisibles estadounidenses habrían pensado: si un tipo que hace películas tan asquerosas está a favor de Bush, es que Bush no nos conviene en absoluto. Y no le habrían votado.
Pero fue Britney Spears la que sí hizo campaña a favor de Bush. Y eso ha dado magnos resultados, ya que ¿quién no quiere ser como B. Spears, qué mujer no quiere tener las caderas y la sonrisa de B. Spears y qué hombre no quiere follarse a B. Spears y qué mujer no quiere follarse a B. Spears?
Yo no conozco a B. Spears. Si me ponen una foto de esa chica junto a otra foto de otra chica no las distingo, joder.
Quiero decir que somos lo que ingerimos. Y lo que tragamos (por la boca y por los ojos y por las orejas), curiosamente, insisto, nos hace cada vez más transparentes, traslúcidos, y nos debilita.
Gran parte de la población del primer mundo lucha por controlar su sobrepeso y es sorprendente que a más kilos de grasa, sobrevenga un menor espesor del ser. La acumulación de datos banales no tiene nada que ver con el conocimiento. Esto que llamamos información, debilita.
Me ha molestado que, en la introducción del programa general de este encuentro, comparen al artista y al político por eso comencé diciendo que los dos mentían, que tenían en común ser mentirosos. Pero lo he dicho por rabia y no creo en absoluto en lo que he dicho. Por el alcance de las acciones de uno y de otro.
Un artista, con sus mentiras, no mejora la vida de casi nadie.
Sin embargo, valiéndose de sus mentiras, cualquier político chafa, arruina, el destino de millones de personas.
La democracia se ha convertido en un lugar frío, oscuro y siniestro.
En España decimos, para hablar de problemas de difícil solución, que siempre remiten a otra causa: es la pescadilla que se muerde la cola.
Para tener gobiernos justos hay que tener un pueblo informado, que sepa lo que elige.
Para tener un pueblo informado hay que tener gobiernos justos.
Ahora no me pregunten ustedes cómo hemos llegado a tal grado de desorientación.
De ahí los gobiernos que nos intentan gobernar: inútiles seres despiadados hijos de la gran puta.
Cuando escribo intentan gobernar es evidente que estoy haciendo mención y hasta un homenaje a todo pequeño núcleo de resistencia.
Una persona que trabaja gratis en un comedor popular en Tucumán, provincia de la Argentina, es parte de un pequeño núcleo de resistencia.
Ciertos artistas plásticos y de cine y de teatro se atrincheran en sus pequeñas espacios de resistencia.
Del otro lado, ningún político puede resistir, ya que su partido lo barrería de en medio en el acto: por tonto y por naif.
Y hay gente que pone bombas y quita la vida a otra gente y, aunque ustedes ahora mismo van a empezar a pitarme y a decir muchas cosas que ofenderían a mi madre, esos combatientes de lucha armada real, también constituyen grupos coherentes históricamente de resistencia.
Terrorismo es una estúpida sola palabra para definir una multiplicidad de acciones armadas que son irreductibles: no podemos llamar terrorismo a la guerra. Es ruin. La ocupación de Irak es guerra. Y cuando se pasa a cuchillo a un rehén, también es guerra. Pero a algunos les ha dado por invertir los términos. Y llamar terror a lo que les conviene. Y muchos se lo han creído. Ahí tenéis los resultados de las elecciones en EEUU y ahí tenéis cómo los medios de comunicación siguen pegando encima de los acontecimientos las etiquetas que a cada cual le vienen en gana.
Como ciudadano sé perfectamente que me encuentro al límite de mi propia deshidratación y luchando como un salvaje a favor del espesor del ser desheredado, atontado, alejado de la tierra, apartado de la fabricación de las cosas que utiliza a diario, deshumanizado hasta los huesos.
No creo que un niño, dentro de poco, pueda entender que una lechuga es un cogollo estupendo que crece de la tierra, que suele tener algún gusano entre sus hojas, que es algo frágil que muchas veces se quiebra entre las manos, algo que hay que lavar con cuidado.
Los nuevos habitantes del primer mundo pensarán que una lechuga son hojas cortadas y limpias que nacen en una bolsa de plástico que crece a su vez en un gran frigorífico que contiene a su vez otras bolsas de plástico con tomates del mismo tamaño todos, rábanos que ya no pican en la boca, y pedacitos verde oscuro de una cosa llamada desde tiempos inmemoriales espinacas.
Y no encontrarán la relación entre conseguir la verdura y hacer un mínimo esfuerzo.
Los productos envasados se heredan, no tienes que luchar, trabajar la tierra ni esperar por ellos.
Llegan solos.
Pues estos chicos y chicas, los de la lechuga en bolsa lavada y cortadita, sin gusanos, son los que van a elegir en un futuro muy cercano a cada nuevo primer ministro, siguiendo el dictado de la moda, la velocidad y una falsa idea de bienestar.
Como algo positivo, debo augurar que ya no tendremos atascos porque en nuestra ligereza flotaremos y bajaremos a las ciudades las horas que hagan falta para reafirmarnos como seres productivos, es decir, gente que maneja información y que no toca prácticamente nada con sus manos a lo largo del día, personas sin ninguna relación con la literatura y con el lenguaje cada vez más mermado: nosotros empeoramos nuestra lengua cada día y ocupamos idiomas milagrosos, como el castellano, en asuntos irrelevantes.
