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viernes, 19 de noviembre de 2010

"A este tipo no queremos volver a verlo" de Rodrigo García

El 6 de noviembre de 2004 participé en Rennes en un encuentro llamado Mises en scène du monde. Me tocaba hablar en una mesa junto a gente de la cultura y gente del gobierno, sobre la puesta en escena y el orden político. Más tarde, durante la cena, una vez finalizado el evento, el director del Teatro Nacional de Bretaña, François Le Pillouër, se acercó a decirme: «mucha gente está entusiasmada con lo que has leído, pero los políticos de la ciudad, no. Me han preguntado por qué te invitábamos y uno me ha dicho: a este tipo no queremos volver a verlo». Ya que mi texto para ese coloquio, que transcribo aquí abajo, no tenía título, pensé en aprovechar este deseo de los gobernantes de la región para encabezarlo.

A ESTE TIPO NO QUEREMOS VOLVER A VERLO
Como tenía que escribir acerca de Puesta en escena y orden político, empecé a buscar, anoche, algo que los artistas que trabajamos en la escena podíamos tener en común con los políticos.
Me daba un poco de asco buscar coincidencias con esa clase de gente pero me puse a ello y pensé mucho, pensé como tres minutos aproximadamente, una eternidad, detenerse a pensar ciento ochenta segundos seguidos sin que suene el teléfono móvil y finalmente concluí que una cosa que los dos tenemos en común es la mentira; mentir.
Es la primera relación que encontré entre estas dos figuras: artista y político. Ambos mienten. Y se mienten a sí mismos.
Los políticos se mienten al decir que mejoran la vida de los demás, cuando realmente trabajan para mejorar económicamente la situación de unos elegidos, y fijaos que hago ya una gran diferencia para empezar: mejorar la vida no guarda relación con mejorar económicamente, una vez que tus necesidades básicas están cubiertas.
Por su parte, un grupejo de artistas clama ante la mentira de la clase política y elaboran para sí la siguiente falsedad: alguien tiene que arreglar el gran desarreglo que los políticos han hecho con el mundo y esa misión, en parte, les corresponde.
Ciertos artistas creen que están en la escena para desterrar la mentira sembrada por los funcionarios públicos.
Es una actitud ingenua y bondadosa, que nos presenta al artista como a un tipo simpático.
A fin de cuentas, los políticos traicionan a la gente que ha confiado en ellos.
Y los artistas se traicionan a sí mismos en su ingenuidad.
La espectacularidad de la política no es comparable a la del teatro.
El espectador que va al teatro paga una entrada elevada generalmente, para reencontrarse con su pasado (el sólo hecho de ir al teatro ya es una afirmación de la tradición). Mientras que el espectador que vota, tiene una mínima esperanza en el futuro. Hablo de ciudadanos que lo son hasta el momento de votar. Luego se convierten en pasivos espectadores de las decisiones de una minoría que se arrima a los gobiernos, que arrima dinero a los gobiernos y espera el beneficio.
El teatro no nos ofrece un futuro, lo digo muy a mi pesar. La política, sí. Y ese futuro es claro: un falso bienestar para unos elegidos en detrimento de millones de personas desnudas. Sacamos entradas de teatro para olvidarnos de lo que hacemos el día de las elecciones. Y lo que hacemos el día de las elecciones es nada menos que autorizar a un grupo de compinches a apartar la miseria de nosotros y llevarla lo más lejos posible: primero a otros continentes y más tarde a los vecinos, elevando por supuesto fronteras, muros reales, con ladrillos y cemento y pedazos de botellas rotas.
Desde hace muy pocas horas sabemos que el presidente de los EE UU es el mismo que mandó bombardear allí donde los intereses económicos y de dominio geopolítico dictaban. No es novedad ninguna. ¿Quién esperaba otra cosa? Le votaron ciudadanos, no personas. La polis ha embrutecido a las personas, la polis ha anestesiado a sus habitantes. ¿Quién lo diría en la Grecia antigua? No nos tropezamos ya con nadie, porque en la calle deambulamos los traslúcidos.
