un espacio abierto sobre libros, literatura, viajes, cine, música, aguardientes y otros destilados ...

miércoles, 20 de junio de 2018

"Para que el piano suene alguien tiene que matar al elefante". Pedro César Alcubilla Verde



PARA QUE EL PIANO SUENE, ALGUIEN TIENE QUE MATAR AL ELEFANTE

piano

uno escucha esta palabra
e inmediatamente le puede sugerir:

Rachmaninov
Horowitz 
Rubinstein
Schnabel

o

Rondo alla turca
Claro de luna
Para Elisa
La tumba de Couperin

yo escucho la palabra piano y en mi cabeza
se dibuja un edificio de varias plantas

y el zoom fija la imagen en un quinto o un sexto piso

¿por qué? 

experiencia, simple experiencia

no sé afinarlo pero si sé 
ajustarme una faja en los lumbares

no sé en qué parte del teclado está situada cada nota pero te puedo                                                                                           /decir dónde colocar
las cuerdas y las mantas para tratar de moverlo

no sé lo que siente un pianista al sentarse
frente a un piano pero sé lo que sienten
mis brazos cuando soportan su peso
peldaño tras peldaño

no sé lo que es una suite o una sonata
pero sí lo que es una tendinitis o una lumbalgia

no sé lo que cobra un pianista por concierto
pero sé lo que me descuentan por rayar
una pared o la madera del suelo

no sé de música, solo sé si un tema musical
me gusta o no me gusta

de pianos solo sé lo que me han enseñado 
mis vértebras 

por eso, cuando escucho a un pianista
tocando una hermosa pieza,
inevitablemente,
recuerdo todos los pianos que he cargado
a lo largo de mi vida, 
todos los escalones que he bajado, 
todos los crujidos en las articulaciones 
que he sentido,
todas las gotas de sudor vertidas al suelo
y siento que una pequeña parte 
de toda esa belleza,
mínima,
esa que es completamente inaudible,
me pertenece

porque de alguna manera
fui yo quien mató 

al elefante


"Para que el piano suene alguien tiene que matar al elefante". Pedro César Alcubilla Verde (Canalla Ediciones)


 prólogo de Itziar Mínguez Arnáiz:

martes, 19 de junio de 2018

bebiendo chicha con el diablo en el Gran Salar de Uyuni (Bolivia)


bebiendo chicha con el diablo en el Gran Salar de Uyuni

aquí
el lugar más hermoso y cruel de la tierra
donde el diablo encontró un hogar
donde no tener que convencer al mundo que no existía
ni comprar almas que para nada le servían
donde podía
beber
fumar
follar
cantar
amar
llorar
odiar
sin pedir permiso
donde podía ser compañero
amigo
amante
hombre mujer o niño
mecánico o minero
loco o asesino
luz o oscuridad
aquí
el diablo y yo
tan viejos como la muerte
tan cabrones como la vida
y tan frágiles como el mañana
bebemos chicha
y nos jugamos al cacho
la última oportunidad
de vivir
sin pedir permiso
sin pedir respeto
sin ofrecer ofrendas

poema de josé pastor
fotografía de Jean-Claude Wicky

El mundo es infiel a mis sueños. Modou Kara Faye



El mundo es infiel a mis sueños
Nada más que gaviotas sangrientas
golondrinas enlutadas
Nada más que buitres de fuego
Pero el amor tan testarudo
Me lanza violentos guiños
Y en el fondo de las promesas
Axilas ambarinas
Noches locas como el deseo
Pero a pesar de las presas fáciles
Paso mis noches lejos de las estrellas
Puesto que sé que la luna no vela por doquier
Las risas infantiles ni las alegrías de hombre
Debo todavía alzar corazones arrodillados
Hablar a los cuchillos de odio
Andar sobre los corazones levantados
Gritar al sol que caldee el camino de los inviernos
Acallar el aullido de las fieras
Hermanos míos, permanecemos en la alucinación
Busco el gentío del mundo
Pues es menester que el mundo se dé la mano
Allí donde la soledad nombra el vasto desierto de la fraternidad
Y tantas veces rehago el recorrido del desastre
Herido en la lengua y con el alma sangrante
Sosteniendo entre mis brazos pueblos vanidosos
Pueblos autoproclamados ombligo del mundo
Pueblos autoproclamados dios único del mundo
Pueblos autoproclamados raza escogida del mundo
Yo soy de un pueblo ebrio de universalidad
Animado de comunión y que comparte el mundo
Mas no el único poseedor de la tierra
Y si quiero cantar, quiero llorar
Me hacen falta otras coplas otros hermanos
No sé si tendré con qué alimentar mi voz

más poemas de Modou Kara Faye

la fotografía es de Diego Herculano

sábado, 16 de junio de 2018

Sexo, drogas, poesía y rock & roll. Javier Vayá

 
"Sexo, drogas, poesía y rock & roll, de Javier Vayá" (El Petit Editor)

prólogo a la 1ª edición del poemario de "Sexo, drogas, poesía y rock & roll"
 