Y si multiplicas el vacío de cada día por toda una vida, el resultado es tu aparición en el mundo como el único animal que pisa y no deja huella.
Cuando digo que como artista soy consciente de esta realidad decepcionante, no me destaco como un ser más sensible o perspicaz que otros; mejor me veo como un cándido que tiene que saber llevar este tipo de cargas cual núcleo de su pasión artesanal: soy un artesano en llevar la contraria, en generar malestar y a la vez destellos de belleza y me siento obligado a confundir.
Para certezas, ya sabemos lo que hay: está la televisión, las políticas de Danone y Coca Cola, el sistema de educación y cualquier cosa que se pueda poner de moda durante tres días seguidos: no importa si se trata de una zapatilla, un cantante o un falso escritor.
La certeza empequeñece y si ya os aburro repitiendo y repitiendo que hemos perdido espesor, que somos el animal que pisa y no deja huella, puedo cambiar de tercio y afirmar que junto a nuestra densidad humana también se nos ha extirpado el misterio.
Para empezar te anestesian. Funcionas años como ser anestesiado. Y cuando despiertas sientes que falta algo en tu percepción de la realidad: te han quitado el misterio.
Una sociedad sin misterio puede que exista y me importa más bien poco.
Pero cada hombre debe llevar su secreto como algo sagrado.
La religión fue un impulso erróneo para desarrollar una parodia de misterio, pero al menos fue algo.
Una vez perdida la religión, el misterio podíamos buscarlo en nuestra tradición: hay ciertas maneras de encender el fuego, de preparar arroz con leche en Asturias, en el perolo de cobre de toda la vida, que nunca se lava con Fairy sino con ceniza del fuego donde se cocinó, y ese arroz con leche solamente lo hace una persona y al morir, otra, que lo aprendió de aquella.
Ya no nos queda nada del misterio religioso (que personalmente no reivindico en absoluto), ni tampoco del misterio ancestral, de la tradición (que como inmigrante e hijo del desarraigo tampoco puedo defender y menos perpetuar, ya que no la he vivido).
Sin embargo, he pensado que hay una oportunidad para la poesía.
Y volvemos con las diferenciaciones: cuando, como artista, entrego poesía y confusión en una sala de teatro, algo de mí se revela como ruin y engañoso.
Pero cuando consigo un instante de poesía en mi vida cotidiana, me abandono a derrocharlo y poner manos a la obra en la creación de uno nuevo.
La capacidad poética está en el hombre y hay que entrenarla.
Es más importante compartir un momento real de poesía en mi vida cotidiana con otra persona, que hacerlo en el teatro con miles de desconocidos a lo largo de varias representaciones, ya que esto último se enmarca siempre dentro de lo ficcionado. En cambio, una acción real mía puede modificar la conducta del que camina a mi lado.
Por supuesto aquí hablo de poesía nuevamente asociada al término resistencia. Poesía es todo lo que a vosotros no os gusta ni os parece bien.
Poesía es lo que predicáis y jamás hacéis.
Es lo que os regocija cuando está en el arte (o sea, dentro de una vitrina) y os asusta mortalmente en vuestras quirúrgicas vidas reales.
Seres incapaces para la poesía, deberíais marcharos ahora de esta sala.
Yo sostuve una gran esperanza. Encontré fuerzas extraordinarias para crear sin respiro, sin darme cuenta de que el trabajo era titánico para un tipo como yo. Ahora ha llegado el momento de la desazón, la duda y el temblor.
No encuentro, por mucho que busque, ninguna relación entre mi obra y la mejoría de un mundo enfermo.
Descreo profundamente de los que pagan para ver mis creaciones: personas arrastradas por la moda, gente que tiene problemas graves del tipo: se me rompió el macintosh, o cosas por el estilo.
Trabajo para una nueva generación de europeos que olvidó las secuelas de la guerra, gente con calefacción en casa e insisto: grandes problemas que me hacen reír.
Es difícil respirar en el microcosmos de la abundancia y de la insatisfacción continua. Hay abundancia de sombras. De quimeras que se compran con dinero. Y yo digo que son muy pocas las cosas que nos pueden rescatar del tedio y el letargo que se pagan con la Visa.
Finalmente me siento parte, engranaje, de una gran máquina lavaconciencias.
Yo lavo mi conciencia con mi discurso inconformista y el público hace lo propio, y juntos, creador y su público, no hacemos más que engrasar la misma rueda que nos está aplastando.
Ya conocéis el Eclesiastés: todo tiene su tiempo bajo el sol. Pues hay un tiempo para hablar y otro para callar.
Este coloquio me ha pillado justo en el inicio de mi tiempo de callar. Pero me había comprometido meses antes.
Y os pido disculpas por traer de mi aldea en Asturias tanto nubarrón y tanta niebla a esta Bretaña gris y entristecida un poco más si cabe por esta clase de encuentros

