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domingo, 22 de octubre de 2017

Hombres famélicos. Tom Kromer

Hombres famélicos por Tom Kromer 

Estábamos en 1930. La Union Pacific, la Southern Pacific, la Baltimore & Ohio, la de Santa Fe y otro centenar más de líneas ferroviarias recorrían un país que apestaba, un país envuelto en el hedor de la comida y el forraje que, acumulados en silos, almacenes y graneros, se pudrían porque nadie tenía dinero para comprarlos. En las vías, largas filas de furgones permanecían al sol y se echaban a perder sobre raíles oxidados, y los grandes trenes negros que resoplaban a través de la noche, con sus hileras de vagones medio vacíos, transportaban más hombres en las cámaras frigoríficas y encima y debajo de los furgones, que kilos de mercancías en su interior. Los trenes de pasajeros que atravesaban la oscuridad bramaban y rugían con un aire de impaciente burla, y en los estribos, agarrados a los peldaños de las puertas, y en el techo, se multiplicaban los hombres demacrados que contenían el vacío de sus estómagos con sus manos y que superaban en número a los que viajaban cómodamente sentados. Estábamos en 1930, en plena depresión. El orín se acumulaba en los candados de las fábricas y las máquinas se llenaban de mugre porque nadie se encargaba de cuidarlas, y por la noche las ratas se acercaban y olfateaban la quietud de toda esa maquinaria que antes de 1930 tanto había rugido y vibrado. Los hombres se plantaban delante de las fábricas y observaban el orín que día tras día se acumulaba en los candados, y su expresión era de enfado porque querían entrar y quitarse el abrigo y acercarse a sus máquinas y ponerlas en marcha; querían contemplar los metros de tela que escupían unas y las largas tiras de metal anaranjado que salían de las entrañas de otras. A veces, esos hombres a los que habían apartado de las fábricas y prohibido el contacto con sus máquinas sellando las puertas de entrada, se reunían precisamente allí para hablar y maldecir, pero no maldecían a las máquinas, a las que no podían acceder debido a las puertas y ventanas selladas, sino a los propietarios de las fábricas que se negaban a abrir esas puertas y a dejar que el aire corriese por esas ventanas. Esos hombres dormían en altillos, en graneros, en sótanos, en tiendas de campaña y también al raso. Y había carpinteros y albañiles que en 1930 ni siquiera tenían una tienda y no les quedaba otra que pasar la noche en los aserraderos, entre toneladas de maderos que se iban combando y retorciendo bajo la fuerza del sol. Estamos en 1930, en Los Ángeles. De pie, delante de un albergue cristiano, esperamos mucho rato hasta que la cola empieza a moverse. Entramos arrastrando los pies y nos sentamos en las mesas. Doscientos hombres nos sentamos en esas mesas, delante de un plato de alubias que huele a pelo chamuscado y un pedazo de pan duro. Enseguida nos lanzamos a por las alubias y el pan. El jorobado que tengo enfrente mete la cuchara en el plato y pesca un trozo de carne cubierto de pelusa negra, de unos cinco centímetros de largo. En los albergues no es habitual tropezarse con un pedazo de carne tan grande, con o sin pelusa. Se trata de la pierna de un animal y todavía conserva el pie con los dedos extendidos. —¿Por qué demonios no lo han despellejado antes de cocinarlo? —se queja el jorobado. —¿Es conejo? —le pregunto—. Una vez vi un conejo negro. Aunque quizás sea una ardilla. Al jorobado no le ha hecho ninguna gracia encontrarse entre las alubias un trozo de carne cubierto de pelusa negra que además tiene dedos. —Sea conejo o sea ardilla, deberían cortarle los pies antes de meterlo en la olla — afirma. Engullimos las alubias. De pronto, el vagabundo que está sentado al lado del jorobado se tapa la boca con las dos manos y echa a correr por el pasillo en dirección a la puerta. El jorobado vuelve la mirada hacia el plato de su compañero, coge la cuchara y revuelve lo que queda dentro. Acto seguido, saca la cuchara y la levanta. —Ni conejo ni ardilla. Dios mío —grita—, han preparado las alubias con carne de rata. Mirad la cabeza de esta condenada rata. Y ahí, junto a mi plato, hay una pata. ¿Dónde demonios están las otras tres? ¿Alguien me lo puede decir? ¿Quién se las ha comido? La cabeza de