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martes, 23 de noviembre de 2010

por Cabo de Gata

El juego es éste, se trata tan solo de trazar unas líneas sobre el mapa. En la punta del lápiz, en cada trazo, estará el viajero, sus recuerdos moviéndose sobre el paisaje. Como en todos los juegos son muchas las jugadas posibles. ¿Por qué estas líneas y no otras? Quién sabe, supongo que lo que cuenta es que entre cada extremo haya una diferencia, un contraste, una tensión; que lo que importa es acabar en algún sitio distinto del que se parte.


Siempre se piensa que a la sierra se sube, se imagina la sierra elevándose sobre el llano. Cruzamos el llano, Campohermoso, Fernán Pérez, y no se ve la sierra. Hasta que, casi de repente, ante nosotros no se alzan sino que se abren los montes. Bajamos a la sierra. La actual carretera se hunde directa hacia Hortichuelas, pero para sentir mejor la sorpresa del precipicio, la inquietud de los despeñaderos, está la carretera vieja, que sale a la derecha al acabarse el llano. Sinuosa, estrecha, peligrosa, con ese aire pintoresco de las viejas carreteras de montaña, va bordeando el monte colgada sobre un profundo valle marcado por las cicatrices de las antiguas minas de oro. La ladera, llena de arbustos y plantas aromáticas, florecida si se viaja tras las lluvias, acaba por girar, y la carretera con ella, hasta ir a dar sobre Hortichuelas. A partir de aquí, unida ya a la carretera nueva, descenderá por un valle menos pronunciado, con montes a ambos lados, que la escoltan hasta hundirse en el mar que se adivina a lo lejos.
El mar, la playa, pasan los coches sin detenerse. Pero bien puede uno parar, aquí hay huertas sin plásticos, palomos pintados de colores, hay casas levantadas antes de que los invernaderos fueran los invernaderos y la playa fuera la playa. Aquí ha tomado el viajero vinos por las mañanas en bares sencillos, charlando con los paisanos, ha comido paella y lomo de orza. Por eso ahora, al recordarlo, duda y detiene el lápiz en su trazo sobre el mapa.
Pide otro vino y otra tapa. Ha de llegar al mar, pero preferiría dejarlo para más tarde, llegar a Las Negras con el sol a la espalda, y solo entonces, mientras la gente se retira, esperar el atardecer sentado en la playa.



Ninguna Historia de la Escultura Moderna estaría completa si no figurara en ella el Monumento al Tomate que se alza entre Campohermoso y San Isidro. Con esta obra maestra del Pop Art almeriense, esta gran hortaliza marmórea digna de figurar en los mejores museos, se rinde adecuado homenaje a este fruto mejicano que tanto oro atrae hacia los galeones frigoríficos que surcan la autopista rumbo al norte. De Méjico vinieron también las pitas, masivamente plantadas hace medio siglo con la intención de aprovechar sus fibras para la elaboración de cuerdas, y las chumberas, de las que se extraía la cochinilla, utilizada como colorante para teñir de rojo. Todo esta aquí, en las fotos que cubren las paredes del bar de Los Albaricoques, las pitas, las chumberas, la llanura reseca, los rostros quemados por el sol de los presuntos mejicanos, las viejas casas del pueblo, encaladas y elementales, y, entre todo ello, Clint Eastwood en los grandes clásicos del spaghetti western, que convirtieron el paisaje de Los Albaricoques en un Méjico de celuloide.
Hoy un nuevo Oeste, este si de verdad, crece desde Los Albaricoques hasta San Isidro y Campohermoso. Exuberantes rubias de lejanos países atendiendo en el saloon, almacenes, temporeros, señoritos paseando en sus caballos de cuatro ruedas, sherifs de verde, un mundo nuevo, reciente, de cemento y plástico. Solo Clint Eastwood se echa en falta, y es que los rostros pálidos parece ser que hoy prefieren dirigirse hacia la costa.

De aquí hasta Rodalquilar, por la ancha pista que parte de Los Albaricoques, es tierra de viejos cortijos. Un viejo mundo agrario ya derrumbado, como estos muros de piedra a los que aún se aferra la cal. Estos patios, caballerizas, eras para el cereal y pitas bordeando los caminos. Este aljibe, el frescor secreto, avaramente atesorado, del agua que permitía la vida.
En medio del sol, cuando todo reverbera como un horno, asomarse a la boca del aljibe, sentir su aliento húmedo, su refugio reconfortante, desear ahondarse en su sombra largo rato.
Aquí, junto a un aljibe, el viajero recogió plantas, olvidadas quedaron semanas al sol del salpicadero, y un día, apretándolas entre las manos, la humedad mojó sus dedos. El agua avaramente atesorada por estas plantas, como aljibes.
Y más allá, las minas de oro. La empresa de las minas se instaló hace ochenta años, cerro hace cuarenta, el viejo “El Dorado” de una época, antes de otros que vendrían después. El valle se hace más escabroso, las excavaciones, los derrumbes, las pistas para sacar hasta Rodalquilar el cuarzo aurífero, y en las laderas, acebuches, palmitos, aulagas, extraños brillos en las piedras desnudas, y allá arriba, cortando la ladera, el trazo de la carretera vieja de Hortichuelas.
Entrando a Rodalquilar, las instalaciones industriales hoy sin industria, los restos del poblado obrero hoy sin obreros, y sin embargo el pueblo huele a prosperidad. Pavimento próspero, arbolado próspero, tranquilas casas prósperas, próspera limpieza, locales cuidados, y si algo no es así, como las ruinosas casas del poblado minero, se piensa en borrar su presencia. Hoy el oro no sale de Rodalquilar, hoy el oro vuelve.
Lo que el valle de las minas tiene de escabroso, el valle de Rodalquilar, hasta el mar, lo tiene de plácido. Un valle ancho entre colinas suaves mirando en abanico hacia la playa. Desde algunos sitios, como la carretera de Las Negras, parece un viejo cuadro. Y como en los viejos cuadros, no uno, sino dos castillos ofrecen su sombra al mediodía, o recortan su silueta al atardecer, al viajero que se acerca a la orilla. El viejo, entre la hierba alta, y el fuerte nuevo, asomado al mar entre las rocas.
Y aquí, junto a la orilla, buscando el oro azul de las playas, la otra cara del nuevo Oeste, rubios pioneros en sus carromatos motorizados, con sus niños, sus perros, sus cacerolas. Casi se esperaría verles formar en círculo al anochecer, mientras el sol se esconde tras los montes e ilumina aún los corros de gente charlando en las aceras tras el trabajo, allá por Campohermoso.