Parte de la obra de Rodrigo García esta recogida en "Cenizas Escogidas. Obras 1986-2009" (Ediciones La uÑa RoTa).

miércoles, 17 de noviembre de 2010

libros y anarquismo


La editorial Libros de Anarres contribuyendo a la difusión del ideario anarquista, pone en libre y gratuita descarga en su formato pdf, 36 libros sobre anarquismo. Entre ellos podemos encontrar obras de Kropotkin, Proudhon, Bakunin o la "Desobediencia Civil y otros textos" de Henry Thoreau y "La palabra como arma" de Emma Goldman.
http://www.quijotelibros.com.ar/anarres.htm

Y en la Biblioteca Virtual Anarquista "Conciencia Libertaria" todavía hay más (ensayos, novelas, articulos ...).
http://www.kclibertaria.comyr.com/libros.html


martes, 16 de noviembre de 2010

blues negro


poemas recogidos del libro colectivo "Blues negro" publicado por Letras de papel (2010)

I. El camino
Escuchar a Robert Johnson
es recorrer los caminos más viejos del mundo,
si cariño, él puede llevarte tan lejos como tú quieras
lejos, muy lejos;
a plantaciones de algodón
a África, al Missisipi
a vías de tren abandonadas,
a cabañas donde llora un niño
a solitarios cruces de caminos
a buhardillas donde compartir un trago
a abrazos de amantes que nunca podrás olvidar.
El olor de la tierra, el humo del tabaco
el sabor de las lágrimas, la humedad pegajosa de la derrota,
el sudor de siglos de lucha,
ahí están, flotando, esperándote.
Oye el crecer de la hierba, la llegada de la noche,
las voces traídas por el viento, las caricias de manos encallecidas.
Su blues se mece al ritmo de la cadencia del sexo
de las risas, de la lluvia
del fluir de la sangre por las venas.
Ahí esta la tristeza, la alegría, la vida, la muerte,
el barro, el polvo, la brisa refrescante de una noche de verano.
Si cariño, Robert Johnson engañó a Dios y al Diablo
y te lo esta susurrando para que no te sientas sola en el camino.

II. La vuelta al mundo de B.B. King
Como mozo de arado
a ocho kilómetros por hora
trabajando doce horas al día
que son casi cien kilómetros al día
seis días a la semana
durante dieciséis años
creo que prácticamente di la vuelta al mundo a pie
siguiendo a una mula.