la rata se tambalea en la cuchara. Tiene los labios fruncidos y enseña sus afilados dientes blancos. Advierto que le faltan los bigotes y caigo en la cuenta de que se le han chamuscado. —¡Eh, mirad lo que le han hecho al ratoncito Pérez! —exclama el vagabundo que tengo al lado—. ¡Mirad, lo han descapitado! Algunos aguantamos hasta llegar a la calle y otros convertimos el suelo en una pocilga. Fruitity-Toot, el marica de rostro chupado que cecea, lanza un grito y se desploma. El colorete no es suficiente para ocultar la palidez de sus mejillas. Al cabo de un rato, lo reanimamos con un poco de agua y volvemos a nuestros platos de alubias chamuscadas. Y cuando nos las terminamos, nos levantamos para preguntar si, por favor, podemos repetir. En la calle, como no pueden oírnos ni los empleados ni los encargados del albergue, los criticamos. ¡Serán desgraciados! ¿A qué viene eso de poner carne de rata en la comida? Están chiflados si creen que nos hemos tragado esa patraña de que la rata ha ido a parar a la olla por accidente. Nadie ha volcado ninguna mesa. Nadie ha lanzado ningún plato de alubias al cuadro de tamaño natural de la Oveja Perdida que cuelga en la pared. El Times no tendrá su titular: «La policía da su merecido a un grupo de comunistas». Somos el lumpenproletariat… De nosotros no se puede esperar nada. Estábamos en 1931 y por la calle te podías encontrar de vez en cuando a un hombre con los pantalones bajados murmurando entre dientes: «¿Cómo vamos a trabajar si no hay trabajo, eh? ¿Cómo vamos a hacerlo?». En la calle los criticábamos y nos quejábamos. ¡Serán desgraciados! ¿A qué viene eso de poner carne de rata en las alubias? Desde los titulares y desde las revistas, el presidente Hoover se desgañitaba asegurando que no, que ni hablar, que no había depresión y que, en caso de apuros, estaba seguro de que los vecinos se ayudarían unos a otros. La Cruz Roja controlaba las raciones de reserva y esperaba con impaciencia a que se produjese algún caso de fuerza mayor para salir disparada al rescate. Los mineros, con sus mujeres esqueléticas, pálidas y hambrientas, y sus chiquillos enfermos de difteria y pelagra, acumulaban en sus doloridos estómagos la carbonilla de las minas de Virginia Occidental, Illinois y Pensilvania. Y ahí estaban, inspeccionando las herrumbrosas aguas de azufre en busca de ranas y cangrejos también herrumbrosos, recorriendo las peladas colinas de sasafrás para conseguir un poco de cerraja que luego hervían sin ningún otro condimento. Cuando las ranas y los cangrejos se acabaron, y también se acabó la cerraja, los mineros de Virginia Occidental, Illinois y Pensilvania pensaron que si lograban plantarse en el Capitolio y conseguían que los mandamases y los peces gordos viesen en qué condiciones estaban, quizás harían algo respecto a sus estómagos vacíos, quizás mantendrían en funcionamiento la fábrica y evitarían que los sheriffs les lanzasen sus mantas raídas y sus camastros al barro, el mismo barro que cuando llovía se convertía en azufre amarillo. Así que emprendieron el viaje, pero como les resultó imposible hablar con las altas esferas, decidieron hacer carteles, y los que sabían escribir escribieron en los carteles sus quejas y reivindicaciones. Algunos exigieron ayudas económicas para aplacar el hambre, y otros rezaron para que se las concedieran. Los sheriffs, pensando en futuras acciones, se fijaron en los que hicieron públicas sus exigencias, ya que saltaba a la vista que se trataba de un puñado de rojos. Cuando los mineros se acercaron a la Casa Blanca, los policías les quitaron los carteles y les dijeron que podían avanzar junto al edificio pero sin entrar en el recinto. Los manifestantes enviaron un comité de tres personas a entrevistarse con el presidente y el secretario de este los acompañó de vuelta a la puerta, lejos de los suelos encerados, y les explicó que sí, que sin lugar a dudas el presidente iba a hacer algo respecto a la situación en que se encontraban los mineros de Virginia Occidental, Illinois y Pensilvania. Los policías los escoltaron hasta las afueras de la ciudad y cuando, días después, regresaron a sus barracas, algunos mineros se encontraron con que alguien había apilado sus mantas raídas y sus camastros junto al riachuelo de azufre, y