La tercera línea sobre el mapa es otra vez una línea entre el Naciente y el Poniente, una línea breve para los pies pero larga para la mirada. Empieza en el punto exacto en que la carretera que viene del Cabo de Gata, tras varias revueltas, describe una amplia curva que la dirigirá definitivamente hacia el oeste. Aquí, en este concreto punto, donde, antes de empezar a descender hacia la playa, el pretil de la carretera sirve como un magnífico mirador, sobre decenas y decenas de kilómetros que se extienden sin obstáculos ante los ojos.
Atrás quedan las pequeñas calas, los estrechos y pronunciados barrancos que desde Genoveses hasta aquí jalonan la costa, ahora, ante nosotros, el paisaje es todo amplitud. La ladera desciende a buscar el mar, cada vez más tendida, y al alcanzar la orilla se prolonga en una larga playa, llana, arenosa, que parece no tener fin. A un lado la línea espejeante del mar, ligeramente blanqueada por el oleaje, al otro el reflejo del agua estancada en las salinas, blanqueado a veces por montones de sal. En medio la enfilada de la carretera, la playa y las casas de La Fabriquilla, La Almadraba y el pueblo de El Cabo de Gata, y mucho más al fondo, desdibujada ya en la distancia, rematando la amplia curva de la bahía, la gran mancha confusa de Almería, en la que se cree distinguir, ascendiendo por la ladera, la larga línea ocre de la alcazaba.
A partir de aquí una aglomeración de moles oscuras se eleva sobre el llano, cerrando el horizonte por todas las partes menos por el mar. Confundiendo sus siluetas, las sierras de Gador y La Contraviesa, y, destacándose tras ellas, azuladas por la distancia, las laderas de la Alpujarra, culminadas en la cumbre casi siempre blanca haciendo honor a su nombre, de Sierra Nevada. A la derecha, más cercanas y más modestas, las laderas de la Sierra de Alhamilla vienen a cerrar la perspectiva. Se dibujan en ellas las arrugas de los valles por los que desciende el agua al reseco llano. Distinguimos la mancha blanca de Nijar recortándose al pie de la ladera y, tras ella, adivinamos el valle de Huebro, el frescor del agua corriendo libre por las acequias entre los huertos y saltando por los molinos.
Y ante la sierra, la extensa planicie de los Campos de Nijar, que desciende en ligero declive hacia la costa. La vista recorre la llanura polvorienta y tropieza con blancos reflejos que no son ya de ola, ni de sal, ni de nieve, sino del plástico que espejea allá por San Isidro. Y adivinamos el verdor entre el polvo, un verdor distinto al del valle de Huebro, regado aquí por agua prisionera y el sudor de esas gentes que al atardecer hacen corro en las aceras.
Pero la carretera en la que el viajero se encuentra no va a tierra adentro, sino hacia el mar. Abajo se ven barcas en la orilla y montones de sal. Esta es otra gente y otra labor.
Y si la vista no se cansa de recorrer el panorama, no solo esta la vista. Desde San José hasta aquí ni una fuente, ni un bar, tan solo el sol pegando de plano, y la boca empieza a parecerse a estos barrancos polvorientos. Hay que dejarse caer hasta La Fabriquilla, regarla con este vino blanco, reponerse con una buena paella o estas sardinas, y solo después, ya repuesto, pasear descalzo por la playa.
El mar ha alisado la arena fina, pulido la madera de las barcas, revuelto los restos de los chiringuitos de los últimos veranos, y amenaza con socavar la carretera cuyo borde aparece aquí y allá mordido por el oleaje. Hacia el Poniente la afilada torre de la iglesia de La Almadraba se eleva ante las salinas y al regresar a La Fabriquilla, hacia el Naciente, los cerros pelados de la Sierra del Cabo de Gata se recortan claramente sobre el llano, más bajo aquí que más al norte, y elevan su silueta hasta la costa, donde la carretera por la que llegamos, aquí sí, no baja sino que sube hacia la sierra. Una sierra que, como ahora el viajero, parece buscar el frescor metiendo sus pies en el agua.
 texto de Pedro Villalón

1 comentario:

Antonio dijo...

Me llevo el escrito para en este puente perderme por Cabo de Gata