Es cierto que los americanos son seres traslúcidos, pero no es menos cierto que los europeos también lo somos.
Podemos demostrar que un americano es idéntico a un europeo y que siglos de historia fueron arrasados por la fiebre del oro.
Y la fiebre del oro no nació en América. La codicia es inherente al hombre.
Un americano –defiendo– es tan tonto como un europeo, por favor, no nos olvidemos de esto.
De lo contrario en Francia y en mi país, en España, no crecerían como hongos esas extrañas manchas en el paisaje rellenas de edificios aterradores en su sencillez y grandiosidad (me refiero a los metros cuadrados, a la superficie) rodeados, custodiados como fortalezas por parkings y que albergan supermercados y tiendas desproporcionados, fuera de la escala humana: contenedores que intentan ser continentes densos de cines sin películas reales, restaurantes sin comida real, ropa de abrigo sin materiales reales, automóviles de plástico sin una seguridad real, música sin una sola nota real y libros de fast-read apilados a montones y en el hueco recóndito de la estantería bajo la escalera, un volumen de Schopenhauer lleno de telas de araña.
Woody Allen pidió el voto en contra de George Bush. Demostración clamorosa de que el artista es un ser ingenuo y sin maldad real. Si pretendía quitar poder a ese loco, más le hubiera valido proclamar a los cuatro vientos que él es un incondicional de Bush. Así cientos de miles de ciudadanos-ligeros-invisibles estadounidenses habrían pensado: si un tipo que hace películas tan asquerosas está a favor de Bush, es que Bush no nos conviene en absoluto. Y no le habrían votado.
Pero fue Britney Spears la que sí hizo campaña a favor de Bush. Y eso ha dado magnos resultados, ya que ¿quién no quiere ser como B. Spears, qué mujer no quiere tener las caderas y la sonrisa de B. Spears y qué hombre no quiere follarse a B. Spears y qué mujer no quiere follarse a B. Spears?
Yo no conozco a B. Spears. Si me ponen una foto de esa chica junto a otra foto de otra chica no las distingo, joder.
Quiero decir que somos lo que ingerimos. Y lo que tragamos (por la boca y por los ojos y por las orejas), curiosamente, insisto, nos hace cada vez más transparentes, traslúcidos, y nos debilita.
Gran parte de la población del primer mundo lucha por controlar su sobrepeso y es sorprendente que a más kilos de grasa, sobrevenga un menor espesor del ser. La acumulación de datos banales no tiene nada que ver con el conocimiento. Esto que llamamos información, debilita.
Me ha molestado que, en la introducción del programa general de este encuentro, comparen al artista y al político por eso comencé diciendo que los dos mentían, que tenían en común ser mentirosos. Pero lo he dicho por rabia y no creo en absoluto en lo que he dicho. Por el alcance de las acciones de uno y de otro.
Un artista, con sus mentiras, no mejora la vida de casi nadie.
Sin embargo, valiéndose de sus mentiras, cualquier político chafa, arruina, el destino de millones de personas.
La democracia se ha convertido en un lugar frío, oscuro y siniestro.
En España decimos, para hablar de problemas de difícil solución, que siempre remiten a otra causa: es la pescadilla que se muerde la cola.
Para tener gobiernos justos hay que tener un pueblo informado, que sepa lo que elige.
Para tener un pueblo informado hay que tener gobiernos justos.
Ahora no me pregunten ustedes cómo hemos llegado a tal grado de desorientación.
De ahí los gobiernos que nos intentan gobernar: inútiles seres despiadados hijos de la gran puta.
Cuando escribo intentan gobernar es evidente que estoy haciendo mención y hasta un homenaje a todo pequeño núcleo de resistencia.
Una persona que trabaja gratis en un comedor popular en Tucumán, provincia de la Argentina, es parte de un pequeño núcleo de resistencia.
Ciertos artistas plásticos y de cine y de teatro se atrincheran en sus pequeñas espacios de resistencia.