con que ese mismo alguien les había sellado las puertas de sus barracas y les había dejado un papelito blanco que no sabían leer. Algunos abandonaron allí sus camastros, ya que no podían cargarlos, y se echaron a la carretera con sus mujeres, con sus hijos y con sus perros de patas larguiruchas, que parecían estar más gordos que sus dueños. Aunque la mayoría no tenía perros, ya que los perros hacía tiempo que, por instinto, se habían marchado de aquel lugar donde no había huesos para que los niños los pudieran chupar, y menos aún para que los royeran los perros. Corría el rumor, además, de que algunos mineros se habían comido a sus propios perros y luego se habían plantado delante de la tienda de la empresa para preguntar si alguien les había visto el pelo. Estamos en 1931. Es de noche y en el suelo astillado de un furgón nos amontonamos veinte hombres que entre gemidos, patadas, escupitajos y gruñidos, escuchamos el silbido de las ruedas y el rugido del viento que nos llegan de las vías. Entre nosotros hay mecánicos, maestros de escuela, albañiles, abogados y barrenderos de Iowa, Texas, Rhode Island, Utah y Maine. En un rincón, un chico negro canta con voz grave y baja: Cansado de cargar con tanto peso, avanzo a duras penas por esta solitaria carretera. Nos incorporamos apoyándonos en los codos y cantamos con él: Amor mío, amor mío, ¿qué he hecho yo para que me trates de esta manera? El chico pálido del jersey verde se aguanta la barriga con las dos manos y gime. Tiene las piernas flacuchas contraídas y apretadas contra el pecho. Gotas de sudor le recorren la cara y desde la barbilla salpican el suelo. Sacamos la cabeza por la puerta del furgón en espera del destello blanco de los mojones que pasan volando. —Ochenta kilómetros más —le decimos al chico. —Setenta y nueve. —Ya solo quedan setenta y ocho —insistimos. Al cabo de un rato, el chico pierde el conocimiento y dejamos de anunciarle cuántos kilómetros faltan. Poco después, oímos a un vagabundo que se acerca por el techo. Nos asomamos por la puerta todo lo que podemos y al verlo descender, le sujetamos las piernas y lo empujamos hacia dentro. El vagabundo se saca de debajo de la camisa unos pedazos de hielo que ha robado de la cámara frigorífica. Entonces le estiramos las piernas al chico enfermo, le cubrimos la barriga con hielo y seguimos atentos a los mojones. Unos momentos después, el chico deja de sudar. A nadie se le escapa que el hielo ha llegado demasiado tarde y que el chico tiene el apéndice destrozado. El negro de Carolina del Sur sigue canturreando Lonesome Road Blues y el vagabundo que tengo al lado murmura que ojalá, ojalá tuviese una pistola en la mano. No esperamos que el proletariado haga la revolución. Estábamos en 1932. Las mentes pensantes se rascaban la cabeza y afirmaban que la depresión era el resultado de la especulación y del crecimiento desordenado, y que lo que necesitaba el país era una economía planificada. En los parques y en las esquinas de las calles, hombres de rostro demacrado, ojos negros y vivaces, y dientes blancos que resultaban amenazadores a la luz del sol, se subían a cajones de madera y entre susurros, gritos y súplicas, explicaban a una audiencia de hombres famélicos que fruncían el ceño que el ochenta por cien del país era propiedad de Morgan, Rockefeller, Ford, Mellon, la familia Dupont de Nemours y otros como ellos. Y entonces llegaban los policías y sacaban sus porras, y golpeaban en la cabeza a los hombres de las cajas de madera hasta que se desplomaban unos encima de otros, y así les resultaba más fácil arrastrarlos al furgón que los esperaba junto a la acera. Y los hombres famélicos que los habían estado escuchando y que para desayunar se habían tomado un cuenco de gachas y para comer intentarían conseguir un poco de café, sonreían socarronamente o soltaban una risita nerviosa mientras contemplaban a los policías darles su merecido a aquellos rojos. Luego se escabullían por un callejón y se iban a recorrer las puertas traseras de los restaurantes en busca de colillas. Estamos en 1932, en Saint Louis. Un chico de Harvard, otro de Columbia y yo, nos bajamos de un tren de mercancías y nos ponemos a pedir limosna por las casas. Es de noche y nadie nos da de comer, y por eso probamos en los