III. El diario secreto de Skip James
“Prefería ser el Diablo a ser el hombre de esa mujer”
con esa voz antigua
que viene de muy, muy lejos,
mecida por siglos de esclavitud, abandono, enfermedades,
susurrada
sin ningún rencor
puede dejarte totalmente desarmado
para defenderte de la vida.

IV. La risa Hound Dog Taylor
Aquella temporada en el infierno
cuando sentía que las fuerzas me abandonaban
cuando creía que ya no podría soportarlo más
enchufaba a Hound Dog Taylor.
Los dos compartíamos más de un fracaso,
la falta de oportunidades
y la casi seguridad que no existía el paraíso.
Entonces porque preocuparse.
Agarraba la guitarra
subía el volumen
y gritaba, saltaba, bailaba, sonreía frente al espejo,
incluso me reía
del jazz, de Hendrix, de la tristeza, de la escasez.
Era un tiro,
a bocajarro,
de energía,  alegría y rock and roll,
una descarga salvaje de optimismo, pasión y sensación de libertad.
No te daba un respiro.
Sin enfrentamientos, sin forzar, sin artificios
se sacaba de la chistera
una carta para darte ánimos,
una botella de whisky para compartir,
o una noche estrellada para bailar,
y no te pedía nada a cambio.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Propiedades del Tequila (Consejas populares).


Frases impresas en un pequeño folleto de una impresora de la ciudad de Guadalajara.
Quita la angustia
Hace olvidar
Afloja el calcetín
Lima asperezas
Acerca amigos
Se te olvida el hambre
Causa rubores
Afina tu voz
Fomenta relaciones románticas
Hace compadres
Cierra tratos
Aligera los caminos
Festeja la compañía
Aumenta la alegría
Mata las lombrices
Extingue la culpa
Suelta la lengua
Aleja de la oficina
Arregla corazones rotos
Sirve de aperitivo
Apresura desenlaces
Elimina la timidez
Levanta tu ánimo
Te da calor
Liga comadres
Abre puertas
Acorta las esperas
Cura la tristeza
Mejora la digestión

Por eso y más . . .
¡¡¡ SALUD !!!

domingo, 14 de noviembre de 2010

Hubert Selby Jr y Tralalá

La venganza de Tralalá (por Rakel Rodríguez)