Del otro lado, ningún político puede resistir, ya que su partido lo barrería de en medio en el acto: por tonto y por naif.
Y hay gente que pone bombas y quita la vida a otra gente y, aunque ustedes ahora mismo van a empezar a pitarme y a decir muchas cosas que ofenderían a mi madre, esos combatientes de lucha armada real, también constituyen grupos coherentes históricamente de resistencia.
Terrorismo es una estúpida sola palabra para definir una multiplicidad de acciones armadas que son irreductibles: no podemos llamar terrorismo a la guerra. Es ruin. La ocupación de Irak es guerra. Y cuando se pasa a cuchillo a un rehén, también es guerra. Pero a algunos les ha dado por invertir los términos. Y llamar terror a lo que les conviene. Y muchos se lo han creído. Ahí tenéis los resultados de las elecciones en EEUU y ahí tenéis cómo los medios de comunicación siguen pegando encima de los acontecimientos las etiquetas que a cada cual le vienen en gana.
Como ciudadano sé perfectamente que me encuentro al límite de mi propia deshidratación y luchando como un salvaje a favor del espesor del ser desheredado, atontado, alejado de la tierra, apartado de la fabricación de las cosas que utiliza a diario, deshumanizado hasta los huesos.
No creo que un niño, dentro de poco, pueda entender que una lechuga es un cogollo estupendo que crece de la tierra, que suele tener algún gusano entre sus hojas, que es algo frágil que muchas veces se quiebra entre las manos, algo que hay que lavar con cuidado.
Los nuevos habitantes del primer mundo pensarán que una lechuga son hojas cortadas y limpias que nacen en una bolsa de plástico que crece a su vez en un gran frigorífico que contiene a su vez otras bolsas de plástico con tomates del mismo tamaño todos, rábanos que ya no pican en la boca, y pedacitos verde oscuro de una cosa llamada desde tiempos inmemoriales espinacas.
Y no encontrarán la relación entre conseguir la verdura y hacer un mínimo esfuerzo.
Los productos envasados se heredan, no tienes que luchar, trabajar la tierra ni esperar por ellos.
Llegan solos.
Pues estos chicos y chicas, los de la lechuga en bolsa lavada y cortadita, sin gusanos, son los que van a elegir en un futuro muy cercano a cada nuevo primer ministro, siguiendo el dictado de la moda, la velocidad y una falsa idea de bienestar.
Como algo positivo, debo augurar que ya no tendremos atascos porque en nuestra ligereza flotaremos y bajaremos a las ciudades las horas que hagan falta para reafirmarnos como seres productivos, es decir, gente que maneja información y que no toca prácticamente nada con sus manos a lo largo del día, personas sin ninguna relación con la literatura y con el lenguaje cada vez más mermado: nosotros empeoramos nuestra lengua cada día y ocupamos idiomas milagrosos, como el castellano, en asuntos irrelevantes.
Y si multiplicas el vacío de cada día por toda una vida, el resultado es tu aparición en el mundo como el único animal que pisa y no deja huella.
Cuando digo que como artista soy consciente de esta realidad decepcionante, no me destaco como un ser más sensible o perspicaz que otros; mejor me veo como un cándido que tiene que saber llevar este tipo de cargas cual núcleo de su pasión artesanal: soy un artesano en llevar la contraria, en generar malestar y a la vez destellos de belleza y me siento obligado a confundir.
Para certezas, ya sabemos lo que hay: está la televisión, las políticas de Danone y Coca Cola, el sistema de educación y cualquier cosa que se pueda poner de moda durante tres días seguidos: no importa si se trata de una zapatilla, un cantante o un falso escritor.
La certeza empequeñece y si ya os aburro repitiendo y repitiendo que hemos perdido espesor, que somos el animal que pisa y no deja huella, puedo cambiar de tercio y afirmar que junto a nuestra densidad humana también se nos ha extirpado el misterio.