restaurantes, pero tampoco nos dan nada. Al cabo de un rato, el chico de Harvard, el de Columbia y yo, empezamos a hurgar en los contenedores de basura que hay en la parte de atrás de los restaurantes en busca de algún pedazo de pan o algún pomelo que se hayan dejado a medias. Y yo, que en esto soy mejor que los otros dos porque ellos nunca han tenido que hacerlo ni en Harvard ni en Columbia, me encuentro una rebanada de pan untada de mantequilla. Poco después, el encargado de un restaurante llama a la policía y un agente se presenta en el callejón, nos detiene y nos dice que no somos más que unos cerdos miserables y que lo único que se merece un puñado de piojosos como nosotros es que nos meta un tiro. Nos acusan por vagabundear. Mejor que no esperemos mucha ayuda del lumpenproletariat para hacer la revolución. Estábamos en 1933. Los hombres se multiplicaban en las largas y ondulantes colas de comida que recorrían, de una manzana a otra, las calles de la ciudad. Llovía, y con el movimiento de los hombres, que cambiaban de postura para dar un respiro a sus doloridos pies, la cola parecía adquirir vida y levantarse y descender como si se tratase de una oruga gigante que avanzara para revolcarse durante un instante en la porquería que los albergues repartían para mayor gloria de Dios. Los ojos hundidos de aquellos hombres brillaban con malignidad ante las palabras «Jesús es la salvación» del rótulo que, con sus parpadeantes luces de neón, parecía burlarse de su miseria a medida que caía la noche. Esos hombres arrastraban los pies para acercarse cada vez más a los recipientes de la humeante y vomitiva bazofia que los esperaba en las asfixiantes cocinas de los albergues. Una vez dentro, cogían el pedazo de pan duro y el plato de estofado apestoso que los empleados de los albergues les servían de cualquier modo para mayor gloria de Dios. Esos hombres de rostro inexpresivo oían el rumor monótono e incesante del sermón que les llegaba desde la tarima que había delante de las mesas, pero no escuchaban las palabras que se pronunciaban. Un rato después volvían a la calle, se ajustaban el cinturón a su barriga quejumbrosa y se ponían a buscar colillas entre los excrementos de los caballos y los escupitajos que se acumulaban junto al bordillo de las aceras. Al atardecer, se los veía sentados en esas mismas aceras y en los portales de las casas debatiendo consigo mismos, con inusitado fervor, si tragarse el interminable sermón del albergue para conseguir una cama o arriesgarse a pasar la noche en las vías, en el suelo helado y lleno de astillas de algún furgón. Algunos, los más soñadores, sentados en las aceras o en los bancos del parque, dejaban volar la imaginación para verse de nuevo en las fábricas, junto a sus máquinas, y en la cola de la ventanilla de las oficinas el día de paga, en espera de un sobre amarillo lleno de billetes verdes. Otros, los más crispados, se imaginaban a sí mismos atacando a algún transeúnte, golpeándolo en la cabeza con un palo y arrastrándolo a un lado en la oscuridad para luego registrarlo y descubrir que tenía los bolsillos llenos de billetes verdes, suficientes billetes como para nadar en la abundancia el resto de sus vidas. Había quienes fantaseaban con coches blindados, esos coches que transportaban los tesoros de los bancos. En su imaginación veían caer uno de aquellos sacos blancos llenos hasta arriba de billetes verdes. Como ellos eran los únicos que lo veían, lo recogían, se lo escondían debajo del abrigo y se dirigían a la estación de tren para comprarse un billete que los alejara de allí. El toque de porra con que un policía les daba en el pie devolvía a la realidad a todos aquellos hombres y los apartaba de sus sueños. Entonces se levantaban y, enfurruñados, se alejaban por la calle sin mirar atrás, conscientes de que a esa hora el albergue ya habría cerrado. Estamos en 1934. Al lado de las vías de la Union Pacific, la Southern Pacific, la Baltimore & Ohio y la de Santa Fe, hay pueblos enteros construidos por hombres sin trabajo con latas de los vertederos, viejas láminas de metal y restos de cajas de madera. Las casas tienen chimenea y al anochecer se ve el centelleo de los fuegos donde esos hombres cocinan las sobras de carne podrida, los guisantes y las alubias