¿NO FUTURE?
Caminábamos las avenidas incorrectas de una adolescencia que ansiaba aniquilar el mañana. Una especie de no future punk, pero sin imperdibles más allá de los punzones de ebriedad que cosían nuestros párpados a la madrugada de la ciudad. Quiero decir que éramos jóvenes y rebeldes, con una juventud fraudulenta y una rebeldía de cartón piedra, creyendo que todo porvenir se construía con nuestro pequeño puzle de excesos, escuchando a Bowie y Morrison, usurpando besos fémina que sabían a los labios de otro (tal vez los de Bowie, los de Morrison), o compartiendo besos en los labios de una botella con amigos que dejarían de serlo y extraños que nunca más visitarían nuestras vidas. Mientras tanto, una premonición de sutura anticipaba ese futuro que rechazábamos. Leíamos a Lautréamont y Rimbaud, a Panero y Fonollosa.
Pensábamos que el rock and roll, con sus acordes de metáfora granuja, era poesía. Creíamos que en la sinestesia de sentidos alterados por las drogas habitaba la poesía. Sentíamos latir la poesía, al fin, en la aliteración de gemidos del coito. Sexo, drogas y rock and roll, triunvirato manido al que ofrendamos nuestros mejores años. Luego, pasado el tiempo, consumida nuestra debida ración de horas muertas, llegamos a dudar pensando que la poesía debía ser cosa distinta. Nos entregamos a profundidades y academicismos que, más que entender, comprendíamos necesarios para la formación de nuestro futuro. Los cuerpos ya no estaban para excesos, y masturbábamos nuestra mente con metáforas muertas y metonimias de lodo. Porque el futuro era ya. Y no era bonito. Aceptamos que ya nunca podríamos ser una estrella del rock and roll, y continuamos leyendo poesía.
Puedo imaginar que Javier Vayá, el adolescente, se dejó no poca vida en las calles, rebanadas de piel en labios prestados, timbres de voz en aullidos de música urgente. Luego, se entregó a la poesía, haciendo de ella norma y sendero, ensuciando las páginas de la noche con fulgores de verso que esbozaban ese futuro que un día negó y en que ya estaba viviendo. Hoy, ha tenido la valentía de recuperar, en estas páginas, aquellas mitologías fugaces de la adolescencia, tal vez para sacudirse de las manos labriegas de sus poemas la tierra anciana de lo académico y los altos valores. 
Los versos de Vayá son un vertiginoso periplo de imágenes prodigiosas y sorprendentes hallazgos, la resaca de un coito excedido de lírica y refriega, un riff de resplandores que arrastra por el fango las melodías de lo correcto, un chute de adrenalina y rabia, un guitarrazo de belleza y espanto, un ritmo sincopado de heridas que se atreven a gritar su nombre. Los versos de Vayá nos recuerdan que la verdadera poesía no nace de la contemplación, no, sino de la acción, aunque haya pasado el tiempo y sea otro quien, de tanto en tanto, le obligue a actuar. Aunque sea consciente de ser (como todos pero sin el todos) títere en las manos de un payaso psicópata. O, más bien por eso: por ser consciente, por no negarlo ni pretender erigirse en referente ni voz camuflada en ecos de desierto, por únicamente desgarrar la piel con el cincel exacto de la emoción y la maestría poéticas. Sí, como un cincel: certero en cada golpe, lentamente haciendo poesía de la estatua de sal en que quieren convertirnos a quienes aún nos empeñamos en mirar hacia atrás… hacia los lados.
Los versos de Vayá son adictivos como la más perniciosa de las drogas. Su lectura es tan intensa como el más dilatado orgasmo. Su métrica resuena con la ferocidad agreste del blues de los pantanos, y este poemario es la banda sonora de una juventud que se niega a morir, el epitafio que nunca escribirá un Peter Pan que exhibe su carcajada en los geriátricos de nuestra souciedad de consumo, abofeteando a todos aquellos que abultan su cuenta corriente a costa de pasear decálogos literarios en subvenciones travestidas de magisterio y medios de desinformación aledaños, aquellos que otorgan premios a quienes a ellos premian, aquellos que conocen el peligro de una sociedad que siga soñándose joven y capaz de sentir/pensar/vivir soñando que el futuro pueda ser un arma cargada de poesía (perdonen el exabrupto). 
Los versos de Vayá son un monumento de orfebrería sensorial erigido a mayor gloria de un futuro que sí merece la pena. Les invito a zambullirse en ellos como el que bucea por vez primera y descubre un coral de grandes dimensiones: sin ninguna esperanza de regresar a la superficie siendo el mismo. Y no le tengan en cuenta el haber tachado la palabra «Poesía» del título. Estoy seguro que lo hace por epatar… por ir de punk y seguir gritando no future.
Pablo Cerezal, enero de 2018