Para empezar te anestesian. Funcionas años como ser anestesiado. Y cuando despiertas sientes que falta algo en tu percepción de la realidad: te han quitado el misterio.
Una sociedad sin misterio puede que exista y me importa más bien poco.
Pero cada hombre debe llevar su secreto como algo sagrado.
La religión fue un impulso erróneo para desarrollar una parodia de misterio, pero al menos fue algo.
Una vez perdida la religión, el misterio podíamos buscarlo en nuestra tradición: hay ciertas maneras de encender el fuego, de preparar arroz con leche en Asturias, en el perolo de cobre de toda la vida, que nunca se lava con Fairy sino con ceniza del fuego donde se cocinó, y ese arroz con leche solamente lo hace una persona y al morir, otra, que lo aprendió de aquella.
Ya no nos queda nada del misterio religioso (que personalmente no reivindico en absoluto), ni tampoco del misterio ancestral, de la tradición (que como inmigrante e hijo del desarraigo tampoco puedo defender y menos perpetuar, ya que no la he vivido).
Sin embargo, he pensado que hay una oportunidad para la poesía.
Y volvemos con las diferenciaciones: cuando, como artista, entrego poesía y confusión en una sala de teatro, algo de mí se revela como ruin y engañoso.
Pero cuando consigo un instante de poesía en mi vida cotidiana, me abandono a derrocharlo y poner manos a la obra en la creación de uno nuevo.
La capacidad poética está en el hombre y hay que entrenarla.
Es más importante compartir un momento real de poesía en mi vida cotidiana con otra persona, que hacerlo en el teatro con miles de desconocidos a lo largo de varias representaciones, ya que esto último se enmarca siempre dentro de lo ficcionado. En cambio, una acción real mía puede modificar la conducta del que camina a mi lado.
Por supuesto aquí hablo de poesía nuevamente asociada al término resistencia. Poesía es todo lo que a vosotros no os gusta ni os parece bien.
Poesía es lo que predicáis y jamás hacéis.
Es lo que os regocija cuando está en el arte (o sea, dentro de una vitrina) y os asusta mortalmente en vuestras quirúrgicas vidas reales.
Seres incapaces para la poesía, deberíais marcharos ahora de esta sala.
Yo sostuve una gran esperanza. Encontré fuerzas extraordinarias para crear sin respiro, sin darme cuenta de que el trabajo era titánico para un tipo como yo. Ahora ha llegado el momento de la desazón, la duda y el temblor.
No encuentro, por mucho que busque, ninguna relación entre mi obra y la mejoría de un mundo enfermo.
Descreo profundamente de los que pagan para ver mis creaciones: personas arrastradas por la moda, gente que tiene problemas graves del tipo: se me rompió el macintosh, o cosas por el estilo.
Trabajo para una nueva generación de europeos que olvidó las secuelas de la guerra, gente con calefacción en casa e insisto: grandes problemas que me hacen reír.
Es difícil respirar en el microcosmos de la abundancia y de la insatisfacción continua. Hay abundancia de sombras. De quimeras que se compran con dinero. Y yo digo que son muy pocas las cosas que nos pueden rescatar del tedio y el letargo que se pagan con la Visa.
Finalmente me siento parte, engranaje, de una gran máquina lavaconciencias.
Yo lavo mi conciencia con mi discurso inconformista y el público hace lo propio, y juntos, creador y su público, no hacemos más que engrasar la misma rueda que nos está aplastando.
Ya conocéis el Eclesiastés: todo tiene su tiempo bajo el sol. Pues hay un tiempo para hablar y otro para callar.
Este coloquio me ha pillado justo en el inicio de mi tiempo de callar. Pero me había comprometido meses antes.
Y os pido disculpas por traer de mi aldea en Asturias tanto nubarrón y tanta niebla a esta Bretaña gris y entristecida un poco más si cabe por esta clase de encuentros

Parte de la obra de Rodrigo García esta recogida en "Cenizas Escogidas. Obras 1986-2009" (Ediciones La uÑa RoTa).

2 comentarios:

RaRo dijo...

Muy interesante, pero se repiten dos párrafos...

jpg dijo...

se repetían varios párrafos, ya lo correguí, gracias