Conocí a Hubert Selby en 1960. Él tenía 32 años. Yo no había cumplido los 27. Me acuerdo bien del momento, yo estaba en un antro en Brooklyn bebiendo vodka. No era una buena chica, no me cuidaba demasiado y me gustaba el vodka. También me gustaban otras cosas peores. Entonces yo llamaba la atención. Podéis preguntar a cualquiera por mí y os lo confirmarán. No había tipo que no pasara cerca de mí y se diera media vuelta. Me llamo Susan, pero todo el mundo me conocía por Tralalá. Por qué ese nombre, porque me gustaba cantar, siempre estaba tarareando alguna canción, así de simple. Decía que había conocido a Hurbert en un antro. Se sentó a mi lado. Me dijo que le llamara Cubby, que era el nombre por el que le llamaba su gente, la gente cercana. Yo fui lo suficientemente cercana para llamarle así. Si le decías Hubert apenas atendía, o lo hacía mirándote como se mira a un desconocido o a un marciano, él tenía ese tipo de miradas. Decía que se sentó a mi lado y pidió dos copas de vodka.
- ¿A qué te dedicas? – me preguntó
- ¿Tú qué crees, monada?
No volvió a preguntar más. Estuvo yendo cada día a la misma hora, sabía que me iba a encontrar allí. Eso hizo durante un mes. Me invitaba a vodka y el bebía conmigo. No hablábamos. Pero él veía lo que yo hacía.
- Ahora que ya sabes a lo que me dedico, cuando quieras podemos perdernos un rato.
- ¿quieres perderte de verdad conmigo?
Por un momento no sabía a lo que se refería, hasta que me enseñó la bolsa, la mercancía. Me había parecido un tipo raro pero no pensé que se metiera.
- Cariño, eso para mí no es perderse… vamos, vente a mi cuarto.
Lo llevé a mi habitación, él se encargó de las jeringuillas, mientras yo le observaba, con su cara de rata, de ojos tan brillantes y claros que daba miedo mirar.
-¿desde cuándo te dedicas a esto?
- no me digas que esto va a ser una entrevista….
Nos metíamos juntos de vez en cuando. Cuando no, a veces follábamos. Él llevaba una vida más o menos normal, sobre todo intentaba llevarla. Tenía algo jodido en los pulmones desde que era casi un crío y había momentos que parecía que iba a ahogarse. Él estaba acostumbrado, yo no y me asustaba, a veces parecía que iba a morirse. No se metía mucho. Cubby era de estas personas que tenían un demonio dentro, le habitaban los demonios. Podía ser la persona mas normal del mundo y un día de repente se levantaba torcido, sus ojos miraban con otra expresión, gritaba sin venir a cuento y salía a la calle corriendo. Cuando esos momentos pasaban volvían de nuevo los días de calma. Volvía a parecer una persona casi normal. Si no le mirabas a los ojos, al fondo de los ojos, quiero decir.
Un día me dijo que era escritor, que estaba escribiendo algo y que yo era la protagonista. Me sentí halagada. Yo sabía que él y yo éramos diferentes. Que yo no tenía remedio, que cuando dejara de estar lo buena que estaba, iba a estar jodida. Que cuando dejara de tener el culo que tenía, las cosas iban a ir mal. Sabía que yo estaba en ese lado de la vida en que nunca tienes oportunidades, porque además tienes tendencia a tirarlas todas por la borda. En cambio Cubby, era otra cosa, se veía que podía hacer algo bueno, se veía que iba a ser alguien, alguien normal. Él estaba esperando que apareciera la mujer de su vida (no se equivocaba el muy cabrón, creo que conoció a Suzanne pocos años después) y tener una familia. Estaba obsesionado con lo de la familia. Ahora sé que de alguna manera ese tipo, que parecía tan poca cosa, si no le mirabas a los ojos, necesitaba eso para ubicarse, para anclarse, para no perderse. Dejó las drogas, se casó, tuvo hijos, tendría hasta 11 nietos y hasta el final mantuvo su vida “normal”. Pero también mantuvo sus demonios. Yo los vi en más de una ocasión. Siempre me preocupó que llegara a tirarse por un edificio o se lanzara a un coche. Pero no lo hizo. Gritaba, ponía los ojos en blanco, a veces se acurrucaba en una esquina, sin mirarme, sin mirar nada, como si estuviera muerto. Había estado en peligro de muerte desde hacía tanto tiempo que quizá se había acostumbrado. Me ayudó con el alquiler, me compró algunos vestidos bonitos, me pagó todo lo que consumíamos en aquella época. Para él tampoco era fácil sobrevivir. Seguía escribiendo a buen ritmo. Un día me dijo que había terminado. Qué. Le pregunté. Última salida a Brooklyn. Le dije que cómo se había hecho escritor. Me dijo que tenía que ganarse la vida, que estaba demasiado enfermo para trabajar en algo físico y que cuando estuvo en la cárcel pensó que lo de escribir no estaba mal. Me dijo que sabía escuchar y escuchaba muchas cosas. Me dijo que escribía de oído. Así lo dijo. Escribo de oído, no sé de reglar gramaticales, de puntuaciones ni nada, pero tengo oído. Ese era Cubby. Poco a poco fui dejando de verle. Empecé a tener un amigo que quería que pasara más tiempo con él. Me trataba bien, me compraba todo lo que quería, todo, me cuidaba, creo que me quería. Cubby desapareció por esa época, creo que fue cuando conoció a Suzanne y se fueron a Los Ángeles. Algunas personas creen que cambiando de lugar pueden cambiar de vida. Él lo hizo. Al menos exteriormente. Entonces leí “Última salida a Brooklyn”. El muy cabrón me hizo llorar con ese libro. Así que me mataba y de esa forma…. El libro estaba bien, yo que apenas había leído un par de libros en toda m vida, me lo ventilé en pocos días. Me costaba respirar en algunos momentos. El libro era duro. Me pregunté si esa Georgette también era alguien como yo, alguien que existía en algún lugar de Brooklyn y ahora habitaba también en ese libro.
Ese Cubby por cierto, no supo que el tipo que me cuidaba se casó conmigo, que dejé mi cuarto oscuro por una casita ventilada en la calle Sexta. Ese cabrón no supo que nadie acabó conmigo, que eso es cosa mía. Por eso en estos últimos momentos mientras espero el último aliento, le digo a Cubby que yo acabo como me da la gana, como me da la gana, encanto…

sábado, 13 de noviembre de 2010

Sherman Alexie

Alcohólicos Poemas de Amor

1.
El alcohol es un tambor
que me llama. El Alcohol
me llama. A veces
es tan difícil
no oír
ese tambor. A veces
es tan difícil
no bailar.