que mendigan en los almacenes y las patatas mohosas que recogen junto a las vías. Todas las ciudades tienen una úlcera como esta en sus afueras, y algunas tienen dos o tres. Los trenes de mercancías traen hombres famélicos, desesperados y muertos de frío, que se preparan una taza de café con los posos, duros y secos, pegados en las paredes de la cafetera que descansa junto al fuego. Por la noche, esos hombres se arrastran pesadamente de fuego en fuego como fantasmas con los ojos huecos. La gente de la ciudad no sabe que están allí excepto en esas ocasiones en que llaman a la puerta y una voz quejumbrosa pregunta si puede cortar el césped a cambio de un pedazo de pan con mantequilla. Pero si esas voces quejumbrosas que se ofrecen a cortar el césped a cambio de un pedazo de pan con mantequilla se suceden con demasiada frecuencia, la policía y los bomberos se presentan en los poblados que se levantan junto a las vías, y con sus hachas y sus pistolas del 45 destrozan sartenes, latas de café y ollas, y luego prenden fuego a las barracas. Y la gente de la ciudad, convencida de que es el aserradero lo que está en llamas, llega de muchos kilómetros a la redonda. Pero no es más que un puñado de policías jugando a hacer fuegos y un puñado de bomberos jugando a ser bomberos. Nadie se enfrenta a los policías ni a los bomberos porque van armados con pistolas y con hachas, y con la ley que los ampara. Los hombres tienen miedo de enfrentarse a ellos, así que recogen sus cosas y, avanzando con dificultad, siguen las vías hasta perderse de vista. Tumbados entre las sombras, a la espera de algún tren que se los lleve lejos, maldicen a los policías y a los bomberos, y sueñan con encontrarse algún día a uno de esos malnacidos en un furgón oscuro para retorcerle el cuello con sus propias manos. Ejércitos de hombres, millones de hombres, recorren el país de norte a sur y de este a oeste en 1934. Cuando doscientos hombres se suben a un tren en una dirección, otros doscientos se suben a otro en la dirección contraria. ¿Pero acaso importa la maldita dirección en la que vayan? No hay trabajo, y sin dinero no hay comida en ningún sitio, por más que les llegue el hedor putrefacto de todos los alimentos que se pudren en los silos, los almacenes y los graneros. Estamos en 1934, en Los Ángeles, California. En esta pensión de mala muerte nos amontonamos un centenar de vagabundos. Los trabajadores de los tranvías de la ciudad están en huelga. El día antes de que los conductores y los revisores abandonaran sus puestos de trabajo, la empresa colgó un aviso en el tablón de anuncios: «Los empleados que mañana no se presenten en sus puestos de trabajo serán sustituidos por esquiroles. La empresa entenderá que esos empleados han renunciado a su trabajo y no los volverá a contratar». Lo decían con palabras más bonitas, pero se trataba de una amenaza. Los esquiroles se iban a poner al volante de los tranvías. Y la policía se iba a subir a esos tranvías para proteger a los esquiroles. En una situación como esa, con la policía en los tranvías protegiendo a los esquiroles y protegiendo los intereses de la empresa de transporte, ¿qué margen de negociación les quedaba a los trabajadores? Y como la solidaridad no daba de comer a los huelguistas, estos tenían que hacer algo para evitar que los tranvías siguiesen funcionando. Así que cuando los tranvías se detenían, les metían palos en las ruedas, ordenaban a los pasajeros y a los esquiroles que bajaran a la calle y hacían volcar los vagones. Primero los empujaban hasta conseguir que se balancearan, y luego los volcaban. Un tranvía se convierte en una máquina triste e inútil cuando lo ves boca arriba, con las ruedas agitándose en el aire. En esta pensión de mala muerte nos amontonamos un centenar de vagabundos. Y delante de la pensión, veinticinco huelguistas han detenido un tranvía. Le han puesto palos en las ruedas y están empujando los vagones. Pero a pesar del sudor y los gemidos de esfuerzo, no consiguen volcarlo. Desde la acera, nos quedamos mirándolos. Entonces oímos la sirena de los coches de la policía, que ahí vienen con sus porras, sus pistolas y sus bombas de gas lacrimógeno. Uno de los vagabundos de la acera, un tipo enfermo de tuberculosis con una cicatriz que le recorre el