jueves, 14 de junio de 2018

un relato de Larry Brown



Desenamorarse
«Sheena, mi enamorada, y yo estábamos caminando. Era de noche, muy tarde. Las nubes habían tomado la forma de grandes hongos y nubecitas dulces y la noche era hermosa como ninguna, con la excepción de que se nos habían pinchado dos ruedas del coche unos cuantos kilómetros atrás y no teníamos ni idea de dónde estábamos ni a quién pedirle ayuda. Aparte de esta emergencia puntual, era evidente que algo no marchaba bien. Habíamos llegado al extremo de querer matarnos uno al otro, un tema del que ya he hablado en otra ocasión.
Sheena era todo amor, una verdadera gatita. La había querido durante años, desde que me había desecho de la señorita Sheila, y me sentía como si me hubieran arrebatado un trozo de mí mismo. Sheena no estaba tan colada por mí como yo lo estaba por ella. Era innegable. Había pensado en pegarle un tiro a ella y después pegarme otro a mí, pero eso no le habría reportado ningún beneficio a ninguno de los dos. Todo se resumiría en una breve noticia de periódico que unos extraños leerían y lamentarían para de inmediato pasar a la sección de los deportes. El amor se tuerce. Pasa a diario. No tienes que matarte por amor si puedes evitarlo, aunque a veces es difícil no hacerlo.
Si no hubiéramos pinchado podríamos habernos metido por el bosque, poner algo de Thin Lizzy, le habría dicho que aún estábamos a tiempo de arreglar las cosas. Que no era sólo que ella fuese mi amor, sino que era el amor de mi vida. Después, en la oscuridad, podríamos habernos dado un buen achuchón. Pero no me quería, al fin me había dado cuenta, así que decidí ser un verdadero cabrón con ella.
-Lo que te pasa es que no sabes escuchar a nadie -le dije.
-No, lo que pasa es que estoy hasta el coño de oírte -dijo ella.
-Que te den -dije.
-Bésame el culo -dijo.
-Pues bájate los pantalones -dije, a ver si colaba, pero no fue así y nos pusimos a caminar en direcciones opuestas.
No me explicaba cómo era posible que algo que había empezado tan bien tuviese que acabar así de mal. La palabra amor es mucha palabra y cubre un territorio enorme. Te puedes pasar la vida entera persiguiéndolo y acabar sin nada, siendo un viejo desdentado con la nariz grande y pelos en las orejas, todo el día amargado en el bar al acecho de alguien de tu edad pero con probabilidades de éxito cada vez menores. Llegada cierta edad ya se han acumulado demasiados goles en tu contra.
No sabía qué hacer, ni adónde ir. Estábamos a montones de kilómetros de cualquier ciudad, de alguien que pudiera habernos echado una mano con el equipo adecuado para arreglar un pinchazo o que hubiera enviado un camión para remolcarnos. Ya me veía caminando días enteros, durmiendo en la cuneta. Sin duda el primer tío que pasara la recogería a ella, pero no tenía tan claro que la primera mujer que pasara me recogiera a mí. Me volví para verla. Sheena empequeñecía poco a poco en la distancia, aunque aún distinguía aquel magnífico culo suyo bamboleándose. Seguro que lo bambolearía más en cuanto oyese que alguien pasaba por allí. Ni siquiera tendría que hacer dedo, con otras partes del cuerpo le bastaban para llamar la atención, pero yo no me veía a mí mismo sin ella para siempre. Había encontrado al fin a la mujer de mi vida, pero ella ya no quería saber nada de mí. Me lo había buscado yo solo, por haberme quedado levantado hasta las tantas escuchando Grandes éxitos musicales y friendo patatas a las dos de la mañana, por haber amontonado las bolsas de basura en el armario escobero, por haber dejado que me crecieran las uñas de los pies y rasparle las piernas de noche en la cama. Parecía que al principio de una relación todo iba a las mil maravillas, pero enseguida os acababais conociendo uno al otro. Entonces descubrías que, a pesar de su aparente belleza externa, tenía una verruga asquerosa en el culo, o que había nacido con seis dedos en los pies y le habían cortado uno, lo cual te hacía pensar en cuestiones de herencia y descendencia. Te despertabas por la mañana antes que ella, te acercabas y le olías el aliento y entonces soltabas un Me cago en la puta, ¿se puede saber qué carajo comiste anoche? Cosas así rompían el encanto, y la opinión que te habías hecho de alguien cambiaba cuando le conocías en profundidad después de haber vivido juntos, cuando la veías por la mañana y te fijabas en que en la parte de atrás de los muslos tenía pequeñas vetas de grasa.