2.
Un día me contaste que la vez que mejor hicimos el amor fue una noche de invierno, en Febrero, después que me pasara el bebiendo entero . Te hice el amor borracho, inconsciente, y no puedo recordar nada de eso. Después que me lo contaras, quise saber si no te había llamado con el nombre de otra mujer, no porque yo hubiese amado a alguna otra. Lo quise saber porque mi imaginación siempre aumentó cuando estoy borracho y no me sorprendería descubrir que había usado el nombre de alguna estrella de cine. Ninguna, me dijiste, que cuchicheé tu nombre toda la noche, aún después de haber acabado, repetía tu nombre con esta boca, agria de cerveza y de la vieja mentira de no volver a tomar.

3.
Alcoholismo genético
o condicionado? Me
pregunto mientras hago eses
dentro de la Reserva
enredo de negociaciones
y amor no devuelto, encuentro
una botella de vodka
y una caja de quesitos fundidos
y al final, me llamo
un vencedor ordinario, otra
víctima de la ciencia
y su investigación necesaria.
Mis manos a veces se sacuden
porque te amo
y otras
porque mi cuerpo se
desintoxica
por eso te pido que no tomes
cerveza, whisky, ni vodka
antes de venir a verme. Por favor
cepíllate los dientes, lava te tus manos
aunque haya sido apenas un trago
porque nunca fui lo fuerte
que quise. El gusto a alcohol
incluso en el más suave de los besos
me haría olvidar en quien me he convertido.

5.
La diferencia entre la necesidad y el querer debe ser explicada. Abandoné la bebida hace 450 días. Abandoné la bebida 450 días antes de abandonarte a ti. Entonces, hoy yendo al centro, vi al mismo viejo indio quien debe de haberme mendigado varios miles de monedas en todos estos años. Era el decimoquinto día consecutivo de temperaturas bajo cero y el Indio viejo tenía puesto un gorro todavía con la etiqueta del precio. Se compró ese horrible gorro en lugar de mamarse y te apuesto que debe de haberle costado lo mismo que una botella de buen vino.

6.
Unos momentos después de encontrarte
me fue imprescindible
decirte "Eres exactamente
el tipo de India con la que
me encantaría emborracharme"
Pero me he mantenido sobrio
y ya hace dos años. En cambio, todo lo que dije
fue "Cuando solía tomar
eras el tipo de india con la que
me encantaba emborracharme"

¡Ay!, toda mi vida
en tiempo pasado.

"La humedad" Adagio Montorelli

Renato Guttuso
POEMA 1º (AL LECTOR)
Tú, lector, que te dispones a leer
este pequeño, inútil manual de la memoria;
no tuerzas tu gesto
al notar el bajo lenguaje que en él uso,
ni critiques a Adagio por su desagradable estilo.

No fue mi intención invitar a Vesta
ni a las compañeras de Febo a estos versos
que he moldeado con mis manos desnudas,
usando el más asqueroso barro;

pues tú sabes bien, lector hipócrita,
que sólo en lo más sucio podemos encontrar
una verdad acorde con los tiempos que vivimos.

POEMA 5º
La niña se busca bajo la falda
la humedad desconocida,
toca con sus dedos,
inmaculados de inocencia,
la vulva intacta
y siente todos los mares fluir por su carne
en su confuso y plácido oleaje.

Sin saber por qué
ha mordido sus labios,
pesando quizás en los labios del joven pescador
que cada mañana, con el torso desnudo,
la mira desde su barca caminar a la escuela.

Ahora siente en su lengua
brotar mansamente la sangre vestal
desde la carne recién mordida.

En un temblor la niña se hace mar
y la humedad, como un misterio insondable,
viste sus dedos de espuma.