rostro, se remanga y sonríe: —Yo fui sindicalista —nos dice—. Y todavía me queda fuerza. ¿Alguno de vosotros también lo ha sido? El tipo cruza la calle a grandes zancadas. Los vagabundos más viejos lo siguen, y los más jóvenes seguimos a los viejos. Entre todos empujamos el tranvía y el estruendo de los cristales al hacerse añicos resuena a mucha distancia. Resulta extraño ver un tranvía boca arriba, con las ruedas girando en el aire. Volvemos a la acera justo en el momento en que los coches de la brigada se paran dando un frenazo. Los policías persiguen a los huelguistas porra en mano, pero a nosotros, que seguimos en la acera, no nos hacen ni caso; para ellos no somos más que unos miserables vagabundos, el despreciable lumpenproletariat. En 1935, 22 millones de personas recibían del gobierno alguna ayuda económica y la deuda pública ascendía a 34 mil millones de dólares, y ni siquiera las mentes pensantes sabían cuánto dinero era eso, y levantaban las manos al cielo y preguntaban de dónde iba salir más dinero. El humorista Bugs Baer decía que aún había más dinero allí donde habían ido a parar todos aquellos millones, pero las mentes pensantes no prestaban atención a ese tipo de comentarios. Cada día había más gente que perdía el juicio y los manicomios estaban a reventar de personas que se habían vuelto locas, personas que te clavaban la mirada a través de los barrotes de hierro y que cogían alubias, alubias rojas, y una a una, las ensartaban en un alambre color lavanda y las escondían debajo de la alfombra. Y cuando volvían a buscarlas después de un buen rato y las alubias ya no estaban allí porque, en su ausencia, alguien se las había comido, se ponían a gritar porque alguien se había hecho con ellas. Y el hombre de los zapatos de charol y la leontina de oro les decía que no perdiesen el tiempo gritando, que en la casa no quedaba ni una condenada alubia y que, de hecho, apenas quedaban alubias en el mundo, así que no valía la pena que siguieran gritando. Entonces abrían el armario y se ponían a rebuscar dentro. Y allí estaban los ángeles, siete ángeles sin contar al que había derramado betún negro por encima de las zapatillas rojas, y los gatos negros que se paseaban por la casa como malos augurios y el sollozo de los bebés a los que habían abandonado en las rocas de las montañas. Hubo huelgas en Detroit, en Milwaukee, en Seattle y en Portland; en Frisco, en LA, en Walla Walla y en Bad Axe, Michigan. Las masas ponían a prueba su fuerza y la policía y los cuerpos especiales aparecían, y a algunos huelguistas los golpeaban, y a otros los mataban. Y en los parques y en las esquinas de las calles, hombres de rostro demacrado, ojos negros y vivaces, y dientes blancos que resultaban amenazadores a la luz del sol, se subían a cajones de madera y entre susurros, gritos y súplicas, les contaban a los hombres famélicos con los que habían sudado en las fábricas, en el campo y en los despachos, que Morgan, Rockefeller, Ford, Mellon y la familia Dupont de Nemours, se enriquecían y engordaban a costa del ochenta por cien de la población. Y entonces llegaban los policías con sus porras y los golpeaban en la cabeza hasta que se desplomaban unos encima de otros, y así les resultaba más fácil arrastrarlos al furgón que los esperaba junto a la acera. Pero cuando se los llevaban, otro hombre se subía a la caja de madera y los policías lo atacaban con las porras y le disparaban con sus pistolas, pero las porras no le dejaban marcas y los disparos no le hacían sangrar ni lo herían, y los policías se asustaban porque no habían visto nunca a un hombre así y eso los asustaba. Los ojos negros y los dientes blancos resplandecían al sol, y en Frisco, en LA, en Detroit, en Chicago, en Nueva York y en Misisipi, hombres famélicos, vestidos con harapos descoloridos debido a la sal de su propio sudor, escuchaban delante de las puertas y las ventanas selladas de sus fábricas: —¡Tenemos la solución! Con nuestras remachadoras construimos puentes y rascacielos. Con nuestras palas excavamos minas, trazamos carreteras y tendimos vías. Nuestro sudor y nuestra sangre están en el campo, en los barcos, en todo lo que nos rodea. Y ahora vamos a recuperarlo. ¡APARTAOS! 
  Nada que esperar y otros relatos. Tom Kromer (Sajalín Editores)