Aun así, quería salir corriendo en su busca, porque la quería tal cual era y porque nadie es perfecto, especialmente yo, pero en el instante en que una persona es consciente de que hay alguien perdidamente enamorado de ella, ésta automáticamente pierde el interés y se distancia, ya que el ansia que uno siente por otro es rara vez compartido en igual medida por los dos. Aquello me entristecía y me descolocaba, pero tenía que encontrar una solución, pues ella estaba desandando el camino por el que habíamos llegado, de vuelta hasta Oxford, parecía, si fuera preciso, y lo que yo necesitaba era que me montaran deprisa dos ruedas sin cámara, o al menos que les pusieran un parche a las pinchadas, y necesitaba un gato y una llave inglesa de cuatro brazos, pero no tenía nada de eso. Habíamos salido sin herramientas, no iba a ser más que acercarse hasta la licorería, habíamos comprado unas Budweiser y desde ese momento las cosas fueron cuesta abajo. Y sin frenos. Pensé A tomar vientos. Decidí que cortar el césped podía esperar hasta más tarde. Planes minúsculos e insignificantes.
Nos peleamos, por algo que ya se venía cociendo desde tiempo atrás, por una chavala con la que había estado hablando en un bar hacía unas noches, alguien que se había interesado por mi trabajo. Ya se lo había advertido, que eso era algo inevitable, y durante un tiempo pareció entenderlo. Incluso soportó sus llamadas durante un tiempo, aquellas mujeres que llamaban por teléfono a cualquier hora del día o de la noche.
Pero llegó un momento en que empezó a decir «Otra llamada para ti», me pasaba el teléfono mientras sonreía con los labios apretados y acercaba una silla para observarme y escuchar toda la conversación. Yo me encorvaba sobre el teléfono y en voz baja preguntaba quién era pegado al micrófono. Ella quería que nos cambiasen el número de teléfono. Yo no. Quería que lo quitaran del listín. Protesté. La gente tenía que ponerse en contacto conmigo para consultarme los detalles, para pedir presupuestos, le dije. También tienen que ponerse en contacto contigo para otros asuntos, o eso parece, dijo ella. La cosa fue a peor. Empezaron las peleas. Si queríamos hacer el amor, antes teníamos que hacer las paces, y es que eso es matador. Acabó con lo que sentíamos uno por otro, y una vez que te empieza a corroer te conviertes en un candidato excelente para terminar persiguiendo a alguien por la carretera, igual que me estaba sucediendo a mí aquella noche.
No paraba de caminar y yo salí tras ella. Intentaba acercarme lo suficiente como para que me oyera llamarla. Seguro que iba a sonar horriblemente mal, cuanto más lo pensaba más claro lo veía, además de que posiblemente me ignoraría, seguiría caminando, como si nada.
Me recordaba a aquella vez en que había visitado el Zoológico de Memphis, hacía años, antes de que me llegase la pubertad. Iba caminando con un globo atado a un palito en una mano y un cono de algodón dulce en la otra. Estaba yendo de un sitio a otro, y me acerqué hasta el foso de los osos, en donde había mucha gente congregada y mirando. Eran unos osos enormes, no sé si pardos o qué. Allí estaba sucediendo algo, eso estaba claro. Los osos estaban abajo en un gran foso lleno de rocas, con una charca artificial y una cueva artificial, viviendo una vida artificial. La gente apuntaba al foso y sonreía. Yo me abrí camino entre la multitud para ver qué pasaba. Algunos padres tenían a sus hijos encaramados al cuello, los sujetaban por las piernas. Había dos osos allá abajo en el foso, dos bolas peludas y enormes. Uno de ellos estaba de pie y el otro estaba tumbado sobre la espalda con las garras en el aire, moviendo la cabeza y mirando a la gente. Parecía un poco borracho.
Miré a los osos, miré a la gente y después volví a mirar a los osos. El que estaba de pie metió la nariz entre las piernas del que estaba tumbado sobre la espalda y aspiró con fuerza. El oso tumbado sobre la espalda levantó la cabeza, puso los labios en forma de O haciendo un túnel con la boca y gruñó ¡ROOOOOOOOOOOOOO! a todo volumen. El oso que estaba de pie giró el cuello, cargó su peso alternativamente en cada pie, volvió a meter la nariz entre las piernas del otro oso y, mientras el oso que estaba tumbado agitaba las garras delanteras y gruñía ¡OOOOROOOOOOO! ¡MOOROOOOOOO! ¡GROOOOOOOO!, aspiró con fuerza.
La gente sonreía y apuntaba, mientras el oso que estaba de pie meneaba la nariz, volvía a meterla entre las piernas del otro oso y de nuevo aspiraba con fuerza. El oso tumbado cerró los ojos, agitó la cabeza y gruñó ¡BROOOOOOOOOOOOOOOO! Después se levantó y lamió al otro oso un poco, ambos lo hicieron, y entonces lentamente se giraron juntos, se metieron en la cueva y desaparecieron. La multitud seguía mirando. Yo también. Pero los osos no salían. Sentía, aun ya entonces, hace tantos años, que algo extraño y misterioso estaba sucediendo, algo que no se nos iba a permitir observar. La multitud se disipó después de un rato, de uno en uno y en grupos de dos personas, después en grupos de tres y de cuatro, hasta que yo era el único que quedaba allí. Seguía con la vista fija en la oscura entrada de la cueva, pero ya no había nada más que ver excepto el aire negro en su interior y unas formas imprecisas que se movían allí dentro. Después de un rato yo también me fui, los dejé en paz.