POEMA 13º
Yo tendría veinte años
y lejos de mi hogar
tu boca, Nicoletta,
me hablaba de las viñas que dejé en Sicilia,
de la joven campesina
de mejillas rojizas y piel blanca
que en una noche furtiva
despertó mi sexo
siendo yo apenas un crío.

Y tus labios son ahora sus labios,
y su lengua es ahora tu lengua,
y cuando tú muerdes mi centro
son sus dientes, y no otros, los que me entregan
al prometido cielo de tu boca,

como si el tiempo nos engañara,
Nicoletta mía,
y yo volviera a ser la mentira de aquel niño
que vierte en tu garganta su germinal inocencia.

Hubert Selby Jr

Algunas noches no necesito el amor por jpg
El saxo de Charlie Parker
el cuervo de Alan Poe
el subidón de anfetas y bourbon
enredándose en las páginas de Última salida a Broklyn.
La música que golpea
son como olas de mar que acarician, destruyen, hipnotizan
como llamas de una hoguera
que diluyen los ruidos de la noche;
tempestad, gritos borrachos, ladridos de perros.
Y las cuchilladas de la química
que viene zumbando
para matar el dolor que desgarra las tripas.
Laten las sienes
se acelera el corazón, la sangre, las letras
bailo con las sombras agarrado a la botella,
la oscuridad de fuera deja de ser lúgubre para ser acogedora
Tralara es una lágrima que se desliza como la lluvia por la ventana de la habitación
por un instante todo es de un amarillo luminoso
entorno los ojos
el sol calienta mi cara
oigo el rumor del mar
voy en un velero que me mece en la infancia
todo fluye como en un poema
ahora estoy bajo el agua
con Bird, con Poe, con Hubert Selby
con los tiburones, con las sirenas, con los peces de colores,
los dedos de mis pies son enormes
subo a por aire de vez en cuando
hay un hermoso amanecer
todo esta relativamente bien.


 para saber más de Hubert Selby, jr




viernes, 12 de noviembre de 2010

la poesía de las mujeres

alas de ángel
A veces se ponía sus alas de ángel
y salía a la calle
a salvar a algún desesperado;
yonquis, enfermos terminales, solitarios, mendigos ...
Yo la prefería
golfa, viciosa,
con minifalda negra y zapatos de tacón de aguja,
sin alas,
sin bragas,
mordiéndose los labios para no gritar.
Pero ni por esas.
Ella sigue con sus alas,
su realismo mágico
y sus amores tiernos.
Yo con mis polvos salvajes,
mi realismo sucio
y alitas de mosca.



Coleccionando cepillos de dientes
Las mujeres entran en mi vida
en un abrir y cerrar de piernas
y se quedan un rato aquí
desordenando todo lo ya desordenado;
libros, música, despertares, paisajes, poemas, armarios, 
añadiendo más caos a mi caos cotidiano
Y las dejo hacer y deshacer
sin dar le mucha importancia
disfrutando de sus caricias, calores, andares,
emborrachándome con ellas,
compartiendo viajes, ritmos, orgasmos y de vez en cuando un
"te quiero", un "me gustas"
hasta que toque recoger
lo que hayan dejado por por aquí tirado.

"El animal que me habita" de Rakel Rodríguez

poemas del libro "El animal que me habita. Las bestias que me rodean y un relato" de Rakel Rodríguez (Ediciones RaRo)

El  animal que me habita fuma y mientras fuma piensa. Y mientras piensa escucha gritos. Los gritos llegan de la calle. El animal que me habita observa que mis manos se vuelven peludas. Me toco la cara y los pelos me hacen cosquillas en la nariz, en los ojos. Sonrío, y me siento durante un tiempo indefinido y fugaz, feliz. Mi animal lo sabe y fuma más lentamente y escucha mi silencio complacido.


No va más
Te lo dije
por activa y por pasiva:
que lo nuestro estaba en punto muerto.

Y tú
que eso no era necesariamente malo.
Y yo me pregunto si no eres necesariamente imbécil.



No domarte
Durante años
he luchado casi a muerte
contra mi animal,
tratando de suavizarlo he desgastado
energías inútilmente.

No hace mucho he comprendido
que lo mejor es no domarlo
y dejarlo campar en mis entrañas
a sus anchas.


Nada

Tratando de buscar las palabras adecuadas
olvido que no tengo nada que decir.

Debo darme cuenta de esas cosas ....