miércoles, 18 de octubre de 2017

Buscavidas. Jim Tully

Viaje
La vía del tren quedó en la distancia
y el día es ruidoso, repleto de voces,
pero aunque no haya trenes en lontananza,
yo escucho el silbato desde entonces.
Ya no pasan trenes en la oscuridad del cielo,
las noches son tranquilas y para dormir,
pero las cenizas rojas aún alzan el vuelo,
y el vapor de la locomotora yo creo sentir.
Los viejos amigos mi corazón calientan,
jamás conoceré amigos más nobles,
pero todos los trenes que pasan me tientan,
nunca me importó el adónde.
iaje

domingo, 15 de octubre de 2017

Historias desde la cadena de montaje. Ben Hamper

"Historias desde la cadena de montaje". Ben Hamper.  Mediante una prosa pura y sin concesiones de ningún tipo, Hamper, también conocido como “Rivethead”, un ex remachador de la cadena de montaje de la fábrica de camionetas y autobuses de General Motors, y cuyos artículos para Esquire, Harper’s y Mother Jones obtuvieron un reconocimiento literario excepcional, nos conduce a lo largo de su delirante carrera como obrero automotriz trastornado: de ofrecerse para trabajar turnos dobles a beber y atiborrarse de todo tipo de drogas, pasando por el plan de control de calidad de General Motors (basado en un Gato de Calidad gigante que se paseaba por toda la cadena) hasta los personajes a lo gonzo que fueron compañeros de Hamper. Estamos ante una historia extraordinaria, hilarante y trágica al mismo tiempo, de unos seres humanos atrapados en un inframundo de ruido asfixiante, aburrimiento y disparate.  (Capitan Swing)