De repente lo había recordado todo mientras perseguía a Sheena. Temía que algún extraño cogiese a Sheena, no quería ni pensar lo que le haría o intentaría hacerle. En estos tiempos que corren no es una buena idea ponerte a hacer dedo para que te coja un desconocido. Puede pasarte de todo. Prefería no tener que presenciar que le sucediera nada peor que yo mismo. Ya tenía suficiente conmigo, desde luego, aunque quería mejorar para ella, intentar rectificar mis errores si me lo permitía. Pero parecía que caminaba cada vez más deprisa, y no me estaba acercando a ella en absoluto. Me dolían las piernas, hacía calor, aunque había cerveza en el coche. Ella ya había pasado a su lado pero yo me estaba acercando. Por fin llegué a la altura del coche y paré para tomarme un respiro. Reparé en la neverita que estaba en el suelo y dije, Joder, ya que estamos aquí, aprovecharemos.
Los pinchazos habían ocurrido oportunamente justo a la sombra de un árbol, y no se estaba nada mal bajo aquellas ramas tan frondosas. Casi hacía fresco, y la cerveza estaba fría, de modo que cogí una y me senté a la orilla de la carretera, apoyado en el coche. Eso me daba tiempo de sobra para reflexionar. Se puede resolver prácticamente cualquier asunto si se dispone del tiempo oportuno para reflexionar. Es como un alto en el camino para obtener una perspectiva general. Abrí la cerveza y eché un buen trago frío, después encendí un pitillo, y entonces el mundo ya no me parecía ni la mitad de malo. Había algunos árboles más en la orilla de la carretera, se estaba bien a la sombra, incluso había algo más allá una pequeña acequia con ranas sentadas en los bordes. Todo rezumaba cierto sosiego. Pensé, Bueno, ¿y qué si ella acaba dejándome? ¿Va a ser el fin del mundo? No, no iba a ser el fin del mundo. El mundo no se iba a salir de su eje sólo porque a alguien le hubieran roto el corazón. El sol no iba a dejar de salir. Me pregunté a mí mismo si sería doloroso. Sí, sería doloroso. Dolería durante un número indeterminado de días o de semanas. Con un poco de suerte no me dolería durante toda la vida, aunque no había manera de anticipar cuánto tiempo pasaría antes de que encontrase a otra tan buena como ella. Cuando la hicieron rompieron el molde. Miré en dirección hacia ella. Ya no se la veía.
Seguí bebiendo cerveza y fumando cigarrillos un rato. No era un mal modo de dejar que pasara el tiempo. No estaba seguro de qué hacer con el coche (era de ella). No quería dejarlo allí sin más. Podía haber vándalos por los alrededores, tíos al margen de la ley que podrían quitarle las ruedas y afanar el equipo de música, o largarse con la batería. Tampoco quería quedarme allí plantado vigilándolo toda la noche. Así que me puse a revisar su estado. Los dos pinchazos habían sido en el lado del conductor. De pronto me asaltó una idea: ¿Por qué no conducirlo tal cual estaba, pero muy despacio? Era una idea tan buena que no me explicaba cómo no se me había ocurrido antes. Había leído en alguna parte que se podía conducir con una rueda pinchada durante veinticinco kilómetros si se hacía muy despacio. Aunque tuviera dos pinchadas, podría conducir más deprisa que la velocidad a la que Sheena caminaba, y entonces lograría por fin alcanzarla. De modo que me monté en el coche y coloqué la cerveza entre las piernas. Giré la llave del contacto y arrancó a la primera. Se notaba un poco desequilibrado de mi lado, eso era todo. Seguro que el aspecto era de risa, y recé para que nadie se aproximase por detrás y se pusiera a tocarme la bocina.
Torcí despacio al entrar en la carretera, para comprobar su tacto. Botaba un poco. De repente temí que las ruedas pudieran estropearse, así que saqué otra cerveza para ahuyentar esos pensamientos.
Quise ver lo deprisa que iba una vez que había conseguido enderezar la dirección y poner rumbo al encuentro con Sheena, pero aún seguía en primera y el velocímetro no hacía más que dar saltos entre 0 y 10 km/h. Supuse que Sheena estaría caminando a unos 4 ó 5 km/h. Me pregunté: ¿Podré cambiar a segunda? Lo hice. Las ruedas empezaron a golpear el asfalto un poco más deprisa. La aguja subió hasta casi 15 km/h. Sonreí. Era sólo cuestión de un momento antes de que la alcanzase.
Encendí la radio y traté de buscar algo de música. Me puse las gafas de sol. Sentía como si de verdad estuviera progresando.
La última vez que me había montado en el coche de Sheena había visto dos o tres porros en una cajetilla vacía de Marlboro dentro de la guantera. La abrí y la cajetilla de Marlboro todavía seguía allí. Cogí el volante con los codos y miré dentro de la cajetilla y, claro, aún estaban allí los dos porros. Saqué uno y el otro lo dejé en su sitio. Las cosas me estaban saliendo a pedir de boca. Era domingo por la tarde y Army Archard repasaba la lista de los 100 grandes éxitos de 1967. Encendí el porro, el coche iba dando botes mientras yo mantenía el humo dentro tanto como podía y bebía la cerveza sin quitarle ojo a la carretera. Después de un rato ya estaba alucinando por lo bien que me estaba saliendo todo. Sonaban Jimi Hendrix y Janis Joplin y Elvis Presley y The Doors y Cream y Grand Funk Railroad y Creedence Clearwater Revival y Percy Sledge, uauá uauá ua. Me puse a cantar en alto y a mover los hombros al compás, y cuando el porro se iba terminando le di caladas más cortas para sacarle tanto como diera de sí. Army metía baza de vez en cuando, hacía comentarios sobre lo buenas que eran las cosas y lo afortunados que habíamos sido de vivir en esa época. Yo estaba de acuerdo al cien por cien. Ojalá me hubiera largado a San Francisco y hubiera llevado flores en el pelo. Ojalá hubiera sido hippy en vez de haber estado recogiendo algodón. De repente ya no me parecía mal que Sheena me fuese a dejar, e intuí que había sido algo inevitable. Éramos dos personas muy distintas. Veníamos de ambientes distintos y nuestros intereses no eran parecidos. Lo raro era que hubiéramos aguantado tanto tiempo juntos. El amor adquiría multitud de formas y a veces lo que se asemejaba al amor en realidad no era en absoluto amor, tan sólo un capricho pasajero disfrazado. Te dolía cuando sucedía así, y te dejaba para el arrastre durante una temporada, pero tarde o temprano te reponías y encarabas el mundo y veías que era peliagudo encontrar el amor y que a veces se hacía preciso indagar. El amor no iba a plantarse justo delante de ti y a soltarte una bofetada. No se te iba a echar a las rodillas de camino por la calle. El amor no iba a saltar desde un segundo piso para caer encima de ti.
Seguí conduciendo, dando pequeños botes, mientras la aguja temblaba entre 10 y 15 km/h. Las ruedas hacían bop, bop, bop y la goma se retorcía bajo las llantas, provocando que el coche se meneara suavemente. Iba a conseguirlo, eso seguro. Todo aquello no era sino un contratiempo pasajero.
Army Archard seguía poniendo los grandes éxitos de 1967. Yo seguía bebiendo las cervezas. Había bastantes más en la neverita. Tenía cigarrillos de sobra. Divisé una figura que iba caminando por la cuneta, que aumentaba de tamaño según me iba acercando. Yo llevaba el ritmo de la música dando golpecitos con una mano sobre el volante y con las deportivas sobre la alfombrilla. Seguro que a Sheena le extrañaría verme llegar botando en su coche. Entonces me percaté de que aquella noche iba a dormir solo, de que no me rodearía con los brazos ni me abrazaría durante la noche, de que jamás volvería a abrazarme.
Jamás, volvería, a abrazarme.
Pegué un frenazo justo a su lado. Ella dejó de andar y se volvió para mirarme. Estuvimos mirándonos uno al otro durante casi un minuto. Pude haberle dicho un montón de cosas, pude haberle prometido el oro y el moro aunque después no lo hubiera cumplido, lo que fuera con tal de que subiera de nuevo al coche. Pero todo lo que le dije fue:
-¿Quieres que te lleve?
Se montó sin decir ni una palabra. Cerró la puerta y se puso de rodillas sobre el asiento, con aquellas maravillosas piernas suyas recogidas, envuelta en un moreno intenso, con una musculatura del copón, la culturista ganadora de catorce trofeos. Yo era flacucho, tosía por las mañanas, tenía gases la mayoría de los días. Tenía los ojos pegados a los míos, me miraba fijamente con aquel azul intenso y bellísimo. Entonces se me abalanzó. Se me abalanzó y me rodeó con los brazos y me estrechó (era capaz de levantar noventa kilos) con fuerza. Pegó los labios contra los míos, apretó firmemente la boca contra la mía y me empujó contra la puerta del coche, podía oírla resoplando por la nariz. Me estaba succionando el aire mientras me besaba con todas sus fuerzas. Mi lado del coche estaba más bajo que el suyo y la tenía encima de mí, me escaló por el regazo, un rato me manoseaba y otro me abrazaba mientras me retenía contra la puerta. De repente ésta se abrió y yo caí de espaldas sobre la carretera, a excepción de los pies, que aún seguían dentro del coche, y Sheena gateó y se echó encima de mí, me besó, me apretó el cogote contra el asfalto y me estrujó las orejas entre las manos, jadeaba, me estaba perdonando, me estaba cubriendo con su amor, tanto amor que tapaba el sol, allí tumbados junto a una rueda pinchada y los bajos herrumbrosos del coche en plena carretera, donde cualquiera que pasara por allí en busca de un verdadero testimonio de amor podría presenciarlo yendo al volante, sin disimulos, expuesto ante la mirada del mundo entero.
Entonces fue cuando pararon los polis, dos, con cara de pocos amigos y gafas de sol, y supe mientras se me revolvían las tripas que nuestro final feliz estaba a punto de dar un giro fatal».