domingo, 8 de octubre de 2017

Retorno al pasado / Eleven mi horca



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Ana Patricia Moya

UN CORAZÓN DE CEMENTO Y ALAMBRE. Por Marisol Sánchez Gómez
Leo los poemas de Ana Patricia Moya, una mujer joven, de mi tiempo, y transito durante un par de horas por un recorrido vital que, de manera recurrente, se ve jalonado por temas que con fuerza metafísica nos afectan a todos: el amor - el gran tema de las mujeres -, la soledad, la independencia, el dolor y la poesía.
Lúcida observadora de su entorno y su realidad la autora no se engaña: es un miembro más de una generación inmersa en una tragedia épica y colosal, en el desastre de una generación que quiere ser independiente y se ve obligada a aceptar trabajos basura mal pagados (véase “Puta barata \ Informe de becaria: año 2009 / 2010”) o a depender de sus padres; a pelear por realizar sus sueños con riesgo a veces de tener que renunciar a lo que íntimamente se es o sacrificar su independencia. “Tengo casi treinta años / y no tengo nada”, nos dice Ana Patricia en un verso que se despliega estirándose visualmente sobre la página obligando al ojo lector a leer en un largo vaivén que concluye en un radical “nada”.
Es extraño que la persona poética de estos versos confiese no sentirse joven? ¿Es extraño que “ese hombre del saco que dormita en sus pestañas” engorde gracias a sus temores: “el paro / la soledad / la ausencia de respuestas / los sollozos de madrugada”?
Entre versos, a veces irregulares y entrecortados, en versos puros, canónicos, en prosa poética o en versos en prosa, en líneas definidas frecuentemente como misántropas, Ana Patricia va desgranando su necesidad de interpretar su mundo, indagar y explicarse. Entre Caperucitas ingenuas y engañadas, Alicias internadas por locas o bellas Blancanieves que no menstrúan, símbolos contemporáneos de mujeres sin deseo sexual, como las muñecas muertas que se prodigan por la red de redes, la autora despliega su decepción, la nostalgia amorosa ante el amante que ya no está, su rabia y su dolor ante la cama vacía; las consecuencias de ese amor desengañado ante un otro, falaz y ausente, pero no por eso menos esencial.
Frente a todo ello, la fortaleza de un corazón que es sólido y frágil a la vez, hecho de “cemento y alambre”, sensible y lúcido. Y siempre la poesía. Una poesía hecha de rabia, dolor y decepción al ver lo que muchos son capaces de hacer con tal de publicar. Algo ante lo que Ana Patricia no sucumbe, aceptando la cuota de amargura que conlleva ser un pájaro que canta sin el resguardo del nido, el peaje que paga quien no se convierte en un “poeta impostor” con “libros saturados de sucio ego”. Y es esa poesía que la invade como un amo imperativo y ante la que ella protesta airadamente para no sucumbir, la que la espera “en su sonrisa”. Y es que Ana Patricia no está sola, aunque ella diga en un duro poema que sólo cree en sí misma. Está la poesía, su entrega a ella, y la existencia de otros - muchos y muchas - que hacemos causa de ella y de sus versos. Nadie debe sentirse tan solo; como decía la extraordinaria poeta Adrienne Rich, todos tenemos, aun sin saberlo, gente en torno entre las que sentarnos y sollozar sin que por eso se nos deje de considerar héroes.
Es esa capacidad heroica de la poesía honesta de Ana Patricia, la escrita desde las entrañas, casi sin medios, ni sponsors y que no se ha convertido en un postre de lujo en el banquete del poder cultural, la que nos sana y redime; la que nos ayuda a interpretar el mundo, la que nos da, de una manera radical, la capacidad de oponernos al lamentable discurso de la mentira que predomina en la escena cultural del momento.  

miércoles, 4 de octubre de 2017

dos poemas de Ape Rotoma

Ahora
Y ahora, ¿qué?, me digo
que es lo que  he estado diciéndome
durante años. Años que ya se han ido y yo sigo
diciendome ahora, ¿qué? Lo malo es que no quedan
más, ni uno ni medio ni nada. Se acabó preguntar
a nadie, o peor que a nadie, a mí, que ni siquiera
he sido capaz de pensar en la respuesta en todos
estos años.  Yo siempre he preferido preguntar.
Y lo he hecho. Durante años. Vale. Se acabó
Pasarón los años de preguntar. Ahora, ¿qué?

Mi estómago y yo
Yo siempre he dicho a quien quisiera escucharme
que mi estómago y yo mantenemos desde hace años
una dura guerra y se reduce en sus móviles
al simple hecho de ver quién putea más a quién
y que, desde luego, gano yo, por el momento.
Sin duda, es la típica gracieta de barra, así que
no lo toméis muy en serio, porque hoy pienso
que mi estómago, el jodido, es pero bastante más
listo de lo que yo pensaba, y que, haga lo que haga,
no se empeña en putearme sino todo lo contrario.
Su objetivo inconfesable es el salvarme la vida
y no sé para qué coño. Pero lo hace. Da lo mismo
que yo me empeñe en lo opuesto. Ante tamaño hijoputa
voy a acabar por rendirme. Pero soy yo quien después
debe aguantar los reveses de la vida que él protege
y eso es algo que debería comprender el muy cabrón.

dos poemas de Ape Rotoma, de "149 PCE" (Canalla Ediciones)

domingo, 1 de octubre de 2017

José María Fonollosa

No a la transmigración en otra especie.
No a la post vida, ni en cielo ni en infierno.
No a que me absorba cualquier divinidad.
No a un más allá, ni aun siendo el paraíso
reservado a islamitas, con beldades
que un libro garantiza siempre vírgenes.
Porque esos son los juegos para ingenuos
en que mi agnosticismo nunca apuesta.
Mi envite es al no ser. A lo seguro.
Rechaza otro existir, tras consumida
mi ración de este guiso indigerible.
Otra vez, no. Una vez ya es demasiado.