un relato de "Amor malo y feroz" de Larry Brown (Bartleby Editores)

Amor Malo y Feroz ( Big Bad Love) fue llevado al cine en 2001, la película está protagonizada por Arliss Howard y Debra Winger .

poemas de amor, versos húmedos (86)

mi colaboración en el blog Fragments de vida  (poemas de amor, versos húmedos)

BUSCANDO LA BELLEZA EN CUALQUIER PARTE
en un bar desangelado
una tarde fría de enero
ya de noche
en la barra
dos borrachos con solera
de vinos
uno, bronco, farfullando
una historia de navajas y hombres peleando por una mujer
otro, silencioso, delgado,
sumergido en su dolor y penitencia
y dos tipos que vienen de la aceituna
bebiendo en silencio
y con cansancio
y un hombre leyendo el periódico
disimulando su soledad
y el camarero acatarrado y aburrido
y tanto frío dentro como afuera
y todo bañado por una luz tristona
de sala de espera
que empapa y que se refleja
en paredes vasos botellas personas
y en la televisión un concurso
con gente divertida graciosa feliz y guapa
y otra ronda para engañar al hoy y al mañana.
y llegas tú
sonriendo
y dices un hola alegre y contagioso
y vas a la máquina de tabaco
sacas un paquete de camel
te pegas unos pasos de baile
y te marchas con un adiós amable y seductor
y todo parece caldearse brillar
todo se vuelve suave hermoso caricia
y nos agarramos con fuerza a esa oportunidad de belleza y calor
y pedimos otra ronda
porque todavía hay una mínima esperanza
y la noche es larga y fría

viernes, 8 de junio de 2018

dos poemas de "De Granada el duende" de Manuel Martín


Tocando el cielo
Camina erguido,
azada en mano,
al ritmo del tiempo.
Bravo y tenaz,
camina orgulloso;
mancajando los sueños
que plantó el olvido.
Piensa en solitario,
injertado en la historia.
Defiende el terreno,
sobreviviendo con celo.
Agradece a dios
por vivir tan cerca,
¡tocando el cielo!
Aclara el trovar
que, en la contienda,
la mejor cosecha
se cultiva en el paladar,
brindando...
¡por esta tierra!

Atardece
Ya se van,
ya se están yendo,
vestidos de rojo fuego
por la misma senda,
los colores que más quiero.
Cogidos de la mano
se fundieron,
cogidos de la mano
mis treces luceros.
El fondo oscurecía
la sombra del recuerdo
despertaba
un nuevo día.

dos poemas de  "De Granada el duende" Manuel Martín (Dauro)

Caja de Resistencia Nº5


colabora gente como Rocío Gómez Peña, Rafael Calero Palma, An Lu, Eladio Orta, Carmen Maroto, Ajo, José Blanco ...

LA LOCURA
Aquí es una caja registradora el corazón.
Aquí se confunde con lodo la sangre.
Aquí habita en casas de cartón piedra la felicidad.
Aquí cantan en playback los pájaros.
Aquí es del color de una rata muerta el amor.
Aquí se escriben con luces de neón las metáforas.
Aquí se atiborra de anfetaminas la democracia.
Aquí besan a los invasores las adolescentes.
Aquí se brinda con uranio empobrecido en las fiestas.
Aquí se marchitan de cáncer las buganvillas azules.
Aquí viste con harapos la dignidad.
Aquí como un manto rojo la derrota.
Aquí
en este inmenso hospital psiquiátrico
la locura.


un poema de
Rafael Calero Palma

miércoles, 6 de junio de 2018

desnudo de felicidad. un poema de josé pastor

desnudo de felicidad
conozco a la felicidad
he vivido con ella
hemos sido amantes y enemigos
la he visto temblar de pasión y de miedo y de rabia
he sentido sus caricias y bocados
estaba con ella cuando quemamos el JP Morgan de Chicago
y cuando eliminamos todos los archivos de ISGF Informes Generales
hemos desayunado juntos speedball y galletas oreo en un camping de caravanas en Georgia
comido bocadillos de salami y queso en las riberas de Castronuño
cenado en lo alto de la torre Eiffel como estúpidos turistas
nos hemos colado en trenes, robado en librerías, asaltado el congreso
hemos hecho auto-stop, sin un duro, tirados en la carretera, camino de Ampuria Brava, para ver a una novia que teníamos trabajando allí de camarera
hemos trabajado a destajo en la fresa en el norte de Noruega, en los olivares de Jaén, en los viñedos de California
hemos bebido en miles de posadas, tascas, bodegas, bares y antros, miles de orujos, tequilas y vinos
hemos follado, bailado, jugado y peleado
la he compartido
la he malvendido al mejor postor
me la he jugado a cara o cruz en El Callejón de Los Borrachos
la he mentido con las mentiras más hermosas y con las verdades más crueles
la he perdido
y la he buscado en los bolsillos, en los bares, en los libros, debajo de la camas, dentro de los armarios y en lugares donde no debería haber ido
la he perseguido y la he rehuido, incluso maldecido
la he encontrado incrustada en una grieta de un bar de Palermo
en el vuelo de las gaviotas de Essaouira
en las canciones de Nina Simone
en las calles de Praha, Cádiz y Estambul y en los ojos de miles de mujeres en Curitiba.
me ha ignorado, ninguneado, despreciado, escupido y amado
nos debemos un par de revolcones
aquí, desnudo, te espero
pero no me pidas que de la vida por ti

lunes, 4 de junio de 2018

On The Bowery. Lionel Rogosin

para ver "On The Bowery" de Lionel Rogosin
una recomendación de la editorial Dirty Works 
una reseña de la película en el blog El gabinete del Dr Mabuse 

Tres días de desesperación en un barrio pobre de Manhattan, los barrios bajos de Nueva York apodado "The Bowery" (el barrio de los vagabundos). La película cuenta la historia de Ray, un trabajador ferroviario, a la deriva en el Bowery, en busca de juerga después de un arduo trabajo. (Filmaffinity)